0:000:00
El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia Artificial
¿Afirmaríamos que en plena época de globalización existe, o se genera, una novela mediterránea? Repuesta afirmativa, más todavía si la relacionamos con la obra del griego Theodor Kallifatides, el turco Zülfü Livaneli, el francés Patrick Modiano y el florentino Sandro Veronesi (1959). Veteranos los cuatro, nos ofrecen poéticas novelas de iniciación, que harán las delicias de los que aman la literatura lejos de violaciones y componentes sociológicos de incierta valía. Veronesi es un forzudo de esta tendencia. Arquitecto de profesión, se trasladó a Roma en su juventud, desde donde ha construido una sólida obra novelística, alcanzando premios importantes como el Viareggio, el Campiello y dos veces el prestigioso Strega. Anagrama, que mantiene con él política de autor, ha publicado ya cinco de sus libros, Caos calmo, Profecía, El colibrí y Comandante antes de esta evocadora Septiembre negro, ante la cual el que suscribe se ha quedado absorto por la calidad y nitidez del detalle y las atmósferas que logra gestar en torno a su joven protagonista, un niño de doce años que entra en la adolescencia con los ojos bien abiertos. (En catalán, ha sido editada por Periscopi, como también lo fueron El colibrí y Comandant ).
Veronesi forma parte de una estirpe de grandes narradores italianos. Su obra me recuerda a los relatos de Cesare Pavese y también a las novelas de Giorgio Bassani y de Elio Vittorini, es decir, una tendencia profundamente realista, pero perfumada de sensaciones. Pertenece a una literatura que, carente de novela ambiciosa –como le pasa a la catalana–, construyó en la posguerra, como bien dijo el crítico tinerfeño Domingo Pérez Minik, “un edificio de considerable arboladura”. Digo todo esto porque resulta dificultoso encontrar escritores que no se rindan a las modas y se refugien en una tradición que, para la mayoría de los jóvenes carece de sentido.
Ambientada en un lejano 1972 en los escenarios de playa de la Toscana y con los recuerdos de un protagonista narrador de sesenta años, Septiembre negro se articula en capítulos breves, resueltos prácticamente como tandas de verónicas, asumiendo el símil taurino. El poder evocador de las imágenes se adapta a su estructura y sus ritmos. Como afirmó el crítico de la Stampa es sobre todo en las escenas sin acción, las contemplativas e incluso las monótonas, donde se puede afirmar que Veronesi es un maestro. Y no va desencaminado porque el narrador se muestra ágil y brillante en todo momento, en las escenas de gran belleza o en los episodios más tortuosos de los personajes. A más de cincuenta años vista, el conmovedor relato nos abre la sensibilidad como si estuviéramos ante esas grandes películas de Fellini sobre su juventud. Hablo de 8 e mezzo y Amarcord, y de la última e injustamente olvidada, La voce della luna. Resultará imposible que el genio romañolo la pueda adaptar, pero nos lo podemos imaginar con esos climas humildes y neorrealistas de los narradores literarios y cinematográficos italianos, con ambos pies en terrenos de la poesía.
Leer Septiembre negro me ha hecho recuperar la novelita de Julián Ayesta Helena o el mar del verano, que Acantilado reedita. Se trata de una obra poco conocida de 1958, que se ha recuperado con un capítulo modificado en las ediciones. La frescura y el lirismo empapa de realidad la vivencia de un joven en las playas del Gijón de 1952. Veronesi consigue imprimir a su prosa toda esa poesía e ingenuidad del libro de Ayesta. El protagonista descubre en la niña etíope unas sensaciones que se asemejan al salitre, al descubrimiento de la literatura, de la música y a los paseos en barca. Las chicas enigmáticas de ambas novelas ofrecen el desconocimiento de la vida, así como el punto de conflicto, suave. Si empiezan vacaciones o deben sufrir los rigores de la ciudad estival, lean dos libros para recuperar el amor por la literatura, por la vida.
El comprometido padre del protagonista, un abogado dichoso por poder llevar a su hijo en el velero veraniego, o el trasiego de su madre pelirroja irlandesa, y sus paralelismos con Gilda, ante el sol se entremezclan con las auténticas noticias de aquel verano: la dictadura ciclista de Eddy Merckx, las partidas de ajedrez de Fisher contra los soviéticos, la eclosión del divino David Bowie y los asesinatos de atletas israelitas por parte del grupo terrorista Setiembre negro en los Juegos Olímpicos. También las apariciones literarias, como la de Thomas Hardy, adquieren relieve en el lento devenir del verano. Como dice el joven protagonista sobre un juego caído al suelo: “Vale, chaval, pues no tienes más que recomponerlas como buenamente puedas, y si no sabes hacer con algunas, no pasa nada, tú haz lo que puedas y que salga lo que salga: a lo mejor queda mejor que antes, mira por dónde.”
----------------------------
Sandro Veronesi Septiembre negro/Setembre negre Anagrama/Periscopi. Traducción: J. M. Salmerón/Pau Vidal. 268/296 páginas. 20,90 euros