Un hombre solo es demasiado para un hombre solo: un biodrama donde Gustavo Garzón se llama Joaquín V. Gonzalez - LA NACION

calendar_today 22.08.2026 - person  - timer ~4 Minutos

Dramaturgia: Gustavo Garzón. Dirección: Julia Morgado. Intérpretes: G. Garzón y Victoria Baldomir. Escenografía y Vestuario: Sofía Davies. Iluminación: Horacio Novelle. Sala: Nün (Juan Ramírez de Velasco 419). Funciones: domingos, a las 18. Duración: 60 minutos. Nuestra opinión: muy buena.

“Que la vida es triste si no la vivimos con una ilusión”, dice la zamba “Sapo cancionero”, que el protagonista de Un hombre solo es demasiado para un hombre solo canturrea con el público (los amigos de la juventud lo llamaban “Sapo”, ya les contará porqué) y que suena al final, cuando la gente, con una sonrisa, comienza a retirarse.

Es que va por ahí. Un profesor de Letras jubilado, casado con la misma mujer por cuarenta años y al que le gustaba escribir en sus ratos libres, ha perdido entusiasmo por la vida. Sin ninguna esperanza de cambio, inicia un taller literario donde la docente, unos treinta años menor, le pide empezar con un diario íntimo que ponga en marcha su alma dormida. Suele suceder, la creatividad se activa al enamorarse de la profesora al punto de afirmar que conoce el amor por primera vez. Si buscaba reinventarse, lo conseguirá aunque no de la manera soñada.

Historia muy identificable, lo que importa es la originalidad y gracia con que está contada, los mecanismos por los que abre varias capas de sentidos. El autor e intérprete es el conocido actor Gustavo Garzón que demuestra una vez más su interés por investigar en el escenario. Hace ocho años, se puso a las órdenes de la directora y performer Marina Otero en 200 golpes de jamón serrano, un biodrama donde exponía el deseo de experimentar por fuera del teatro comercial. Esta vez vuelve al off, dirigido por Julia Morgado (Frida ¡Viva la vida!, Pop y medieval, Un caballo petiso) y acompañado por la actriz Victoria Baldomir (con quien Garzón antes trabajó en La madre, de Florian Zeller, en el Picadero).

Gustavo Garzón interpreta a Joaquín V. González, quien se presenta como nieto del prócer

A diferencia de 200 golpes..., Garzón no quiso esta vez que su personaje llevara su nombre para poder jugar con más libertad entre ficción y realidad. Cuando se presenta al público, dice que es Joaquín V. Gonzalez, nieto menor del fundador de la Universidad Nacional de La Plata, del Instituto del Profesorado, gobernador de La Rioja, senador y autor de Mis montañas, entre otros libros. Para más datos, muestra un cuadro con el retrato del ilustre abuelo.

Toda su historia es compartida con los espectadores, en modo charla amable que el actor aprovecha al máximo. Cuenta, por ejemplo, que no le gustan las obras autorreferenciales y pregunta a la gente si vieron alguna. La complicidad que establece esta cara familiar (por lo menos para la mayoría de los espectadores) al hablar con sencillez sobre lo que le pasa y desde un nombre que al principio resulta risueño, es el principal y robusto sostén de la obra.

Pero Garzón no viaja solo, sino acompañado por Baldomir, quien interpreta a los tres personajes femeninos de la obra, con un mínimo cambio de vestuario: Laura, la docente con quien termina vinculado; Ana, la esposa; y su psicóloga. Joaquín pasa de la narración, tanto de sus avances artístico-amorosos como del anecdotario del pasado, al diálogo con estas mujeres, en especial con Laura, desde el primer encuentro hasta el último, desde el temor a desubicarse hasta la lección del “pasito de moda” que bailaba de joven. Las huellas de este romance, marcadas en chats, mails y charlas telefónicas, se leen y se realizan de cara al público. Toda la información queda expuesta para entender de qué hablamos cuando hablamos de amor o de enamorarse, dos conceptos que, tanto la psicóloga como Laura, quieren diferenciar.

Además del intelectual riojano y la famosa zamba, hay otras referencias intertextuales como la obra Escritor fracasado, los libros de Emmanuel Carrère y una carta que lee al final con una poesía: Joaquín dice que es de su padre y que se la dio cuando estaba por hacerlo abuelo. El secreto que el público desconoce (y contamos ahora) es que se trata de un auténtico recuerdo de Garzón: la carta que su propio padre le mandó cuando Gustavo iba a ser papá por primera vez.

Datos coincidentes o no, qué importa: Un hombre solo… está construida por ladrillos de verdad emocional, la cuerda que Garzón, el actor −que a mínima distancia de los espectadores, los mira a los ojos− y el autor −que quiere jugar con las ilusiones de la autoficción−, sabe tocar hasta la alegría del aplauso, una bella forma de nunca estar solo.

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