Un avión sin armas en plena guerra y el objeto que permitió identificarlo: el último vuelo del creador de El Principito

calendar_today 31.07.2026 - person  - timer ~10 Minutos

Antoine de Saint-Exupéry - 81 años

A las 8.45 de la mañana, Antoine de Saint-Exupéry recibió la autorización para despegar. Debía fotografiar posiciones alemanas en el valle del Ródano

La madrugada del 31 de julio de 1944 todavía envolvía a la isla de Córcega cuando un solitario Lockheed P-38 Lightning –uno de los cazas estadounidenses más importantes de la Segunda Guerra Mundial- comenzó a rodar por la pista de la base aérea de Borgo. Era un avión veloz, diseñado para misiones de largo alcance, pero el que esa mañana esperaba la autorización para despegar no llevaba armamento. Su misión no consistía en combatir, sino en observar.

En la cabina iba un hombre de 44 años que, para entonces, ya era mucho más famoso por sus libros que por sus horas de vuelo. Sus superiores consideraban que era demasiado mayor para seguir participando en operaciones militares. Arrastraba viejas lesiones producto de accidentes aéreos, sufría fuertes dolores físicos y algunos oficiales entendían que su presencia en el frente implicaba un riesgo innecesario. Él pensaba exactamente lo contrario. No soportaba la idea de permanecer en tierra mientras otros pilotos continuaban combatiendo por la liberación de Francia.

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A las 8.45 de la mañana, Antoine de Saint-Exupéry recibió la autorización para despegar. Debía fotografiar posiciones alemanas en el valle del Ródano, una información que sería utilizada para preparar el desembarco aliado en el sur de Francia. Nunca regresó. No hubo mensajes de radio. Ningún pedido de auxilio. Ningún testigo vio caer su avión. Simplemente desapareció sobre el Mediterráneo, dejando tras de sí uno de los mayores enigmas de la aviación del siglo XX y una obra literaria que, con el paso del tiempo, terminaría conquistando a millones de lectores en todo el mundo.

Porque antes de convertirse en el creador de El Principito, Antoine de Saint-Exupéry había sido, por encima de todo, un hombre que entendía la vida desde el aire. Un niño aristócrata fascinado por las máquinas nacido el 29 de junio de 1900 en Lyon, dentro de una antigua familia de la nobleza francesa. Su nombre completo era Antoine Marie Jean-Baptiste Roger de Saint-Exupéry.

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Porque antes de convertirse en el creador de El Principito, Antoine de Saint-Exupéry había sido, por encima de todo, un hombre que entendía la vida desde el aire
Porque antes de convertirse en el creador de El Principito, Antoine de Saint-Exupéry había sido, por encima de todo, un hombre que entendía la vida desde el aire

Su padre murió cuando él tenía apenas cuatro años y la familia atravesó años difíciles, aunque nunca perdió el ambiente cultural y refinado en el que crecieron los cinco hermanos. Años después recordaría aquella infancia como una etapa profundamente feliz. No fue un alumno brillante. Le interesaban mucho más los dibujos, las historias fantásticas y cualquier aparato capaz de volar que las clases tradicionales.

Con apenas doce años tuvo la oportunidad de subir por primera vez a un avión. Aquella breve experiencia bastó para cambiar su vida. Terminó el bachillerato e intentó ingresar a la Escuela Naval francesa pero fracasó. Luego comenzó estudios de arquitectura en la Escuela de Bellas Artes de París, pero tampoco encontró allí su verdadero lugar.

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Fue el servicio militar el que terminó definiendo su destino. En 1921 fue destinado a la aviación y solicitó ingresar a la escuela de pilotos de Estrasburgo. Allí descubrió que había encontrado la profesión que buscaba desde niño. Obtuvo rápidamente su brevet de piloto militar y comenzó una carrera que ya nunca abandonaría.

La aviación comercial todavía daba sus primeros pasos cuando, en 1926, Saint-Exupéry fue contratado por la compañía Latécoère, empresa dedicada al transporte de correo entre Francia, España y África. Poco después la compañía adoptó el nombre que la haría célebre: Aéropostale. Aquellos vuelos estaban muy lejos de parecerse a los actuales.

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Los pilotos atravesaban tormentas, montañas y extensiones desérticas guiándose muchas veces únicamente por mapas rudimentarios y referencias visuales. Los motores fallaban con frecuencia y un aterrizaje de emergencia podía significar la muerte. Saint-Exupéry no tardó en destacarse. Además de sus extraordinarias condiciones como piloto, poseía una serenidad poco común para resolver situaciones límite.

En 1927 fue destinado a Cabo Juby, un remoto puesto en el desierto del Sahara donde debía recibir los aviones procedentes de Europa, asistir a pilotos accidentados y negociar con tribus locales cuando alguna aeronave caía en territorio hostil. Aquella experiencia inspiraría más tarde su primera novela importante, Correo del Sur. Pero el destino todavía le tenía reservado un escenario mucho más decisivo.

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Antoine de Saint-Exupéry en Río Gallegos 1930 con pobladores patagónicos (Archivo Oscar Rimondi - Instituto Saint-Exupéry)
Antoine de Saint-Exupéry en Río Gallegos 1930 con pobladores patagónicos (Archivo Oscar Rimondi - Instituto Saint-Exupéry)

En 1929 la dirección de Aéropostale le ofreció un desafío extraordinario: organizar y dirigir la filial sudamericana de la empresa. La sede estaría en Buenos Aires y Saint-Exupéry aceptó sin dudarlo. La ciudad vivía una época de enorme crecimiento y comenzaba a consolidarse como uno de los grandes centros culturales y económicos de América Latina. Desde sus oficinas debía coordinar una red aérea inmensa que unía Argentina, Uruguay, Chile y Paraguay, además de impulsar la expansión de las rutas hacia la Patagonia y atravesar la Cordillera de los Andes.

No era una tarea sencilla. Los vuelos nocturnos apenas comenzaban a desarrollarse y cruzar los Andes representaba una aventura extremadamente peligrosa.

Los pilotos enfrentaban tormentas de nieve, fuertes vientos, escasa visibilidad y montañas que superaban ampliamente los seis mil metros de altura. Fue en esos años cuando trabó una amistad entrañable con figuras legendarias de la aviación como Jean Mermoz y Henri Guillaumet, cuyas hazañas reflejarían muchas de sus futuras páginas.

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En Buenos Aires también conoció a una joven salvadoreña de fuerte personalidad y enorme sensibilidad: Consuelo Suncín Sandoval y el flechazo fue inmediato. Su relación estuvo marcada desde el comienzo por encuentros, separaciones, reconciliaciones y una intensidad emocional que ambos conservarían durante toda la vida. Aunque el casamiento se celebró en Francia en 1931, el romance nació en nuestra capital argentina, ciudad que ambos recordarían siempre como el escenario donde comenzó su historia de amor.

Mientras recorría aeródromos, redactaba informes y organizaba vuelos postales, Saint-Exupéry también encontraba tiempo para escribir. Durante aquella etapa terminó Correo del Sur y comenzó a dar forma a Vuelo nocturno, novela inspirada en los pilotos que desafiaban la oscuridad para mantener unidas ciudades separadas por miles de kilómetros.

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Antoine de Saint-Exupéry - 81 años
Así, en 1943 apareció El Principito. Lo que en un principio parecía un cuento ilustrado terminó convirtiéndose en una obra universal

El libro obtuvo el prestigioso Premio Femina y lo convirtió en una de las nuevas voces de la literatura francesa. Sin embargo, ni el reconocimiento ni el éxito editorial lograron apartarlo de las cabinas de mando. Volar seguía siendo, para él, mucho más que un oficio. Era una forma de entender el mundo.

Los años en la Argentina terminaron de consolidar a Antoine de Saint-Exupéry como escritor, pero no apagaron su espíritu aventurero. Al contrario. Cada nuevo vuelo parecía empujarlo a buscar un desafío todavía mayor. En 1932 regresó a Francia, donde alternó su trabajo como periodista con la aviación. Escribía para distintos medios, cubría acontecimientos internacionales y continuaba participando en proyectos aeronáuticos, convencido de que el avión seguía siendo el instrumento más extraordinario que había creado el ser humano para unir pueblos separados por enormes distancias.

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Ese mismo entusiasmo lo llevó, en diciembre de 1935, a intentar batir el récord de velocidad entre París y Saigón. Junto a su navegante André Prévot, despegó a bordo de un Caudron Simoun -monoplano francés de turismo de cuatro plazas de los años 30- dispuesto a completar una travesía histórica. Pero nunca llegaron a destino.

En plena noche, desorientados por problemas de navegación, el avión se estrelló en el desierto del Sahara. Los dos sobrevivieron de milagro. Con muy poca agua, apenas unas uvas y algunas naranjas como alimento, caminaron durante días bajo un calor insoportable. La deshidratación comenzó a provocarles alucinaciones, pérdida del conocimiento y una peligrosa ausencia de sudoración, síntoma inequívoco de que el organismo estaba al límite. Cuando ya casi no podían mantenerse en pie, un beduino libio los encontró por casualidad y les salvó la vida.

Aquella experiencia dejó una huella imborrable. Años más tarde la transformaría en Tierra de hombres, una de sus obras más personales, donde reflexionó sobre la amistad, la solidaridad y la fragilidad del ser humano frente a la inmensidad de la naturaleza.

Antoine de Saint-Exupéry
El estallido de la Segunda Guerra Mundial volvió a colocarlo donde siempre había sentido que debía estar: en una cabina de pilotaje

El estallido de la Segunda Guerra Mundial volvió a colocarlo donde siempre había sentido que debía estar: en una cabina de pilotaje. En 1939 fue movilizado como piloto de reconocimiento de la Fuerza Aérea Francesa. Su tarea consistía en fotografiar posiciones enemigas y obtener información estratégica para el alto mando, una de las misiones más peligrosas de la aviación militar.

Tras la rápida derrota de Francia en 1940, abandonó temporalmente el país y pasó una temporada en Estados Unidos, donde defendió públicamente la causa de la Francia Libre y buscó convencer a la opinión pública norteamericana de la necesidad de derrotar al nazismo. Fue durante ese período, lejos de su patria y en medio de la incertidumbre de la guerra, cuando comenzó a escribir un relato muy distinto de todo lo que había publicado hasta entonces.

Las noches de soledad, los recuerdos de la infancia, la nostalgia por los amigos muertos y la permanente sensación de exilio fueron dando forma a un pequeño príncipe llegado desde otro planeta. Así, en 1943 apareció El Principito. Lo que en un principio parecía un cuento ilustrado terminó convirtiéndose en una obra universal. Traducido a cientos de idiomas y dialectos, con más de 140 millones de ejemplares vendidos en todo el mundo, el libro pasó a integrar el patrimonio cultural de generaciones enteras y es considerado una de las grandes puertas de entrada a la literatura para millones de niños.

Sin embargo, quienes conocían a Saint-Exupéry sabían que aquella historia escondía mucho de su propia vida. El aviador perdido en el desierto, la rosa caprichosa, el zorro que enseñaba el valor de la amistad y el pequeño viajero que observaba con asombro el comportamiento de los adultos reflejaban, de distintas maneras, las experiencias y los sentimientos del propio autor. Pero mientras el mundo comenzaba a descubrir su obra maestra, él solo pensaba en regresar a volar.

Antoine de Saint-Exupéry
En 1998, un pescador llamado Jean-Claude Bianco recogió accidentalmente en sus redes un brazalete de plata frente a las costas de Marsella

Así llegó la mañana del 31 de julio de 1944 en la que sintió que no podía permanecer al margen mientras Francia luchaba por recuperar su libertad. No llevaba armamento. Debía sobrevolar el sudeste de ese país y regresar con imágenes de instalaciones militares alemanas que resultarían fundamentales para preparar la inminente ofensiva aliada sobre la costa mediterránea. Pero jamás volvió.

Durante horas se esperó una comunicación por radio que nunca llegó. Los servicios de rescate iniciaron una búsqueda desesperada sobre el Mediterráneo pero no encontraron nada. La desaparición alimentó toda clase de hipótesis. Algunos sostuvieron que había sido derribado por un caza alemán. Otros imaginaron una falla mecánica o incluso un acto deliberado de un hombre agotado física y emocionalmente por la guerra. El misterio permaneció intacto durante más de medio siglo.

En 1998, un pescador llamado Jean-Claude Bianco recogió accidentalmente en sus redes un brazalete de plata frente a las costas de Marsella. Grabados sobre el metal aparecían el nombre de Antoine de Saint-Exupéry y el de su esposa, Consuelo. Aquel hallazgo reabrió una investigación que parecía imposible. Dos años más tarde, un buzo localizó restos de un avión en el fondo del Mediterráneo. Las piezas fueron recuperadas y analizadas por especialistas franceses. La identificación confirmó que pertenecían al P-38 Lightning pilotado por Saint-Exupéry el día de su desaparición.

Aunque el descubrimiento permitió conocer el lugar aproximado donde terminó el vuelo, nunca consiguió responder definitivamente qué había ocurrido en los últimos minutos. En 2008, el ex piloto alemán Horst Rippert declaró que creía haber derribado un avión de reconocimiento francés ese mismo día y en esa zona. Sin embargo, los historiadores continúan debatiendo esa versión y no existe una prueba concluyente que permita dar por resuelto el caso. Así las cosas, el misterio, de alguna manera, sigue vivo.