Japón, Perú, un safari por África o un destino que todavía no se ha planteado. Elegir dónde viajar puede ser casi tan complejo como organizar el propio viaje, sobre todo cuando entran en juego rutas, alojamientos, traslados y experiencias en distintos puntos. Hanaley nació precisamente para intervenir en ese proceso. Cofundada por Carla Tarrés, la agencia diseña viajes a medida y acompaña al cliente desde la elección del destino hasta la organización de todos los detalles del itinerario.
La idea empezó a tomar forma después de que Tarrés cerrara una etapa profesional en una startup tecnológica y se planteara emprender junto a varios de los socios de aquella compañía. . Al analizar el sector de los viajes, detectaron una oportunidad entre dos modelos que entonces parecían dispares: las agencias tradicionales, todavía muy vinculadas a la atención presencial, y las grandes plataformas de reserva online. “Veíamos que había mucho por hacer a nivel digital, sobre todo en viajes que necesitaban asesoramiento y un servicio más personalizado”, recuerda. La intención era combinar la agilidad del online con la atención y el acompañamiento propios de una agencia.

La oportunidad de negocio coincidió, además, con una necesidad que ella estaba viviendo en primera persona. Por aquel entonces organizaba su propia luna de miel y buscaba una agencia que pudiera ofrecerle asesoramiento, atención y un viaje cuidado sin obligarla a pasar por una oficina física. “Yo ya compraba prácticamente todo online y quería poder hacer lo mismo con un viaje, pero manteniendo un buen nivel de servicio”, recuerda. Esa experiencia terminó de confirmar una intuición que el equipo ya tenía: había viajeros dispuestos a delegar la organización, pero que querían hacerlo de una forma más ágil y digital.
El proyecto estaba preparado para salir al mercado en marzo de 2020. La pandemia frenó el lanzamiento y dejó a la compañía prácticamente sin actividad durante buena parte de aquel año. “Fueron unos comienzos duros y más de una vez pensé en tirar la toalla”, admite. Aun así, mantuvieron el proyecto en marcha convencidos de que, cuando viajar volviera a ser posible, la demanda regresaría. “Tenía la sensación de que, en cuanto se pudiera volver a viajar, funcionaría”. Y así ocurrió con la reapertura progresiva de fronteras y la recuperación del turismo.
Carla Tarrés
CEO & co-founder de Hanaley
A partir de ahí, Hanaley fue definiendo un modelo centrado en aquellos viajes que requieren más planificación. No se centraron en un único destino, sino en itinerarios en los que es necesario coordinar distintas etapas, alojamientos, traslados, guías o experiencias. “Intentamos que sean viajes más trabajados, con propuestas diferentes y adaptadas a cada cliente”, señala Tarrés.
Japón es desde hace dos años el destino más solicitado por la agencia. Su complejidad ayuda a entender el tipo de viaje en el que Hanaley concentra buena parte de su actividad: rutas con varias ciudades, diferentes hoteles y servicios en destino. También han ganado peso Perú y los safaris en África, sobre todo entre familias, mientras que lugares como Kirguistán, Brasil o Alaska empiezan a aparecer con más frecuencia entre las peticiones. “Hablamos siempre de la ‘calidad Hanaley’. Es un estándar del que no bajamos, independientemente del destino”, subraya. El objetivo es ofrecer experiencias cuidadas y diferenciales, sin dejar de lado el trato personalizado y humano.

El perfil de quienes recurren a Hanaley es amplio, aunque las lunas de miel siguen teniendo un peso importante y representan alrededor del 40% de los viajes. A ellas se suman parejas que buscan una escapada especial y familias, un segmento fiel para la empresa. “Cuando viajas con niños quieres tranquilidad, saber que todo está controlado y que, si surge cualquier problema, alguien va a responder”, explica Tarrés.
Cancelaciones, cambios de vuelos o situaciones geopolíticas pueden alterar una ruta en cuestión de horas, y la posibilidad de contar con un equipo que pueda reaccionar se ha convertido en parte del valor del servicio.
Carla Tarrés
CEO & co-founder de Hanaley
La tecnología también forma parte de ese acompañamiento. Hanaley ha desarrollado Aria, un asistente de inteligencia artificial que actúa como primer filtro cuando una persona solicita presupuesto. La herramienta recoge información sobre fechas, presupuesto, preferencias y tipo de viaje, y ayuda a crear una primera idea de viaje antes de que intervenga uno de los especialistas del equipo.
“Cerca del 50% de los clientes no sabe dónde quiere ir cuando contacta con nosotros”. En esos casos, Aria permite acotar opciones y estructurar mejor la petición inicial. A partir de ahí, el proceso pasa al equipo humano, que diseña el itinerario y ajusta la propuesta. Para Tarrés, esa combinación resume la evolución que buscaban desde el principio: utilizar la tecnología para ganar agilidad sin renunciar al asesoramiento personal. “En un mundo tan cambiante e impredecible como el actual, el papel de una buena agencia de viajes tiene más sentido que nunca”, reflexiona. “Si te montas un viaje por tu cuenta y necesitas que te repatrien o te busquen un vuelo de urgencia, la solución es muy compleja. Nosotros ofrecemos esa tranquilidad”.

Tras varios años creciendo a ritmos del 25% al 30%, Hanaley afronta este ejercicio con el objetivo de consolidar el negocio y reforzar su rentabilidad. La previsión es cerrar el año con un crecimiento cercano al 10%, una evolución que la compañía plantea como parte de una etapa de mayor solidez. “Queríamos coger más estructura y consolidar lo que hemos construido”, resume Tarrés.
De cara a los próximos años, la compañía contempla dos posibles caminos para seguir creciendo. Uno pasa por levantar capital y acelerar la expansión. El otro, por una posible integración en un grupo de mayor tamaño que permita ganar estructura y capacidad de crecimiento. Por ahora, el objetivo pasa por seguir consolidando un modelo que ha evolucionado con el propio viajero y con una forma de organizar los viajes en la que conviven tecnología, asesoramiento y personalización.
“Usamos la tecnología y la inteligencia artificial para ser más ágiles y eficientes, pero el verdadero valor está en el asesoramiento humano y en diseñar cada viaje de forma personalizada”.
Una guerra en el otro extremo del continente que dispara el precio de las materias primas. Un cambio legislativo que obliga a reorganizar los turnos. Una nueva pauta de consumo que deja obsoleto el producto estrella. Durante décadas, las empresas construyeron sus estrategias sobre una base de relativa estabilidad, pero ese terreno ha desaparecido. El cambio ya no es un proyecto puntual con un principio y un fin; es el estado natural de las cosas. Esta nueva realidad genera en los equipos un desgaste constante, una sensación de agotamiento ante una carrera que parece no tener fin.
Frente a este panorama, la consultora Kainova propone una alternativa que va más allá de la simple gestión del cambio. Se trata de cultivar una nueva capacidad fundamental: la transformación continua. “El concepto de 'mejora continua' se ha quedado corto. Ya no se trata de optimizar lo que hacemos, sino de estar preparados para reinventarnos constantemente”, explica Carme Castro, fundadora y CEO de Kainova. Esta filosofía, que aplican desde sus inicios y que formalizaron en 2019 bajo el concepto de 'Empresa Líquida™', busca dotar a las organizaciones y, sobre todo, a las personas que las forman, de las herramientas mentales y operativas para navegar en la incertidumbre sin quemarse en el intento.
El modelo tradicional de consultoría partía de una situación A para llegar a una situación B tras un proceso de transformación. “Ese esquema ha muerto”, sentencia. “El problema es que, cuando por fin llegas al punto B, el entorno ya ha vuelto a cambiar y lo que has aprendido ya no es suficiente”. La velocidad de los acontecimientos es tal que los planes estratégicos a cinco o diez años han perdido su sentido. “Ahora a muchos directivos les cuesta moverse con un plan a dos años, porque saben que en tres meses pueden cambiar las reglas del juego”.
La solución, por tanto, no es aprender una nueva forma de trabajar, sino desarrollar la capacidad de estar siempre aprendiendo y adaptándose. “Es un cambio de mentalidad. Buscamos que las personas de la organización adquieran la agilidad para evolucionar sin que suponga un desgaste”, subraya. Esta capacidad no solo permite reaccionar ante los problemas, como la falta de suministros o los cambios en el mercado, sino también anticiparse para detectar oportunidades. “Cada crisis esconde una oportunidad, pero si solo te enfocas en apagar fuegos, nunca la verás”, asegura.
Carme Castro
Fundadora y CEO de Kainova
Para lograrlo, Kainova ha desarrollado una metodología que desafía las estructuras jerárquicas tradicionales. En lugar de empezar por la alta dirección, empiezan por donde genera mayor impacto, como por ejemplo, los mandos intermedios. “Son la pieza clave porque tienen capacidad de influir hacia arriba y hacia abajo”, detalla Carme Castro. A través de ellos, se implementa un modelo de trabajo mucho más participativo, donde las ideas de todos los miembros del equipo, sin importar su rango, son escuchadas y valoradas.

En un cliente con el que trabajan desde hace tres años, este enfoque ha generado un cambio radical. “Hemos conseguido que los equipos no solo ejecuten, sino que aporten ideas y soluciones de forma proactiva. Se ha creado una cadena de innovación desde la base”, explica. El resultado es un notable incremento de la productividad, no porque una sola cabeza piense más rápido, sino porque el pensamiento es colectivo. Además, el ambiente de trabajo mejora, las fricciones disminuyen y las personas se sienten más implicadas. “Sienten que lo que hacen tiene sentido, que son parte de algo más grande”.
Carme Castro
Fundadora y CEO de Kainova
Por supuesto, el camino no siempre está libre de obstáculos. La resistencia al cambio, encarnada en frases como “llevo veinte años haciéndolo así y funciona”, es una realidad. La estrategia de Kainova no es la imposición, sino la evidencia. “Aprovechamos la inteligencia colectiva del grupo”, comenta. “Siempre hay personas que se suben a la nueva forma de trabajar antes que otras. Hacemos visibles sus resultados, y son ellos mismos quienes explican a sus compañeros cómo han resuelto un problema o alcanzado un objetivo”.
Este proceso genera una sinergia que arrastra a los más escépticos. Cada persona tiene su propio ritmo, y forzarlo solo conduce al fracaso. Sin embargo, cuando el 95% de un equipo avanza en una dirección, el 5% restante se enfrenta a una disyuntiva. “El ser humano no quiere sentirse excluido de su grupo”, reflexiona. “Al final, o se suben al carro o se marchan. Lo interesante es que no los echas, se autoexcluyen porque ya no encajan en esa cultura”.
Esta misma filosofía de evolución constante es la que aplican internamente. Ana Pascual, Directora de Marketing de Kainova, lo describe como parte de su ADN. “No es algo que esté escrito en un manual, es la forma en que funcionamos. Hay un diálogo constante, probamos ideas, nos equivocamos y aprendemos. Carme ha fomentado una cultura donde cualquiera puede proponer y experimentar”, relata. Esta coherencia interna es, quizás, la mejor prueba de que su método funciona: no es una teoría que venden, sino una realidad que viven cada día.
En un mundo que ya no ofrece treguas, la capacidad de transformarse continuamente ha dejado de ser una ventaja competitiva para convertirse en una condición de supervivencia. El objetivo final es liberar a los líderes de la supervisión constante y la resolución de conflictos para que puedan dedicarse a lo que realmente aporta valor. “Se trata de que puedan estar pensando en las nuevas oportunidades en lugar de estar atrapados en los problemas del día a día”, concluye.
“Liderar en la incertidumbre exige renunciar a tener todas las respuestas y crear equipos autónomos, capaces de evolucionar y transformarse continuamente a medida que cambia el entorno.”
Volkswagen acaba de escribir un nuevo capítulo en nuestro mercado con el lanzamiento oficial de la renovada Teramont, montada en la plataforma MQB Evo, que representa la punta de lanza dentro de su portafolio de productos no sólo por tamaño (tres filas de asientos y 5.16 metros de largo), sino por equipamiento y tecnología. Aquí te contamos todos los detalles, precios y especificaciones.
Estéticamente adopta el más reciente lenguaje de diseño de la firma alemana, con líneas más refinadas, pero sin perder su estilo robusto, algo que podemos apreciar tanto en los trazos del cofre como en las salpicaderas ensanchadas.
La parte frontal muestra una nueva cara, con faros rediseñados LED, emblema iluminado, nuevo diseño de parrilla, cuyas líneas horizontales cromadas se extienden hasta los faros en forma de una tira luminosa, dando paso a las luces diurnas; un frente imponente pero más amigable visualmente.
En la parte trasera los cambios también son inminentes, dando paso a calaveras LED rediseñadas y unidas, tercera luz de alto, emblema iluminado en rojo y cambios importantes en la geometría de la fascia. A lo largo de la gama, podremos encontrar en las vistas laterales rines de aleación de 18, 20 y 21 pulgadas, así como espejos laterales con ajuste eléctrico, abatibles electrónicamente, con calefacción y memoria.
Si el exterior luce diferente, de puertas para adentro el cambio es absoluto, pues no hay rastro del anterior Teramont, comenzando con un volante ajustable, multifunción, forrado en piel y con calefacción, de nueva manufactura ligeramente achatado en la parte inferior; un nuevo cuadro de instrumentos digital de 10.25 pulgadas, así como una pantalla de 15 pulgadas en posición flotante al centro del tablero, para el sistema de infoentretenimiento, con conectividad Apple CarPlay y Android Auto.
No es que la anterior Teramont se percibiera sencilla en los materiales del habitáculo, pero es que en la nueva se siente un ambiente mucho más premium, con superficies bien terminadas e incluso puedes encontrarte madera a lo largo del tablero, un elemento que le da mucha elegancia al interior.
A esto se suman asientos forrados parcialmente en piel, con ajuste eléctrico, calefacción y ventilación, sistema de sonido Harman Kardon de 13 bocinas en la variante más equipada, cargador inalámbrico doble para smartphone en la consola central, Head-up display en parabrisas y aire acondicionado de 3 zonas.
Bajo el cofre se encuentra el conocido motor de cuatro cilindros de 2.0 litros turbocargado el cual, para esta ejecución, fue mejorado (EA888 Evo5) y calibrado para entregar 282 caballos de fuerza (13 más que en el modelo saliente) y 258 libras-pie de torque, acoplado a una transmisión automática Tiptronic de 8 velocidades, con una tracción que, según versión, puede ser delantera o integral 4Motion; Volkswagen declara en la ficha técnica un consumo de combustible combinado de hasta 13.7 km/l.
En el apartado de seguridad la lista es bastante extensa, comenzando con el control de tracción y estabilidad, frenos ABS, e asistencia para el arranque y descenso en pendiente, distribución de frenado, bolsas de aire frontales, laterales y de tipo cortina y monitoreo individual de presión de aire en los neumáticos.
En cuanto a las asistencias a la conducción destacan la función de estacionamiento inteligente y de colisión frontal con freno de emergencia, cámara de reversa y de vista de 360°, detector de cansancio, monitoreo de punto ciego con alerta de tráfico trasero, sensores de estacionamiento delanteros y traseros, así como Travel Assist con función de tráfico stop & go, entre otros elementos.
La renovada Volkswagen Teramont 2027 está disponible en nuestro mercado en tres versiones: Trendline (929,990 pesos), Comfortline (1,083,990 pesos) y R-Line (1,183,990 pesos), bajo el cobijo de una garantía de 5 años o 100,000 kilómetros; 5 años de seguro de autopartes; 5 años de asistencia vial y 5 años de protección de llantas.
Viajamos a Monterrey, para ponernos detrás del volante de la Teramon 2027 y nuestras primeras impresiones es que no nos defraudamos. Lo que busca Volkswagen con este SUV de tres filas de asientos es ofrecer un vehículo familiar creado para recorrer largas distancias por carretera de la manera más confortable posible, y vaya que eso está más que resuelto.
Tiene todas las amenidades que se requieren para pasarla bien a bordo y un techo corredizo panorámico con ajuste de altura que mejora la iluminación natural del habitáculo, pero que también mejora la sensación de espacio.
Silenciosa en su andar, es una camioneta que no permite que las irregularidades del camino se filtren, pues su esquema de suspensión ofrece una calibración orientada al confort, pero con un comportamiento preciso en los cambios bruscos de dirección o en los balanceos al frenar o enfrentar una curva.
Por otro lado, la relación que mantienen tanto el motor como la transmisión es una muy buena, cortesía no sólo de un propulsor que fue revisado a profundidad para sacar un poquito más de potencia, sino de una electrónica que gestiona la transmisión de buena forma, pues inserta la marcha adecuada para mantener el motor trabajando relajado a bajas revoluciones ya velocidades de crucero, pero que también afila su desempeño cuando se presiona más el acelerador o se cambia al modo de manejo más deportivo.
No se siente pesada al volante, pero sí grande en la carretera. Además, la nueva Teramont tiene un tamaño similar al de su predecesora, lo cual es algo positivo, pues este SUV siempre ha sido realmente espacioso por dentro. Hay suficiente espacio para la cabeza, las piernas y los hombros en las tres filas de asientos. En general, la camioneta se ve y se siente mejor que antes.
En los últimos meses he tenido que medir paredes y huecos en casa para reorganizar algunos espacios. Pero no he podido hacerlo sola, porque no tengo una cinta métrica marcada con números en braille. Un metro simple, mecánico, como el que se compra en la ferretería del barrio.
La que tenía desapareció pese a que la guardaba como una pieza de colección. Era el típico flexómetro de carcasa con cinta metálica retráctil. Cada milímetro estaba marcado con un punto y presentaba los números en braille cada diez centímetros. Comercializado en España por la ONCE, era un producto fabricado por el Royal National Institute for the Blind de Reino Unido.
Pero ya no existe. Hay flexómetros parlantes, dispositivos digitales que transmiten la medida al teléfono y cintas con diferentes marcas táctiles, pero no encuentro aquella solución tan elemental: extender una cinta y leer directamente con los dedos cuánto mide algo.
No se trata de un capricho, sino de autonomía personal en el hecho corriente de medir. Quieres cambiar la mesa de la cocina, necesitas saber cuánto mide el hueco disponible y después barajar opciones mirando catálogos de muebles. Nada especialmente sofisticado.
Resulta paradójico. Vivimos un momento extraordinario para la accesibilidad tecnológica. Llevo en el bolsillo un teléfono capaz de leerme un documento, reconocer un objeto, describirme una fotografía o decirme qué tengo delante enfocándolo con la cámara. La inteligencia artificial empieza incluso a facilitarnos información visual que hasta hace muy poco solo podía proporcionarnos otro ser humano. Y, sin embargo, no puedo sacar de un cajón una cinta métrica y saber por mí misma cuánto mide una pared.
Quizá nos hemos acostumbrado a identificar innovación con sofisticación. Hablamos de aplicaciones, cámaras inteligentes y dispositivos capaces de resolver tareas cada vez más complejas, mientras olvidamos que la autonomía también se construye con objetos sencillos: una etiqueta que pueda leerse al tacto, un electrodoméstico cuyos mandos puedan identificarse sin verlos o una cinta métrica que permita leer una cifra con los dedos.
La accesibilidad no consiste únicamente en inventar grandes soluciones para grandes problemas. Muchas veces consiste en no introducir una barrera donde no tendría por qué existir. Y también, aunque resulte extraño tener que decirlo, en no perder las soluciones que ya habíamos encontrado.
Porque mi flexómetro no es un objeto que todavía estemos esperando que alguien invente. Existió. Yo lo tuve entre las manos y durante años medí con él sin pedir ayuda a nadie. Lo desconcertante es haber retrocedido: disponer hoy de tecnologías que hace veinte años habrían parecido ciencia ficción y, al mismo tiempo, haber perdido una herramienta tan elemental.
Por supuesto, puedo buscar alternativas. De hecho, las personas ciegas somos especialistas en encontrarlas. Si un objeto no es accesible, lo marcamos; si no podemos identificar una posición, la memorizamos; si una escala no puede leerse al tacto, contamos muescas; y, cuando nada de eso funciona, recurrimos a una aplicación o preguntamos a alguien.
Todo sirve. Pero no todo es accesibilidad.
Hay una diferencia importante entre poder hacer algo y poder hacerlo de la manera sencilla, inmediata y autónoma con que lo hace cualquier otra persona. Contar marcas en una cinta métrica puede sacarme del apuro, pero no equivale a extenderla y leer 73 centímetros bajo la yema de los dedos. Y pedir a alguien que mida por mí resuelve el problema de la mesa, pero no el de mi autonomía.
A fuerza de ingeniárnoslas producimos, además, una impresión engañosa. Como al final conseguimos hacer las cosas, parece que las barreras no existen. Queda invisible todo lo que hemos tenido que añadir nosotros para compensar lo que al objeto le falta.
Por eso no confundamos nuestra capacidad de adaptación con la accesibilidad. La primera habla de nosotros; la segunda, de cómo está pensado el mundo que utilizamos.
Y mi viejo flexómetro estaba bien pensado. No necesitaba batería, conexión a internet, una aplicación ni inteligencia artificial. Bastaba con tirar de la cinta y pasar los dedos sobre ella. Pero ya no puedo hacerlo. Es una pérdida pequeña. Apenas unos centímetros.
Pero la autonomía también se mide.
La Dirección General de Urbanismo y Ordenación del Territorio de Cantabria ha sacado a información pública un proyecto particular para construir cinco apartamentos turísticos sobre suelo rústico en Langre, cerca de la costa, en el municipio de Ribamóntán al Mar.
Los alojamientos se habilitarán sobre dos antiguos almacenes ya existentes, en el número 6 de la calle Usera, que precisan una ampliación y una reforma integral presupuestada en cerca de 300.000 euros. Las edificaciones de sillería y mampostería, con madera en la cubierta, son anteriores a 1950.
El expediente registrado en agosto en el Gobierno de Cantabria estima que la superficie a construir será cercana a los 500 metros cuadrados. Cuatrocientos de ellos en la edificación principal donde se ubicarán cuatro apartamentos. El quinto se construirá en la edificación secundaria de unos 70 metros cuadrados. Los apartamentos estarán ubicados al lado de la carretera y a un kilómetro y medio de distancia hasta la playa de Langre.
La tramitación de este proyecto turístico -promovido por dos particulares- ya está en marcha con la publicación del expediente para reforma, ampliación y cambio de uso durante quince días para que se puedan presentar alegaciones.
La utilización del suelo rústico para alojamientos turísticos se ha incrementado notablemente. De hecho, recientemente desde la propia Consejería de Vivienda se ha pedido a los ayuntamientos cántabros que no pongan trabas a los usos turísticos del suelo rústico en sus respectivos municipios.
Solo hasta abril en Cantabria se han tramitado 24 proyectos de alojamientos turísticos. 14 de ellos se localizan en el pueblo de Liencres, dentro del municipio de Piélagos, a través de dos proyectos distintos.
A ellos se suma la construcción de un edificio de cuatro apartamentos turísticos en una parcela de suelo rústico en Valdáliga y otros seis más en Ramales.
Más recientemente, un promotor ha pedido autorización para construir tres apartamentos turísticos sobre suelo rústico de especial protección en Meruelo.
En los últimos días hemos asistido a una tormenta de declaraciones especialmente intensa sobre el riesgo existencial de la inteligencia artificial. Resumiendo: vamos a morir todos, en cuanto lo decida la IA. El motivo alegado es que ya hay modelos capaces de procesar datos de forma más masiva y más rápida de lo que ninguna persona puede entender (y que debemos tener fe en que seguirán mejorando exponencialmente). Es posible, por tanto, que se comuniquen más allá de nuestro entendimiento y escapen a nuestro control.
Parece que se nos olvida que, a día de hoy, todos los modelos de IA viven en un ordenador — un ordenador gigante que consume una cantidad ingente de energía —, y todos los ordenadores tienen un botón de apagar y un cable que, a unas malas, podemos cortar. Para ahorrarnos las pesadillas de esta noche, un detalle: ChatGPT, por ahora, no tiene un bracito con el que empuñar una pistola y dispararnos.
Parece probable, eso sí, que, al ritmo que vamos incorporando IA en todo tipo de sistemas, ocurra alguna catástrofe. O muchas. Tiene pinta de que una sucesión de vulneraciones de seguridad nos puede obligar a apagar internet y generar un caos mortífero para quien le pille en mal momento. También puede que alguien construya un bracito empuña-pistolas, lo conecte a una IA y lo deje suelto. O cosas mucho más rebuscadas, dado que es evidente que hay máquinas que manejan muchas más probabilidades de las que caben en nuestras cabezas. En cualquier caso, podremos culpar a la persona humana e irresponsable que haya prescindido de los cortafuegos y restricciones pertinentes. Por mucho que la IA se automejore recursivamente, mientras alrededor haya personas conscientes de nuestras limitaciones y dispuestas a darle al botón si hay peligro, vamos bien. Visto así, de lo que nos están advirtiendo los jefes de las big tech, que todavía tienen un botón funcional a mano, es de que no debemos confiar en sus conciencias.
Decía que la tormenta ha arreciado, pero no es ninguna novedad: desde que Alan Turing empezó a soñar con máquinas inteligentes, la posibilidad del desenlace fatal es ampliamente discutida entre amantes de debates hipotéticos. Es un greatest hit en departamentos de filosofía, junto con lo de si deberías salvar antes a tu padre o a un bebé en caso de que hubiera un tren acercándose. También en los centros de investigación en computación donde nació lo que hoy llamamos IA. Pero es importante recordar que, cuando la tarea dejó de centrarse en pensar y se convirtió en un ataque de fuerza bruta (¡más datos!, ¡más procesadores!, ¡más resultados sin saber de dónde vienen ni cómo hemos llegado hasta aquí!), el sintagma «inteligencia artificial» dejó de ser un campo científico y se convirtió en una etiqueta de marketing.
Cuando nos salimos del marco de la ciencia, se acaba la claridad de los debates que nos permiten saber qué merece consenso y qué resulta dudoso para demasiada gente experta. Y entonces, todo se convierte en narrativa. Todo depende de quién te cuente la historia. Por ejemplo: ¿un grupo de agentes de IA se han juntado a conspirar y han conseguido vulnerar sistemas de seguridad? ¿O es que alguien les ha encargado una tarea sin configurar bien sus límites? Otra: ¿será que esa IA superinteligente está tan cerca? ¿O es que a algunos les interesa que los inversores pongan todos los huevos en sus cestas? Y otra: ¿que haya modelos open que cualquiera puede instalar y desplegar en su propio servidor es un riesgo para la humanidad, o para las big tech estadounidenses que no quieren que China les coma la tostada?
Si les queda algo de memoria entre este vertiginoso compás de acontecimientos, quizá recuerden que hace tres años ya tuvimos una buena ración de anuncios apocalípticos mediáticos. En 2023, Elon Musk firmó una carta parecida a la recién publicada por Dario Amodei y Sam Altman se paseó por Europa alertando sobre la necesidad de regular contra el riesgo existencial de su juguete. Casualmente, fue en los meses en los que se estaba negociando la versión final de la AI Act en Bruselas. No me digan que no es de agradecer que nos pusieran a hablar de Terminator en vez de darle vueltas a la discriminación algorítmica, la vigilancia masiva, la manipulación del comportamiento humano y demás temas aburridísimos que estaban en juego.
Vamos a decirlo más claro: los tecno-magnates tienen muchos incentivos para impulsar las narrativas del pánico. Les funciona para alimentar el hype sobre el que se construye su negocio especulativo, para que dejemos de hablar de daños más mundanos que ya están causando y, por supuesto, para influir en tendencias de política pública.
Desde que internet se construye a golpe de big tech, el argumento es recurrente: nos hacen creer que el mundo digital va por otro lado, salvaje, indomable e inevitable. Debido a un perverso cóctel con ingredientes como una escasa comprensión tecnológica, la elevada creencia en la mano libre del mercado y la aceptación del chantaje de que «esto es el futuro y si no lo abrazas te quedas atrás», nos pareció que a Uber no había que aplicarles las leyes del taxi, ni a Airbnb las de hostelería, ni a los repartidores de Deliveroo el Estatuto de los Trabajadores... o que las redes sociales que eligen lo que vemos mediante algoritmos no tienen responsabilidad editorial. Luego, cada vez que le vemos las orejas a algún lobo-robot, venimos con lo mismo: ¡hace falta regulación!
Sí, claro, las leyes están muy bien. Últimamente hemos aprobado varias para lo digital, y además tenemos algunas más vintage que son muy bonitas: contra la discriminación, de propiedad intelectual, de protección de datos personales, por la seguridad de productos comerciales, para penar negligencias... Quizá haya que ajustar o ampliar algún artículo, pero ahí están. Ahí están también, muertos de risa, un sistema empresarial globalizado y un tablero de equilibrios geopolíticos que dificultan, entre otras muchas cosas, la aplicación de esas leyes. El reto está, entonces, en impulsar todos los mecanismos que puedan hacerles contrapeso democrático y tomarnos de una vez en serio la construcción de soberanía tecnológica. No estoy diciendo que el camino sea fácil, pero, si en vez de explorarlo, nos proponemos legislar sobre gamusinos, el fin del mundo se nos va a hacer mucho más cuesta arriba.
La industria en Andalucía está viviendo en 2026 una evolución positiva, por encima de la media nacional, de acuerdo con los informes mensuales del índice de producción y facturación que ofrece el Instituto Nacional de Estadística (INE), e interpreta el Observatorio Económico Semanal (OES) de la Consejería de Economía, Hacienda y Fondos Europeos. Sin embargo, los expertos en economía, y los sindicatos, son mucho más prudentes, y rigurosos, en sus análisis que los políticos.
El titular siempre depende del momento en que se tome la fotografía. Por eso, si la consejera Carolina España, o previamente Antonio Sanz, miran la imagen de junio de 2026 pueden decir que Andalucía está a la cabeza de España en crecimiento de la cifra de negocios en el sector, pero si lo hacen un mes después, julio de 2026, callan que ha bajado a la quinta posición. Y por eso, cuando el mes pasado se conoció este último dato, fue el Gobierno de la Región de Murcia el que publicó en su portal que registraban “el mejor dato de todas las autonomías” y superando “en siete puntos el crecimiento medio nacional”.
De hecho, la letra pequeña del propio OES incluye también datos negativos. Citemos tres: la industria en el territorio pesa solo el 11,0% del valor añadido bruto, frente al 15,7% de España, lo cual representa un problema estructural porque Andalucía extrae, pero la inteligencia del producto se factura fuera; la mayor producción no se traduce en más ocupación, porque el empleo ha caído en el sector la primera mitad del año, mientras que en España subió; y la internacionalización se enfrenta a debilidades en la demanda de los clientes europeos tradicionales de las exportaciones de la comunidad autónoma (Alemania y Francia).
“Mi impresión es que la situación en 2026 está evolucionando de forma más favorable en Andalucía que en España, pero que no es una tendencia que provenga de años anteriores, por lo que (de momento) no hay muchos motivos para ser muy optimista. Tampoco las previsiones de crecimiento para 2026 y 2027 sitúan a Andalucía en una situación mejor que España”, apunta Francisco Liñán, catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Sevilla.
Laura Padilla Angulo, profesora titular del Departamento de Economía de la Universidad Loyola de Andalucía, también coincide en que “los datos de 2025-2026 muestran que la industria andaluza crece claramente más rápido que la española, pero todavía no se puede afirmar con rigor un cambio estructural de tendencia”. La economista cree que “es más prudente hablar de un ciclo expansivo fuerte, concentrado en pocas ramas, que de una reindustrialización ya consolidada”.
Las exportaciones, otro dato del que habitualmente saca pecho el Gobierno de la Junta, explican parte del fenómeno, pero no todo. Según la Junta de Andalucía, la comunidad autónoma exportó 25.698 millones de euros entre enero y julio de 2026, un 4,7% más que el año anterior y más del doble que el incremento medio en España (2,2%). “Sin embargo, los empujes entre esos mismos meses, propiamente industriales, provienen de la minería, que es la partida que más crece (39,7%), y de aeronaves, vehículos espaciales y sus partes (24,7%). También de fundición, hierro y acero, que crecen un 14,8%. El hecho de que la facturación (9,4%) crezca el doble que las exportaciones (4,7%) en el periodo indicado sugiere que la demanda interna y los precios también están empujando, no solo el exterior”, matiza Laura Padilla Angulo.
También Francisco Liñán abunda en el saldo exterior: “Las exportaciones andaluzas crecen algo más rápido que las españolas desde finales de 2023, aunque no es una diferencia muy relevante. En cambio, las importaciones evolucionan de forma similar (no hay diferencias que permanezcan en el tiempo). Esto es en principio bueno, pero habría que prestar atención a los productos que se están exportando. No es lo mismo industria aeroespacial que frutas y verduras”.
Y también se fija en otro dato: “La población ocupada está creciendo más rápido en Andalucía desde mitad de 2024. En consecuencia, el paro está descendiendo más rápido y se está reduciendo el diferencial con España, aunque todavía está 4,7 puntos por encima de la tasa en España. Haría falta que esta situación se mantuviese durante varios años más para que el diferencial desapareciese”.
Desde UGT Andalucía reclaman “una reindustrialización que genere empleo de calidad y permita que la riqueza se quede en nuestra tierra”. El secretario general, Oskar Martín, defiende en este sentido que no sea “cualquier crecimiento”, sino que sea en Andalucía donde “se fabriquen los componentes, se genere conocimiento, se creen empleos cualificados y se quede la mayor parte de la riqueza generada”.
Para los sindicatos es importante, además, la apuesta por el empleo en un sector no afectado por la estacionalidad que lastra a otros. CCOO habla por ello de “reindustrialización frente a la fragilidad del empleo”, como por ejemplo en el sector servicios vinculado al turismo. Lo expresaba recientemente la secretaria de Juventud de CCOO de Andalucía, María Núñez, quien exigía al Gobierno de Andalucía “que abandone el triunfalismo y apueste, de verdad, por la reindustrialización”.
Coincide Laura Padilla Angulo: “El empleo en el sector no acompaña. En la EPA del segundo trimestre de 2026, la ocupación industrial bajó un 3,94% respecto al trimestre anterior y un 0,12% respecto al año anterior. Más producción sin más empleo no es el patrón típico de una reindustrialización amplia”. En su opinión, además, el peso estructural del sector sigue siendo bajo. “Si dentro de dos o tres años el peso manufacturero en volumen aumenta y el empleo industrial crece, podría hablarse de un cambio estructural. Por ahora, la evidencia apunta a un ciclo diferencial positivo, muy concentrado sectorialmente”, prosigue.
Metalurgia, química y extractivas parecen ser las actividades que han crecido más en lo que va de año. “No son sectores que destaquen por su alto contenido tecnológico ni su esfuerzo en I+D. En todo caso, algunas ramas de la industria química, como la farmacéutica, que no es muy relevante en Andalucía”, reseña Francisco Liñán.
De hecho, el crecimiento está concentrado. “Las ramas más dinámicas en IPI (índice de producción industrial) los cinco primeros meses de 2026 fueron el suministro de energía eléctrica y gas (+17%), la fabricación de otro material de transporte, que incluye la aeronáutica (+18,7%), y la química (+13,6%). Por su parte, la metalurgia y las extractivas mostraron aumentos importantes en la cifra de negocios (+27,3% y +25,7% hasta julio), aunque se trata de un indicador nominal que incorpora la evolución de los precios internacionales de los metales. Parte de ese crecimiento puede reflejar, por tanto, un efecto de precio más que un aumento de la actividad, lo que lo vuelve más volátil y menos indicativo de un cambio estructural”, prosigue la profesora titular de la Universidad Loyola de Andalucía.
La economista cree que hay factores que pueden estar apuntalando estos datos en Andalucía: la minería metálica, “por ejemplo con la reactivación de proyectos como Cobre Las Cruces”; la aeroespacial, que “es un clúster consolidado en Sevilla y Cádiz que se beneficia del aumento del gasto europeo en defensa”; también la energía, donde “el Valle Andaluz del Hidrógeno de Moeve aspira a 2 GW de electrólisis con una inversión total de 3.000 millones de euros”. Por ello, apunta que “una hipótesis (a contrastar) es que la abundancia de renovables y un precio eléctrico relativamente competitivo pueden estar atrayendo industria intensiva en energía”. Recuerda que según datos de la Junta de Andalucía “desde 2021 la comunidad autónoma ha atraído casi 9.000 millones de euros inversión vinculada a la industria verde”.
Por último, Francisco Liñán mete en el cóctel otro índice relevante: el PIB per cápita. Primero, el PIB per cápita PPS (paridad del poder adquisitivo) de Andalucía respecto a España, que “continúa estancado en torno a un 75% desde hace muchos años, sin cambios relevantes; la mejoría que se ha producido desde 2018 ha sido muy ligera, y apenas ha tenido ningún efecto sobre ese peso”. Segundo, el PIB per cápita a precios corrientes (sin descontar la inflación y sin corregir por los niveles de precio). “En este caso, sí se observa una cierta mejora en el indicador (con relación a España). El peso ha subido del 74,2 al 76,5% entre 2019 y 2026 (provisional). Pero si se fija en la participación en España, se mantiene entre 13,3% y 13,5%, sin cambios apreciables. Es decir, yo sería muy prudente a la hora de interpretar estos datos y no pienso que revelen ninguna mejora estructural de la economía andaluza respecto a España”, concluye.
El papa León XIV ha sido operado de un adenocarcinoma, un tipo de cáncer pulmonar, en una intervención en la que se le ha extirpado el lóbulo inferior del pulmón derecho mediante cirugía videoasistida, informó la oficina de prensa del Vaticano.
“Un examen histológico extemporáneo confirmó el diagnóstico de adenocarcinoma pulmonar, tal como se sospechaba en las pruebas preoperatorias”, indica el comunicado remitido a los medios, donde se especifica que la intervención del pontífice, de 71 años, duró aproximadamente noventa minutos.
Un adenocarcinoma pulmonar es un tipo de cáncer de pulmón según lo definen diversas webs de sociedades médicas, aunque el término “cáncer” no aparece en el comunicado de la Santa Sede.
“Para que la intervención fuera radical, se le extirpó el lóbulo inferior del pulmón derecho mediante una técnica videoasistida”, indica la nota de la Santa Sede, que añade que “el procedimiento fue exitoso, sin complicaciones”.
📍📍IMPORTANTE: Los médicos confirman que el #Papa tiene cáncer de pulmón -Se le ha extirpado el lóbulo inferior del pulmón derecho. -El examen histológico confirma diagnóstico de adenocarcinoma pulmonar. -La operación ha salido bien y no se han producido complicaciones. https://t.co/DWIX23fHOl
— Eva Fernández (@evaenlaradio) October 13, 2026
Tras la operación, el pontífice “despertó con normalidad y, después de un breve periodo de observación, regresó a su habitación en el décimo piso” del Policlínico Gemelli. Incluso pidió la cena, según fuentes vaticanas.
León XIV permanecerá ingresado en el Gemelli, para seguir con la recuperación y someterse a exámenes posoperatorios. El equipo médico no ha detallado si el papa necesitará tratamiento específico ante la naturaleza del tumor extirpado.

La llegada del Papa León XIV al Hospital Universitario Gemelli de Roma antes de una operación para extirparle un tumor pulmonar. (Fotografía distribuida / VATICAN MEDIA / AFP).
/ HANDOUTl propio pontífice anunció el pasado domingo que en controles médicos le habían detectado un nódulo en el pulmón “en fase muy temprana y bien localizado” por lo que debía someterse a una intervención que ha tenido lugar este martes en el Policlínico Gemelli de Roma.
Los detalles sobre la naturaleza del tumor del papa se han conocido esta noche, después de que el Vaticano anticipara brevemente que la operación había concluido de forma positiva y según lo previsto.
La operación del papa estadounidense-peruano y el diagnóstico del adenocarcinoma pulmonar se produce a menos de un mes del viaje que tiene previsto realizar a Uruguay, Argentina y Perú del 6 al 17 de noviembre y que, en principio, seguiría en pie a tenor de sus propias palabras del pasado domingo.
Ese día durante su saludo a los miembros de la Hermandad del peruano Señor de los Milagros en Roma, León XIV agradeció el respaldo de los fieles: “Gracias por su oración por la visita pastoral que llevaré a cabo en Perú”, aseguró.

La estatua de Juan Pablo II frente al Hospital Universitario Gemelli de Roma, donde el Papa León XIV fue ingresado para una operación para extirparle un tumor pulmonar, el 13 de octubre de 2026. (Foto de Andreas SOLARO / AFP).
/ ANDREAS SOLAROTras conocer el diagnóstico médico, el Vaticano no ha aportado novedades sobre este viaje apostólico.
El equipo quirúrgico que ha intervenido a León XIV ha estado dirigido por el profesor Stefano Margaritora, jefe de cirugía torácica del Gemelli, asistido por la profesora Elisa Meacci, la doctora Maria Teresa Congedo y el doctor Leonardo Petracca Ciavarella.
El equipo de anestesiología lo formaban el profesor Massimo Antonelli, el doctor Giovanni Punzo y Giuseppe Bello.
Fuentes vaticanas indicaron que en el quirófano también estuvieron presentes el médico del papa, Luigi Carbone, y el jefe de la gendarmería vaticana.
El hotel perfecto debería ser un oasis de confort, descanso y buena higiene. Pero tras esa cama bien hecha y ese baño reluciente, se esconden rincones y objetos que no siempre reciben la atención que merecen por parte del personal de limpieza.
Una especialista en higiene doméstica, Jill Koch, ha puesto el foco en esos elementos sospechosos que, aunque pasen desapercibidos, podrían estar acumulando bacterias desde hace varias estancias. El criterio es sencillo: si no se puede asegurar que se limpia con regularidad, es mejor no usarlo.
Desde cojines decorativos hasta los vasos de cortesía, la experta advierte que hay objetos con más historia de la que uno quisiera. No se trata de ser paranoico, pero sí de saber dónde no posar la cara, la boca o el cava. Así lo ha explicado a la revista Best Life.
Los cojines de adorno, esos que decoran butacas y sofás con entusiasmo, son uno de los primeros sospechosos. Según la experta, rara vez van a la lavadora, lo que los convierte en una esponja bacteriana con el historial de decenas de huéspedes anteriores.
La cubitera de hielo (cuando la hay), tan glamurosa como inquietante, plantea dudas similares. A no ser que venga con una funda de plástico desechable, su uso entraña cierto riesgo, sobre todo si no hay garantía de que haya sido correctamente higienizado entre estancia y estancia.
Los vasos de cristal tampoco salen bien parados. Aunque luzcan relucientes, muchas veces no pasan por el lavavajillas. Restos de huellas, marcas o incluso olor a pasta dental son señales de que quizá solo se han enjuagado por encima, sin una desinfección real.
Los dispensadores de jabón y champú, pensados para reducir residuos, pueden ser un punto débil si no se limpian a fondo. La recomendación es clara: traer los propios productos de casa para evitar contacto con posibles contaminantes ocultos en sus boquillas.
Máquinas de café y batas también están en la lista negra. La primera por su dificultad de limpieza; la segunda, porque a veces simplemente se vuelve a doblar para el siguiente. La lógica es sencilla: si no puedes confirmar que se lavó, mejor ni tocarlo.
Foto | Pixabay
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El director general de Renault, François Provost, ha puesto el plan de incentivos del Gobierno para vehículos eléctricos en su punto de mira. Y es que en el Salón del Automóvil de París, al cual pudimos asistir hace unos días, el CEO de la compañía argumentaba que el Plan Auto+ está ayudando a los híbridos enchufables importados a restar protagonismo al Captur fabricado en Valladolid, y afirma que la producción de la planta ha disminuido como consecuencia de ello.
Por qué importa. España es uno de los mercados europeos donde las marcas chinas están presionando con más fuerza, y también es donde Renault alberga sus operaciones industriales clave. Según apunta CincoDías, los fabricantes chinos acapararon el 38% de las matriculaciones de vehículos enchufables (vehículos 100% eléctricos y PHEV) en España entre enero y septiembre. Así que la queja de Provost convierte esta historia en una cuestión industrial.
Competencia. Provost declaraba a un pequeño grupo de periodistas que las reglas del juego en España “no son muy equitativas”. Y es que tal y como cuenta el máximo responsable de la marca, el dinero público está financiando un generoso apoyo a los PHEV fabricados fuera de Europa, lo que afecta directamente a la planta de Valladolid. El Plan Auto+ apoya a modelos fabricados en Europa, mientras que las importaciones reciben un subsidio menor.
Según Provost, la producción allí ha caído un 20% debido a esta competencia y que algunos PHEV importados se venden a precios similares a los de un Captur fabricado en España. La planta de Valladolid es precisamente la que fabrica el Captur y el Symbioz, que utilizan el sistema híbrido completo E-Tech de Renault. Estos son híbridos no enchufables.
Entre líneas. Provost declaraba al grupo de periodistas que preferiría que los incentivos se centraran en los vehículos totalmente eléctricos en lugar de en los PHEV, y que no le gusta el sistema de subvenciones de España. Aunque cabe señalar que Renault tampoco está totalmente al margen del debate, ya que el Rafale PHEV, fabricado en Palencia, también puede beneficiarse de estos incentivos.
El director general celebraba además el reciente acuerdo entre la UE y China, afirmando que debería ayudar a organizar la llegada de los fabricantes chinos de una manera más ordenada. Y también argumentó que la brecha de costes entre los ecosistemas industriales chino y europeo ronda “entre el 30% y el 40%”, por lo que unas importaciones sin control serían la única vía de crecimiento para las marcas chinas. También pidió decisiones políticas rápidas para apoyar a la industria europea, incluida la Industrial Accelerator Act, que se está debatiendo en Bruselas.
Sobre el futuro de la planta. Provost también tuvo cuidado de no sonar alarmista. Renault afirma que la actividad de Valladolid está asegurada para los próximos tres o cuatro años, y no se han anunciado despidos ni cierres. Su preocupación es lo que viene después, pues la renovación del Captur todavía está por decidir. “Esto me preocupa un poco”, compartía CincoDías, aunque añadió que todavía hay tiempo para decidir. El riesgo, afirma, surgiría si la UE no concede flexibilidad en el sistema de medias de CO2 para 2030 y siguen llegando híbridos y PHEV chinos con precios agresivos.
Cabe señalar además que Renault anunció recientemente una inversión de 600 millones de euros en España entre 2026 y 2030. Esto cubre cinco nuevos modelos para Valladolid y Palencia, dos de ellos eléctricos, y el programa comenzaría a desplegarse a partir de 2028. Palencia acogerá la nueva plataforma eléctrica RGEV Medium 2.0.
China y sus precios agresivos. Provost reconoce que algunos productos chinos pueden ser un 20% más baratos al por menor, pero afirma que los compradores deberían fijarse en la propiedad, pues pone énfasis en cuestiones sobre quién reparará el coche en cinco años, quién suministra piezas de repuesto en 24 horas y quién respalda una batería de vehículo eléctrico durante un máximo de 15 años. Barriendo hacia su terreno, como cabía esperar, añade que los valores residuales del Grupo Renault están entre 5 y 10 puntos por encima de la media de sus competidores.
Imagen de portada | Renault Group
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