
Durante mucho tiempo pensé que aquella incertidumbre era una condena. Hubiera preferido que alguien me dijera exactamente qué iba a pasar. Vas a poder jugar cinco años más. Diez. Hasta los treinta. Lo que fuera. Lo difícil no era solamente el dolor del pie, sino no saber. Entrenar sin saber, entrar a una cancha sin saber, terminar una temporada preguntándome si habría otra.
Con los años entendí que aquella incertidumbre también había producido algo en mí. Mi carrera se había convertido, como percibí enseguida, en una carrera contra el tiempo. Siempre estaba la misma pregunta en algún lugar de mi cabeza: ¿cuánto más va a aguantar este pie? ¿cuánto más resistirá mi rodilla? Y detrás de esas preguntas aparecía otra: si no sé cuánto me queda, ¿qué sentido tiene guardarme algo?
PUBLICIDAD
Tal vez por eso nunca sentí que tuviera demasiado tiempo. Cuando estaba sano quería jugar. Cuando volvía de una lesión quería jugar. Cuando me decían que quizá convenía esperar, quería volver antes. No porque creyera que los médicos estaban equivocados ni porque pensara que mi cuerpo fuera indestructible. Todo lo contrario: sabía demasiado bien que podía romperse.
En 2005 algunos médicos ni siquiera sabían si podría continuar jugando al tenis profesional al máximo nivel. Yo habría firmado que me garantizaran llegar hasta los veintiséis años. Tenía diecinueve y pensaba que quizá mi carrera ya se estaba terminando. Pasé días llorando en casa mientras mi padre trataba de tranquilizarme: encontraríamos una solución y, si no la encontrábamos, también había vida fuera del tenis.
PUBLICIDAD
La encontramos. O, mejor dicho, encontramos una manera de seguir.
El pie nunca se curó, solo aprendí a convivir con él. Cambiamos apoyos, zapatillas, plantillas, tratamientos. Y cada solución traía a veces un problema nuevo en otra parte del cuerpo. Rodillas, muñecas, espalda, abdomen. Mi cuerpo fue convirtiéndose en una negociación permanente entre lo que quería hacer y lo que todavía podía hacer.
PUBLICIDAD
Años después reconocí que algunas de las decisiones que tomé con mi salud estuvieron en el límite entre lo correcto y lo incorrecto. Los antiinflamatorios que tomé durante tanto tiempo terminaron contribuyendo a dos perforaciones en mis intestinos. En Roland Garros 2022 llegué al extremo de jugar con el pie anestesiado. No sentía el dolor porque prácticamente no sentía el pie.
¿Valió la pena?
Esa pregunta es mucho más difícil de contestar desde afuera que desde adentro.
Porque si hubiera obedecido siempre el criterio más conservador, seguramente habría protegido mejor algunas partes de mi cuerpo. Pero también creo que habría ganado diez o doce Grand Slams menos. Y no estoy hablando de diez partidos. Estoy hablando de diez o doce de los torneos más importantes que puede ganar un tenista.
PUBLICIDAD
Después del diagnóstico inicial en 2005, que supuestamente me obligaría a retirarme, gané trece Roland Garros más. Trece. Gané Wimbledon. Australia. Estados Unidos. Llegué al número uno del mundo. Perdí partidos que creía que podía ganar y gané otros que parecían perdidos. Me lesioné, volví, me volví a lesionar y volví otra vez.
Quizás por eso nunca entendí los límites como una línea que alguien pudiera dibujarme desde afuera.
Eso no significa ignorar a los médicos. Los necesitaba y los escuchaba. Sin ellos probablemente mi carrera habría durado muchísimo menos. Pero una cosa es que alguien te explique cuál es el riesgo y otra muy distinta es que pueda decidir por vos cuánto de ese riesgo estás dispuesto a asumir.
PUBLICIDAD
Hay límites que son definitivos, y otros que son solo pronósticos, probabilidades, advertencias. El problema es que, cuando estamos asustados, solemos confundir unos con otros.
Yo necesitaba averiguar cuáles eran los míos.
Quizás ésa haya sido una de las cosas que el tenis me enseñó. La mayoría de las semanas, incluso siendo uno de los mejores jugadores del mundo, terminás perdiendo. No se puede controlar el resultado, ni mucho menos, controlar cuánto tiempo va a durar algo que amamos. Lo único que podemos decidir es qué hacemos mientras todavía estamos ahí.
PUBLICIDAD
Durante casi veinte años jugué sabiendo que mi cuerpo podía decir basta en cualquier momento. Y tal vez por eso, nunca quise ser yo quien aceptara un límite antes de estar seguro de haberlo encontrado.
—-
Inspirada en el documental de Rafal Nadal “Rafa”
* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli
Empezó en la televisión de la mano de su papá, Mex. Un grupo de futuros actores, entre otros Julieta Zilberberg y Martin Piroyansky y con menos de diez años, jugaban a ser grandes en Magazine For Fai. Es divertida, muy relajada, irónica. En estos tiempos la conocemos como Lu Pedemonte, la amiga de Griselda Siciliani en la serie “Envidiosa”, pero muchos recordamos cuando protagonizó en la tele una historia de amor con una mujer y también el personaje que sufría Síndrome de Tourette. Dice que es madre, amiga y actriz y que no sabe hacer nada más. Es la mamá de Lila y la mujer, pareja o novia de Juan Ingaramo.
– Empezaste a trabajar siendo muy chica, hoy tenés una hijita, ¿pensaste alguna vez que quizás ella también quiere ser actriz?
– Sí, obvio, lo pienso todos los días, no me gustaría.
“YO LA PASÉ MUY MAL EN EL COLEGIO, ERA COMO UNA CÁRCEL, IBA TACHANDO COMO UN PRESO”
– ¿Por qué?
– No sé por qué, me da cosita. Es raro porque yo la paso re bien haciendo, ni siquiera tengo un problema con lo feo de la profesión, con que es inconstante y que no sabés qué vas a hacer, cómo va a ser tu año económico. A mí me costó mucho el colegio, que es algo que trato de que Lila no se entere, viste que después uno copia esas cosas. A mí me pasó eso, mis papás me hablaron muy mal de su experiencia en el colegio y siento que también yo un poco… No les estoy echando la culpa, después me dicen ‘nos echás la culpa de todo’, pero inevitablemente tocaron una fibra en mí y heredé esa experiencia. La pasé muy mal en el colegio, por suerte no tuve bullying ni nada de eso, pero era como una cárcel. ¿Cuánto tiempo falta para terminar? ¿Cuántos años?’ Iba tachando como un preso. Tener que ir todos los días a ese lugar y estar tantas horas… Después elegí una profesión en la que no me pasara eso, más bien todo lo contrario, incluso con la angustia que conlleva no saber qué corno va a ser de tu vida en una semana. Me da pena verlo en los otros: el casting, que te elijan en nuestra profesión depende del deseo de otro. Que estudie una carrera como la gente y listo. Medicina me encantaría, esa es la que a mí me gustaría.
– Cuando eran chicos Magazine For Fai fue un lugar cómodo donde se expresaron y algo bueno pasó, hoy son todos actores.
– Éramos niños que estudiaban teatro, todos venimos de la escuela de Nora Moseinco, nos encantaba actuar. No era ‘la tele’, íbamos los sábados a grabar, no teníamos que faltar al colegio. La exposición no tenía nada que ver con estar en ‘Chiquititas’, era un programa muy de nicho, no lo veía todo el mundo. Estábamos re caracterizados también, ni siquiera podían reconocernos fácilmente. Ni siquiera mi papá era tan popular en ese momento.
- La maternidad es mucho trabajo, pero también es mucho trabajo mental. Empiezan a pesar todas estas cosas
– Sí, es mucha responsabilidad. También ves casos de gente que tiene una vida terrorífica pero hijos maravillosos, hay que confiar en el niño, hay algo que va más allá de nosotros. Pero sí, el poder que tienen los padres sobre un niño, el poder psicológico, de manipulación también. Si uno fuese un malvado podría hacer cosas terribles, es desolador pensar en manos de quiénes están los niños.
– ¿Estuviste ‘en manos’ de dos personas muy libres?
– Sí, normal. La sensación que uno tiene de mi papá es que es un loco, bohemio y mi papá es re conservador en muchas cosas, re padre y estricto también.
– ¿Qué tenés de él?
– Eso lo retengo. Para mi papá es muy importante que el niño no sea un maleducado y para eso hay que hacer muchas cosas, no es tan fácil. Límites, que es todo un laburo. Tenés que hacer cosas que no tenés ganas de hacer, tenés que irte de lugares si el niño se está portando mal. Mi papá me tuvo muy así y creo que soy bastante parecida, no digo que esté bien, es lo que sucedió.
“¿OTRO HIJO? DÁMELO A PARTIR DE LOS TRES AÑOS”
– ¿Qué de toda la tarea de madre te pesa más cuando al pensar en la posibilidad de tener otro hijo? ¿Qué es lo que no querrías volver a atravesar?
– Mira, voy a decir algo muy polémico. Yo la pasé re bien casi todo el tiempo con Lila en la crianza, no tuve una crisis postparto ni nada de todo eso por suerte. Pero si vos me decís… Dámelo a partir de los tres años. Antes de los tres para mí es un laburazo.
– Es una cárcel.
– Es no poder pestañear.
– El primer año porque se puede morir cuando está durmiendo, por ejemplo.
– Eso ni hablar. Pero mientras es bebé vos sabés que lo apoyás en un lugar y queda.
“CADA DIEZ SEGUNDOS, AY, ¿DÓNDE ESTÁ LILA?”
– ¿Tu problema fue cuando empezó a caminar?
– Eso fue lo peor. Era esa sensación de dejar algo en el horno todo el tiempo, ‘¿Ay dónde está Lila?’ Cada diez segundos ese pensamiento.
– Hay enchufes.
– Todo es un peligro, y los niños quieren justamente ponerse en riesgo. Los varones son un poco más físicos, mi hija fue re nena, el prototipo, era más tranquilita físicamente, pero aún así está todo el tiempo en riesgo. El cable, el enchufe.
– El horno.
– El horno, la cacerola, el cuchillo. Es un mundo muy riesgoso en el que uno tiene que estar atento.
– ¿Y a los tres años?
– Mi experiencia es que eso baja un montón, sobre todo porque hay palabra, hay diálogo. A partir de ahí para mí fue increíblemente una fiesta. Yo ahora tendría cinco más así, me encanta esta edad, Lila va a cumplir siete años y yo no puedo creer, estoy alucinada con ese bichito que tengo. Me muero de amor, de ternura, me muero de risa. Es mi compañera, nos divertimos, nos hacemos chistes, todo es espectacular. Pero la primera parte para mí es más complicada y supongo que después también viene lo complicado de la adolescencia.
– ¿Qué hacemos entonces? ¿Tenés algún plan?
- No sé, estoy en ese dilema. ¿Qué hago? El embarazo, todo, me parece un sacrificio hoy día. También pienso que si tengo que atravesar eso para tener lo que tengo ahora, capaz que lo hago.
– ¿Hasta qué edad hay tiempo?
– No sé. Ya tengo 41 años. Viste que ahora hubo una mamá de 62.
– Es como mucho…
– Es un montón.
“YO DIGO ‘MI NOVIO’, DECIR MI MARIDO ME DEPRIME”
– Si tenes que presentar a Juan Ingaramo, ¿que decis? ¿Novio, marido, pareja?
– Yo digo ‘mi novio’. Igual queda todo raro tengo que aclarar que es el papá de Lila, sino parece que estoy separada… Si, tengo que hacer muchas aclaraciones con tal de no decir mi marido.
– ¿Por qué?
- No me gusta, me deprime. Me siento, no sé, una señora.
– Te envejece.
– Me envejece y me envejece el vínculo también. Mi marido suena a algo que ya está viejo.
– ¿Qué dice el novio de la maternidad y la paternidad?
– Él quiere otro, pero sabe que depende de mí la decisión, porque yo tengo que hacer todo eso de la fábrica...
– Lo de él es más fácil.
– Es mucho más fácil.
“AHORA ENTIENDO A LOS VARONES QUE LES GUSTA ESTAR CON LINDAS”
– ¿Cómo es estar de novia hace 11 años con un tipo lindo?
– Está bueno. Yo ahora entiendo a los varones que les gusta estar con lindas, siento que hasta te levanta un poco. Alguien me dijo una vez: vos tenés que tener amigas lindas. Uno tiene esa fantasía de que si vos sos la más linda, ¡qué bueno! Y en realidad no, pasás a ser…jajaja Estamos hablando de cosas de los cuerpos de los otros, no hay que hablar. Es como si fuera mejor estar siempre con gente más inteligente. Ser la más inteligente del grupo te hace más estúpido, te eleva más que tus amigos sean más inteligentes que vos.
– ¿Con la belleza para vos es lo mismo?
– Sí, yo creo que sí. La conclusión sería, no estar con lindos ni feos, porque eso es muy frívolo, pero sí animarse a estar al lado de gente que tiene potencial a todo nivel. No estar con gente que es peor que uno, uno se siente más seguro con gente a la que le va peor en el trabajo, que le va... Así no, que fácil.
– Vos lo dijiste, a muchos hombres les gustan las mujeres lindas, y mostrarlas.
– Ahora me pasa eso a mí.
– ¿Es más trabajo? También lo miran.
– No, eso no me importa nada.
– ‘Es mío’, ¿lo vivís así?
– No es mío, por supuesto que no. Pero elige pasar la vida conmigo, eso sí es lindo.
“NUNCA TUVE LA FANTASÍA DE ESTAR MUCHO TIEMPO CON ALGUIEN”
– ¿Es un montón 11 años juntos?
– Es un montón. Es muy loco, nunca pensé que me iba a pasar esto. Yo nunca tuve la fantasía de estar mucho tiempo con alguien. También era una cuestión heredada de mis padres.
– ¿Cuánto tiempo estuvieron juntos?
– Cuatro años. Pero después ellos tampoco tuvieron vínculos tan largos. Lo que me inculcaron mis papás fue como esa frase ‘por qué durar es mejor que arder’, ponele, Roland Barthes. Nunca me dijeron eso, pero se me viene esa frase a la cabeza, les gusta más arder. Mi viejo ve una pareja de hace muchos años y le deprime un poco. No me inculcaron esa idea de que hay que seguirla cueste lo que cueste. La familia, la unión, era más bien ‘vivamos un amor que nos vuelva locos y que sea hermoso y apasionado y cuando se termine, hasta luego’. Es lo que yo heredé, está bueno también.
“TODAVÍA HAY MUCHO FUEGO”
– Pero no se terminó en tu caso.
– No, es que realmente todavía hay mucho fuego. Qué mal suena eso, porque yo ya me veo toda recortada. Hay pasión, hay todo eso, por eso te digo, para mí es mi novio Juan.
– Quizás podés tener un noviazgo de muchos, muchos años.
– Yo creo que sí, te juro. Me es muy esperanzador este vínculo en ese sentido.
– Él dice cosas increíbles de vos. Que sos muy inteligente emocionalmente y que también sos muy inteligente en lo profesional y que aprende mucho. Eso es divino escucharlo y leerlo, ¿o no?
– Sí, obvio. Y eso a las chicas les gusta también, yo siempre pienso que no hay nada más lindo que ver a un hombre hablando enamorado de su mujer. ¿O no es seductor también? No es que te saca fans. ¿Te acordás de esa cosa del músico que no podía decir que estaba de novio? Luis Miguel, esa onda. Yo siento que ver a un hombre muy enamorado a una le atrae.
– Buen padre también suma puntos.
– Si, también, con el cochecito es atractivo ese hombre.
– ¿Cómo definirías a Mex como padre?
– Súper buen padre. Me tuvo a mí sola, creo. Viste que los varones tienen eso, puede venir un día alguien… A nosotras nos puede pasar eso, jajajaja.
– Hay una anécdota divina dónde Mex te llevó a sacar sangre y se desmayó. ¿Qué edad tenías?
– Cuatro, la anécdota es bárbara porque resume lo que es mi papá. Yo estaba con nervios, cuatro años. Le decía, ‘ay, papá, ¿me va a doler?’ ¡No! es como un mosquito, me decía él, no pasa nada. Entonces puse el brazo y hubo una situación que no suele suceder, me empezó a chorrear un poco la sangre por el brazo. Y de golpe hace pum y se desmaya. Le trajeron alcohol y se paró y se volvió a desmayar encima de toda la gente de la sala de espera, o sea, fue un papelón. Y se paró de nuevo. Terminó en una ambulancia y yo sosteniéndole la mano a él, esa fue la imagen final.
– Vos adulta a los cuatro años.
– No queda otra opción. Pero también mis papás me tuvieron siendo muy jóvenes, a los 24. Muchas veces mi papá me dice ‘yo era tan joven, perdón’, por cosas que no son cosas graves, son estupideces que hace cualquier padre.
– Y le decís, ‘te perdoné’...
- Si. Papá ya está, no pasa nada, le digo. Obviamente que Lila debe vivir un montón de cosas que no se va a olvidar y cuando tenga 40 años me va a decir ‘¿te acordás ese día?’ Yo voy a tener otra realidad, porque ya soy una madre más grande, pero le voy a generar otras huellitas.
– ¿Cuánto ocupa la maternidad? Porque volvemos al tema.
– Sí, en este momento está ocupando muchísimo porque no estoy trabajando tanto entonces soy madre. Mirá qué loco, uno podría ser madre nada más. No quiero, pero igual la estoy pasando bárbaro, no estoy trabajando tanto, pero estoy feliz.
“YO RECOMIENDO TENER UN PERRO CON TENENCIA COMPARTIDA”
– Tenés una perra con custodia compartida con tu ex, Martín Garabal, Francisca. ¿Cómo dividen el tiempo con ella?
– Va variando. Yo recomiendo tener un perro con tenencia compartida. Por suerte tenemos buen vínculo, súper fluido, divino, todo bárbaro.
– Son re modernos.
– No, tampoco nos juntamos a comer, pero podría ser tranquilamente. Nos tocó trabajar ahora varias veces juntos y compartimos mucha cotidianidad.
– ¿Qué es lo que recomendás?
– Muchas mujeres separadas dicen que está buenísimo también compartir un hijo si tenés un buen vínculo con tu ex. ¿Por qué? Tenés días libres. Mis amigas tienen un fin de semana en el que pueden hacer lo que quieran. Se ven una serie entera todo el día y a la noche salen.
– ¿Te imaginás en esa situación?
– No me copa porque básicamente me encanta estar con Juan, pero si no fuese así no tengo ningún problema, porque yo fui criada así. No lo veo como algo horroroso, ‘la familia se rompió, qué espanto’, no.
– Uno extraña al niño.
– Supongo que sí, no sé, pero yo a mis amigas las veo contentas.
– Estamos otra vez hablando de lo mismo ¡y yo traje el perro a la conversación!
– Si, basta, basta, ¡por favor!
– La custodia compartida del perro.
– Con el perro pasa lo mismo. El único defecto que tiene mi perra porque es la perra más buena que viste en tu vida, es que pierde una cantidad de pelo insólito. Donde pasa deja todo pelo blanco. Cuando ya estoy harta de eso, cuando en mis sillones no te querés sentar, ahí se la lleva Martín y yo limpio toda la casa. Pasa un mes y medio y vuelve mi perra, la extrañé un montón y ya está conmigo. Uno de todo se harta un poco, ¿no? Entonces que el otro que te la tenga un poco, otro al que uno le tiene mucha confianza, que sabés que la quiere igual que vos.
– Y es todo muy amigable. Llevátela, tómala.
– Sí, la verdad que sí. Ni un sí ni un no.
– Hay una tercera casa, Martín contó que la lleva a la casa de los padres.
– Yo creo más tiempo en lo de sus abuelos. Pero no importa, eso está perfecto, más amor. Ellos la cuidan como nadie, mejor que yo, mejor que él, mejor que nadie. Cuando empezamos a hacer el ida y vuelta nos fijamos en la salud mental del perro, si cuando tenía que estar conmigo lloraba sin parar y viceversa, no queríamos traumarla porque nosotros queríamos esa dinámica. Y no, la perra viene corriendo a cada uno y hasta luego, cero problema. Si yo viera que está deprimida le digo: Martín, es tuya.
“ES UN VICIO, YO AHORA NO QUIERO SALIR DE MI CASA, COMO MI PAPÁ”
– Yo creo que vas a tener más hijos y más perros, fluís muy cómoda en ese espacio de criadora.
– Ay, sí, pero no sé si es bueno porque es un vicio. Yo ahora no quiero salir de mi casa.
– ¡Como tu papá!
– ¿Te das cuenta? ¡Es verdad! Al final terminamos siendo nuestros padres.
– ¿No querés salir para estar con Lila?
– Sí. Me llaman de cualquier lado y digo, ‘ay, qué pesados, ¿qué quieren?’ Todo lo relativo a mi trabajo que no sea trabajar me cuesta. Ir a los eventos… Con los años cada vez peor. Entiendo que hay que dar para recibir, pero me cuesta. Sobre todo porque cuando uno es muy feliz en su casa le cuesta salir. Para mí el mejor plan es quedarme ahí. Juntarme con amigos, eso también me encanta, pero forma parte de mi vida privada, no es laboral.
“MADRE, AMIGA Y ACTRIZ, NO SIRVO PARA NADA MÁS”
– No estar trabajando, ser madre y amiga.
– Amiga, eso también es algo que me define. Para mí los amigos son muy importantes. Madre, amiga y actriz. No sirvo para nada más, te lo juro.
– ¿Seguís estudiando inglés?
– Ahora dejé un poquito, pero tengo que volver. Estoy con el Duolingo.
– ¿Llevas años estudiando, no?
– Sí, pero no entendés el problema para que eso entre en mi cabeza. Pero me pasa con muchas cosas que me cuestan. El deporte, por ejemplo.
– A lo largo de los reportajes años contaste muchas veces que estudiabas inglés.
– Si, no hay manera, yo siento que voy a tener que estudiar hasta que me muera y que quizás en algún momento logre tener una mínima conversación con alguien. Ahora estoy estudiando guitarra también y tenis.
– ¿Y qué tal te va?
– Mal en todo. Pero persevera y triunfarás. Pero yo tengo baja expectativa en general, eso a mí me funciona en la vida. A veces me dicen ‘¿estudias inglés para trabajar afuera?’ ¡No! ¿Cómo hacer para eso? ¿Estás loco? ¡Yo no puedo decir una frase de corrido! Si viene una persona que habla en inglés quiero poder formar parte de la conversación.
– Todavía no podés hacer una frase de corrido.
– Mmmmm, traduzco y eso. Lo mismo con la guitarra. ‘¿Queres ser música?’ No, no puedo.
– ¿Y con el tenis?
– Un desastre también, un desastre. Ni siquiera me animo a jugar contra alguien que no sea la persona que le pago.
– Pero le ponés garra.
– No sé si garra, pero yo voy, con la mejor de las ondas, ponele. Y con la cero expectativa. Y de golpe me sorprendo: hoy estuve bastante bien.
– Vivís las cosas con mucha liviandad y me encantaría imitarte un poco.
– Usalo. Es mi receta, expectativa baja.
Asia
Los últimos balances separados de Nepal y China contabilizan al menos 750 muertos y 3.044 desaparecidos tras la riada

Servicios de rescate en una zona de Nepal llena de lodo y barro de la riada.AFP
Efe Pekín
Actualizado Domingo, 30 agosto 2026 - 07:16
Un nuevo corrimiento de tierra detectado aguas abajo de la represa natural formada tras la riada que golpeó esta semana una zona fronteriza entre el norte de Nepal y China está creando otra acumulación de agua que obligó a trasladar a los equipos de rescate próximos al paso fronterizo de Gyirong.
El Ministerio chino de Gestión de Emergencias informó este domingo de que drones de vigilancia detectaron durante la noche del sábado al domingo un desprendimiento en una ladera situada unos 2,8 kilómetros aguas abajo de la represa natural formada tras el siniestro.
El material desprendido bloqueó parcialmente el cauce y formó una nueva barrera, tras la cual está comenzando a acumularse agua, según la televisión estatal CCTV.
Ante el nuevo riesgo, el Ministerio reunió a especialistas para evaluar la evolución de la barrera y ordenó trasladar a una zona segura al personal que participaba en las operaciones de rescate cerca del paso fronterizo de Gyirong, situado entre Nepal y la región del Tíbet (suroeste de China) y que quedó completamente arrasado por la riada.
Las autoridades mantienen desplegados drones de reconocimiento para vigilar tanto esta nueva acumulación como la evolución de la represa formada anteriormente aguas arriba.
Esta última había sido uno de los principales riesgos secundarios tras la riada y llegó a obligar el viernes a suspender temporalmente parte de las operaciones de búsqueda por temor a una rotura repentina.
El Ministerio de Recursos Hídricos indicó el sábado que aquella primera represa estaba ya "prácticamente vaciada" y que el cauce había recuperado un flujo natural "normal".
La riada se desencadenó el miércoles tras el colapso de una gran masa de hielo en un glaciar situado en Nepal, según las investigaciones preliminares, y arrasó localidades e infraestructuras en ambos lados de la zona fronteriza.
Los últimos balances separados de Nepal y China contabilizan al menos 750 muertos y 3.044 desaparecidos tras la riada.

Uno a uno subieron al HMS Harebell, un buque de guerra de la Marina Real británica enviado para el traslado, y dejaron atrás sus casas, sus tierras y una forma de vida construida alrededor de la agricultura y la ganadería. Desde las aguas de Village Bay, la bahía natural donde se concentraba el único asentamiento humano del lugar, el barco se alejó. Atrás quedaba Hirta, mientras los pasajeros abandonaban para siempre el único mundo que conocían.
Era el 29 de agosto de 1930 cuando aquellos últimos 36 habitantes de San Kilda partieron hacia la Escocia continental. Desde ese día, la mayor de las islas y la única que conservaba una población permanente, quedó deshabitada después de miles de años de presencia humana.
PUBLICIDAD
La decisión había partido de la propia comunidad. Décadas de emigración redujeron la población hasta dejar pocos hombres para sostener las tareas más exigentes. Además, las enfermedades, los inviernos crudos y la creciente dependencia de los suministros exteriores debilitaron una economía de subsistencia que, durante generaciones, les había permitido vivir en uno de los territorios más aislados de las islas británicas.

San Kilda es un pequeño archipiélago ubicado en el Atlántico Norte, a unos 65 kilómetros al oeste de las islas Hébridas Exteriores. De todas sus islas, solo Hirta llegó a mantener un asentamiento permanente. Allí, en un territorio marcado por acantilados imponentes y fuertes vientos, se desarrolló durante milenios una comunidad acostumbrada a depender casi por completo de los recursos de su entorno.
PUBLICIDAD
La presencia humana allí se remonta a unos 4.000 años. A lo largo de ese tiempo, sus habitantes aprendieron cómo aprovechar las tierras limitadas y condiciones climáticas muy poco favorables para la agricultura. Ese aislamiento no era solo una característica geográfica: condicionaba la alimentación, el trabajo, los desplazamientos y prácticamente cada aspecto de la vida cotidiana.
Para ellos, la base de su vida económica era la agricultura de subsistencia: cultivaban pequeñas parcelas, criaban ovejas para hilar su lana y tejer. Y se las rebuscaban para comer. La vida comunitaria dependía, por tanto, de que suficientes personas pudieran realizar distintas tareas.
PUBLICIDAD
Cultivar la tierra, cuidar los animales, mantener las viviendas y almacenar los alimentos exigía una distribución constante del trabajo. Durante generaciones, ese sistema permitió que Hirta sobreviviera a su aislamiento, pero también significaba que cualquier reducción importante de la población podía alterar un equilibrio del que dependía la supervivencia de toda la comunidad.

Durante el siglo XIX, el aislamiento de San Kilda comenzó a romperse. Los barcos visitaban el archipiélago con mucha más frecuencia y, durante el verano, llegaban turistas atraídos por la singularidad de la comunidad, su lengua gaélica y una forma de vida prácticamente desconocida en el continente.
PUBLICIDAD
Ese contacto también transformó la economía de la comunidad: los lugareños empezaron a depender más de alimentos, combustible y otros productos llegados desde fuera. Además, los jóvenes encontraron en el continente y en lugares como Australia y Canadá todas las oportunidades que Hirta difícilmente podía ofrecerles. En 1852, 36 habitantes emigraron juntos a Australia.
Cada partida reducía la capacidad de la comunidad para mantener su sistema tradicional. Las familias eran más pequeñas y quedaban menos personas para asumir las tareas necesarias durante todo el año. El problema se hizo especialmente evidente entre los hombres jóvenes, ya que muchos abandonaban la isla en busca de nuevas oportunidades y eso generó que haya menos personas para realizar las tareas que exigían mayor esfuerzo físico, como trabajar los campos o la cacería. Quienes se quedaban debían asumir una carga de trabajo cada vez mayor, mientras aumentaba la proporción de niños y adultos mayores que dependían de ellos.
PUBLICIDAD
La Primera Guerra Mundial profundizó esa transformación. Tras el conflicto, las conexiones que se habían intensificado durante la guerra disminuyeron nuevamente y San Kilda volvió a quedar a merced de un mar difícil de atravesar. Hirta conservaba su antiguo modo de vida, pero la comunidad que lo sostenía ya no tenía la misma capacidad para mantenerlo.

El invierno de 1929 y 1930 llevó la situación al límite. El mal tiempo impedía por largos meses la llegada de barcos, alimentos y correo, dejando a la comunidad aislada en un momento en que cada vez dependía más de los suministros procedentes del continente.
PUBLICIDAD
La falta de alimentos se convirtió en una amenaza real. Algunas familias llegaron a pasar hambre durante aquel invierno y la escasez hizo evidente hasta qué punto la comunidad dependía ya de unas conexiones marítimas que podían interrumpirse durante semanas.
A esa situación se sumó una grave crisis sanitaria. La distancia del continente dificultaba recibir atención médica urgente y varias enfermedades tuvieron consecuencias mortales durante los meses anteriores a la evacuación. Dos mujeres jóvenes murieron en 1930, una de ellas después de haber sido trasladada a Glasgow para recibir tratamiento y otra a causa de la tuberculosis.
PUBLICIDAD
Los problemas dejaron de parecer dificultades pasajeras y comenzaron a cuestionar la posibilidad de seguir en Hirta. La enfermera destinada en la isla para atender a los habitantes advirtió sobre las condiciones en que se encontraba la comunidad y respaldó la necesidad de buscar una alternativa en el continente.
El 10 de mayo de 1930, veinte habitantes firmaron una petición dirigida al Gobierno británico. Explicaron que no podían afrontar otro invierno en esas condiciones y solicitaron ayuda para conseguir viviendas y trabajo en el continente. La petición puso por escrito una decisión que hasta entonces había sido difícil de asumir: abandonar la isla podía ser la única manera de garantizar la supervivencia de la comunidad.
PUBLICIDAD

El Gobierno británico aceptó organizar el traslado y durante el verano se buscaron viviendas y empleos para las familias en distintos puntos de Escocia continental. Mientras los habitantes preparaban sus pertenencias para abandonar definitivamente la isla, trasladaron a los animales.
La última partida fue el 29 de agosto de 1930. Los 36 residentes que embarcaron en el HMS Harebell emprendieron un viaje de unas 17 horas hacia el continente. Dejaban atrás las casas donde habían nacido, los campos que habían trabajado y los lugares donde sus familias habían vivido durante generaciones.
Entre todos hubo un habitante que se resistió a aceptar la partida, Neil Ferguson. Fue el único habitante que no quiso irse e, incluso, llegó a preparar el terreno para la cosecha de verano. Cuando llegó el momento de marcharse, demoró todo lo que pudo el momento de abandonar su casa antes de subir, finalmente, al barco.
Hirta quedó sin población civil permanente. Las casas permanecieron en la aldea mientras el antiguo asentamiento comenzaba a deteriorarse. En 1957 se instalaron en la isla infraestructuras vinculadas a la defensa y las telecomunicaciones, dando paso a una nueva etapa de su historia.
Hoy, San Kilda conserva las huellas materiales de aquella comunidad y forma parte del Patrimonio Mundial de la UNESCO. Sus casas, campos y las pequeñas construcciones de piedra utilizadas para almacenar alimentos, permiten reconstruir una forma de vida desaparecida. Los habitantes se fueron, pero Hirta permaneció como testimonio de una comunidad que había vivido allí durante miles de años.

De los 56.043 hm3 de capacidad que tienen los embalses de agua en España, actualmente el 64,90 % se encuentra llena, conforme a la más reciente actualización del Boletín Hidrológico Peninsular divulgado por el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Democrático (Miteco) este domingo 30 de agosto.
De acuerdo con esta información oficial, el almacenamiento de agua en el país bajó en los últimos siete días.
El comportamiento de los embalses sirve de termómetro para medir la situación hídrica del país. A medida que avanza el año, las cifras sobre la capacidad almacenada adquieren un protagonismo especial debido al impacto del agua en la vida cotidiana hasta en todo tipo de industrias.
PUBLICIDAD
Fecha: domingo 30 de agosto de 2026.
Capacidad: 56.043 hm3.
Total de agua embalsada: 36.370 hm3.
Porcentaje de agua embalsada: 64,90 %.
Variación de hace una semana: -817 hm3.
Variación porcentual semanal: -1,46 %.
Agua embalsada registrada hace un año: 34.060 hm3.
Porcentaje de agua embalsada hace un año: 60,77 %.

Andalucía: 74,00%.
Aragón: 54,90%.
Asturias: 67,54%.
C. Valenciana: 43,10%.
Cantabria P. Vasco La Rioja: 47,75%.
Castilla-La Mancha: 60,86%.
Cataluña: 72,87%.
Comunidad de Castilla y León: 60,95%.
Extremadura: 68,13%.
Galicia: 64,38%.
Murcia: 25,00%.
Navarra: 42,89%.
Independientemente de la capacidad en los embalses en España, siempre se debe ser responsable con su uso. Por ello, el Miteco publicó una serie de recomendaciones para ahorrar agua desde los hogares, específicamente desde la cocina.
PUBLICIDAD
Al momento de lavar los trastes, se puede utilizar un pequeño barreño de agua para enjabonar la vajilla y otro para el aclarado, así el consumo de agua se reduce sustancialmente.
En cambio si se va a comprar un lavavajillas se recomienda que sea de bajo consumo. Actualmente, los modelos con capacidad para 12-13 servicios tienen consumos de agua que van desde 6,5 hasta 18 litros por lavado, lo ideal es que su gasto por lavado sea inferior a 10 litros.
Además, algunos lavavajillas cuentan con programas de bajo consumo que apenas utilizan la mitad de agua que otros. Consulte el manual de instrucciones y mire los consumos de agua y energía de cada programa.
PUBLICIDAD
En los lavavajillas, el programa denominado “rápido” suele proporcionar ahorros de agua muy sustanciales, ya que elimina algunas fases de prelavado y enjuague.
El detergente también puede hacer la diferencia cuando de ahorrar agua se trata. Existen varios que cuentan con fosfatos mismos que contribuyen a la proliferación de algas en ríos y embalses, privando de oxígeno a la fauna acuática. En el mercado hay detergentes para la colada y jabones para la vajilla libres de fosfatos. Elígelos.
No tires el aceite usado por el fregadero, guárdalo en un pequeño bidón. Cuando se llene, puedes utilizarlo para hacer jabón o llevarlo al punto limpio.
PUBLICIDAD
Si te gusta el agua fría, no dejes correr el grifo: mete una botella con agua en la nevera.
El nuevo BMW iX3 ha llegado a las carreteras con la vocación de marcar un antes y un después en la marca y en el segmento premium. Después de varios días conduciéndolo en una prueba de larga duración, la sensación que queda es que BMW no se ha limitado a renovar uno de sus SUV más exitosos: ha utilizado este modelo para enseñar cómo quiere que sean sus coches durante los próximos años con muchas innovaciones a la vista y otras ocultas. El eléctrico iX3 es el primer modelo de producción de la Neue Klasse y concentra buena parte de las tecnologías que la marca está extiendo a su futura gama.
Lo primero que cambia es la mirada. El iX3 rompe con el diseño de la generación anterior y estrena un lenguaje mucho más limpio, minimalista y, al mismo tiempo, reconocible. Los riñones verticales recuperan la inspiración de los BMW clásicos de los años sesenta, pero ahora están acompañados por una firma luminosa que sustituye al protagonismo tradicional del cromado. El resultado es un frontal que parece llegado del futuro, aunque conserva suficientes referencias al pasado como para seguir siendo inequívocamente BMW.
Desde atrás, la receta funciona incluso mejor. Los hombros marcados, la superficie acristalada y los pilotos horizontales consiguen que sus casi 4,8 metros de longitud no parezcan excesivos. BMW lo denomina SAV, Sports Activity Vehicle, y la denominación tiene sentido: no estamos ante un SUV convencional, sino ante un coche que intenta combinar la posición elevada y la versatilidad de un X con unas proporciones más dinámicas. Sus 4.782 milímetros de longitud y una aerodinámica trabajada hasta lograr un coeficiente de 0,24 ayudan a explicar esa mezcla.
Y esa sensación de amplitud continúa cuando abrimos las puertas. El interior es probablemente uno de los mayores saltos respecto al pasado. Hay mucho espacio para los pasajeros y especialmente para las plazas traseras, mientras que el maletero ofrece 520 litros, ampliables hasta 1.750 al abatir los asientos. Además, bajo el capó hay otros 58 litros de almacenaje. Es una combinación que convierte al iX3 en un coche perfectamente preparado para viajar en familia durante varios días, sin tener que elegir entre equipaje y comodidad.
Pero si hay algo que define este coche es que prácticamente todo gira alrededor de la pantalla y del software. El BMW Panoramic iDrive cambia radicalmente la relación con el automóvil. La información se proyecta prácticamente a lo ancho del salpicadero mediante el BMW Panoramic Vision, mientras que la pantalla central, el volante multifunción y el Head-Up Display 3D opcional completan un puesto de conducción que parece más una cabina digital que el interior de un automóvil tradicional.
Después de varios días, esa tecnología deja de apabullar y empieza a formar parte de la rutina. La navegación, por ejemplo, integra la planificación de las paradas de carga, mientras que el sistema permite personalizar buena parte de la experiencia a través de los modos My Modes. También está la llave digital, las funciones conectadas y un sistema operativo preparado para recibir nuevas funciones mediante actualizaciones inalámbricas. Es, en definitiva, un coche pensado para que parte de su evolución llegue después de haberlo comprado.
Eso sí, tanta digitalización tiene una contrapartida. La experiencia resulta espectacular cuando uno se acostumbra a ella, pero también obliga a cambiar algunos hábitos. Funciones que antes resolvíamos con un botón pasan ahora por la pantalla, los comandos de voz o los mandos del volante. BMW ha mantenido algunos controles físicos —entre ellos los intermitentes, limpiaparabrisas, volumen, selector de marcha o luces de emergencia—, pero el coche apuesta claramente por una interacción mucho más digital.
Y aquí aparece una de las grandes claves de este iX3: no es solamente un coche eléctrico que lleva mucha tecnología. Es un coche definido por software. Cuatro ordenadores de alto rendimiento se encargan de gestionar la dinámica de conducción, la conducción automatizada, el infoentretenimiento y otras funciones del vehículo. BMW asegura además que la nueva arquitectura reduce el cableado en unos 600 metros y el peso de ese sistema un 30%.
En marcha el llamado Heart of Joy gestiona la propulsión, los frenos, la recuperación de energía y buena parte de la dinámica del vehículo. La respuesta es inmediata, pero lo más interesante no es tanto la aceleración como la naturalidad con la que el coche entrega la potencia y cambia de trayectoria. BMW ha trabajado para que la electrificación no signifique perder esa sensación de control que tradicionalmente ha caracterizado a sus modelos.
Y potencia no falta. El iX3 50 xDrive dispone de dos motores eléctricos que desarrollan conjuntamente 345 kW, equivalentes a unos imponentes 469 CV, y 645 Nm de par. Es capaz de pasar de 0 a 100 km/h en 4,9 segundos y alcanzar 210 km/h. Son cifras propias de un coche claramente deportivo, aunque aquí aparecen acompañadas por una capacidad para viajar muchos kilómetros con un consumo sorprendentemente contenido.
Durante nuestra prueba hemos acumulado 19,4 kWh/100 km, una cifra especialmente interesante teniendo en cuenta el tamaño, el peso y los 469 CV disponibles. Y si miramos el histórico acumulado del vehículo, el dato baja incluso hasta 18,7 kWh/100 km. Es uno de esos casos en los que la eficiencia deja de ser simplemente una característica de un coche eléctrico para convertirse en una de sus grandes virtudes.
La cifra oficial también invita al optimismo. BMW declara para el iX3 50 xDrive un consumo combinado WLTP de entre 15,1 y 17,9 kWh/100 km y una autonomía de hasta 805 kilómetros, aunque esta última cifra depende de la configuración y de las condiciones de homologación. Con nuestro consumo, la autonomía real también se queda algo por debajo.
En carretera, además, aparece otra de las tecnologías que más cambia la experiencia: la asistencia a la conducción. El sistema puede hacerse cargo de buena parte de las tareas en autopista y permite apartar las manos del volante durante determinados periodos, mientras mantiene el coche dentro del carril. También incorpora funciones de asistencia en ciudad y sistemas automatizados de aparcamiento. No estamos todavía ante un automóvil completamente autónomo, pero sí ante una tecnología que empieza a cambiar la relación entre conductor y coche.
La otra gran sorpresa de la prueba llega cuando aceleramos con decisión. El iX3 emite un sonido que parece proceder de un deportivo de combustión. No hay V8 ni V12 bajo el capó, por supuesto: forma parte del paisaje sonoro BMW HypersonX creado específicamente para la Neue Klasse. Es artificial, pero funciona como recurso emocional. Porque un coche eléctrico puede ser tremendamente rápido y eficiente, pero BMW sigue queriendo que también resulte excitante. Si no compartes esa visión, está disponible la opción de silenciar el rugido electrificado.
Después de varios días de conducción, la conclusión es que este BMW no intenta que olvidemos que estamos al volante de un coche eléctrico. Al contrario, aprovecha las posibilidades de la electricidad para redefinir cómo se conduce. La recuperación de energía está integrada en la gestión de la dinámica y BMW afirma que el 98% de las frenadas de la conducción diaria pueden realizarse mediante recuperación, sin utilizar los frenos de fricción. El resultado busca una conducción especialmente suave y progresiva.
También la batería supone un cambio de generación. El iX3 estrena la sexta generación de BMW eDrive, con arquitectura de 800 voltios, celdas cilíndricas y una batería utilizable de 108,7 kWh. La densidad energética de las celdas aumenta un 20% respecto a la generación anterior y la batería pasa a formar parte estructural del vehículo.
Pero la verdadera revolución aparece al parar a recargar. El iX3 puede alcanzar una potencia de carga de hasta 400 kW y añadir hasta 372 kilómetros de autonomía en diez minutos en las condiciones previstas por BMW. La batería puede pasar del 10% al 80% en 21 minutos. Además, la arquitectura permite carga bidireccional, de manera que el coche puede funcionar como una especie de gran batería móvil para alimentar dispositivos o incluso almacenar energía procedente de una instalación solar doméstica.
Después de convivir varios días con él, esa es quizá la mejor forma de entender el BMW iX3. No estamos simplemente ante el nuevo SUV eléctrico de BMW. Estamos ante el escaparate tecnológico de lo que la marca entiende por automóvil del futuro: eléctrico, conectado, actualizable, asistido, eficiente y, pese a todo ello, todavía preocupado por ofrecer sensaciones al volante.
La Neue Klasse empieza aquí. Y lo más interesante es que muchas de las cosas que hoy parecen futuristas en este iX3 dejarán de serlo muy pronto. BMW ha anunciado que las tecnologías desarrolladas para esta nueva generación llegarán a unos 40 modelos nuevos y actualizaciones hasta 2027. Por eso, después de varios días al volante, la sensación no es tanto haber probado un coche nuevo como haber tenido un adelanto de los próximos BMW.
Darío Barassi está en un momento de cambios. Mientras acaba de estrenar Gutiérrez is my name, la serie que protagoniza para Disney+, atraviesa una etapa personal marcada por un duelo que lo obligó a frenar y revisar algunas cosas. “Quiero dejar de ser Darío un rato para descansar la cabeza”, reconoce.
En la ficción interpreta a Gutiérrez, un hombre que se convence de que puede evitar la Tercera Guerra Mundial con pocos recursos y una enorme determinación. El desafío actoral fue salir de los personajes que suelen quedar cerca de su propia personalidad. El director Jesús Braceras se lo dejó claro desde el comienzo: “Barassi, acá nada”.
La muerte de su mamá, después de una enfermedad rápida y agresiva, también modificó su manera de mirar la vida. Tras más de dos décadas con la misma psicóloga, decidió cambiar de terapeuta y empezar otro proceso. Hoy asegura que está más estable y conectado con el presente, aunque todavía trabaja sobre la exigencia, el control y la obsesión.
En pareja desde hace 17 años con Lucía Gómez Centurión, padre de Emilia (7) e Inés (4), reconoce que la paternidad también lo obligó a bajar un cambio. Intenta aprender a estar con ellas sin convertir cada encuentro en un espectáculo, mientras empieza a ocuparse más de su cuerpo y de sus propios límites. “Mi cuerpo es lo que menos escucho, lamentablemente”, admite en esta charla con Infobae.
—Me encanta que estés acá y me encantó Gutiérrez.
—Ay, qué bueno. Estoy chocho. Me llegó un personaje que me saca totalmente de eje, que me corre del molde y me hace actuar de verdad. Demasiados desafíos en uno y, además, me llegó en un momento en el que lo necesitaba. Fue un placer meterme en el universo de Gutiérrez.
—¿Por qué lo necesitabas?
—Venía atravesando todo el quilombo del duelo de mi vieja y necesitaba salir un rato de mí mismo, pero no estaba pudiendo. Entonces aparece Gutiérrez y son tres meses de: hay que pelarse, me pelo; estoy lleno de barro en las uñas y en las orejas, vamos; hay que meterse en el Conurbano profundo, vamos. Quiero dejar de ser Darío un rato para descansar la cabeza y que el canal creativo vaya para algún lado, y pude poner todo acá. Por eso este estreno significa mucho para mí: son ocho capítulos de 32 minutos cada uno, para que maratoneen, lo di todo, espero que les guste.
—También fue un reencuentro con el actor.
—Siempre. Trato de acomodar mis años entre la conducción y algo actoral: una película, una serie, dos o tres funciones de teatro. Algo actoral tengo que hacer porque, si no, no meto al actor y me quedo medio vacío.
—Me gustó esta idea de dejar de ser Darío Barassi un ratito, porque en la conducción sos vos.
—Sí, ese fue el gran desafío porque conduzco y soy Barassi siempre, 24/7. Me llegan muchos proyectos en los que el personaje termina siendo muy parecido a mí: un papá copado, un amigo gracioso, uno que no tiene éxito en la vida amorosa. Son teclas que me quedan cercanas, pero esta no. Me agarró Jesús Braceras, que es el director, y me dijo: “Barassi, acá nada”. Salí de ese café pensando: lo puedo hacer, lo tengo que hacer. Aunque tuve mis dudas.
—¿Cómo fue que te dijeran “Barassi, acá nada”?
—Cuando lo escuché me di cuenta de que necesitaba escucharlo. Fue desafiante. Volví a leerlo, lo hablé con mi mujer y trabajé con una coach actoral, Dalia. Necesitaba encontrar qué me unía a este personaje y por dónde entrar. Gutiérrez es ambicioso: de repente se le aparece la posibilidad de evitar la Tercera Guerra Mundial y despliega lo que no tiene para convertirse en ese héroe. Hay algo de eso que me resonaba.
—Los otros son profesionales e impecables y Gutiérrez es “lo atamos con alambre”, pero está convencido de que va a frenar la Tercera Guerra Mundial.
—Él está convencido. Me encanta esa cosa argentina y bonaerense de que acá con poco hacemos mucho. Es histórico nuestro. Con todos los quilombos, de repente ganamos Copas del Mundo, tenemos películas premiadas, deportistas, artistas. Tenemos con qué. Gutiérrez is my name muestra que esa argentinidad al palo no es una ficción. Hay con qué; solamente hacen falta cabezas despiertas.
—Y podemos pelearnos entre nosotros, pero que no se meta uno de afuera a criticar.
—Olvidate. Nos unimos todos. En la serie también pasa que somos un equipo, creemos en la causa. Me gusta esa cosa de equipo en la serie y en la vida.
—¿Tuviste un doble de riesgo?
—Sí. Había un gordo divino que me hacía el aguante porque soy muy vertiginoso. Todas las escenas en altura, precipicios, edificios o puentes muy altos intenté hacerlas, pero hasta donde podía. Había momentos en los que decía: “La estoy pasando demasiado mal, ayúdenme, quiéranme un poco”. Así que tenía un doble para las escenas más complejas. También para una moto que intenté hacer, pero el equilibrio no me acompañaba. El resto le puse el cuerpo.
—¿Para qué pondrías hoy un doble en tu vida?
—Me vendría muy bien porque me falta tiempo. No sé cómo hacer para estar en todos lados: en mi casa, trabajando, en el colegio de las chicas, descansando, en yoga. Quiero hacer todo a la vez y no me da el tiempo. Estoy en ese proceso de ver cómo jerarquizo. Ser Barassi implica mucha responsabilidad y carga horaria. Ser padre, marido, amigo, y en el medio está mi cuerpo, que también tengo que cuidar. A veces le pido a la vida más horas y no aparecen.
—¿La estás pasando bien?
—Sí. Soy un tipo que, por lo general, camina del lado soleado de la vida. Soy alegre, me gusta pasarla bien y me gusta mucho mi vida. Tengo una familia que me llena de orgullo, una mujer que es equipo y dos hijas que son increíbles. Trabajo de lo que me gusta, me va muy bien, puedo darme gustos, vivo en una casa a la que me gusta llegar y puedo hacer escapadas con mi familia. No puedo hacer más que agradecer la vida que tengo, porque es una vida bárbara. El costo a veces es un poco alto.
—¿Y la exigencia no es un montón?
—La exigencia es un montón, pero yo soy exigente.
—¿Por qué?
—No sé. Estoy tratando de ver cómo ser un poco menos exigente conmigo, con mis hijas, con mi carrera. No sé dónde estoy chipeado de esa manera. La exigencia, el control y la obsesión son pinceladas que me definen y estoy viendo cómo regularlas. Ya entendí que soy así, tengo 42 años, no soy un pibe de 25 tratando de ver cómo quiere ser. Quiero que esto no sea patológico, que no reste y que sume.
—Yo soy muy fanática de los cumpleaños de tus hijas. Y vos estás en cada detalle: desde cómo está doblada la servilleta y si está combinada con el globo que está a dos cuadras.
—Como tiene que ser, sino me muero. Soy insoportable. Hay una productora que en un momento me dijo: “Hasta acá te acompaño porque sos un faso”. Era una capa y producía bárbaro los cumpleaños. Ahí dije: voy a tener que frenar un poco y confiar en que otros saben más. Pero llego dos horas antes y hago un 360: “Esta pared está pelada, ¿por qué no ponemos unos globos acá?”. El equipo ya me conoce y me banca
—¿Te bancas no darles el gusto en algo?
—No me lo banco, siento que quiero darles todo y es un ejercicio grande porque en el fondo también es mi locura. Pienso: “Me voy a morir, les quiero dar todo ahora. Mirá si es mi último cumpleaños con mis hijas”. Soy de dar mucho, soy abastecedor de cualquier necesidad de alguien que me genere empatía o cariño. Me cuesta jerarquizar.
—Se juntan el papá, el controlador, el que se angustia y el que les quiere dar todo. ¿Aparece el fantasma en serio de no estar para ellas?
—No tan dramático. Me gusta que tengan una infancia espectacular, pero no lo asocio solo con lo material, también con estar. Yo no sé estar con mis hijas tranquilo, y eso es un tema. Llego y pongo música al palo, me pongo una sábana, bailo, las cazo, las escondo. Ahora, como estoy haciendo otro tipo de terapia, estoy tratando de bajar un cambio: también podemos tirarnos a ver una película, pintar o preparar un bizcochuelo. Antes era llegar y hacer un show gigante.
—Lu debe llegar a tu casa y decirte: “Bajá un poco la excitación, después hay que dormirlas”.
—Obvio. Me dice: “Gordo, son las ocho, ya está, hay que bañarlas”. Pero para bañarlas hago cascada de espuma, el sapo que habla, fiesta, no lo puedo evitar, pero termino muerto. Lo que pasa es que estoy dos horas con ellas y quiero darles todo lo que no les di en todo el día. Ahí es donde me mata.
—Como sos gracioso y un gran remador, no sé si es 100% real lo que me estás diciendo.
—Es 100% real. Llego a la puerta de mi casa, estaciono, suspiro, abro la puerta y, de seis a ocho, soy Topa: canto, bailo, me disfrazo. Ellas son re artísticas las dos: bailan, cantan, saltan. Emi ya no se copa tanto con el show, se va a su cuarto y compone canciones.
—¿Te escribió alguna?
—Sí. Anoche me quedé a dormir acá en el centro porque no llegaba a ir y volver. Estaba enojada y me escribió una canción que se llamaba “Odio a mi padre”. Intensa. Me dijo que cuando llegara me la iba a cantar. Hizo la música y la letra. Estoy ansioso por escuchar “Odio a mi padre” porque una noche me quedé a dormir en el centro.
—¿Vos le dijiste lo indignado que estabas cuando ella se fue de pijamada?
—Estoy de vuelta con ese tema, no hay más pijamadas. La dejé una vez y no puedo, tiene siete años, por ahora duerme en casa. Parezco copado, pero también soy un gede.
—¿Ella primero iba a pijamadas pero no se animaba y la tenías que ir a buscar?
—Nunca me pidió que la fuera a buscar, pero podía despertarse de noche y pedir ayuda a algún adulto para volver a dormirse. Entonces le dije: “Al pepe, ¿por qué te va a dormir la mamá de una amiga?”. Aunque fueran familias de muchísima confianza. Así que hacemos prepijamada: la paso a buscar a las once y, si quiere estar en el desayuno, la llevo temprano. Ahora estamos negociando con la madre que empiece a dormir en casas dentro del barrio.
—La madre dice que sí.
—La madre está más accesible. A mí me cuesta irme a dormir y que no estén ahí.
—¿Se pasa de cama?
—Tiene horarios. Si es antes de las cinco de la mañana, vuelve a su cama. Después de las cinco, puede quedarse.
—¿Y con Inés?
—Inés hace lo que quiere, llegó a nuestras vidas para demostrarnos que las reglas son las que pone ella. Una vez entro a mi cuarto, piso algo, pienso que es una almohada y la veo tirada en el piso. Le digo: “No podés pasarte a mi cama”, y me responde: “No estoy en tu cama, estoy en el piso. Y quiero agua”. De repente me encuentro dándole agua y permiso para acostarse en la alfombra, que era mejor que el piso. Y ahí se durmió. Después la pasé a su cuarto, obvio, pero ella es así.
—¿Quién de las dos es la que escribió que se iba a vivir a Europa porque tiene ciudadanía?
—La más grande. Se quiere ir con Pachu, su mejor amiga, cuando termine el colegio.
—¿Y qué le dijiste?
—Que por qué. Me dijo: “Porque vos sos el señor no, me decís no a todo”.
—No pareciera.
—Soy un gede. Con el colegio, con el orden, soy estricto.
—Sos muy fanático del orden. ¿Te pintaron alguna pared?
—Sillones y sufro. Lo primero que hago cuando entro a mi casa es mirar el rayón que todavía no puedo sacar y no quiero ponerle una funda porque el sillón es muy lindo. (Risas.) Me voy a acostumbrar.
—¿Por qué cambiaste de terapeuta?
—Hacía terapia con la misma psicóloga desde los 18. La muerte de mi vieja fue un cimbronazo y sentí que ese proceso me había ayudado mucho, pero necesitaba cambios. Necesité Gutiérrez, cambiar de psicólogo y escuchar otras cosas.
—¿Con qué Darío te encontraste después de la muerte de tu mamá?
—Estoy más introspectivo. Pasaron dos años y creo que el duelo está elaborado, convivo bastante mejor con su ausencia, porque fue muy shockeante, una enfermedad rápida y agresiva. Mi vieja recién empezaba a ser abuela de mis hijas y se había mudado al barrio para estar cerca, había un proyecto de vida que estaba empezando y todo eso se cayó. Yo no tengo papá, así que fue medio quedar huérfano. También fue perder San Juan, porque durante mucho tiempo llevaba a mis hijas a la casa de mi vieja. Fueron demasiados duelos juntos y se me armó un quilombo en la cabeza, es un cachetazo emocional de la vida al que hay que ponerle el cuerpo y transitarlo.
—Yo a mi vieja la extraño siempre. Se murió hace 10 años y la sigo extrañando.
—A mí me sigue pasando. El fin de semana estuve en San Juan y fui al cementerio, le conté de las pibas. Además, la más chica se parece mucho físicamente a mi vieja y eso me hace acordar. Ahora estoy en un duelo elaborado y en proceso de valorar qué sí y qué no en la vida: la obsesión, el control, la exigencia. Vivir un poco más tranquilo y disfrutar las cosas cercanas.
—¿Le pudiste decir a tu mamá todo lo que querías?
—Tuve la suerte de que fue un cáncer bastante terminal, pero durante el último año pudimos acompañarla y hablamos muchísimo. De lo bueno, de lo malo, del futuro, del pasado.
—¿Ella sabía?
—Sí. En el período más terminal ya no estaba tan conectada, así que simplemente la acompañábamos y le decíamos las cosas que queríamos decirle sin esperar respuesta. También fue parte del proceso de la despedida.
—Y darle permiso para que se vaya tranquila.
—Sí, ya era hora. Cuando pasó, en algún punto, se sintió como un alivio. Era: “Ya está, pobre, basta. Liberate”. Hasta hoy me duele, pero con mis dos hermanos y mi mujer le pusimos mucho el cuerpo. El cáncer es una enfermedad compleja, pero lo vivo como un año gratificante en el sentido de que pude cerrar mil temas con mi vieja, la pude ver abuela y me quedo con lo positivo. Hablamos de todo: de mi viejo, de mis hermanos, de cosas críticas que habían pasado durante nuestra convivencia, mil temas de madre e hijo.
—¿Del gordo pero sexy?
—Gran remera que me llevó el día que me recibí y aún la tengo. Mi vieja me rompía los huevos con que fuera abogado y me acuerdo de lo contenta que estaba ese día. Me trajo la remera chica para que me quedara chica y boludearme (risas). Si soy medio bicho y aparato de algún lado lo saqué.
—¿Cómo estás con ese proceso introspectivo? ¿Apareció el disfrute de parar y mirar?
—Hubo un freno obligado. Fue una piña. Me perdí, me angustié mucho, estaba desencajado. Y tenía que seguir trabajando porque me acababa de mudar. Ese año me costó bastante hacer el programa, solo hice eso porque no me daba el cuerpo para mucho más. Hoy me siento mucho más estable y conectado con el presente, con lo que tengo, que es bárbaro.
—¿Te sale?
—A veces sí, a veces no. Estoy aprendiendo a abrazar que soy así y dejar de estar enojado con mi naturaleza. Tenía programada mi vida dos años antes y ahora digo: dejemos algo librado al azar, vamos viendo qué tenemos ganas de hacer. Mi mujer me ayudó mucho con eso porque es bastante más sana que yo.
—¿La paternidad no acomodó también algo de eso?
—La paternidad me corrió de eje, dejé de mirarme tanto a mí mismo que me miraba mucho. Y, aparte, por más que tengas todo estructurado, aparece una tirada en el piso pidiéndote agua y se caen todas las reglas de cómo educar, simplemente querés levantarla, darle un beso y listo.
—Te propongo un juego para el Darío controlador. Quiero saber qué hacés ante algunas situaciones. Tu hija está triste por algo que vos no podés solucionar. ¿Qué hacés?
—Mi tendencia natural sería evitar el sufrimiento. Diría: “Vamos a andar a caballo, vamos a pasear”. Ahora estoy tratando de hacer otra cosa: “Ok, hija, lloremos juntos, entiendo que estés triste, está bien llorar”. Le daría lugar a esa emoción.
—Me gusta este Darío maduro, por favor.
—Evolucionado.
—Un programa tuyo fracasa. No hay un culpable. ¿Qué hacés?
—Le pongo el pecho, pero me cuesta. Por suerte tuve una carrera muy bendecida y casi todo funcionó. Salvo un experimento con Dalia Gutmann en Canal 9, 90 días o menos. Hacíamos 0,1 de rating. El productor ejecutivo nos decía “0,0” y nos pusieron una rayita en el rating. Duró 37 días, no llegamos a los 90. Fue un aprendizaje igual, entendí que no bastaba con hacer televisión simpática o tener buenas ideas: había un universo de producción, estructura y de contar algo que también era necesario para que un programa funcionara.
—Pero mediocre en nada, no te lo bancás.
—Me cuesta. Fui abanderado en primaria y secundaria y me recibí con diploma de honor en la Facultad, pero si toca el fracaso, que venga. Lo abrazo.
—Luli toma una decisión familiar distinta de la que hubieras tomado vos. ¿Qué hacés?
—Ah, no. Sí, lo tengo que aceptar. Hago el esfuerzo, pero tiro darditos. Con las vacaciones, por ejemplo, ella es más de fluir y ver dónde vamos. Yo quiero ordenar: tal día, tal lugar, tal hora, tal comida. Pero de a poco voy negociando.
—Tu hija te dice: “Esto no te lo voy a contar”.
—Ay, le leí el cuaderno. Emilia tiene como un libro y se lo leo a veces. Muy pocas veces lo hago porque ya me vio una vez y me dijo papá, basta. Estoy empezando a respetarla, porque tiene siete años y por momentos es muy adulta en sus planteos y en cómo marca sus espacios. Ahora aprendió que puede cerrar la puerta de su cuarto, escribir y no mostrarte lo que escribió.
—Vos sabés que un día va a caer con un novio ¿no?
—No quiero hablar del tema: sigamos o me voy de la nota.
—Tu cuerpo te pide parar justo cuando te ofrecen un proyecto que estabas esperando.
—Ese es al que menos bola le doy. A mis hijas y a mi mujer las escucho más. A mi cuerpo le exijo: no tengo voz y tengo que seguir, me duele la cintura y tengo que seguir. Es la cuenta más pendiente de la que tengo que ocuparme en algún momento.
—¿Te estás cuidando un poco?
—Me estoy tratando de cuidar un poco, pero no lo suficiente. Tengo un cuerpo que no es sano, por más que los análisis me den bien y que pueda aguantar. Este psicólogo al que voy ahora me da durísimo con ese tema y me encanta, porque hasta ahora no lo había enfrentado tanto. Algo tengo que hacer, me tengo que ocupar porque aparte pretendo vivir mucho tiempo, me gusta mucho vivir y siento que con un cuerpo así es quitarte años de vida.
—Hacés muchos chistes con el tema.
—Convivo bien con mi gordura, hago humor con ese tema y soy un tipo que, a pesar del cuerpo que tengo, entreno, hago tenis, me casé con la mujer que amo, soy padre, trabajo.
—No te limitó en nada.
—Por suerte no, pero empiezan a pasarme cosas que antes no me pasaban: quiero jugar al tenis y me duelen las rodillas; me caigo y me duele el ciático. No tengo el cuerpo de los 25, ni la fuerza de antes, y es un tema del que me tengo que ocupar. Agarré un clínico especialista en obesidad y empecé a entrenar tres veces por semana. Todavía no veo muchos resultados y eso me preocupa.
—A veces hay que dejar de trabajar un poco, parar.
—También pienso eso. Duermo muy poco, cuatro o cinco horas por día, y eso es un desastre. Cuando quiero abarcar tantas cosas termino sin abarcar nada. El entrenamiento tres veces por semana ya es un check. El médico especialista en obesidad, otro check. Ahora tengo que ver cómo dormir porque no aguanto más.
—¿Estás tomando algo?
—Sí, alguna cosita para la ansiedad, para estar un poco más tranquilo y me ayuda. Mi cuerpo es lo que menos escucho, lamentablemente.
—Un director te dice: “No quiero nada de Barassi en este personaje”
—Fue lo que pasó ahora, el director me decía: “No, menos. Menos. El ojo, la ceja, la oreja, la mano abajo, el gesto”. (Risas). Era como “bueno Jesús, ¿qué querés que haga? Hablo así, hermano”.
—Lo odiaste.
—Lo odié y lo amé. Ahora cuando lo veo digo: “Te amo”. Y cuando veo las barassiadas digo: “No tendrían que estar”.
—Alguien que querés está sufriendo y no quiere que lo ayudes.
—Me cuesta que me digan que no. Tengo que encontrar la manera de ayudar. Pero si me dice que no, trataría de respetarlo o manipularía para que otra persona pueda ayudarlo.
—Te levantás un día sin ganas de ser gracioso, productivo, buen padre, buen marido ni buen conductor. ¿Qué hacés?
—Manejo. Me voy a Areco. Lo hago bastante. Hay un lugar que me gusta, paro, me como un sándwich de jamón crudo y queso, pongo música. El auto es un refugio.
—¿Qué escuchás?
—De todo. Adele, Belle, música de los 80, música de cuando era pendejo, folclore, música clásica. Tengo playlists según el estado de ánimo para cuando voy solo en el auto. Está “Románticos” que es medio suave, tiernito; “Tranqui” que es cuando necesito un respiro, y “Corchazo”, que es cuando estoy en un pozo depresivo absoluto, muy dramático. Areco directo escuchando “Corchazo”, que ahí están Aristimuño, Adrián Berra, Radiohead. Cuando estoy mal, estoy mal. Me gusta estar mal. Hay que llorar ahí un rato.
—¿“Románticos” es para la salida con Luli?
—No, esos son mis momentos solo en el auto. Con ella tenemos una que se llama “Lu”, que es la que compartimos y esa va bien.
—¿Había un adolescente que lloraba frente al espejo?
—¡Es la misma mecánica! Me hiciste acordar: antes podía estar horas en el baño frente a un espejo y ahora es en el auto.
—¿Es verdad que en un camarín te encontró una empleada porque te quedás horas en el baño?
—Me quedo horas, porque después de grabar dos programas, cada uno de dos horas, quedo vacío. Entonces viene al camarín mi vestuarista Lula Torres, me saca el traje y me quedo media hora tirado en la cama un poco muerto, no me pidan nada. Una vez fui al baño, me senté y una empleada entró para limpiar el camarín, pensó que no estaba pobre mujer. Yo estaba en paños menores, sentado en el inodoro, pero ni siquiera haciendo mis necesidades: estaba en pausa. Y abrió la puerta, me vio y ni pude reaccionar. Le dije: “Hola”. ¿Qué querés que haga? Estoy muy cansado.
—Igual es algo muy del hombre quedarse en el baño una hora.
—No sé por qué nos gusta tanto. Es íntimo, fresco, relajado, nadie te jode. Soy fanático, tengo ocho baños en mi casa.
—¿En serio?
—Hice ocho baños. La cocina es una, eso es lógico. Lo ilógico son los baños. El de mi cuarto es inmenso, amo estar ahí. Lo mío es el inodoro, ese trono, amo ese lugar.
—Le escribís unas cosas tan lindas a Lu que imagino te perdona todo.
—Ella ya está hinchada los huevos de tantas cartas de amor. No le alcanza. Es como: “Escribí menos cartas y andá a buscarlas vos a comedia musical”. Y tiene razón.
—¿Hay cartas fuera de Instagram?
—No escribo a mano, pero digo un montón y escribo por WhatsApp. Soy muy demostrativo, y a Lu la admiro y la respeto: es una gran madre, lo da todo por las chicas, además de tener una empresa y trabajar.
—Si le pregunto en qué momento te quiere echar de casa, ¿qué me va a decir?
—Más de una vez por día. Soy un fasito. Así como me ama, también está agotada. Además son muchos años: nos conocemos desde los 18, estamos de novios desde 2009 y nos casamos en 2015.
—¿No hay una renovación de votos para 2029?
—¿Por qué no? Queríamos celebrar los 10 años de casados, pero pasó todo lo de mi vieja y quedó postergado. En algún momento haremos una fiesta. Tenemos una familia espectacular y seguimos juntos, que no es poco.
—Te gustan las fiestas y sos extremadamente organizado. Tenés tres años hasta 2029. ¿Sabés el fiestón que podés hacer?
—Me encanta celebrar. Ahora me voy a tener que anotar la tarea de organizar esto.
—Te arruiné. ¿Tenés aplicaciones para hacer listas?
—No, bloc de notas y agenda de papel. Me gusta la cosa tradicional. Me gusta tachar con la lapicera.
—¿Disfrutás que la gente te quiera?
—A mí me gusta mucho sentirme querido. Tengo la suerte de que, en general, me quiere mucha gente, son pocos los que me tiran “gordo forro” por la calle.
—¿Usás el humor para salir de las situaciones incómodas?
—Uso el humor para todo en la vida, a veces funciona más y otras, menos. Hay temas en los que ya no aplica, pero es un buen recurso. Lo tengo muy a flor de piel: es mi carta, mi espada.
—Siempre uso como anécdota un canje tuyo que me contaste: unos baños.
—Hice un canje de baños químicos en los que ya se podían hacer necesidades sólidas, eso es lo que había que contar. Y usé a Chatruc para mostrarlo.
—Ah, esa parte no me la contaste.
—“¿Estás en una fiesta y tenés una necesidad sólida? Ahora podés porque gracias a arroba...”, y aparecía José. (Risas.) Bueno, por lo menos tuve la dignidad de no ser el modelo de necesidad sólida.
—Un santo Chatruc.
—Un santo, igual era la fiesta de los dos y yo me había ocupado de todo.
—Vos dijiste: “Yo lo conseguí, vos lo actuás”.
—Claro hermano, yo lo conseguí, vos lo actuás. Hagámoslo equilibrado.
—¿Qué querés que venga, además del éxito de Gutiérrez?
—Quiero que venga el éxito de Gutiérrez porque realmente dejé todo ahí. Y quiero que mis hijas crezcan sanas y radiantes, como vienen hasta ahora, y poder disfrutarlas con Luli a morir. Tengo un presente del que estoy muy agradecido. Laboralmente ya tengo una proyección de los próximos dos años y estoy muy satisfecho.
—¿Cómo sabés cómo se vienen los próximos dos años?
—Estoy hablando para una obra de teatro en 2028. En 2027 ya está todo cerrado. Soy ordenadito.
—¿Musical?
—Sí. Tengo que ver si la hago porque me cuesta el tema del teatro con las criaturas pequeñas. Me cuesta irme de casa a la tarde. Pero, al ser infantil, por ahí puedo meterlas y que lo vivan desde adentro.
—¿Y año que viene conducción?
—Sí, estamos terminando de pulir qué porque es la cuarta temporada de Ahora caigo y pensamos que iba a ser la última, pero de repente tirás ocho puntos de rating y hay que ver qué hacer. Siempre también están las puertas abiertas para el prime time de El Trece por si queremos probar algo, así que la tele va a estar. También tengo una obra independiente que estoy empezando a leer con Tenconi y Mariano Saborido, y quiero ver en qué momento hacerla. Y me voy a hacer una película con Viole Urtizberea en octubre a Uruguay.
—La parte de parar, no.
—No. La parte de parar y cuidar el cuerpo me cuesta.
—¿Otro hijo?
—No, eso está cerrado, ya estamos los cuatro. Las dos niñas están bárbaras, están sanas y es un buen momento para cerrar. Soy hacedor de niñas, igual me queda una mini duda de qué me hubiese pasado con un varón, pero disfruto mucho ser papá de niñas y estamos muy bien. La familia está formada.
—Por ahora, vamos con Gutiérrez is my name.
—Por favor, todo el mundo a verlo.
—Son ocho capítulos para maratonear y viene bien reírnos.
—Sí. Espero que la gente entre en ese código porque está hecha para eso. Y que se rían. También está para eso: para tomarnos un recreo de la realidad. Por más que la serie trate un poco sobre cómo son las cosas en Argentina, es un buen momento para pasarla bien con un caso policial que te mantiene intrigado.
—Gracias por venir. Yo sé que estás matado, pero lo das todo siempre.
—Sí, hoy me costó un poco. Estoy cansado, pero fue un placer venir.

Una nueva pareja, mucha química, seis hijos para ensamblar y la pregunta turbia que un día dijo presente en la cabeza de ella: ¿A quién metí en mi vida, bajo mi mismo techo?
Ella se llama Sandra, él es Diego y la casa del country, al estilo de una perfecta Familia Ingalls, estaba en algún sitio que no develaremos de la zona sur de la provincia de Buenos Aires. Destilaban felicidad a simple vista. Los fines de semana a ella se la podía ver detrás de los cristales de la cocina haciendo budines o, arrodillada, en la huerta trasera del jardín. A él, serruchando maderas para la leña de la chimenea que apilaba con cuidado sobre una pared lateral, justo debajo del alero, o lijando grietas para reparar heridas en los muros. Los cercos del jardín de esa casa alquilada todavía no habían crecido lo suficiente para ocultar sus vidas que, a la vista de todos, parecía perfecta. Eran casi jóvenes, apenas pasaban los cuarenta, subían y bajaban con una troupe indistinguible de hijos y amigos de una enorme camioneta. A lo lejos, por las tardes y ya ocultado el sol, se escuchaban risas, juegos y música. Era la foto perfecta de cada fin de semana: una familia nueva emergiendo con alegría de las cenizas de matrimonios anteriores fracasados por diferentes motivos.
PUBLICIDAD
Una casa llena, un horizonte a estrenar, la reconquista de la felicidad perdida. La imaginación de Sandra no tenía en su radar ninguna tormenta eléctrica ni ciclones destructores.
Sandra trabajaba desde hacía mucho tiempo en una embajada, esa a la que un día cayó Diego para renovar su pasaporte. Detrás de un vidrio ocurrió el milagro de la alquimia. Sin contacto de pieles, solamente dos pares de pupilas sonrientes en sus círculos marrones.
PUBLICIDAD
Luego de un asesoramiento preciso, él se llevó anotado en la parte de atrás de un desteñido extracto bancario, el nombre de ella garabateado a las apuradas. Por si había algún inconveniente con el trámite, dijo.
Diego no esperó ni a que se hiciera de noche: al salir se sentó en un bar y con ansiedad desbocada buscó a Sandra en redes sociales y, por supuesto, en la red profesional más importante la encontró. Esa cara afilada, con sus bolitas castañas brillantes, se configuró con los píxeles de su notebook. Era ella, la persona que había visto detrás de ese vidrio anti municiones que no sirvió de nada porque las balas lo habían alcanzado de todas formas y habían perforado su coraza. La pasión por esa desconocida lo atravesó.
PUBLICIDAD
La contactó al día siguiente con una excusa tonta. Sandra, sumergida en el mismo frenesí seductor, ya estaba esperando desde el día anterior que él apareciera por algún sitio. Sintió que ese hombre podría ser alguien importante en su vida. Fue como una premonición de felicidad. Podría volver a ser feliz antes de que el cuerpo se le añejara.
Las mutuas ansiedades chocaron por WhatsApp y los mensajes trascendieron las fronteras laborales de inmediato. Fue así que ambos se enteraron que venían con fallas del cuore. Dolorida el alma y con soledades instaladas dentro del esqueleto, pero con ganas de doblegar el pasado para darse una nueva oportunidad. Los audios, que duraban minutos, mutaron en llamadas reales con sus orejas pegadas al celular unos diez días después. Otra decena de jornadas más tuvieron que pasar en “modo prudente” hasta que se dio el primer café a la vuelta de la embajada, en una terraza ilusionada de tanto sol.
PUBLICIDAD

A Sandra, que ya venía de dos tropezones matrimoniales, se le prendió la vida. Y le pareció que a él también le pasaba lo mismo. Hay quien sostiene, y me lo creo, que quien elige mal dos veces suele hacerlo una tercera. Como si el karma ladino estuviese obsesionado con persistir jorobando. Seguramente, la verdad esté más ligada a la psicología y a la biología. A lo que sufrimos en la infancia, a aquello que carecimos o que aprendimos, o, simplemente, a la química mareada por la influencia de los perfumes y aromas artificiales que impiden que nuestras neuronas olfateen la realidad. Una química equivocada que lleva a imaginar fabulosos príncipes azules. Una amiga periodista, inteligente y desenfadada, repetía en la redacción que los príncipes azules “siempre destiñen”. Con esta historia, sus palabras hacen eco en mi memoria y parecen confirmar su teoría.
Sandra vivía en Belgrano, en un tres ambientes abarrotado de cosas y de niños. Diego, en Parque Chas, en una casa con una terraza desahogada y dos cuartos en la planta baja con camas cucheta. Sandra venía de dos divorcios en los que había sufrido violencia verbal y física, había obtenido medidas perimetrales y se había quedado con la custodia de sus tres hijas de esos dos hombres. Diego tenía mellizos adolescentes y una hija de siete años. Su historia era trágica. Se había separado cuando la menor tenía tres, pero ocho meses después del divorcio su ex había caído por el balcón de un cuarto piso en Palermo. Según él, ella había sido una persona sumamente manipuladora, tenía diagnóstico de bipolaridad y, por eso, los hijos vivían con él. Los chicos tenían visitas pactadas y supervisadas con su madre. El accidente, siempre de acuerdo a la versión de Diego, había sido algo horroroso y él dijo no haber pensado nunca que ella hubiera querido quitarse la vida. Los dos combos eran tan tristes que ambos se prometieron una vida distinta y cuidarse.
PUBLICIDAD
Pocos meses después, Diego (abogado penalista de profesión) invitó a Sandra y a sus pequeñas hijas a vivir todos juntos y alquiló una casa en un country para los fines de semana. Además, comenzó una obra en la terraza de su casa de Parque Chas: aprovecharía el baño de servicio de la terraza y haría allí dos habitaciones más para que los mellizos y la hija más grande de Sandra durmieran ahí.

Sandra puso en alquiler su departamento (era un bien heredado de su familia): aportaría ese dinero a la convivencia.
En poco más de un año la vida de las dos familias se había amalgamado con facilidad. Los chicos se llevaban bien y todo fluía. Tenían ayuda de la empleada de Sandra de toda su vida, iban y venían de la casa del country donde los fines de semana se ocupaban del jardín y los deportes de los chicos. Más de postal, imposible.
PUBLICIDAD
Los primeros dos años fueron excelentes. Hasta hubo un viaje a Europa con las dos familias juntas, todo pagado por Diego. Viajaron con mucho efectivo. Euros y más euros. Según Diego, para evitar que la agencia de impuestos lo persiguiera. En lo penal seguro que mucho se cobra en negro, pensó Sandra, que prefiere no ser citada y que contemos la historia evitando que se los pueda reconocer. Ella no preguntaba demasiado sobre la vida laboral de Diego y él tampoco contaba nada. Era generoso y gastador. Después de haber convivido con sujetos violentos y mezquinos, a Sandra le bastaba con que fuera tan amable, cariñoso y proveedor.
Lo cierto es que cualquier sujeto encantador puede esconder varias caras. Las alertas de Sandra venían adormecidas un poco por su pasado y, otro poco, por comodidad. De un día para otro, Diego le regaló un auto para que se moviera con independencia. Para el día de la madre o su cumpleaños apareció con prendas caras y notitas tiernas. Diego no pagaba nada con tarjeta, como lo hacía ella. Andaba siempre con mucho cash en el bolsillo. Las cuentas de servicios de la casa de Parque Chas venían a nombre de un desconocido, pero es frecuente que la gente no cambie al titular, pensó. Del alquiler del country y sus expensas no tenía idea de cómo se pagaban ni cuánto salía. Sería de mal gusto preguntar si ella no podía aportar más que el alquiler a esa vida que llevaban.
PUBLICIDAD
Sandra no sentía que hubiera nada que temer.
En algún momento, ya pasado bastante tiempo juntos, comenzaron a llegar cartas bajo la puerta. En tiempos de correos electrónicos eso le llamó la atención. Venían dirigidas a un tal Salvador. Diego las agarraba, no las abría, por lo menos frente a ella, y no comentaba nada. Sí notó que la cara le cambiaba por un rato. No más que eso. No creyó que debería preguntar. Sandra es discreta y cero metida. Algunas noches, Diego empezó a salir sin previo aviso con un bolso. Decía que iba a jugar al paddle, que faltaba un participante en el equipo de sus amigos, y se llevaba sus paletas. Tenía dos. Volvía tarde agotado y con mal semblante. Sandra no puede decir cuántas veces sucedió esto, pero fueron unas cuantas veces.
PUBLICIDAD
Una noche, en el barrio, hubo una redada policial frente a su casa. Desde la terraza vio a la Policía antinarcóticos. Estaban armados hasta los dientes y tenían varios patrulleros cruzados en la calle que iluminaban de azul la noche.

Las luces intermitentes la inquietaron. ¿Qué estaba pasando? Diego no quiso ni asomarse, era peligroso dijo y le pidió que bajara. A la mañana siguiente, los vecinos parecían muy sorprendidos con lo ocurrido. La policía se había ido poco rato después sin encontrar nada.
Otra vez, durante unas vacaciones en Cariló, entraron ladrones a la casa que habían alquilado mientras ellos estaban comiendo fuera. Les robaron todo: computadoras, celulares y dinero. Dejaron la ropa de la familia tirada por el piso de los dormitorios y pasillos. Estremecedor. A la confusión inicial se sumó algo más perturbador, una nota que encontraron sobre la mesa del comedor: Nos llevamos lo nuestro. Que sea la última vez porque no la contás.
Diego no ensayó ninguna explicación. Se mostró extrañado. Decidió que debían interrumpir las vacaciones y volverse a Buenos Aires aunque les quedaban diez días pagos todavía. Para indignación de Sandra, no quiso hacer la denuncia. Diego mencionó que la policía era igual de corrupta que los chorros, que hasta podrían haber sido ellos mismos los que se llevaron los casi 10 mil dólares que él tenía escondidos en su maletín para pasar el verano. A juicio de él, no valía la pena exponerse más con esa gente peligrosa.

Sandra pensó que era mucha plata para no moverse y que correspondía hacer la denuncia. Por lo menos, la policía del lugar debía estar al tanto de lo que pasaba en ese balneario tan exclusivo. Le preguntó por la nota, si no podría estar relacionada con algún cliente del oscuro mundo penal, alguien que quisiera extorsionarlo. Diego negó todo con cara de póker.
En Buenos Aires, un tiempo después, las amenazas resurgieron. Un día le tiraron una especie de bomba casera en la terraza que les quemó parte de la ropa colgada. Sandra quedó aterrada. ¿Si sus hijos hubieran estado allí jugando? Insistió con saber algo de los clientes que su pareja defendía. ¿Quiénes eran? ¿Qué delitos habían cometido? ¿Tenían que ver con las drogas y el crimen organizado? No le arrancó una sola frase clarificadora. En cambio, él le pidió que se tranquilizara, que no entrara en pánico, que eran destinatarios de algo equivocado.
Comenzaron las clases y, cuando Sandra creyó que todo había vuelto a la normalidad, otra vez hubo una situación que le generó pavor. Uno de los mellizos volvió llorando poco después de haber salido hacia el colegio (el otro estaba enfermo y se había quedado en la casa). Contó que unos tipos tapados con barbijos y capuchas lo habían rodeado en la esquina del colegio, a las 7 y poco de la mañana, que le habían quitado el celular y la mochila y le habían dicho que los próximos serían ellos dos. Así en plural. Como si supieran que él tenía un mellizo. Sandra pensó que los estaban vigilando y que la amenaza era cierta. Despertó a Diego quien otra vez se negó a ir a la comisaría para denunciar los hechos. Ni quiso ir al colegio a poner sobreaviso a las autoridades.

A esta altura, Sandra sintió que tenía que actuar. No era normal lo que estaba pasando. Había algo en la vida de Diego que le había empezado a dar mucho miedo. No sabía qué era, pero el escenario no pintaba nada bien. Sentía que en cualquier momento podía pasar algo más grave todavía. También a ella y a sus propios hijos, que convivían bajo el mismo techo. Se le erizó la piel: ¿Con quién se había ido a vivir? ¿Alcanzaban dos o tres años para saberlo? ¿Estaba segura de quién era Diego? No pudo responder sus dudas.
Esa noche, escondida en la terraza de la casa de la ciudad, llamó a un viejo amigo de su adolescencia que es abogado. Lo que él le dijo no lo quiere revelar, pero fue definitorio. A la mañana siguiente, se pidió turno con su ex terapeuta: iba a necesitar contención para atravesar una ruptura.
Dos días después, cuando todos estaban ya en sus cuartos durmiendo, sentó a Diego en el living y le dijo que la relación se acababa. No le explicó por qué, ya había empezado a temer su costado oscuro. Solo le pintó dilemas personales: no estaba segura de estar enamorada, no sabía bien qué quería para su vida, extrañaba su barrio, no quería lastimarlo, sabía que los chicos sufrirían porque se llevaban bien y bla bla bla. Diego reaccionó mal. Levantó la voz, por primera vez en toda la relación, y le enrostró todo lo que había hecho por ella. Después, se calmó y le dijo que hiciera lo que quisiera. Era su vida. Si quería irse, lo lamentaba, pero que se fuera.

Una semana después Sandra estaba con sus hijas viviendo en la casa de sus padres y yendo a su psicóloga, martes y jueves, para superar la gran decepción que, otra vez, se había instalado en su vida.
En este punto le pregunto por qué cuenta su historia y me dice y, ahora sí, la cito textual: “Porque por ahí avivo giles. Esa vida maravillosa que creí que me había tocado esta vez, era ficticia. No sé qué hacía él, pero no era algo bueno. Mi terapeuta me repite que todos solemos repetir patrones. Muchas veces no aprendemos de lo vivido. Diego me enamoró y me deslumbró. Era pasional, cariñoso, generoso. Pero que tu pareja no ejerza violencia no es lo único que tenés que buscar. Hay muchas cosas más que son importantes, como la confianza y la honestidad. Yo me conformaba con que no me agrediera, con que me abrazara cada noche, pero no supe ver cómo él se ganaba la vida… No estoy segura, pero creo que salvé a mi familia de un desastre peor yéndome a tiempo. Siento que esquivé al destino fatal por un pelo”.
Moraleja que nos deja Sandra. Si un príncipe azul nos embaucó y destiñó en el primer lavado, deberíamos analizar muy bien de qué color es el próximo: no vaya a ser que el nuevo también desprenda colores que puedan pintarnos la vida de un peligroso tono oscuro.
Escribinos y contanos tu historia. [email protected]
Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres de los protagonistas serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas

Con un automóvil destrozado al pie de un terraplén y sus objetos personales adentro comenzó el misterio de la desaparición de Bryce Laspisa. Su teléfono también estaba allí, la billetera y su computadora portátil. Había pertenencias suficientes, pero ninguna señal que permitiera explicar hacia dónde había ido después.
Tenía 19 años y era estudiante universitario. Vivía lejos de sus padres y estaba acostumbrado a viajar entre el norte y el sur de California. La noche del 28 de agosto de 2013 emprendió el regreso hacia la casa familiar de Laguna Niguel. Debía recorrer cientos de kilómetros, pero nunca llegó. Lo desconcertante fue que en la madrugada del día 30, después de una serie de llamadas, Bryce habló por última vez con su madre. Le dijo que estaba cansado y que necesitaba detenerse para dormir. Horas después, la policía encontró su Toyota Highlander volcado cerca del lago Castaic, al norte de Los Ángeles.
PUBLICIDAD
Su búsqueda se convirtió en una de las desapariciones más desconcertantes de California. Y, pese a los años transcurridos, nunca apareció una prueba concluyente que permita saber qué ocurrió con él. La Oficina del Fiscal General continúa registrándolo como persona desaparecida. La pregunta que permanece es tan sencilla como inquietante: ¿qué hizo Bryce Laspisa después de abandonar su automóvil?

Bryce David Laspisa, nacido el 30 de abril de 1994, era hijo único de Karen y Michael. La familia vivía en Laguna Niguel, en el condado de Orange, al sur de California. El joven estudiaba en Sierra College, en el norte del estado, y durante el verano de 2013 se encontraba preparando el regreso a clases. Quienes lo conocían bien lo describían como sociable, afectuoso, creativo y con talento artístico. No había, al menos en apariencia, una señal que permitiera imaginar que estaba a punto de desaparecer sin dejar prácticamente ninguna explicación.
PUBLICIDAD
Pero en los días anteriores algo comenzó a cambiar. Sus familiares y amigos observaron comportamientos que posteriormente adquirirían importancia al reconstruir las últimas horas conocidas de su vida. Dos días antes de su desaparición, después de separarse de su novia, Bryce decidió regresar a la casa de sus padres. La distancia era considerable. Y el viaje debía realizarlo solo.

Alrededor de las 23.30 horas salió de la vivienda de Kim Sly, su novia. Ella dijo que le advirtió por teléfono a la madre del joven que no estaba actuando con normalidad y que no lo consideraba apto para conducir. Agregó luego que Bryce no era él mismo y que se mostraba retraído y depresivo. También que él decidió terminar la relación argumentando: “Estás mejor sin mí”. La joven intentó esconderle las llaves del auto pero no pudo. Posteriormente declaró que pensó en todos los escenarios posibles y expresó su dolor pidiéndole que volviera con ella, pero él no la escuchó y se fue.
PUBLICIDAD
Su mamá lo esperaba. El viaje comenzó, pero algo sucedía. Durante las primeras horas del recorrido, Bryce mantuvo contacto telefónico con su madre. En apariencia, todo estaba bajo control. Pero la situación empezó a volverse extraña cuando se detuvo durante horas en la zona de Buttonwillow, en el condado de Kern.
En determinado momento se quedó sin combustible y necesitó asistencia en la ruta. Un trabajador vial lo ayudó y el auto volvió a tener combustible. El problema, sin embargo, parecía ser otro. Bryce no continuó inmediatamente su viaje. Se quedó estacionado durante un período llamativamente prolongado. Su comportamiento no parecía corresponderse con el de alguien que simplemente quería llegar a su casa.
PUBLICIDAD
Un agente de tránsito se acercó y habló con él. Según los reportes publicados posteriormente, Bryce se encontraba consciente y no presentaba signos evidentes de estar incapacitado. La policía no encontró entonces un motivo que justificara detenerlo o impedirle continuar el viaje. Y Bryce volvió a ponerse en marcha.
En las primeras horas del 30 de agosto, Bryce volvió a comunicarse con Karen. La conversación sería la última. Le explicó que estaba cansado y que había decidido detenerse para reponerse antes de continuar. A su madre le pareció bien. Después comenzó la parte más desconcertante de la historia. Porque el coche de Bryce no apareció donde él había dicho que se detendría. Fue encontrado cerca del lago Castaic, en el área de acceso. Había salido del camino y terminado al fondo de un terraplén de aproximadamente cinco metros. Su Toyota Highlander estaba volcado con el parabrisas trasero destruido. Pero él no estaba.
PUBLICIDAD
Cuando los investigadores revisaron el vehículo encontraron algo que convirtió la desaparición en un enigma todavía mayor. Bryce había dejado atrás objetos que una persona normalmente llevaría consigo. Sus cosas personales, billetera, teléfono, computadora. El auto se convirtió en el centro de la investigación. Los equipos de búsqueda examinaron los alrededores con helicópteros. Se recorrieron zonas de difícil acceso como el lago, buscando además rastros en tierra. Pero no aparecía.
El padre del joven llegó a pasar jornadas enteras cerca de Castaic participando de la búsqueda. La familia y sus amigos también organizaron sus propios operativos. Cada día sin noticias reducía las posibilidades de encontrar una respuesta. Pero surgió un rastro y los perros siguieron su olor e iniciaron un recorrido desde el lugar donde había quedado el vehículo. Era una de las primeras señales concretas de que Bryce podía haber abandonado el automóvil por sus propios medios.
PUBLICIDAD
El rastro llevó a los investigadores hacia una zona próxima a una parada de camiones. Y allí se perdió. Ese detalle alimentó durante años las distintas teorías sobre lo que pudo haber pasado. Porque si Bryce sobrevivió al accidente y caminó desde el coche, la pregunta inmediata era si pidió ayuda, se retiró caminando o se encontró con alguien y se fue en otro vehículo. Y hasta si decidió desaparecer deliberadamente.

Ninguna de esas posibilidades pudo ser demostrada. La pista simplemente terminaba. Y con ella se interrumpía la reconstrucción de los movimientos del joven. Una cámara registró algo, pero no alcanzó. Las imágenes captadas fueron examinadas. Y la reconstrucción posterior señaló que Bryce había sido registrado conduciendo durante la madrugada, y algunas imágenes ayudaron a establecer un intervalo temporal en el que todavía se movía por la zona. Pero no ofrecieron aquello que los investigadores necesitaban: una imagen clara que mostrara qué ocurrió después del accidente.
PUBLICIDAD
Durante las semanas posteriores, la investigación se extendió por tierra, agua y aire. El lago Castaic fue revisado a fondo. Se buscaron posibles rastros en las inmediaciones. Los pesquisas analizaron las pertenencias encontradas en el automóvil y familiares y amigos difundieron fotografías. La desaparición comenzó a recibir atención pública. Pero cada operativo terminaba de la misma manera, sin que Bryce apareciera.
En septiembre apareció un cuerpo quemado en las cercanías del lago. Durante un momento, el hallazgo despertó el peor temor de la familia. Pero las autoridades confirmaron que los restos no pertenecían a él. Se trataba de una víctima de otro homicidio.
PUBLICIDAD
Y empezaron a aparecer preguntas: ¿Accidente, fuga o desaparición voluntaria? Con el paso del tiempo surgieron diferentes hipótesis. Una de ellas sostenía que Bryce sobrevivió al accidente y decidió alejarse. La familia llegó a considerar la posibilidad de que se hubiera ido voluntariamente. De hecho, los padres difundieron en septiembre de 2013 un mensaje en el que señalaban que, a partir de distintos elementos de la investigación, creían que Bryce había dejado el área después del accidente.
Pero esa hipótesis también dio lugar a más interrogantes. Si quería desaparecer, ¿por qué dejó su teléfono y hasta su computadora personal? ¿Con quién pudo haber continuado el viaje? ¿Alguien lo ayudó? No existe evidencia pública concluyente que responda esas preguntas. La otra posibilidad: que algo haya ocurrido después del choque. También existe una hipótesis mucho más inquietante. Que Bryce haya terminado herido, desorientado o vulnerable después del accidente y que algo le haya ocurrido mientras se alejaba del auto.
El terreno alrededor de Castaic puede ser difícil de recorrer y, durante las primeras horas, la oscuridad complicaba enormemente la búsqueda. Sin embargo, las operaciones realizadas posteriormente no lograron localizar un cuerpo ni una evidencia que permita afirmar que murió allí. Eso es un detalle más que importante. Porque, a más de una década de la desaparición, no existe una prueba que permita establecer públicamente que Bryce murió aquella noche. Tampoco que demuestre que decidió comenzar voluntariamente una nueva vida.
El caso permanece abierto como desaparición y fue incorporado a bases oficiales de datos de búsqueda de personas. La ficha del Departamento de Justicia de California mantiene su fotografía, sus características físicas y las circunstancias básicas del caso. Bryce mide aproximadamente 1,80 metros, tiene ojos azules, cabello rojizo y un tatuaje en el hombro izquierdo con la cabeza de un toro, correspondiente al signo de Tauro.

La fecha oficial consignada como última vez que fue visto es el 12 de agosto de 2013 en la ficha estatal, aunque la cronología pública del caso ubica la desaparición y el hallazgo del vehículo entre el 29 y el 30 de agosto. Esa discrepancia administrativa hace especialmente importante apoyarse en la reconstrucción policial y periodística de los hechos.
Con el tiempo surgieron nuevas pistas. Personas aseguraron haber visto a alguien parecido a Bryce. Se revisaron fotografías pero no se produjo identificación alguna. En 2022, incluso una imagen de un hombre de Montana que guardaba cierto parecido con Bryce generó nuevos rumores y fue investigada. Finalmente, se comprobó que no era él.
Hay algo particularmente perturbador en el caso de Bryce Laspisa. Dejó una escena física: un vehículo, objetos personales, rastros, una secuencia de llamadas, personas que hablaron con él, una parada en la ruta, un accidente que terminó en un terraplén. Y después, nada. Es posible reconstruir buena parte de las horas anteriores a su desaparición. Se puede establecer dónde estuvo, cuándo dejó a su novia, con quién habló, cuándo recibió asistencia y cuándo llamó a su madre.
Pero existe un punto exacto de aquella madrugada en el que la historia se corta. De un lado está Bryce hablando con su familia. Del otro, un automóvil destruido junto al lago. Entre ambos momentos hay un vacío que ninguna investigación consiguió llenar. Por eso su desaparición se convirtió en un enigma que continúa vigente.
Nadie pudo resolver la pregunta fundamental. ¿Dónde está Bryce Laspisa? No hay una tumba, ni un cuerpo. Tampoco una escena criminal demostrada, una despedida, y una prueba que permita afirmar que se fue voluntariamente. Sólo queda aquel Toyota Highlander encontrado cerca del lago Castaic y una cadena de acontecimientos que, cuanto más se intenta reconstruir, más preguntas parece generar para alimentar el misterio.

La idea del ferrocarril surgió en las tertulias que se armaban en lo del hacendado Manuel José Guerrico en su mansión de Corrientes 537. Fue uno de los primeros coleccionistas de arte del país, cuyo acervo sirvió para abrir el Museo Nacional de Bellas Artes. En esas reuniones, diversos políticos, hombres de negocios y miembros de la oligarquía local, idearon el desarrollo del primer ferrocarril en Argentina.
Para ello, el 17 de septiembre de 1853 fundaron la Sociedad de Camino de Hierro de Buenos Aires al Oeste y en enero del año siguiente el gobernador Pastor Obligado promulgó la ley de concesión.
PUBLICIDAD
Compraron dos locomotoras, La Porteña y La Argentina, asignadas con los números 1 y 2, que llegaron en 1856 de Inglaterra, alcanzaban una velocidad de 25 kilómetros por hora y habían sido construidas en los talleres The Railway Foundry Leeds, una empresa fundada en 1838. Algunos sostienen que La Porteña salió flamante de los talleres ingleses y otros aseguran que había sido utilizada en la Guerra de Crimea, librada entre 1853 y 1856 entre el imperio ruso y el reino de Grecia contra el imperio otomano, Francia, Gran Bretaña y el reino de Cerdeña.

Debieron ponerse de acuerdo en dónde levantar las estaciones y en la demarcación del recorrido. En reuniones que mantuvieron en secreto, porque los intereses inmobiliarios eran muchos, acordaron que la estación cabecera se levantase en la manzana delimitada por las calles Cerrito, Libertad, Tucumán y Viamonte. Hoy ese predio lo ocupa en Teatro Colón. Por entonces el lugar era conocido como la Plaza del Parque, por la unidad de artillería que estaba donde lo ocupa el Palacio de Tribunales.
PUBLICIDAD
La entrada a la estación era por la calle Libertad, mientras que los talleres se ubicaban sobre Cerrito. El andén medía cincuenta metros de largo por cuatro de ancho.
De las obras participaron los ingenieros William Bragge -que había hecho la agrimensura del primer ferrocarril en Brasil y el sistema de alumbrado a gas de la ciudad de Río de Janeiro-, Carlos Verger, quien preparó los primeros planos y el francés Paul Mouillard, que tuvo que resolver el desafío de nivelar el camino y estudiar cómo sortear arroyos y terrenos que se inundaban. Las obras la llevaron adelante unos 160 operarios.
PUBLICIDAD

Se usaron rieles de hierro y cuando éstos se terminaron los fabricaron de madera revestidos en chapa. La formación estaba compuesta de cuatro vagones, cada uno con capacidad para treinta pasajeros. Se ascendía por una puerta lateral, ubicada en el centro del vagón, que era iluminado con lámparas a gas. El tren corría por una trocha de 5 pies y 6 pulgadas.
En una primera idea, el tren tomaría la actual Viamonte hasta Junín y de ahí las vías harían una larga curva hasta desembocar en la Estación Once de Septiembre, en Corrientes y Pueyrredón, que entonces se llamaba Centro América.
PUBLICIDAD
El trazado definitivo partía de la Estación del Parque y cruzaba en diagonal la plaza. De Inglaterra se trajeron rejas que se colocaron a los costados de la vía para proteger a los transeúntes.

Luego continuaba por Lavalle, que hasta Callao es más ancha que en el resto de su traza justamente por el tendido de la vía. Cuando llegaba a esta calle, por los Hornos de Bayo el trayecto debió hacer una curva y una contra curva antes de desembocar en Corrientes. Hoy ese tramo es el pasaje Enrique Santos Discépolo.
PUBLICIDAD
Por esta arteria iba en línea recta hasta las proximidades de Centro América, realizando una nueva curva hasta lo que hoy es Perón. A la altura de la calle Ecuador estaba la estación Once de Setiembre, que funcionó en ese lugar hasta el último día de 1882. Continuaba hasta Almagro, donde había una parada cerca de la calle Medrano. Esta estación dejó de funcionar el 15 de junio de 1887.
Venía después la Estación Caballito, ubicada a la altura de la calle Federico García Lorca, antes Cucha Cucha. Era un edificio modestísimo, de paredes de madera y techo de cartón, con angostas plataformas.
PUBLICIDAD

En el pueblo de Flores, la primera estación se encontraba en el cruce con la calle La Paz, hoy Caracas. Tiempo después se corrió a la calle Artigas y Condarco.
La terminal estaba en la Floresta, en la calle J.V. González y Bahía Blanca, donde hoy se levanta la Iglesia de La Candelaria.
En uno de los últimos ensayos antes de la inauguración del primer ferrocarril que tuvo nuestro país, la formación llegó sin novedad a Floresta. La locomotora tiraba un vagón para pasajeros y otro de carga. Los directivos de la incipiente sociedad propietaria, que iban como pasajeros, se envalentonaron y alentaron al maquinista a que en el viaje de regreso al centro porteño fuese más rápido.
PUBLICIDAD
Para hacerse cargo de la operación de las dos primeras locomotoras, habían contratado a John y Thomas Allan, dos hermanos que habían nacido en Liverpool y que debían adiestrar a otros maquinistas en el manejo de las novedosas máquinas a vapor, que muchos resistían porque el carbón era caro y proponían que la tracción bien podía ser a sangre.

John Allan, de 22 años puso la locomotora a toda máquina y al pasar por un terraplén, ocurrió lo inevitable: el tren descarrilló, rompió cerca de setenta metros de vías y su alocada carrera terminó cuando se encajó en un zanjón.
PUBLICIDAD
El vicepresidente de la empresa, Daniel Gowland chocó su cabeza con la del secretario Adolfo Van Praet. Enseguida la sangre corrió por la frente de Gowland, mientras que el tesorero Francisco Moreno caía encima de presidente Felipe Llavallol, y Mariano Miró estuvo a punto de tragarse el cigarro que fumaba.
Acordaron mantener el incidente en secreto, ya que el 29 de agosto sería el viaje inaugural y ya el proceso llevaba mucho tiempo de pruebas y postergaciones. No deseaban asustar a inversionistas ni darle más motivos a aquellos que se oponían al tren, cuyas casas temblaban a su paso.
Ese sábado 29 de agosto de 1857 se sirvió un refrigerio a los 200 pasajeros invitados al primer viaje. Participaban autoridades, funcionarios, accionistas, invitados y periodistas. Se destacaban las presencias de Bartolomé Mitre, Domingo F. Sarmiento, Valentín Alsina y el cacique Yanquetruz, vestido con su uniforme militar de teniente coronel, quien estaba en la ciudad para cerrar acuerdos de paz.
Luego de celebrar una misa en acción de gracias y de bendecir las locomotoras, después de las dos de la tarde la formación partió. Al pasar por la estación Once de Septiembre lo hizo bajo unos arcos de flores, mientras bandas militares ejecutaban diversas piezas. A su paso, los curiosos se agolparon y las iglesias hacían sonar sus campanas.
Al día siguiente, 30, se habilitó el servicio para el público. El tren corría de día y las noches de luna. Luego, cuando se le incorporó luz a la máquina, se habilitaron los viajes nocturnos.
El primer maquinista fue Alfonso Corazzi, un italiano entrenado por Allan. En 35 minutos cubrió el recorrido de poco más de dos leguas, cuando si se lo hacía en carreta demoraba seis horas y dos si se viajaba en galera. El pasaje en primera costaba 10 pesos y 5 en segunda.
En 1890 la locomotora fue retirada del servicio. Pero antes debió cumplir un triste servicio. En el verano de 1871 estalló la epidemia de fiebre amarilla y ante el creciente número de muertos hizo que fuera destinada a trasladarlos al incipiente cementerio que se había habilitado en Chacarita.
Le encomendaron al Ferrocarril del Oeste tender una vía que desde el centro de la ciudad recorriese los seis kilómetros por la calle Corrientes hasta el cementerio. Así nació el “tranvía fúnebre” o el “tren fúnebre”, que salía de Corrientes y Ecuador y tenía dos paradas, una en Medrano y otra en Ministro Inglés, hoy Scalabrini Ortiz. En cada una de ellas, levantaba una carga de cadáveres.
El tendido de las vías estuvo a cargo del ingeniero francés Augusto Ringuelet quien, en tiempo récord, finalizó la obra el martes 11 de abril, dos días después de Pascua, en los que hubo 72 muertos.
La locomotora usada fue La Porteña, que arrastraba vagones con cuerpos apilados y tapados por una lona negra. Cerraba la formación un vagón de pasajeros, donde iban los familiares de los muertos, para darles el último adiós. Hacía dos viajes diarios a Chacarita, solo de ida.
El maquinista era John Allan. Al tercer día como conductor del tren fúnebre, también, a los 36 años, pasó a ser una víctima más de la epidemia, haciendo un último servicio con esa máquina a vapor, con la que en 35 minutos, increíblemente, se podía llegar a Floresta.