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Se tiene que morir mucha gente: novela superventas. Serie homóloga: éxito del verano. Estirando el chicle: pódcast premiado. Si el pensamiento no debe escupirse ni el trauma arrancarse, Victoria Martín lo monetiza. Con éxito garantizado.
Actualizado Domingo,
2
agosto
2026
-
00:06
Camisa, de Mango. Pantalón, de Lola Casademunt. Zapatos, de Hereu. Pulseras,de Tous.
Victoria Martín se quiere morir. Si el oído se afina al pasar junto a la madrileña, podrá entreoír las palabras «ojalá me quede en coma ahora mismo». Si los ojos logran leer sus labios, distinguirán un «ojalá me caiga un rayo y me fulmine de una vez». Cambia de postura y se dice a sí misma «qué vergüenza, por Dios, qué vergüenza». Ni la meteorología atiende la petición de Martín ni sus constantes vitales se desploman en mitad de la sesión de fotos. La guionista continúa posando. En ocasiones, mientras la fotógrafa comprueba el ordenador, cierra los ojos y esconde la cara tras las manos. Murmura algo de nuevo. Cuando al fin ve la pantalla, la frente se le relaja. «Ah», deja escapar. «Pues así es guay». Martín parece extraer cierta satisfacción de la contrariedad. Los guiones que escribe se concluyen sólo si se da «cabezazos con la pared hasta el final».
La fórmula que ha logrado que llene auditorios con sus pódcasts, una novela se convierta en bestseller y la serie homónima acabe en Cannes se completa con «la esperanza de que saldrá». El optimismo la sentó a teclear la segunda temporada de Se tiene que morir mucha gente (Movistar+) antes del estreno de la primera. Por precaución. Sólo quedaba pendiente la aprobación de la audiencia. Después del verano, comenzarán a rodar.
El humor de la madrileña comenzó a corroer internet a través de YouTube. Las parodias evolucionaron, los vídeos alcanzaron la categoría viral y con Carolina Iglesias, el programa Estirando el chicle las infiltró en teatros de España. Con la serie, Martín se ha colado en las casas. Las protagonistas, amigas en la treintena, se conocen desde la infancia. Una se ha casado con un señor mayor que ella, con quien espera su primer hijo. Las otras dos conviven en un piso de alquiler. A Bárbara (Anna Castillo) su niña interior no la deja respirar sin acuchillarla con algún juicio casi kamikaze. Las tres coincidieron en un colegio del Opus Dei. Allí, recuerdan, sólo tenían permitido «ser santas».
¿Qué síntomas de haber ido a un colegio parecido detectas ahora en ti?Pensé que no me había afectado tanto, pero luego hablándolo con quienes fui a clase... Forjas relaciones muy profundas, eso sí, y muchas son hoy mis mejores amigas. Ellas tienen también un sentimiento de culpa, incluso cuando una persona que no tiene razón te dice que has hecho algo mal. Tiendo a pedir perdón al momento a cualquier sinvergüenza al que no le haya hecho nada. Temo no estar a la altura nunca.¿Cómo te has ido deshaciendo de eso?Siento que hay cosas tan fijadas a tu personalidad que lo único que puedes hacer es monetizarlas, que es un poco mi opción. Hay tendencias muy difíciles de cambiar. Quizás sólo se pueden perfilar.Algo así dicen en la serie: «Eres esto, no hay más». ¿Derrotismo o liberación?Para mí es liberador que no pase nada por no ser lo que tú esperabas. También hay algo triste, pero es que la existencia lo es. La vida tiene cosas buenísimas, pero también una parte de decepción y frustración con la que todos convivimos de alguna manera. Y me parece que no se ha sido justo con eso. Había historias de perdedores, pero luego dejaban de serlo. Pero es que la mayoría de las veces no ganamos. Tampoco sé muy bien qué significa ganar o perder o el éxito. Conozco a gente con éxito que es superinfeliz. Sé que suena a tópico, pero es verdad. ¡Yo no sería infeliz con mucho dinero! Pero sí es cierto que sucede. Así que el éxito no debe de ser sólo eso.
No entiendo muy bien a las chicas que dicen 'yo sólo me llevo con chicos porque sabes lo que quieren'. ¿Quién quiere estar con alguien que sabe lo que quiere desde el principio?
Chaqueta, de Lola Casademunt. Camiseta, de Maje. Vaqueros, de Uniqlo. Anillos, de Dinh Van.
En lo profesional, el tuyo es indudable.Yo vivo muy aislada y soy muy pasota. Y tengo una madre que es muy buena madre, pero que es tremenda, siempre ha sido muy dura y exigente. Nos pone los pies en la tierra. A mí lo que me gusta es escribir y procuro no pensar mucho más allá. No me gusta mucho la fiesta. Ni la gente, honestamente.A través de Estirando el chicle demostráis un poder de convocatoria muy grande. ¿No te abruma si el resto del tiempo vives aislada?Lo hablaba con Ignatius Farray: lo que pasa en el escenario no tiene nada que ver contigo. Yo hago mi trabajo, pero sé separar lo que sucede en el escenario de lo que pasa en mi vida. Soy pragmática. O un poco psicópata. En realidad, no, pero sufro porque soy tímida.¿Y cómo logras el desparpajo?Porque en mi vida guardo todas mis opiniones. Tengo perfil bajo. Todo lo que no quiero decir lo digo en el escenario. Es una vía de escape, pero no se me ocurriría hacer una broma inoportuna a una persona en privado jamás.
Mi padre tuvo cáncer y lo primero que hice fue un chiste. No sacralizaría nada: si el Papa nos dijo que nos podíamos reír de Dios
Top y camisa, de Pinko. Falda y sandalias, de Mango. Cinturón, de Tory Burch. Joyas, de Suma Cruz.
¿Qué haces cuando tus amigos se ven en tus chistes?Mentir. A veces hacemos cosas de las que no somos conscientes. Por eso me maravilla la comedia de las cosas: nadie se ve a sí mismo como protagonista del ridículo.La reacción del público es también termómetro del éxito. ¿Cómo llevas la sumisión al ojo ajeno?Es lo que peor llevo. Yo tengo la relación con internet muy medida. Subo mi contenido e intento no mirar. No te puedes fiar ni de lo malo ni de lo bueno que te digan. Procuro confiar en mi criterio y en el de la gente que considero, no en un desconocido. No soy la mejor. Pero tampoco la peor. Cuando los personajes son un estereotipo no molan nada. La gente se equivoca y vuelve a empezar. Así es el humano. Y en cuanto al humor: siento si te ha sentado mal. Pero yo no hago chistes para ti. Como dicen en Hacks: estar ofendido no es lo peor que te puede pasar. Si pretendes vivir sin que nunca te ofenda nada, como dice Ricky Gervais, el mundo va a ser terrible.Hay personajes secundarios, pero en tu serie las protagonistas son mujeres. ¿Reflejo de haber ido a un colegio sólo de niñas?Es verdad que tengo pocos amigos heterosexuales y un personaje que estoy escribiendo ahora está siendo un reto. Siempre me he movido muy bien entre chicas. Me parece lo más interesante que hay. No entiendo muy bien a quienes dicen «yo sólo me llevo con chicos porque sabes lo que quieren». ¿Quién quiere estar con alguien que sabe lo que quiere desde el principio? Yo no. Es más estimulante.
Entre los pijos hay un parecido físico llamativo, esos genes reforzados durante siglos, ¡no hay ni un calvo!
Camisa y vaqueros, de Dior.
Además de amistad, ¿qué rescatas de aquella severidad?Hay un sentido de la responsabilidad y del trabajo que está bien tenerlo, pero no me parece sano el origen. También es buena a veces la culpa, no como dicen ahora. A veces tienes que sentirte mal. Construye la empatía con el otro. El problema es el origen. Dios te estaba vigilando siempre. ¿No tenía otra cosa que hacer que verme en Moratalaz? Nunca me lo tragaba. Me da un poco de envidia la gente que tiene fe. Siento que es más liviana la vida si piensas que vas a ir a un lugar mejor. Pero yo siento que no hay nada.La espiritualidad milenial se mezcla, como en la serie, con ideas esotéricas. ¿Qué buscamos?Respuestas. Una amiga dice que el horóscopo apela a las mujeres y que es la cosa más antifeminista que existe. Hay algo de distracción parecido a la industria de la belleza. También alguien me dijo que es la única cosa en la que los hombres no se meten. Pero me parece una absoluta memez. De hecho, me echa bastante para atrás. Ya no nos vamos a llevar bien. Y no porque tú seas piscis y yo escorpio, sino porque me parece ridículo. ¿Tú crees en eso?No. Demasiada formación católica.Ya. A mí me gustaría creer, pero no hay manera. Soy muy escéptica. Ojalá.
Es liberador que no pase nada por no ser lo que tú esperabas. También hay algo triste, pero es que la existencia lo es
Traje, de Emporio Armani.
¿En qué te refugias tú?En la comedia. Mi padre es igual. Creo a veces que no hablamos de verdad porque permite un nivel de superficialidad que limita el acceso. Es muy útil para profundizar y para no hacerlo. Es un mecanismo al que doy mucho valor. Te permite salirte con la tuya.¿Y qué te da paz?Mis gatos me gustan. Ya estoy un poco en el nivel de que parecen mis hijos. No lo cuento porque es lamentable. Pero sí. Podría ponerles ropa. Benito y Borja. Quería un nombre campechano y otro pijo.Tanto en la serie como en YouTube, la del pijo ha sido una de tus parodias recurrentes. ¿Qué tiene tan interesante?Siente que todo el mundo es pijo como Estados Unidos siente que todo el mundo es Estados Unidos. Me da rabia los que fingen que no lo son. Y hay un parecido físico llamativo, esos genes reforzados durante siglos, ¡no hay ni un calvo! Y unos outfits con los que lo mismo te puedes ir a tomar un cóctel que de cacería. Me parece muy gracioso.¿Cuáles son tus rasgos de pija?Vistiendo, ninguno porque soy un puto desastre. Pero sí que he podido dedicarme a escribir porque tenía un colchón y, aunque no era el palacio de Carolina de Mónaco, no me iba a quedar en la calle. Me parece lícito y justo reconocerlo. Mis padres se dedicaban a la papelería, nada que ver con la cultura, pero sí tenía su soporte y apoyo. No reconocerlo puede hacer que alguien que sólo puede escribir tras 8 horas de trabajo se sienta frustrada.
Me da un poco de envidia la gente que tiene fe. Es más liviana la vida si piensas que vas a ir a un lugar mejor
Blusa, de Lola Casademunt. Chaleco, de Pinko. Pantalón, de Aspesi. Collares, de Mango.
Y el sufrimiento se palia con Lexatin.Se sabe que las mujeres lo consumimos más. He estado ahí. Lo tomas para seguir siendo productiva. Sabía de qué hablaba, como muchas de mis amigas. Lo comentaba con mi padre y me decía que ellos no pensaban tanto en sí mismos. Sólo ejecutaban. A lo mejor tiene que ver con eso: como no hemos conseguido lo que tocaba, rumiamos. Quizás antes vivían sin saber qué era la salud mental y estaban más en el ahora. Si estás en el hoy, en lugar de preocupándote por el futuro, es imposible la incertidumbre. Pero tengo colegas que comparten piso con 45 años. No me jodas. ¿Cómo no vas a tener ansiedad?¿Qué proteges de la ironía?Mi padre tuvo cáncer y lo primero que hice fue un chiste. Así nos comunicamos. No lo puedo repetir porque es cancelable. No sacralizaría nada. Si el Papa Francisco, cuando reunió a los cómicos, nos dijo que nos podíamos reír hasta de Dios. El chiste le quita hierro al asunto. Si no, la vida es insoportable.¿Quién es el juez que avisa de que estás siendo patética?Tú misma. No hay peor enemigo. Es difícil callarlo, como Anna Castillo en la serie.
Hay cosas tan fijadas a tu personalidad que lo único que puedes hacer es monetizarlas
Blusa, de Lola Casademunt. Chaleco, de Pinko. Pantalón, de Aspesi. Collares, de Mango.
¿Por qué su niña-conciencia se queda en los 10 años?Yo vi que mis padres eran vulnerables, que no eran perfectos. A esa edad mi mejor amiga y yo éramos las únicas de la clase que no sabíamos lo de los Reyes. Perderlo fue el último bastión de niñez. El humano nunca quiere ser adulto.¿Cuál es el mayor malentendido entre Victoria y Victoria Martín?Que yo no tengo ni puta gracia. Por eso a veces me agobia conocer a gente. Siempre pienso que voy a decepcionar.¿No hay también una edad para arrancarse la timidez?A mí me cuesta, por ejemplo, ir a un evento en el que no conozca a nadie. Me ha pasado eso dos veces y te juro que han sido los dos peores días de mi vida.Y el día de nuestras fotos.Pfff. Y el día de las fotos.