
Hay una situación que explica, mejor que cualquier informe, lo que le pasó a la provincia: mientras Neuquén convirtió una formación de roca en el motor económico de su suelo y del país entero, Santa Cruz dejó pasar la oportunidad. Los santacruceños tienen debajo de sus pies una riqueza inmensa en minería, y se sigue administrando como si fuera un problema y no una oportunidad.
No exagero cuando digo que, en los hechos, es la Vaca Muerta de la minería argentina. Los números son contundentes. Durante 2025, Santa Cruz concentró cerca del 40% de las exportaciones mineras de todo el país, con un acumulado de exportaciones de oro y plata que en el año superó los 2.400 millones de dólares, más que el propio presupuesto provincial.
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Es la primera provincia exportadora de minerales de la Argentina, por encima de San Juan, Catamarca y Jujuy. Siete minas en producción (Cerro Vanguardia, Cerro Negro, Cerro Moro, San José, entre otras, operadas por compañías de primera línea internacional) generan hoy más de 8.000 empleos directos y otros 20.000 indirectos en el Macizo del Deseado.
Solo Cerro Negro tiene reservas certificadas por 3,2 millones de onzas de oro. Un proyecto como Cerro León estima un potencial de 92 millones de onzas de plata equivalente. Esto no es una promesa: es geología confirmada. Y sin embargo, alcanza con adentrarse un poco para ver el otro lado de la historia.
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En julio de este año una falla en la línea de alta tensión entre Piedra Buena y La Esperanza dejó sin luz a Río Gallegos, El Calafate, Río Turbio y 28 de Noviembre, con cortes que tuvieron que priorizar hospitales y plantas potabilizadoras porque no había respaldo energético propio.
El Calafate, la postal turística de Argentina, no cuenta con generación de emergencia. El presupuesto provincial proyectó para este año un déficit de 350.000 millones de pesos, en donde las exportaciones mineras superan largamente esa cifra. ¿Cómo puede ser que una provincia que exporta más de 2.000 millones de dólares al año en oro y plata no logre garantizar el suministro eléctrico de sus propios pueblos? La respuesta está en la gestión.
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La comparación con Neuquén también vale mirarla con atención. Entre 2006 y 2024 los ingresos por regalías de esa provincia crecieron 245%, impulsados casi exclusivamente por Vaca Muerta. Ese caudal de recursos le permitió a Neuquén crear un fondo anticíclico, volver a emitir deuda en Wall Street, liderar el crecimiento del empleo privado en el país y anunciar hace apenas unos días una nueva inversión de 6.400 millones de dólares de Tecpetrol para el desarrollo de un solo bloque, con la meta de sumar 70.000 barriles diarios hacia 2027. Cada puesto de trabajo directo en Vaca Muerta multiplica tres empleos indirectos en logística, construcción, comercio y servicios. Eso es lo que hace un Estado provincial cuando decide correrse de en medio y dejar que la inversión fluya con reglas previsibles.
Santa Cruz tuvo, y tiene, todo lo necesario para recorrer un camino parecido, pero para eso hace falta lo que el sector minero viene reclamando hace años: previsibilidad jurídica, un esquema sindical que no expulse inversiones y una carga impositiva que no castigue a quien viene a invertir.
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Argentina en su conjunto destina apenas el 2% del gasto minero a exploración, contra más del 10% en Chile, y en Santa Cruz esa brecha se siente todavía más porque las minas más importantes necesitan nuevas reservas ya mismo y no las están encontrando al ritmo necesario.
Santa Cruz espanta inversiones es Vox Pópuli la historia de una empresa que llegó a la provincia dispuesta a invertir 3.000 millones de dólares y cuyo CEO terminó encerrado varios días dentro de una planta por un conflicto gremial y nunca más volvió. Ese no es un incidente aislado, es un modelo de gestión de extracción sindical que fue extorsivo con las empresas en su tiempo, y que ahora se para del otro lado del mostrador pidiendo inversiones. Pero administrar una provincia no es lo mismo que manejar un sindicato.
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Mientras se pierden oportunidades en minería, los sueldos estatales son cada vez más bajos, los hospitales están desbordados y los recursos públicos se usan para financiar agendas de género. Si Santa Cruz hubiera sido administrada con una lógica de previsibilidad, con equilibrio fiscal y con políticas que fortalezcan la seguridad jurídica, hoy tendríamos una provincia con superávit, con un sistema eléctrico robusto, con salarios dignos para maestros y trabajadores de la salud, y con miles de puestos de trabajo adicionales sostenidos por la minería.
Esos dólares que hoy exportamos casi en piloto automático, sin un plan de largo plazo detrás, podrían haber financiado escuelas, hospitales, rutas y un sistema energético acorde a las necesidades y el país entero se hubiera beneficiado: más dólares genuinos, más empleo privado, menos dependencia de un Estado nacional que hoy tiene que mirar para el sur con la misma pregunta de siempre: ¿Por qué, con todo lo que tenemos, seguimos entre los últimos?.
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Valencia
Le hizo cuatro goles en una semifinal de Europa League (2019) y firmó su único hat-trick en la Liga en Mestalla (2022)

Aubameyang, contra el Valencia: con el Arsenal y con el BarcelonaMARCA
FERNANDO ÁLVAREZ
Actualizado 30/08/2026 - 07:26CEST
Pierre-Emerick Aubameyang ha arrancado LaLiga 2026/27 como acostumbra a hacerlo un goleador nato: marcando. El veterano delantero del Deportivo suma dos tantos en sus dos primeros partidos con el conjunto gallego y vuelve a dejar claro que conserva intacto el instinto que le convirtió en una referencia europea durante más de una década.
En Valencia, además, su nombre despierta recuerdos especialmente desagradables. Los tres goles que anotó al conjunto de Mestalla en LaLiga representan su mejor registro frente a un mismo rival en la competición. Todos llegaron en una tarde para el olvido del valencianismo: el 20 de febrero de 2022, cuando firmó el único hat trick de su carrera en la Liga española durante la victoria del Barcelona por 1-4 en Mestalla. El entonces fichaje invernal de Xavi Hernández marcó dos tantos en la primera parte y terminó llevándose también el cuarto gol barcelonista, inicialmente atribuido a Pedri pero concedido después por el árbitro en el acta al gabonés al desviar el balón en su trayectoria hacia la portería.
Pero el inicio de la pesadilla se encuentra algunas temporadas atrás. Aubameyang fue el gran verdugo del Valencia en las semifinales de la Europa League 2018/19. Marcó y asistió en el triunfo del Arsenal por 3-1 en Londres y repitió con otro triplete en el 2-4 de Mestalla que certificó la eliminación valencianista y el pase de los ingleses a la final.
El balance global es demoledor. Contra el Valencia, Aubameyang ha participado en cuatro partidos oficiales, con un saldo de tres victorias y un empate, siete goles y una asistencia. Ningún otro rival parece despertar de forma tan clara la mejor versión del delantero gabonés.
Ahora, con el Deportivo de regreso a Primera y Aubameyang nuevamente enchufado, el Valencia vuelve a tener motivos para vigilar a uno de los atacantes que más daño le ha causado en el siglo XXI. Entre Europa y LaLiga, el nombre del gabonés ya ocupa un lugar incómodo en la memoria reciente de Mestalla.

El Jefe del Estado Mayor General de la Armada, el Almirante Juan Carlos Romay decidió quitar del servicio activo la Aviación Naval de la Base Aeronaval de Punta Indio. Esto no es una decisión administrativa más. Tenemos un invasor que usurpa nuestras Malvinas, Georgias y Sandwich saqueando nuestros recursos bajo licencias ilegales de pesca vendidas a empresas principalmente de España, Taiwán y Corea del Sur.
El Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte (RU) también pretende saquear nuestros recursos petroleros en Sea Lion, dando licencias también ilegales para que empresas lo saquen y se lo lleven como Navitas Petroleum de Israel y Rockhopper Exploration de Gran Bretaña.
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Es pública la apetencia del RU por nuestra Antártida, y Malvinas juega un papel crucial en ese esquema, ya que las islas son la puerta de entrada al Continente Blanco.
Hace pocos días se cumplió un nuevo aniversario de la Reconquista de Buenos Aires cuando las milicias y vecinos de la ciudad al mando del Virrey Santiago de Liniers derrotaron a los ingleses que llevaban ocupando y dominando la ciudad por más de 40 días. Ese día que fue feriado nacional durante el gobierno de Juan Domingo Perón, fue anulado como tal en el gobierno de la Revolución Libertadora que lo derrocó. Ningún gobierno desde entonces, ni democrático ni de facto volvió a instaurar el recuerdo oficial de esa fecha gloriosa en la historia de nuestro Pueblo.
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El mismo RU junto a Francia en 1845 arribó con buques militares y mercantes para navegar a la fuerza nuestros ríos interiores. Traían con ellos a un mercenario y pirata, Giuseppe Garibaldi, que entre sus “proezas” saqueó Gualeguaychú. La escuadra anglo francesa fue enfrentada por los patriotas en Vuelta de Obligado, y después fueron hostigados en cada puerto que tocaban. En 1850 después de 5 años de guerra los nuestros vencieron definitivamente en Punta Quebracho.
En un esquema de combate moderno toda esa zona se puede defender con una adecuada fuerza aeronaval, por eso es tan importante la Base de Punta Indio.
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La Armada de la República Argentina (ARA) dio de baja definitiva hace pocos días los aviones Super Etendar (SUE) y Super Etendar Modernisse (SUEM) perdiendo en los papeles una capacidad que ya en los hechos no existía.
Cerrar la Aviación Naval de Punta Indio es el corolario final de ese proceso de desmantelación. Punta Indio además es la base de la que surgieron todas las generaciones de aviadores navales desde su fundación en 1925. Entre otros, los que pelearon en la Gesta de Malvinas en 1982. Punta Indio es una ubicación crítica para la aviación aeronaval, la aviación antisubmarina y la defensa de la salida al mar desde el río. O sea, la salida de más del 80% del comercio argentino en exportaciones e importaciones. Además un bloqueo en el Río de la Plata afectaría gravemente los intereses de Brasil, Uruguay, Paraguay y en menor medida Bolivia.
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La proyección naval es difícil de entender porque somos un pueblo que vive de espaldas al mar, a pesar de tener nuestra mayor parte del territorio marítimo. Más allá de que nuestra capital sea Buenos Aires, el centro geográfico de nuestra Patria es Ushuaia. Argentina es bioceánica y bicontinental y termina en el Polo Sur Antártico. Vivir de espaldas al mar es grave, no explotamos lo suficiente nuestros recursos y además hay recursos que otros países explotan y nosotros no.
Los módulos polimetálicos, la minería o la extracción y comercialización de algas son algunos ejemplos. La pesca, los astilleros y la explotación petrolera off shore se explotan muy por debajo de sus capacidades máximas.
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Desde 1916 cuando el Almirante Segundo Storni advirtió de los riesgos de no entender que el mar es presente y futuro, además de conexión internacional, poco ha cambiado.
Nuestra Armada de la República Argentina (ARA) está actuando como policía marítima, función para la que está preparada la Prefectura Naval Argentina. La defensa del mar y nuestra soberanía en el océano no tienen capacidades para cumplirla de manera efectiva. Incluso los patrulleros navales OPV no tienen capacidad de disuasión real y ataque por ejemplo si un pesquero ilegal entra a robar pescado con una licencia de Malvinas fuera custodiado por un buque militar británico. O si el mismo buque intenta escapar, ya que la velocidad de persecución de los OPV es menor que la máxima de escape de una embarcación de última generación.
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Las capacidades de Punta Indio en lucha antisubmarina y aviones navales ya estaban degradadas hace años. Pero esta definición del JEMGA deja las certezas que no se recuperarán.
El Plan Dédalo de la ARA es una reestructuración y readecuación de capacidades navales hecho en conjunto con Estado Unidos es una buena iniciativa, que incluye aviones de patrullaje, drones y helicópteros. Es un avance imprescindible en la recuperación de capacidades de la ARA, ya que nos dan proyección en el mar. Pero eliminar a presente y futuro la proyección desde Punta Indio es dejar indefenso el litoral fluvial, y el núcleo económico productivo de nuestra Patria. Un ataque o un bloqueo en esa zona imposibilitaría nuestro comercio, nos cortaría el país a la mitad y generaría un daño catastrófico en la administración nacional. Incluso sin concretar una invasión y ocupación del lugar.
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Punta Indio representó durante décadas la proyección naval que buscaba impedir eso desde una estrategia naval consolidada. El Plan Dédalo, aunque imprescindible, es insuficiente y no llega a cubrir las capacidades que se perdieron con la baja de los SUE, SUEM y ahora las capacidades de esa base bonaerense. Incluso con capacidades degradadas, como tenía hasta ahora Punta Indio, representaba la posibilidad volver a tener las mismas adaptadas a esta época, tecnologías y doctrinas militares con gastos ínfimos en comparación con las potenciales ganancias que depararía tener esa base funcionando al total de sus capacidades.
Dar de baja de manera definitiva la capacidad aeronaval y de lucha antisubmarina que se proyectaba desde Punta Indio es una muy mala decisión para la Soberanía, incluso aunque de hecho no tuviera las capacidades requeridas, podía tenerlas en un futuro mediano simplemente con la decisión política adecuada. En cambio el retiro definitivo implica una idea peligrosa: que Argentina no considera importante la defensa real del litoral fluvial y marítimo teniendo una potencia invasora como el RU usurpando parte de nuestro territorio, y con apetencias públicas por más.
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A pocas horas de que Argentina vuelva a ser sede de un Congreso Americano de la FIA, luego de muchos años, me tomo unos instantes para reflexionar acerca de lo que tenemos por delante en el futuro cercano.
Estaremos viviendo quizás una de las grandes oportunidades que se le presentan a nuestro querido país de tanto en tanto. Los amantes del deporte motor han vuelto a vibrar con el automovilismo desde la aparición de Franco Colapinto en las grandes ligas y, durante todo este último tiempo, sobrevuela una enorme expectativa y sensación de que podemos estar volviendo a ser parte del mapa del automovilismo mundial.
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Tanto sus carreras los domingos en la pantalla, como el roadshow que se hizo en el corazón de Palermo, todo ello puso de manifiesto un claro mensaje popular: el argentino es fierrero y quiere logros también en este deporte de multitudes que tanto arraigo tiene en el país.
Ahora, ¿qué logros nos esperan por delante?, ¿qué logros podemos esperar o ansiar?
Acá es donde es relevante ser reflexivo. Aunque quisiéramos, no podemos exigirle a Franco más de lo que hace. Tenemos que agradecerle primero por volvernos a poner en el radar mundial; y esperar a que esta gran experiencia vaya dando sus frutos. Pero no impacientarnos.
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Entonces, ¿de qué logros hablamos o ansiamos? Creo acertar que el clamor popular no es por llevarle esa presión a Franco. Ahora la expectativa está puesta en la infraestructura y la “marca país”, para que podamos aspirar a lograr ser atractivos para volver a ser un país relevante en el automovilismo mundial.
Y todo ello significa que —frase que tanto me gusta repetir— “si logramos trabajar unidos los argentinos”, podamos recuperar alguna de las grandes categorías del automovilismo mundial: la F1, el Rally, el WEC (World Endurance Championship) o el W2RC (World Rally-Raid Championship).
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Ello nos dará hacia futuro y en el tiempo, la plataforma adecuada para crecer como deporte; formar deportistas de clase mundial; y —no menor— devolver a los fanáticos de los fierros aquellos lugares que Argentina supo tener en el plano internacional.
Me tocó vivir este proceso previo al Congreso con gran intensidad. Como titular del Automóvil Club Argentino lo hago con enorme pasión porque estoy convencido de que le sirve a nuestro país. También destaco sobremanera el apoyo que hemos recibido del Presidente Javier Milei y su gabinete, del Jefe de Gobierno de la Ciudad y de los gobernadores que nos estarán acompañando, convencidos de la importancia que el automovilismo tiene en sus territorios.
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Parafraseando a José Ortega y Gasset, nos toca ahora dar testimonio de una de sus máximas: “Argentinos, a las cosas”.
El 24 de agosto, el presidente Donald Trump anunció la sustitución de la herramienta militar por la económica en la guerra contra Irán. La decisión se adoptó después de que las bajas (muertos y heridos) hayan llegado a aproximadamente ochocientas desde que comenzó la operación “Furia Épica” el 28 de febrero de este año. Asimismo, se ha constatado la escasez de misiles, especialmente los antiaéreos como los Patriot, para sostener las operaciones.
Es decir, la ofensiva militar no ha tenido éxito para quebrar la resistencia iraní y además está provocando costos crecientes en la campaña electoral de medio mandato del 3 de noviembre para Trump. La nueva fase de la operación estadounidense pasa a enfocarse en la “asfixia económica”, en ransformar a dicho país en un “paria económico”.
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El Secretario del Tesoro, Scott Bessent, anunció la puesta en marcha de esta operación para terminar con la capacidad iraní de sostenerse económicamente con el apoyo de países como China, Rusia y Turquía. Ellos se han negado a sumarse a las sanciones económicas promovidas por Estados Unidos para frenar la acción militar tanto de Rusia como de Irán, con apoyo de Corea del Norte. Pero estos anuncios de la Administración Trump no parecen haber tenido resultados efectivos para iniciar el aislamiento económico de Irán y anular su capacidad de acción militar.
Los antecedentes en conflictos recientes muestran que por lo general las sanciones económicas fracasan para terminar las guerras. El caso más elocuente es el de Cuba, una isla a 145 kilómetros de Estados Unidos, cuya población es 36 veces menor que la de este país y es difícil de defender por eventuales aliados debido a su lejanía. Las sanciones económicas aplicadas contra Rusia durante cuatro años y medio de guerra con Ucrania y contra Irán desde el 28 de febrero no han tenido éxito para doblegar militarmente a ambos países, pese a que las han acompañado países aliados importantes de Occidente, incluyendo todos los integrantes de la OTAN y la Unión Europea (la mayoría integran ambas organizaciones).
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China ha sido la primera potencia en rechazar la decisión estadounidense y ha manifestado que seguirá cumpliendo sus acuerdos con Irán. La misma actitud han asumido Rusia y también Turquía, que integran la tríada de potencias medianas gestada el 7 de agosto con Pakistán y Arabia Saudita, llamada “Pacto de la Meca”. Aún países del Golfo Pérsico que eran aliados de Estados Unidos han rechazado la política para “asfixiar económicamente” a Irán, como es el caso de Qatar.
Es decir, las monarquías del Golfo se encuentran divididas respecto a esta nueva fase en el conflicto Irán-Estados Unidos. Teherán ha sobrevivido con éxito, utilizando estructuras como la “flota fantasma” que integran centenares de buques con diversas banderas, para permitir el comercio de hidrocarburos rusos en forma encubierta.
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En el pasado reciente han fracasado medidas de aislamiento económico de los países occidentales, como Irán durante el último medio siglo, Cuba durante sesenta y seis años y otros casos más. Son pocas las sanciones que han sido efectivas para producir un “cambio de régimen” de países acusados de haber apoyado el terrorismo durante largos periodos. En algunos casos, como Irak, Siria y Libia, la caída de sus gobiernos se dio por la vía militar, no por sanciones económicas. Algo similar sucedió con Venezuela.
La efectividad de la nueva estrategia estadounidense -que tendrá su “Día D” según Bessent- está en duda. Por el contrario, puede generar una escalada en el campo militar. Irán se muestra decidido a responder en este campo. Países como Estados Unidos y el Reino Unido han denunciado ataques mediante hackers contra instalaciones civiles, que sería el inicio de acciones en este campo contra las potencias occidentales.
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Esto marcaría una escalada en el conflicto, a través de herramientas tecnológicas. Pero el anuncio de Teherán de ampliar el bloqueo del estrecho de Ormuz en forma total y no parcial, como es hasta ahora, proyecta una situación de fuerte incertidumbre para la economía mundial. También es probable que cierre el tránsito del estrecho de Bab el-Mandeb, mediante las milicias hutíes pro-iraníes que lo dominan. Hacer un bloqueo total y efectivo sería un cierre total del comercio de petróleo hacia Occidente y no parcial como hasta ahora. El diálogo directo entre Washington y Teherán parece interrumpido. Pese a ello, Pakistán y Qatar siguen tratando de mantener un rol como interlocutores y no suspender sus intentos y acciones diplomáticas. El problema de Estados Unidos es que pasar de la guerra militar a la económica ha sido una imposición de las circunstancias. Los síntomas de desmoralización del portaaviones Lincoln después de haber superado los doscientos cincuenta días de despliegue sin tocar tierra muestran las limitaciones crecientes del despliegue militar estadounidense en el factor humano.
Desde el 28 de febrero, cuando se lanzó la operación “Furia Épica”, y el 24 de agosto, fecha en la que se sustituyó por la “asfixia económica”, la situación en términos militares evolucionó en contra de EEUU. Cabe señalar que el 18 de agosto había vencido la fracasada tregua establecida para negociar.
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Ningún país de la OTAN acompañó a Estados Unidos en este conflicto. Tampoco lo hicieron sus aliados en el mundo árabe. Jordania, Irak, Omán, Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Siria han sufrido ataques de Irán sobre las bases militares estadounidenses desplegadas en el territorio de estos países. Trump ha anunciado la anexión del estrecho de Ormuz al territorio de Estados Unidos, la que se realizaría con el modelo de Puerto Rico. Parece difícil de concretarse y sería rechazada por la comunidad internacional, que vería amenazada la soberanía de los países.
Irán no estaría en condiciones de recurrir a las armas nucleares, las cuales no tiene construidas en su totalidad, pero sí está en capacidad de emplear sus hackers como arma, atacando a países occidentales sobre blancos civiles, como instalaciones eléctricas y puntos críticos de conectividad.
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Mientras tanto, en el conflicto entre Rusia y Ucrania, Estados Unidos intenta recuperar un rol de mediador con el viaje del Jefe de la CIA, John Ratcliffe, a Moscú, supuestamente para reactivar conversaciones de paz que habían quedado suspendidas. Se trata de un hombre que ocupó el mismo cargo durante el primer gobierno de Trump. La decisión del presidente estadounidense de llevar la guerra al plano económico tiene dudosos resultados y corre el riesgo de escalar el conflicto, retornando a la vía militar de la cual se intenta salir.
Un lugar donde se guardan cosas y cuya materia es el tiempo. El archivo es un lugar de dimensiones variables, ya sea por la cantidad de piezas existentes o bien por las que se imagina que llegarán, que a su vez suelen contener muebles que también se llaman archivos. El archivo (gran lugar) tiene archivos (muebles archivadores) que a su vez contienen archivos (las piezas de tiempo). Una mamuschka del espacio.
Ese lugar es físico, pero nadie que piensa en el archivo como un lugar físico se pregunta por el espacio, por el archivo como límite. La mujer lleva en cuatro bolsos los manuscritos de su madre escritora —a la que llamaremos M—, que ha publicado diez libros y ha tenido homenajes en sociedades de escritores pero su nombre no goza de la contundencia del prestigio indudable. El archivista —a quien llamaremos F— dice que va a consultar, y antes de perderse en ese fondo oscuro profundo que hace las veces de profundidad de campo al hombre y lo vuelve diminuto ante esa biblioteca enorme, le pide a la mujer una dirección de mail para escribirle cuando se tome la decisión. Unas semanas más tarde, al archivista le asignan la ardua tarea de responderle que el archivo decidió rechazar la donación, aduciendo dificultades cada vez más acuciantes con el espacio. La mujer —a la que llamaremos G— se enoja y les contesta con una pregunta: “Si la donación de manuscritos hubiera sido de William Faulkner, ¿habrían respondido lo mismo, o el espacio, mágicamente, se habría expandido? En realidad, el caso pone en escena algo que es un secreto a voces: ningún archivo puede hacer explícito que ya no tiene más espacio porque clausuraría la ilusión de lo imprevisto, esa aparición de materiales valiosos que no fueron a buscar, sino que, al revés, fueron ellos quienes buscaron ese archivo y lo eligieron entre muchos otros por la calidad, la selección rigurosa y el criterio que ese archivo fue construyendo a través de los años. Por eso, así como se habla de un “cine expandido” cuando roza otras formas de experimentación en sus tipos de proyección o formatos y así escapa a los modos convencionales del cine, análogamente se debería poder hablar de “archivo expandido” cuando saca a pasear a un exilio moderado, depositando en sedes anexas muchos materiales que no generan el interés sostenido de investigadores o estudiantes. El archivo se acorta y se expande según la lógica del mercado (de interesados) y el espacio es el músculo que lo permite, quien se contrae y estira.
Expansión y contracción que devuelven a lo real el imaginario infinito que viene junto con la idea de archivo. Una poética del espacio, así es como Gaston Bachelard abarca rincones, buhardillas, áticos, desvanes, sótanos, garages, cuartos de herramientas, o bien “cofrecillos”, recovecos y armarios, abajo o al fondo, todos esos lugares donde se deposita aquello que no tiene lugar, lo que no queremos o necesitamos que esté a la vista, así es que los ve como una dimensión de lo minúsculo y la miniatura donde la belleza se refugia. El archivo también oculta sus piezas de la mirada del visitante y es el archivista quien las vuelve visibles, trayéndolas de los racks y de las bóvedas, pero, al mismo tiempo, piensa en una pragmática del espacio, porque sus dimensiones siempre se chocan con el afán de lo gigantesco e inabarcable. Hay un músculo imaginario en el archivo, una ensoñación de lo infinito y de lo eterno, de lo que siempre se puede guardar y que se guarda para siempre. Pero ese músculo que se ejercita para la posteridad es vallado por el mundo físico.
Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Si algo obsesiona al archivo es el espacio. Inversamente a la historia de la escritora y su hija, la historia de un hombre que no puede dormir. Asolado por una pesadilla reincidente, el archivista se despierta bañado en sudor porque ha tenido su sueño típico, para decirlo con Freud: ha soñado que llegaba el archivo más deseado, la flor de los anhelos, y no había lugar para él. Esa angustia se justifica porque el espacio es lo que el archivo institucional tiene para ofrecer y por tanto lo único que no puede resignar. Tanto sueña el archivo con el espacio que ha imaginado la figura más luminosa: la cápsula del tiempo. En ella se guardan pistas para un descubridor del futuro, confiando que sabrá leerlas. Cápsulas esperando en la Tierra, selladas en cobre o en oro, enterradas a cierta profundidad (sin ocupar espacio: en un mundo invisible) con materia de la vida cotidiana adentro, o enviadas justamente al espacio, esta vez sideral, infinito (el sueño del archivero: un lugar sin límites para poder guardarlo todo), como el satélite KEO, que carga mensajes de terrícolas de hoy para terrícolas del año 52.000, momento en que se dispuso su retorno a la Tierra. ¿Sabrán leer esos mensajes? ¿O los mirarán atónitos como Nova a Taylor mientras llora ante los restos de la Estatua de la Libertad encallada en la arena, confirmando aquello que le habían anticipado de que, si seguía buscando, lo que encontraría sería su destino, superponiendo archivo y destino, en el final de El planeta de los simios?
El archivo indica y predica un modo de guardar, porque el archivo siempre sabe que su capital es lo que archiva, pero su destreza se revela en el uso del espacio.
*Autor de Lo que traemos del olvido, ediciones Godot (fragmento).

Varios gobernantes, candidatos, equipos de campaña e incluso algunos consultores, llevan al extremo la idea que concibe a las campañas electorales modernas como verdaderas “batallas” comunicacionales.
Una suerte de fetichización de la faz agonal y conflictiva propia de la naturaleza competitiva de las campañas y un ensalzamiento del enfrentamiento análogo al de una conflagración bélica, que entraña un gravísimo error, en tanto lleva a concentrar los esfuerzos y la atención de la campaña en los rivales y adversarios, atacando y buscando dominar la agenda y la iniciativa, pero perdiendo de vista lo indispensable, que es lo que piensan y sienten los electores-ciudadanos.
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En definitiva, más allá de cuanto se ha atacado a los oponentes, y de cómo se auto percibe la performance del gobernante o candidato, serán los electores quiénes decidan a los ganadores y perdedores de la contienda.
Gobernar es comunicar. Si se hace mal, no hay consenso; y por lo tanto no puede haber buen gobierno. Por ello, cuando se insinúa que el problema de un gobierno radica en que no se comunican bien los presuntos logros y pretendidos éxitos de un gestión, se incurre en una peligrosa falacia.
En este contexto, el gobierno se desliza, en las vísperas de un complejo año electoral, hacia un discurso y praxis política que, en mayor o menor medida, ha sido adoptado por prácticamente todos sus antecesores en la presidencia desde el retorno a la democracia: la negación o desacople con una realidad tangible, que no se reconoce en cuanto tal.
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Dicho de otra forma, al sostener que los problemas no derivan de la realidad, sino de una percepción distorsionada de ella atribuible a las fallas o déficits en la comunicación, se profundiza en la actitud de no reconocer la necesidad de realizar ajustes o revisiones en el programa económico, se insiste en la idea de que la razón acompaña y que acabará por imponerse, que hay que redoblar los esfuerzos para “convencer”, que hay que retomar con fuerza los ejes de la tan mentada “batalla cultural”, que hay que aferrarse al discurso, y que hay que recuperar el protagonismo.
En esta clave es que deberían leerse los renovados y recargados ataques a periodistas, acompañados por una retahíla de agresiones y descalificaciones personales. Si el problema no es la realidad, la responsabilidad reside en quienes inciden en dichas percepciones.
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Una interpretación tan perversa como peligrosa en términos político-electorales, en cuanto no reconoce fisuras en el plan y, lejos de derivar en correcciones que den cuenta de la asunción de algunos de los problemas que experimentan diariamente cada vez más ciudadanos, conduce a una mayor agresividad y cerrazón en el discurso ante los datos cada vez más elocuentes de una realidad económica marcada por niveles de actividad muy pobres, pérdida de poder adquisitivo, problemas de empleo, desplome del consumo y erosión de las expectativas.
Un claro ejemplo de ello es la negación oficial del evidente problema del endeudamiento de las familias argentinas y de la creciente mora financiera, que fue rechazada con agresividad y poca empatía por el presidente en sus últimas apariciones públicas, quien instruyó incluso a sus propios legisladores a resistir cualquier intento opositor de impulsar iniciativas en este tema.
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El problema para el oficialismo es que para esta renovada apelación a la “batalla cultural” no solo necesita recuperar el protagonismo del propio Milei, que ahora parece decidido a salir del silencio autoimpuesto por su peculiar exilio en Olivos, sino también ordenar las internas propias, ajustar la comunicación manejada por el rápidamente intrascendente Adrián Ravier y, sobre todo, mantener los niveles de euforia en unas filas libertarias que lucen cada vez más desconcertadas, agotadas y desordenadas.
Frente a ello, trascendió que Milei no solamente retomará el protagonismo, volverá a encabezar reuniones de gabinete, y avanzará con un nueva esquema de comunicación con múltiples voceros según la temática, sino que prepara un nuevo acto y recital libertario a fin de arengar a los propios, y se encargará de ordenar y disciplinar a las diversas voces que entre las filas libertarias se suman a quienes manifiestan algunas inquietudes y reparos por la marcha de la economía.
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Así las cosas, un presidente cada vez más obsesionado por tener razón y cada vez más ensimismado con su discurso y con mostrar que su programa económico no tiene fisuras, avanza hacia un proceso electoral que lo verá cada vez más tensionado entre el sostenimiento del programa económico y las necesidades político-electorales.
Por ahora, en un contexto en el que la apuesta del gobierno parece radicar casi exclusivamente en la profundización de la “batalla cultural”, el gran interrogante es si ese dispositivo es el más indicado para seducir o volver a convencer a los votantes. Solo el tiempo dirá.

Al eliminar la propiedad privada, el marxismo terminó aniquilando la iniciativa. El anarco capitalismo de corte libertario, en su voluntad de disolver al Estado, convierte a las sociedades organizadas en selvas donde los fuertes terminan aplastando a los débiles. Cuando el actual gobierno, en su ignorancia o en su perversión, habla de los famosos cien años de decadencia, se refiere a la década infame, al derrocamiento de Yrigoyen avalado por la Corte Suprema de Justicia de la Nación, hecho que sometió a nuestra sociedad a una sucesión de golpes militares desde 1930 en adelante. De ese modo, la democracia, el gobierno de las mayorías, no debía ser aceptado jamás por las minorías ociosas y parasitarias, que en su impotencia nunca soportaron ni el voto popular ni la industria nacional. La pretensión del gobierno de Milei de autodenominarse “liberal” es absolutamente grotesca, y esta condición queda al desnudo cuando considera a la morosidad de los deudores como un tema privado y confronta con insultos al periodismo, lo cual define, sin duda, un infinito apartamiento de las pretensiones de libertad.
Sabido es que en los 70 éramos más que Brasil. Teníamos un desarrollo científico e industrial y una integración social que reflejaba la concepción europea, aquella donde todos los ciudadanos son partícipes del desarrollo colectivo. Hoy, sin duda, el modelo vigente impone la fotocopia de Miami, de un Estados Unidos imperial en el que la dimensión de su riqueza sirvió para imponerse en el mundo sin siquiera aceptar un proyecto de salud pública que beneficiara a la totalidad de sus habitantes. Dos concepciones del progreso, el de pocos o el de todos. Hace cien años era el de pocos y hace cincuenta, se imponía el de todos.
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El modelo imperante se basa en el concepto de privatización que no es otro que el robo de lo colectivo para convertirlo en riqueza individual. La burguesía industrial es aquella que genera bienes y da trabajo en tanto que la parasitaria se ocupa de apropiarse de esos bienes colectivos para sustituir al Estado, concentrar la riqueza y abandonar a los más vulnerables. Es llamativo que el Gobierno y sus aplaudidores consideren a la usura como un acuerdo entre privados y a la opinión de los periodistas, como un daño al poder político. Es como si la casta, que hoy usurpan, perteneciera a un nivel superior al de los endeudados que no son los hijos de la modernidad del crédito, sino los perjudicados por el empobrecimiento al que esta casta libertaria somete a la sociedad. Por lo tanto, la concepción actual no ofrece ninguna otra salida política que la continuidad del robo al Estado y del abandono de las clases medias y populares. Toda estructura dogmática se asienta en un ejército de repetidores para quienes el dogma es un catecismo y su reiteración, un aburrido temor al riesgo de la duda. Conciben esta pequeñez como la expresión de una nueva ideología.
La política exterior que nos une a los Estados Unidos de Trump y al Israel de Netanyahu marca una voluntad de dependencia que rompe con la histórica neutralidad que atraviesa a nuestra sociedad en toda su historia. Frases sin sentido, cantilenas repetidas hasta el hartazgo por los libertarios, del estilo “proteger es cazar en un zoológico”, revelan el desconocimiento de un mundo donde no existe sociedad que no proteja su producción y anteponga su relación no con los valores del mercado, sino con las necesidades laborales de su población. De ahí, que se escuchen conceptos tan burdos, como el de una diputada para quien la “macro” corresponde al Estado, por lo cual involucrarlo en la “micro” es, a su entender, siempre delictivo. La economía constituye una parte significativa de la política, pero no puede ocupar su lugar. Un proyecto de país debe incluir a su burguesía industrial y a los sectores productivos, pero jamás puede estar en manos de las minorías enriquecidas que solo se ocupan de sus intereses y nunca, de las necesidades colectivas.
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Volver a la política es imprescindible, más que nada en una sociedad donde el poder de sus grupos concentrados intenta imponerse como la única visión, como si los mercados fueran más relevantes que el voto y las necesidades de la sociedad. Pocas veces un fanatismo sin ideas impuso un conjunto de propuestas irracionales a las que quiso convertir en la lógica de un pensamiento que sustituya a la verdadera coherencia, aquella donde el Estado se haga cargo del desarrollo de lo necesario y lo privado se limite al lugar donde le esté impedido dañar al conjunto.
Los números que inventa el Gobierno para justificar haber sacado a millones de argentinos de la pobreza, de la marginalidad, son tan falsos que terminan situados en el plano de lo perverso, del cinismo. El Estado no puede estar al margen de la desesperación de los endeudados, siendo su obligación controlar la desmesura de los intereses que, en su desarrollo, terminan generando una nueva forma de marginalidad.
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El camino que se empecinan en seguir Milei y los fanáticos que lo acompañan continuará empobreciendo a las mayorías. En consecuencia, la posibilidad de su reelección terminará desapareciendo hasta de las encuestas más oficialistas. Por su parte, los intentos de reactivación solo muestran a un gobierno con alguna conciencia de su debilidad acompañado de una supuesta ideología de la que se obstina en no salir.
Milei no está creando nada, por el contrario, lo destruye todo. Esperemos que el destino de este proyecto no sea la reelección, sino, en un acto de justicia, el enjuiciamiento y la condena de sus deleznables ejecutores.
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En un duelo de necesitados, el Santos y los Tigres empataron (0-0) y extendieron el mal momento que atraviesan.
Ambos equipos necesitaban ganar para escalar posiciones en la tabla, pero ofrecieron una pobre actuación en el Territorio Santos Modelo y sumaron un punto que de poco les sirve.
Desde los primeros minutos, el equipo visitante se fue al frente y generó ocasiones de peligro en el área local.
Aunque, las acciones no causaron daño en la portería de Carlos Acevedo, quien no tuvo que emplearse a fondo en ningún momento.
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Por algunos minutos, el conjunto lagunero tomó la iniciativa y buscó probar a Nahuel Guzmán.
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Incluso, logró abrir el marcador y provocó que el TSM explotara de alegría; sin embargo, el árbitro asistente número dos levantó su bandera para señalar un fuera de juego de Ezequiel Bullaude.
El argentino se encontraba adelantado y su anotación fue invalidada de manera correcta. La algarabía se esfumó rápidamente con la decisión arbitral.
Después del gol anulado, las jugadas de peligro fueron, prácticamente, nulas en ambas cabañas.
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Ni Carlos Acevedo ni Nahuel Guzmán sufrieron para mantener su valla invicta.
El encuentro se volvió de ida y vuelta, pero sin demasiadas emociones por parte de ambos clubes.
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En la recta final, los dos equipos tuvieron la oportunidad de romper el cero, pero la definición no estuvo de su lado.
Para meterle un poco de dramatismo, Fernando Gorriarán se fue expulsado por doble tarjeta amarrilla.
El Santos y los Tigres sumaron un punto que de nada les sirve porque seguirán en la zona de la clasificación.
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Aunque, para los Guerreros es más "valioso" porque es el primero que obtienen en el torneo.
Los dos conjuntos no pueden salir del bache por el que atraviesan y los puestos de Liguilla lucen cada vez más lejanos.
De repente, hace ya más de diez años, entró a la escena pública argentina una persona-personaje estelar llamada Javier Milei. No era la primera vez que se daba ese tipo de irrupción, y no ha de ser la última, pero su paciente deslizamiento del escenario donde se formulan las opiniones libres con un calculado sentido del espectáculo hacia el campo de la oferta política, sirvió para ajustar su figura a la demanda social, que pedía sangre.
En aquel lejano debut, Milei intentó honrar la tradición de los opinadores de economía, mitad poetas, mitad gurúes, inspirándose en su maestro comunicador, Juan Carlos de Pablo.
Pero no le resultó fácil administrar la herramienta favorita de los opinadores, que es la que se emplea para reducir sistemas complejos a aforismos para “que entiendan las tías”.
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El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Tentado por los brillos y, también, por las oscuridades románticas del barroquismo, Milei se enredaba en los cruces televisivos con sus antagonistas –que eran todos– por la dificultad de hacerse entender como deseaba. Lo que lo llevaba a la confusión teórica, el revoleo de números inconsistentes y el malhumor, pero esas apariciones dejaban en el aire un efecto que se fue convirtiendo en una mitología. Si no alcanzaba a desarrollar los frondosos postulados de sus ideas en su totalidad, no era porque no supiera, sino porque sabía demasiado. Tanto sabía que no lo podía contar.
Una vez sembrada y regada la superstición de superioridad, que él se encargaba de refrendar hablando de sí mismo como se habla de un ídolo, las operaciones de ajuste en su lenguaje fueron calibradas con precisión. Primero, renunció –a medias– a desplegar sus teorías económicas en clases magistrales, y las redujo a eslóganes, pasándole a su “exceso” de conocimiento la aplanadora de la publicidad política, de la que sobrevivieron las ideas de guerra inventariadas en la agenda de lo que había que destruir.
La guerra era la del mercado versus el Estado, con su variante libertad versus comunismo. Ese fue el recorte que Milei hizo de las necesidades actuales de la historia. A lo que le adosó el valor agregado de sus modos de decir (de decir sin modos) en un idioma antidiplomático que ya es un hito en los extensos vínculos entre lenguaje y política.
Todos los gobiernos son más o menos autobiográficos. Por lo que el verdadero valor de los programas y las plataformas para gobernar consiste en quiénes los llevarán a cabo. Se votan personas (personas-personajes) y, de ellas, sus premoniciones.
Milei le dio al componente autobiográfico del político el índice más alto de la historia. Acaso tan hipertextual como Cristina Kirchner –pero sin su pudor–, restauró por vías no tan inesperadas lo que podemos llamar El Discurso. Evidentemente, el electorado argentino quiere que le hablen, que le hablen mucho, que le hablen sin parar hasta que se le inocule el virus de la convicción. Al menos, antes de votar.
Luego, veremos.
Milei introdujo en su discurso político gran parte de los hechos relevantes de su vida, incluyendo los más dolorosos, y en ese gesto, que sin dudas fue espontáneo, situó el factor confesional en el corazón de la discusión pública.
Reducción pueril a una serie de epigramas radiantes de los sistemas complejos que tanto controlan como descontrolan el universo económico, descripción del blanco –la política, los políticos– en el que deberían clavarse como flechas esos epigramas, y revelación de la intimidad mediante un lenguaje “realista” irrestricto. El resultado es la inversión de la persona-personaje en personaje-persona que llega a la presidencia de la nación con las ventajas que tienen por un tiempo las novedades.
Cuando todo era nada
El primer registro de la presencia pública de Javier Milei lo tomó en septiembre de 2014 el canal CCC de Tucumán, a donde viajó para presentar su libro en coautoría con Diego Giacomini y Federico Ferrelli Mazza, Política económica contrarreloj (2014), publicado por Ediciones Barbarroja con el auxilio de la Fundación Acordar.
Es una entrevista de unos pocos minutos en los que Milei responde con amabilidad. Dice que un ajuste es necesario para sanear la economía del país, y que tanto puede hacerse de manera ordenada o impuesta por la realidad: “Lo que nosotros proponemos es un programa de estabilización que no tenga costos sociales”.
La palabra “nosotros” es un enigma sin revelar. ¿Quiénes son o quiénes eran entonces los integrantes de ese “nosotros”? ¿Los tres autores? ¿La Fundación Acordar, usina de ideas al servicio de Daniel Scioli? Retrospectivamente fantasmático, el uso de la primera persona del plural no es el pronombre más frecuentado por Milei (lo son mucho más “él” y “ellos”, como causa de sus descargas); ni siquiera lo usó cuando presentó el mismo libro el 28 de abril de 2015 junto a Diego Giacomini (sin Federico Ferrelli Mazza, el vértice más discreto del triángulo) en el programa Hora clave, conducido por Mariano Grondona y Pablo Rossi.
Rossi les pide a Milei y a Giacomini que se presenten y le dice a Grondona que en el programa en el que están acostumbrados a ver pasar “los clásicos” (se refiere a los economistas televisivos de siempre), ahora tienen caras nuevas, aunque “nuevo no significa mejor, eso está claro”. Milei dice: “Soy Javier Milei. Soy economista jefe de la Fundación Acordar.
Tengo un pasado como docente, como académico, tengo más de cincuenta artículos presentados, seis libros, más de cien notas de divulgación en diarios y no seré famoso como economista, pero sí como rock star”.
Entre la interjección y la “salida”, de la que todos se ríen, Milei comienza a desprenderse de Giacomini, al que solo le queda mencionar, sin la fuga del chiste, sus gélidas fojas de egresado del Colegio Nacional y de la Universidad de Buenos Aires. Es una separación de hecho, en la que Milei define su identidad por vía de la licencia poética. Ahí donde Giacomini dice lo que dicen sus títulos, confinando su nombre a su formación, Milei se desliza hacia la composición libre: “Yo soy especialista en temas de crecimiento, digamos básicamente, y también en los modelos de crecimiento con dinero. Pero, o sea, es muy interesante porque ahí Juan Carlos de Pablo dijo en una charla que yo era el que más sabía de eso en la Argentina, lo cual es cierto porque soy el único que se dedica a eso”.
El primer paso que ha dado Milei es posicional. Ya no habla como coautor del libro que fue a promocionar a la televisión porque ahora el objeto de la promoción es él, y así como se desprendió del “nosotros” de la coautoría, también lo hizo saltando del contenido del libro –que en ningún momento glosó–para realizar su primera provocación en el escenario donde se discute la política: “Cuando vos mirás la situación de la economía argentina, yo te diría que la foto es mala, y la película es peor. La foto tiene que ver con la configuración de la macro en el corto plazo donde tenés cuatro desequilibrios fenomenales. El primer desequilibrio, que es la madre de todos los males, y es el cáncer de este país de los últimos setenta años, es el déficit fiscal. ¿Sabés cuáles son las bases del populismo? Te las cuento yo. Es la irresponsabilidad fiscal de los keynesianos, y los desatinos monetarios de los estructuralistas locales, una conjunción de irresponsables que generan déficit fiscal, inflación y crisis”.
Por primera vez “la sombra terrible” de Keynes es evocada por Milei para la posteridad, lo que acelera el distanciamiento de Giacomini. Allí donde Giacomini defiende a Milton Friedman, Milei ataca a Keynes, despuntando su tendencia a la lectura destructiva de lo que sea que se haya construido y encendiendo –también por primera vez– en el territorio del entretenimiento la llama de la agresividad, por el momento bajo cierta voluntad de control. La que viene acompañada (quizá sea mejor decir “adornada”) del auxilio de unos números de origen poético, absorbidos por la pasión que los convierte menos en pruebas de carga en favor de la realidad económica que en semillas de superstición.
Milei avanza por la línea en la que progresa su imaginación, que aspira de un modo místico a la exactitud de cálculo. Dice que el PBI per cápita de la Argentina en 1998, “cuando la Argentina vuelve a su tendencia de largo plazo” (que no describe), era de 14 500 dólares, y que en el momento en el que está hablando –2015– es de 12 880 dólares al tipo de cambio oficial, aunque es más real el paralelo, que da 9000 dólares.
Pero si el país hubiera mantenido “la tendencia de largo plazo” de 1998, el PBI per cápita debería ser de 32 000 dólares, es decir, más alto que el de Gran Bretaña, Italia, Corea del Sur y el promedio de la Unión Europea. Ya no son los números que hablan por él; lo que habla es el deseo de darles a los números un aura poética (lo dijo Pablo Neruda: “El tiempo se hizo número / La luz fue numerada”).
Cuando Pablo Rossi los despide, Milei no se deja apurar e interviene sobre el haz de tiempo que queda, para pronunciar las últimas palabras, que insisten en caer al barro de la política: “¿Me dejás que haga una nota de color? El nivel de pobreza en el año 1998 en familias era del 18%, hoy es cerca del 30%. El coeficiente de Gini, que tiene que ver con la distribución del ingreso, era 0,38 y hoy es 0,38. Es decir, todo este megacirco populista que armaron para que la gente esté mejor, la dejó igual en términos de distribución del ingreso, con más pobreza y solo un tercio del PBI que deberíamos tener. Si esto no es una catástrofe, que venga Kicillof a explicar qué es”.
Los números siguen desplazándose a la velocidad de la inercia que el propio Milei rompió al darles el estatus de pases mágicos. No hace falta adquirir las técnicas de un estadístico para ver que en el paisaje en el que Milei pinta las bellezas del mercado hay incidentes no reconocidos: empalma las estadísticas de la pobreza en hogares de 1998 con las de 2015, sin detenerse en las de 2001 y 2002; y las del PBI per cápita de 1998 con las que él proyecta en su corazón en 2015.
Y, sin embargo, algo nuevo nace en la mesa de Hora clave.
Es un carácter que ablanda con histrionismo la dureza de la jerga técnica empleada al modo de un espejismo. Allí hace alianza la “mezcla” por la que se deja ver una persona de verdad bajo el disfraz del economista.
El tercer acto de esta primera secuencia que lleva a la irrupción de Javier Milei en la atmósfera caldeada de la esfera pública sucede el 26 de julio de 2016 en el programa Animales sueltos –conducido por Alejandro Fantino en el canal América–, del que todavía cuelgan las hilachas de su propósito promocional. Fue por una recomendación del economista Guillermo Nielsen, que Fantino acepta para delegar en su producción la misión de convocarlo “cuando haya una silla vacía”.
Milei y Fantino no están solos. Son ellos y varios panelistas los que cierran el círculo sobre la mesa de debate, pero pronto se verá, por lo evidente de su orquestación, cómo Fantino provocará a Milei para que “salte”.
Le dice: “Kicillof vino y después me regaló este libro”. Es Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, de John Maynard Keynes. El conductor muestra la tapa del libro, y luego pide un primer plano que encuadre la irritación en principio artificial del invitado: “Miren ese rostro”. Milei improvisa una actuación un poco sucia en sus términos dramáticos, pero no pierde la seriedad que exige el número: “¿Hacía falta que lo mezclaras con mis libros?”. Va, otra vez, a confrontar de cabeza con el fantasma de Keynes: “A esa basura de libro yo lo llamo la ‘basura general’”.
Por el momento es un personaje con libreto, es decir, un actor conducido, ajustado a la misión de escandalizar mediante protocolos de provocación televisiva. Dice, marcando el ritmo de su ánimo con la aceleración verbal del indignado (el sujeto ordinario de la época): “Yo lo estudié cinco veces a ese libro. Cinco veces. La gran mayoría de los economistas argentinos no lo leyeron una vez. Yo lo leí cinco veces: es un panfleto dedicado a la corporación política. Keynes era parte de la corporación política. Keynes escribió un libro a beneplácito de políticos mesiánicos y corruptos. Mirá, te lo voy a decir con un ejemplo de las cosas fabulosas que tiene ese libro. Al margen de que ahí le canta una oda a Hitler, sí, porque le canta una oda a Hitler. Pero al margen de ese detalle, te lo voy a poner en un ejemplo fácil. Suponete que un político tiene que arreglar un problema económico y llama a dos economistas. Entonces vienen un economista libertario un keynesiano”.
La obra está en marcha, y prospera con la participación del partenaire Fantino, que le pregunta si llama libertario a un monetarista. Milei contesta: “Más liberal que monetarista. Entonces, en ese contexto, les pide un diagnóstico y los dos le dan un diagnóstico. Ahora, cuando llega el momento de la solución, dice: ‘Bueno, ahora, keynesiano, qué me diría usted’. Y él le dice: ‘Mire, usted es la continuidad del brazo de Dios, usted tiene en sus manos, con el gasto público, el milagro de la multiplicación de los panes. Es más, malditos los productores de pizarrones, que los hacen tan chicos que no nos permiten reflejar el milagro que hace el keynesianismo con el gasto público’. ¿Y qué le dice el libertario?:
‘El problema sos vos: tomátelas’. ¿A quién creés que va a contratar el político?”. Fantino corona su doble rol de figurante y dramaturgo: “Al keynesiano”.
Para Milei no tiene ninguna importancia que el “problema económico” surja de una especificidad material, porque las soluciones son abstractas: el keynesiano siempre irá hacia la emisión descontrolada y el libertario siempre intentará eliminar al político. Se trata de “soluciones” que no tienen relación con el problema porque el problema nunca fue formulado. No hay problema que haya sido identificado, por lo que su argumento gira en el aire sin referencias.
Keynes, keynesiano, keynesianismo. Esas variedades, en las que insiste con la música de la reincidencia, son los vehículos de un viaje “técnico” en el que intenta reducir un nombre y sus usos declinantes a todos los ejercicios de la política y su ejército administrativo: el sector público, “que nos hizo esclavos tributarios de una corporación política parasitaria, inútil y chorra”.
Pero además del huevo antipolítico, lo que se va incubando por primera vez es un ánimo, una fuerza de interpelación amenazante que encuentra, menos en sus argumentos que en la pasión que los despliega, un modo de deslizarse sorteando las dificultades que se le presentan a la razón mediante la gracia de no reconocerlas. El espectáculo impresiona porque, de golpe, hay una sola voz que absorbe los matices del conjunto, y aunque Fantino haga todo lo posible por pararlo (“¡pará Javier!”), Milei no para porque no puede.
Ismael Bermúdez, especialista en economía de Clarín desde hace décadas y uno de los panelistas de esa noche inaugural, desliza la posibilidad de discutir de una manera menos excluyente: “Alguien puede estar en desacuerdo con el libro de Keynes, pero no lo puede calificar de basura”. Lejos de dar el paso hacia la condescendencia de la horizontalidad, Milei vuelve a acelerar las turbinas de la agresión: “Ese libro es una basura. Te discuto capítulo por capítulo y te demuestro que es una basura. Es un montón de inconsistencias. ¿Vos sabías que Keynes solamente tomó un solo curso de economía? ¿Sabías eso?”. Entonces, Bermúdez, ante la imposibilidad ya no de un encuentro con su interlocutor sino de un mínimo roce de reconocimiento, pronuncia una frase en voz baja que es la memoria descriptiva de la situación: “Yo no voy a defender a Keynes, pero tampoco voy a decir que es una basura. Es una falta de respeto a la propia discusión”.
Puede que lo haya sido, pero lo que se desnaturaliza en una conversación redonda encuentra su cauce natural en el populismo de mercado que determina los hábitos del entretenimiento. Lo reveló Fantino años más tarde: “Cómo es de decisorio el rating en nuestra profesión: el flaco entró cuando el rating estaba en 2,5 y lo llevó a 7”. Después pasó de ese talk show en el que se discutía la política y la economía a otro, Intratables, también en América, donde los 5 puntos de rating pasaron a 9, y entonces en palabras de Fantino no salió más de la tele.
☛ Título: Milei, fenómeno verbal
☛ Autor: Juan José Becerra
☛ Editorial: SXXI editores
☛ Edición: Mayo 2026
☛ Páginas: 160
Datos del autor
Juan José Becerra Nació en Junín, provincia de Buenos Aires, en 1965.
Es autor de, entre otros libros, los ensayos Grasa (2007), La vaca. Viaje a la pampa carnívora (2007), Patriotas (2009), Fenómenos argentinos (2018) y Nombres (2026); y las novelas Santo (1994), Atlántida (2001), Miles de años (2004), Toda la verdad (2010), La interpretación de un libro (2012), El espectáculo del tiempo (2015), El artista más grande del mundo (2017), ¡Felicidades! (2019), Amor (2023) y el díptico Un hombre - Dos mujeres (2025).