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No había ido al mar desde hacía varios años. Por eso, cuando tuve tres días libres, decidí viajar a Odesa, uno de los balnearios más populares en Ucrania.
Quería desconectar, cambiar de aire. Y lo conseguí: ni los constantes bombardeos ni la enorme cantidad de gente a mi alrededor lo impidieron.
Lo que me sorprendió fueron los precios y la actitud de los turistas ante el peligro permanente de estar en una zona cercana a la guerra con Rusia.
La carretera desde Kyiv está ahora en muy buen estado: han reparado la autopista y el asfalto está bien en casi en todas partes.
Eso sí, la gasolina está por las nubes. Incluso con un consumo moderado, el viaje de ida y vuelta desde Kyiv costó alrededor de US$130.
Odesa está ahora también muy, pero muy cara.
En tres días dos personas gastamos allí alrededor de US$1.000 y eso sin darnos grandes lujos, manteniéndonos en un nivel de gasto claramente de "clase media".
La comida merece un capítulo porque no solo está cara —la cuenta media para dos personas por una cena normal ronda los US$50—, sino que todo está lleno, por lo que es necesario reservar lugar en los restaurantes y con días de antelación.
Pero lo que más impresiona es el contraste. Por un lado, es un destino turístico de lujo en cuanto a precios; por otro, existe un peligro de vida constante.
Solo el domingo 19 de julio un ataque con misiles rusos cerca del puerto de Odesa, el mayor de Ucrania, causó la muerte de 10 personas. El lunes 20 otro bombardeo en la ciudad dejó tres muertos. Al día siguiente, fue impactado el centro histórico.

Los bombardeos aquí son más frecuentes que en Kyiv: las sirenas suenan entre cuatro y seis veces al día, y también durante la noche.
La ciudad ha sufrido graves daños, especialmente la zona cercana al puerto.
Cada día mueren personas por los ataques de Rusia.
Y, sin embargo, en las playas no cabe un alfiler.
Los canales locales informan con todo detalle: "Un misil vuela en dirección a la playa Ibiza", una de las más populares de Odesa.
La gente que está en la playa vecina reacciona con indiferencia. Es posible escuchar: "Ah, bueno, va hacia Ibiza, no hacia nosotros", a pesar de que entre ambas playas apenas hay cuatro kilómetros de distancia como máximo.
Hay refugios en las playas, pero hay que caminar unos diez minutos para llegar a ellos, así que la mayoría simplemente se queda de pie mirando los misiles que atraviesan el cielo.
Durante uno de los bombardeos más intensos, corrimos para buscar refugio. El lugar al que llegamos fue un bar cercano bajo un techo de paja.
Vaya escondite: pura protección psicológica hecha de hojas de palmera.


Fuente de la imagen, Ullstein Bild/Ullstein Bild via Getty Images
Lo que ocurre en Odesa en medio de la invasión rusa a Ucrania no es un hecho aislado. Sobre todo para las intenciones de Vladimir Putin y el gobierno de Moscú.
Y es que Odesa tiene un gran valor simbólico: ocupa un importante lugar en la historia y la cultura de Rusia.
Ubicada en la costa noroeste del Mar Negro, esta ciudad de más de un millón de habitantes es un centro cultural multiétnico y un importante núcleo turístico y de transporte.
A veces se la llama "la perla del Mar Negro", quizás por su arquitectura histórica que tiene un estilo más mediterráneo que ruso y también una fuerte influencia francesa e italiana.
Los observadores aseguran que Odesa es un lugar muy diferente a Kyiv u otras ciudades ucranianas.
Ciertamente la ciudad sigue teniendo fuertes raíces rusas.
Y es que allí se dieron dos eventos muy importantes en términos históricos.
El primero ocurrió en 1905, cuando un levantamiento obrero en Odesa, que fue apoyado desde el mar por la tripulación del acorazado Potemkin, terminó en una masacre por la represión de las fuerzas zaristas. Se estima que murieron 1.000 personas.
Ese levantamiento fue uno de los tantos intentos que desembocaron en la revolución rusa de 1917 y que fue inmortalizado en la película "El acorazado Potemkin" (1925), de Sergei Eisenstein.
El otro hecho notable ocurrió durante la II Guerra Mundial, cuando en 1941 tropas rumanas y alemanas la asaltaron. La defensa de la ciudad duró 73 días y murieron entre 40.000 y 60.000 soviéticos.
Acabó recibiendo el título de ciudad "heroica" de la URSS.


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Este año muchas de las playas de Odesa han sido abiertas oficialmente.
Las minas explosivas que son utilizadas como arma marina ya no generan tanto miedo porque a lo largo de la costa hay rompeolas que las detienen.
En la playa a la que más fui, por ejemplo, había desde bebés hasta personas mayores. Y sigue la clásica escena con vendedores ambulantes ofreciendo maíz, rapanas y baklava.
Otro detalle: casi todos los habitantes de la zona hablan en ruso.
También fuimos a Sanzhiyka. Allí han aparecido atractivos glampings, bares y escaleras que llegan al agua desde un acantilado.
Sin embargo, como no hay muelles y el mar es abierto, las minas explosivas pueden llegar fácilmente hasta la costa, por lo que no me apetecía nada meterme en el agua.
Por supuesto, también visitamos el mercado Privoz. La oferta es increíble, los precios son similares a los de Kyiv, pero la fruta es mucho más dulce gracias al sol.
En estos momentos existe en la ciudad una fuerte tendencia a promocionar productos locales, forshmak, aperitivos elaborados con tomates Mikado y otras "especialidades de Odesa". Han sabido convertirla en una magnífica marca.

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Por las noches, el centro de la ciudad suele quedar sumido en la oscuridad debido a los cortes de electricidad por la guerra. Las calles resuenan con el ruido de los generadores, evocando recuerdos del invierno en Kyiv.
Y en medio de esa oscuridad, acompañados por las sirenas o por los sonidos de la defensa antiaérea, los músicos callejeros siguen tocando.
Odesa, como siempre, sigue siendo maravillosa y llena de atmósfera, pese a todas las realidades que la rodean.
Muchos en Odesa son defensores de la Ley de Descolonización de 2023, que ordenó a las autoridades locales a eliminar de sus ciudades cualquier nombre de calle, monumento o inscripción que pudiera vincularse con el pasado imperial de Rusia.
Entre las estatuas que debían retirarse figuraba un monumento a la emperatriz rusa Catalina la Grande, mientras que las calles que llevaban nombres de figuras rusas y soviéticas fueron rebautizadas: la calle Pushkin pasó a llamarse calle Italiana y la calle Catalina es ahora la calle Europea.

Fuente de la imagen, Getty Images

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También existe una especial promoción del uso del ucraniano en esta ciudad donde el ruso sigue hablándose ampliamente.
Al preguntarle a un residente por la resistencia a Rusia que encuentra entre los habitantes de Odesa —orgullosos de su legado como puerto multicultural abierto al mundo—, se muestra desafiante.
"El enemigo está haciendo mucho más que nosotros para lograr que una ciudad de habla rusa se vuelva ucraniana", le dice a la BBC, Oleh Kiper.
"Está obligando a la gente a comprender quiénes son los rusos y si realmente los necesitamos", añadió.
Al igual que ocurre en el resto de Ucrania, si Rusia no puede hacerse con Odesa, parece decidida a por lo menos a paralizarla.
*Con reportería de Laura Gozzi y de BBC Mundo.

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