
La persecución y la violencia forzaron a Julio César a abandonar el país donde nació. El fútbol, su pasión desde la infancia, se transformó en una herramienta para abrirse camino y hallar un nuevo sentido de pertenencia en El Salvador.
Su historia, compartida por la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR), muestra cómo el deporte y la solidaridad pueden dar lugar a nuevas oportunidades para quienes han debido huir de sus hogares.
Desde los siete años, Julio César encontró en la cancha un espacio seguro y una fuente de esperanza. Se convirtió en volante creativo, un rol que le permitía impulsar a sus compañeros y crear ocasiones de gol.
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El fútbol no solo le dio alegría, sino también un propósito y una identidad. A medida que crecía, se integró a un equipo local, con el sueño de consolidarse como atleta en su ciudad natal. “El fútbol siempre fue mi pasión”, afirma.
Ese sueño se interrumpió cuando la inseguridad lo obligó a dejarlo todo atrás. La decisión de abandonar su hogar y separarse de su equipo fue dolorosa, pero Julio César mantuvo intacta la convicción de que el deporte seguiría abriéndole puertas. “Cuando salí de mi país, sabía que, donde fuera, el fútbol podría abrirme oportunidades”, explica, según el testimonio recogido por ACNUR.
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El arribo a El Salvador marcó el inicio de una nueva etapa. Julio César tuvo que adaptarse a una realidad distinta, con las dificultades propias de quienes buscan asilo: incertidumbre, barreras legales y la urgencia de garantizar la supervivencia de su familia. De acuerdo con reportes de ACNUR, el acompañamiento de la agencia y de sus organizaciones socias resultó clave.

Recibió asistencia para cubrir necesidades básicas, así como asesoría jurídica durante el proceso de asilo. La Comisión para la Determinación de la Condición de Personas Refugiadas (CODER) reconoció su situación, lo que le permitió acceder a la nacionalidad salvadoreña.
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La integración no solo fue social, sino también económica. Gracias a una capacitación vocacional impulsada por ACNUR, Julio César obtuvo habilidades que le permitieron crear un pequeño negocio de repuestos automotrices. Este emprendimiento, además de brindarle independencia, le posibilita mantener a su esposa y a su hija.
La familia trabaja unida para alcanzar el objetivo de levantar una vivienda propia, un anhelo que representa estabilidad y futuro. El fútbol, lejos de quedar en el pasado, se consolidó como un puente para la integración en la sociedad salvadoreña. Julio César se incorporó a un equipo local, donde conviven jugadores de diversas nacionalidades.
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Según la información difundida por ACNUR, la participación activa en los partidos fortaleció su sentido de pertenencia y le permitió sentirse parte de la comunidad. “El fútbol me ayudó a construir una nueva vida aquí”, sostiene.

La solidaridad recibida motivó a Julio César a retribuir a su entorno. Regularmente, organiza partidos y espacios de entrenamiento para niñas, niños y adolescentes de su barrio, donde comparte técnicas y experiencias adquiridas a lo largo de los años. Cuando dispone de recursos, dona equipamiento deportivo para que más jóvenes puedan desarrollar sus talentos. “A través del fútbol puedo ayudar a otros a crecer, como me ayudaron a mí”, señala.
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El caso de Julio César se enmarca en un contexto regional en el que el acceso al asilo y la protección de las personas desplazadas constituyen prioridades. El Salvador ejerce en 2026 la Presidencia Pro Tempore del Marco Integral Regional para la Protección y Soluciones (MIRPS), mecanismo que, de acuerdo con ACNUR, promueve la coordinación y el fortalecimiento institucional para responder a los desafíos del desplazamiento forzado.
El país impulsa acciones para ampliar oportunidades de inclusión, protección y soluciones compartidas en beneficio de las personas refugiadas.