El sol entraba tan lindo entre las cortinas que salí al balcón y me dejé encandilar. Lo miré fijo para que me ciegue por unos minutos, como cuando lo hacía de niño y entraba a casa gritando que no veía nada, hasta que al rato nomás todo volvía a su lugar. Todo ese recreo de mediodía lo interrumpió aquella llamada.
Con Antonio hacía más de 20 años que nos conocíamos. Jamás me había llamado por teléfono, ni siquiera para el cumpleaños de Pedro, su ahijado. Ese día lo hizo. Apenas vi su nombre titilando en la pantalla del celular me di cuenta de que algo no estaba bien, algo malo pasaba. Miré el reloj de pared como para dejar documentada en mi memoria la hora justa de lo que sería una mala noticia.
—¿Antonio, pasó algo?
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—¿No estás mirando televisión? –me dijo.
Pedro estaba sentado en el piso. En una mano tenía un dinosaurio de plástico duro y sin pilas, en la otra el control remoto. Se resistía a dármelo, como si supiera que algo estaría por suceder, algo que cambiara la tranquilidad del día.
Encendí el televisor y ahí estaba todo. No tengo claro si continué hablando con Antonio, sólo recuerdo ir hacia mí dormitorio en busca de soledad y silencio. No podía ser verdad. En mis planes faltaban muchos años para que esto sucediera.
Entre inmensas ganas de abrazarlo fuerte y decirle al oído lo mucho que lo quise, empecé a recordarlo. Me vino a la mente el último abrazo que nos dimos con mi viejo. Era tan solo un niño de siete años, estábamos juntos delante de un televisor chiquito mirando un partido de la selección juvenil argentina, era de madrugada. Los dos solos en el comedor de la casa de mis padres.
Aquel día fuimos campeones. Él y Ramón se divertían con la pelota, jugaban, se reían. Mi viejo me abrazó, lloraba de alegría. Me levantó entre sus brazos hasta el techo. Después me bajó y me apretó contra su panza. Lo recuerdo profundamente, lo repasé mil veces en mi cabeza. Fue el último abrazo. Unos días después se lo llevaron los milicos tras una huelga sindical metalúrgica. También fue de madrugada. Nunca más supimos nada de él. Nunca más.
Toda mi vida fue atravesada por su obra. El dolor se hunde en mi carne, las imágenes se repiten, las noticias hablan de un Diego que no soportó no sé qué mierda y yo lo recuerdo niño, contándome su sueño en blanco y negro, el de jugar un mundial.
En forma de lágrima me llega el silencio de las cunetas de Villa Fiorito. La Tota y Chitoro apoyan sus cabezas contra la mía. Claudia y las nenas se enredan en mi garganta. Aparece él, joven, con la sonrisa de los que saben de dónde vienen. Está ahí, tan vivo, desfachatado, bailando un vals embanderando a los pibes que siguen en las islas.
Lo retengo, lo acaricio, está a mi lado levantando la copa de la victoria para que el mundo entero jamás lo olvide. Me rueda por la mejilla el himno insultado y tres jubilados revolviendo el guiso de la injusticia. Estoy ahí mientras confiesa su equivocación saldando deudas propias y ajenas. Soy sus brazos mientras se abraza desnudo ante la multitud.
Más tarde, Pedro abre la puerta, sigo allí mordiendo lágrimas desesperanzadas. Se acerca con curiosidad. Me pregunta por qué estoy tan triste. Le explico que había muerto Diego Armando Maradona. Con su corta edad quiere saber si ese hombre era mi amigo. Digo que sí. Le intriga saber de dónde lo conozco, respondo que lo conocí jugando y así nos hicimos grandes amigos. Me acaricia la cabeza y me abraza por la espalda.
Sabiendo que las cosas jamás volverán a estar en su lugar es que corro las cortinas y me vuelvo a cegar por ese sol, el mismo sol, el último sol de Maradona. Ahora sí, el último.
Ficha técnica
TÍtulo: Mejor persona que jugador.
Autores: Varios
Género: Relatos
Año: 2026
Editorial: La pelota siempre al 10
Damián Andreoli es escritor y fotógrafo. Dirigió y produjo el documental “Malvinas, la mirada de una ciudad”.