Cuando el exagente de la CIA John Kiriakou afirmó que Yemen es el país más peligroso del mundo para visitar en 2026, incluso por encima de escenarios históricamente asociados a la violencia como Siria o Irak, lo hizo apoyado en sus 14 años experiencia en operaciones antiterroristas en ese lugar. “Hay que dormir con un ojo abierto”, resumió al recordar sus estadías en la nación árabe, al ser entrevistado por el medio británico LADbible.
Consultado al respecto, el viajero Nicolás Pasquali -que fue el primer argentino en visitar todos los países del mundo- llegó a una conclusión similar. Contó que su experiencia no solo estuvo marcada por la tensión permanente, sino también por una realidad que parece extraída de otro tiempo: controles militares cada pocas horas, pueblos enfrentados entre sí, ausencia de servicios básicos, presencia constante de gente armada y una guerra civil que atraviesa todos los aspectos de la vida cotidiana.
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El conflicto en Yemen está marcado por una devastadora guerra civil iniciada en 2014 tras la Primavera Árabe de 2011. Enfrenta al movimiento de los hutíes (respaldados por Irán) contra el gobierno reconocido y una coalición árabe liderada por Arabia Saudí, desatando una grave crisis humanitaria global.
“Lo primero que vi cuando crucé la frontera fue mucha pobreza, algo extremo que nunca había visto en lugares en guerra”, recordó Nicolás en diálogo con Infobae, quien a medida que avanzaba por la ruta costera, se encontró con un paisaje que mezclaba escenarios naturales de enorme belleza con una realidad social devastadora.
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“Del lado izquierdo de la ruta veía un paisaje alucinante, conformado por los acantilados que dominan el Mar Rojo; mientras que del lado derecho observaba pueblos devastados por las bombas”, describió.
La aventura comenzó en Salalah, la última ciudad de Omán antes de la frontera yemení. Allí contactó a un “fixer”, un intermediario perteneciente a la etnia hutí, quien sería responsable de trasladarlo, conseguir la documentación y acompañarlo durante toda la travesía.
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“Las autoridades omaníes me interrogaron durante más de media hora. No entendían por qué quería abandonar uno de los países más seguros y desarrollados de la región para ingresar voluntariamente en una zona de guerra”, relató Nicolás. Incluso, llegaron a separarlo del conductor para asegurarse de que no estuviera siendo obligado o secuestrado.
Una vez superados los controles, llegó el momento más extraño: la obtención de la visa. “Entré a una garita donde había un policía. Mi fixer (solucionar de problemas) le dio unos papeles, estuvo hablando un rato y logró que le pusieran un sello a mi pasaporte”, recordó. Según contó, nunca vio una computadora, un sistema migratorio o una oficina formal como las que existen en la mayoría de las fronteras del mundo. “Lo primero que le pregunté a mi guía fue si era legal porque parecía todo bastante improvisado”, dijo sobre la dudosa situación migratoria que le tocó atravesar.
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Con el pasaporte sellado y sin posibilidad de dar marcha atrás, comenzó el recorrido. “Lo que más me llamó la atención fueron los checkpoints militares distribuidos a lo largo de las rutas. Cada dos o tres horas aparecía un nuevo control donde soldados verificaban documentos y autorizaban o rechazaban el paso de los viajeros”, detalló.
Lejos de transmitir tranquilidad, esos controles eran la evidencia de una realidad inquietante. “Según me explicaron los propios habitantes, los militares no solo están para combatir organizaciones terroristas, sino para evitar enfrentamientos entre pueblos vecinos. En Yemen, una disputa aparentemente menor (como lo puede ser el robo de una gallina) puede escalar rápidamente hasta convertirse en un conflicto armado entre comunidades enteras”, especificó.
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Aunque durante el día pudo recorrer pueblos, acantilados y sitios históricos, las noches eran diferentes. “Me iba a dormir y se escuchaban los tiros”, contó.
Los disparos formaban parte del paisaje sonoro habitual. No se trataba de un episodio aislado ni de una excepción. Para los habitantes de la zona, convivir con detonaciones y enfrentamientos es una realidad cotidiana.
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No se encontró con un solo visitante extranjero. “Yemen no cuenta con infraestructura turística convencional y los pocos viajeros que llegan dependen de redes informales de contactos. Yo me alojé en una casa de familia, que eran conocidos de mi fixer”, aclaró.
Durante su estadía de tres días, Nicolás se la pasó arriba de una camioneta 4x4 visitando pueblos. La imagen se repetía una y otra vez. No encontró centros urbanos modernos ni zonas comerciales activas. Tampoco plazas, espacios recreativos o lugares que transmitieran una sensación de normalidad. “No hay centro, no hay plaza, no hay absolutamente nada para el esparcimiento. Es tierra de nadie”, resumió con crudeza.
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Otro de los aspectos que le llamó la atención fue el estado de ánimo de muchas personas que veía durante los recorridos por los pueblos. “La gente caminaba muy cabizbaja”, recordó. Solo se cruzaba con hombres armados, viviendas deterioradas y comunidades enteras intentando sobrevivir en medio de una guerra que parece no tener fin, y donde los insumos hospitalarios son escasos por los bloqueos comerciales de los países de occidente.
La presencia de misiles, drones, minas terrestres, secuestros, grupos armados, detenciones arbitrarias y enfrentamientos permanentes entre facciones convirtieron cada desplazamiento de Nicolás en una operación de riesgo.
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Y a eso se suma la ausencia de consulados operativos en el país. Por eso, los gobiernos de todo el mundo desaconsejan categóricamente cualquier tipo de visita al país bajo cualquier circunstancia. “El aislamiento es absoluto para el visitante. No hay posibilidad de rescate legal si llegás a un lugar y caés justo en el medio de un enfrentamiento entre civiles”, precisó. “No se trata solamente de un país en guerra. Es un territorio donde prácticamente todas las estructuras que garantizan la seguridad de una persona directamente no existen”, remarcó.
El episodio más delicado ocurrió cuando el vehículo en el que circulaba Nicolás quedó varado entre dos pueblos. “Al intentar avanzar, los militares nos informaron que se había producido un tiroteo en la siguiente población y que el camino estaba cerrado. Y cuando decidimos regresar, descubrimos que detrás también había enfrentamientos entre civiles. Durante varias horas quedamos literalmente atrapados entre dos focos de conflicto locales, ajenos a la guerra general”, explicó.
Finalmente, él y su guía se refugiaron en la vivienda de otra familia local, que fue contactada por su “fixer”, mientras esperaban novedades. “Cuando la situación se calmó pudimos continuar viaje. Pero el episodio dejó en evidencia la fragilidad de cualquier desplazamiento dentro del país”, señaló Nicolás.
Uno de los objetivos de Nicolás cuando ingresó a Yemen era conocer Saná, la histórica capital del país y una de las ciudades más antiguas del mundo árabe. Sin embargo, rápidamente entendió que ese deseo era imposible de concretar.
La razón está directamente vinculada con la guerra civil que desde hace más de una década divide al país. Saná se encuentra bajo control de los hutíes, el movimiento rebelde respaldado por Irán que mantiene un enfrentamiento con el gobierno reconocido internacionalmente y con otros grupos armados que operan en distintas regiones.
La imposibilidad de llegar a la capital no fue una cuestión burocrática ni turística. Se trató de un problema de seguridad. “Las rutas que conducen hacia esa zona atraviesan territorios donde los enfrentamientos armados, los controles militares y los cambios de autoridad son frecuentes. Incluso para los propios yemeníes, desplazarse entre algunas regiones puede convertirse en una tarea compleja”, señaló.
“Podés tener problemas serios si intentás entrar sin autorización o sin los contactos adecuados”, contó. Por esa razón, su recorrido quedó restringido a la región oriental del país, una de las pocas áreas donde los extranjeros pueden moverse bajo la supervisión de guías locales.
Paradójicamente, el recuerdo más positivo que se llevó Pasquali no tiene relación con los paisajes ni con la aventura. Tiene que ver con la gente.
A pesar de la pobreza, la violencia y las privaciones, destaca la hospitalidad de los yemeníes. Familias que apenas tienen recursos compartieron comida, alojamiento y tiempo con un extranjero que apareció inesperadamente en sus vidas. “Esa tradición hunde sus raíces en la cultura beduina y en las enseñanzas del Corán, que obligan a recibir y proteger al viajero”, sintetizó.
Esa contradicción resume quizás mejor que ninguna otra la realidad de Yemen: un país donde la hospitalidad convive con la guerra, donde la solidaridad resiste en medio de la destrucción y donde “un visitante puede compartir un té con una familia local mientras, a pocos kilómetros, dos pueblos se enfrentan a tiros”.

Para Nicolás Pasquali, que recorrió cada rincón del planeta, Yemen fue mucho más que una casilla pendiente en el mapa. Fue la confirmación de que todavía existen lugares donde la incertidumbre domina cada minuto del día.
Y también la prueba de que, cuando expertos en seguridad internacional lo señalan como el país más peligroso del mundo, no están exagerando.