Existen encuentros donde el pasado y el presente se confunden en una atmósfera de absoluta transparencia. En el sexto episodio de Proyecto 86 —el ciclo de entrevistas de Infobae conducido por Fernando Marín—, la invitada es Tini de Bucourt, referente indiscutida de la moda argentina de las décadas del 70 y 80, escritora y conferencista.
Tini se sienta frente a Marín para regalar un diálogo que esquiva cualquier tipo de frivolidad y se sumerge en las capas más profundas de la experiencia humana. Lejos del modelaje, hoy canaliza su sabiduría a través de su espacio Mujeres con Actitud, donde organiza viajes grupales femeninos alrededor del mundo, como experiencias para conectar con la autenticidad y la espiritualidad de cada cultura.
Con su belleza natural y el carisma que la caracteriza, Tini repasa las razones místicas detrás de su repentino retiro de las pasarelas, su transformador paso por la India y el quiebre absoluto que significó enfrentar un cáncer de ovario en estado avanzado. Sin embargo, el verdadero corazón de esta charla es la asombrosa complicidad y las revelaciones cruzadas con el entrevistador: desde el violento motivo que la llevó a divorciarse del padre de sus hijos, hasta la confesión de un amor secreto y postergado. Un testimonio imperdible que culmina con una lección conmovedora sobre el “buen morir” y el pacto de un regalo de cumpleaños que sella una de las uniones más singulares de la historia de los medios argentinos.

Fernando Marín: Me gustaría saber, ¿qué es para vos la vejez?
Tini de Bucourt: La vejez para mí es dignidad, para mí es un arte y es muy importante sostener mi naturalidad. Me gusta mi arruga, me gustan mis canas también, pero no voy a hablar de lo físico, voy a hablar de lo que me pasa internamente. Creo que es la etapa de la vida donde realmente llegás a reflexiones muy profundas, si te animás. Me gusta la dignidad de la vejez.
FM: ¿Es verdad que no te hiciste nada en la cara?
TB: Nada… ¡Sí! Me hice a los 30 años un lifting. Estaba tan “en el afuera”... ¿A los 30 años qué te pueden sacar? Nada, Fernando. Una estupidez. Pero volviendo a la vejez, por eso para mí también es muy importante limpiar todas las cosas de mi vida en el sentido emocional.
FM: Te bajaste de la pasarela en pleno éxito, y fue una decisión tuya. ¿Por qué lo hiciste?
TB: Tuve un sueño que era como un neón, que decía: “Bájate de la pasarela ya”. Al otro día anuncié que dejaba la pasarela, terminé esa temporada y ahí se terminó. ¿Y por qué? Porque yo sentía que venían otras cosas.
FM: Nosotros trabajamos juntos, fuiste productora dentro de algunos ciclos que tuvieron mucho éxito y yo debo admitir que no me animé a tener una continuidad de cámara con vos. Y eso tiene algo que ver con esto de que te bajaste de la pasarela. Yo tenía miedo de que vos no siguieras. En ese momento yo era un productor de treinta y pico o cuarenta años y dije: “Si voy con Tini, Tini se va”. Vos te estabas yendo siempre “de la vida”. Te fuiste del país, te fuiste de la pasarela y te fuiste a la India. ¿Vos sentís que te vivías yendo?
TB: Qué buena pregunta… Hoy no me vivo yendo. Me costó bastante quedarme quieta. La vida me paró, literalmente me mandó mensajes: “Tini, pará”. Yo no paraba, mi vida era desde la mañana hasta la noche trabajando, inventando cosas. Bueno, la vida me paró: me agarró un cáncer muy fuerte, tuve un estadio cuatro de ovario con metástasis, con lo cual estuve al borde... Ahí fue mi primera toma de conciencia de que era hora de ordenar todo. Me pararon, pero hasta que me pararon sí vivía yéndome de un lado a otro porque tengo múltiples intereses y facilidad para poner cosas en marcha. Me divertí mucho y la pasé muy bien, como cuando puse mi escuela, cuando me bajé de la pasarela, que fue impresionante. A mí me encantaba enseñar. Fue una escuela donde se formaron chicas increíbles; casi toda la camada después de la nuestra la formé yo con un equipo enorme. Fue muy creativo y yo aprendí mucha creatividad de vos, te lo quiero decir. Y bueno, después apareció la India y me fui de vuelta.

FM: Tenés dos hijos, una hija y un varón. Estuviste casada con el padre de ellos y a los tres años te separaste. ¿Por qué te separaste tan rápido?
TB: Porque yo era una niña muy herida. Vengo de un origen europeo, soy la primera argentina de la familia. Crecí en absoluta soledad. Mi padre se murió cuando yo era muy chica y acá no había nadie, no había abuelos, tíos ni primos. Mi único hermano ya vivía en Alemania y yo crecí con una mamá que, por razones obvias, estaba muy deprimida. Viví como pude.
FM: ¿Tu mamá era liberal?
TB: Mi mamá era una húngara de una familia de muy alto nivel, muy educada. ¿Liberal? No, rígida.
FM: ¿La amabas?
TB: La quería, pero no la amaba. Teníamos una relación... acá hablamos con la verdad, ¿para qué mentir? Nunca tuvimos un vínculo cercano de madre e hija.
FM: Vos tuviste un vínculo mucho más cercano con tu hija que el que tuviste con tu madre, por lo que decís.
TB: Mucho más, muchísimo más. Con la enfermedad fue increíble. Ceci vive en Nueva York y tiene dos hijos, y Juan está acá en Buenos Aires y es arquitecto, una carrera que a mí me hubiese encantado tener. Él me dice: “Mamá, vos sos arquitecta de mujeres”, y es verdad, me resulta muy fácil armar y potenciar a una mujer. Tengo cuatro nietos divinos, dos de Juan y dos de Ceci.
FM: ¿Y Ceci con quién se casó?
TB: ¡Qué historia! Ceci desde muy chica se sintió atraída por lo musulmán.
FM: Atrae el misterio. Lo musulmán es misterioso desde el velo de la mujer para adelante. ¿Y qué pasó con eso?
TB: Ella se casó con un musulmán. Yo me acuerdo de que estaba en la India, ella venía muchísimo a visitarme y un día me dice: “Ma, estoy enamorada”. Le pregunté cómo se llamaba y me dice: “Mustafa”. Yo, que no soy prejuiciosa, igual pensé: “Ups, estos son seteos mentales y de religión muy diferentes”. Ceci tenía 33 años en ese momento y tuvimos una conversación importante. Le dije: “Mirá, quiero aclararte algo. Estás en una edad en la que vas a formar una familia, pero quiero que sepas que si llega a haber algún problema y te querés separar, va a ser un temón porque son culturas y cabezas muy diferentes”.
FM: ¿Y cómo tomaste el día en que vino tu hija y te dijo: “mamá, me volví a enamorar, pero esta vez de una mujer”? ¿Esto no fue más fuerte que la primera vez que te dijo que se había enamorado de un musulmán?
TB: No, para mí no. Fue aparte muy amoroso, porque ella vino especialmente a Buenos Aires para decírmelo. Me acuerdo de que estábamos en la cama, me abrazó y me dijo: “mami, te quiero contar que estoy enamorada de una mujer”. Le pregunté: “¿sos feliz?”. Me dijo que sí, y le respondí: “bueno, es tu vida, hija”.
Quiero hacer un paréntesis. Yo tengo la idea de que las parejas se encuentran muchas veces a partir de una herida propia. Creo que Ceci encontró en esta chica una herida que ella misma tenía. Estuvo muy golpeada por su relación anterior con el papá de los chicos. Lo trabajó muchísimo y hoy en día creo que están bastante bien con su nueva pareja. Ella es afgana, pero de primera generación norteamericana; así como yo soy primera argentina, ella es primera estadounidense.
FM: Hablaste de la India, donde estuviste viviendo y enamorada de un embajador diplomático. Por más que tengas el porte, la calidad y los idiomas que manejás, vos sos tan transparente que fuiste siempre antidiplomática. ¿Cómo te manejabas?
TB: Igual, de la misma manera. “Papelones” la verdad es que nunca hice, pero me movía con una libertad y una facilidad enorme. Para mí la India fue un cambio porque fue la primera vez en mi vida que fui anónima. Fue la primera vez que el valor no estaba puesto en mi afuera. Pude mirar sin que me estén mirando. Ahí por primera vez dije: “ahora me toca ser yo”. Por eso me había bajado de la pasarela en su momento, porque sentía que por ahí no era. Cuando apareció la India fue increíble en la parte política, cultural y social. Además, abrimos históricamente la embajada de Uruguay en Delhi. Al principio no teníamos ni residencia y vivíamos en un hotel espectacular, hasta que tuve que encontrar la casa, el personal, elegir todo... Tenía trece personas de servicio a cargo, era como tener una empresa en tu casa.
FM: ¿Aceptás tu vida como fue o hay algo que te quedó adentro, en el estómago, de decir: “Por qué no lo hice”?
TB: La verdad es que fue una vida muy intensa, viví cosas increíbles y también pozos increíbles. No podría decirte que me arrepentí de algo. Me hubiese encantado haber estudiado arquitectura, que es como mi carrera frustrada, pero más allá de eso aprendí tanto de la aceptación... Para mí la enfermedad fue un despertador enorme para ser yo misma de verdad, no la mascarita de “ay, ¡qué divina la modelo!”. Por eso me dejé las canas, no me hago nada, quiero mis arrugas, quiero todo tal cual soy.
FM: Vos te separaste del embajador y estuviste muchos años sola. ¿Tiene que ver con la enfermedad o fue una decisión de vida?
TB: Una decisión de vida. Pero tengo algo pendiente ahí, ahora sí me vino algo pendiente. Mirá que preguntás bien... (risas). Sí, me hubiese encantado y me encantaría encontrar un compañero de vida, pero una relación verdadera, un compañerismo real. Fui muy buena acompañante del embajador, fui buena embajadora y tuve antes otra relación fantástica de muchos años, pero nunca he vivido ese compañerismo, esa unión de más allá de todo…

FM: De apretar una mano.
TB: Sí. Punto. Explicaste perfecto.
FM: ¿Sufriste violencia de género?
TB: Sí.
FM: ¿Te defendiste?
TB: Yo soy muy drástica: cuando sucedió, agarré a mis dos chicos y me fui, Fernando. Yo fui mamá a los 19, a los 20 y a los 21 ya me divorcié. El papá de los chicos era un tipo bárbaro, pero era un niño tan herido como yo. Uno no se encuentra porque sí, se encontraron dos lastimados. Él traía una violencia que no era por ser mal tipo, sino una violencia de niño desesperado. Era diez años mayor que yo.
FM: Cuando uno va transitando una charla como ésta, sabemos que nos están viendo, pero hablamos con una naturalidad absoluta porque a esta altura no tenemos nada que esconder. ¿Tuviste algún amor prohibido en tu vida?
TB: Sí.
FM: ¿Y qué te pasó?
TB: Y... no se dio. ¿Querés saber quién era?
FM: Sí.
TB: Vos. (Risas)
FM: Bueno... yo quizás estaba enamorado de vos y como te estabas yendo siempre, nunca te pude agarrar. Yo no me animé. Y bueno, sí, era prohibido porque estábamos en épocas prohibidas. Yo era un mentiroso en ese momento, todavía no había concretado...
TB: Eras un salvaje, en el buen sentido.
FM: Salvaje no, al contrario, era un manso... (risas) Hubo una línea de amor entre nosotros.
TB: Pero fue lindo, porque era una cosa que estaba ahí… no pasaba nada, pero estaba ahí.
FM: Encontrémonos en el cielo, a ver, ¿qué te imaginás? ¿Te imaginás una vida eterna… o morís en polvo?
TB: (Ríe) Me encanta mirarte porque te leo la mirada. La muerte es un tema que me interesa mucho. Me gustaría morirme muy bien, entera, con todos mis temas resueltos y en paz conmigo. Estoy mucho más en paz que antes. Es más, voy a dar charlas con una mujer que se dedica al “buen morir” porque me parece que es un tema del que no se habla y es muy importante abordarlo.

FM: ¿Pero hablar tanto de la muerte no es tenerle, al final, miedo? La muerte sabés que llega. ¿Por qué hay que hablar tanto de ella?
TB: Porque es una manera de vivir, totalmente. Para mí es otro plano. Prepararte para un buen morir es fundamental. Fernando, este cuerpo es solo un vehículo. Yo soy muy fierrera, vos lo sabés: andaba en moto como loca, me encantan los autos porque mi papá era corredor e iba a la Fórmula 1 con Fangio. Este cuerpito estuvo en el taller y se va a ir descomponiendo para que la almita se pueda ir. Hablar de esto le quita el miedo a la palabra.
FM: ¿Te gustaría que te entierren tradicionalmente o te cremen?
TB: Yo quiero algo “divino”. Tengo una gran amiga que es artista y ya le dije: “Mirá, que me cremen, pero quiero que mi cajón lo pinten bien lindo, nada de cosas de bronce”. Quiero que todo el mundo baile, que haya música, que la gente hable y se divierta. Si cuando un niño nace es una celebración, ¿por qué la muerte no puede ser una celebración de la buena vida que pasamos juntos?
FM: ¿Y cómo son tus días ahora?
TB: Pinto. Salí totalmente del mundo en el que estaba y pinto mucho, siempre me gustó. Pinto miradas.
FM: ¿La mía no la vas a pintar?
TB: La sé de memoria, ya la tengo captada.
FM: Bueno, entonces hagamos un trato para el próximo 12 de octubre, tu cumpleaños: ¿por qué no pintás mi mirada? Y yo te voy a regalar en una carilla lo que verdaderamente sentí por vos en un momento determinado de la vida, como devolución a tu pintura.
TB: ¡Epa! Qué lindo, te tomo la palabra, eh.
FM: Y quiero decirte algo importante. Me acuerdo que yo, dentro de mi agencia, había logrado la cuenta de la Editorial Abril y de su revista icónica, Siete Días. El interventor de ese momento me dice: “Fernando, vamos a relanzar la revista, ¿qué se te ocurre?”. Le dije de hacer nuevamente “Miss Siete Días”, pero me advirtió que necesitaba una productora de excelencia. Le dije: “Yo la tengo”, y te llamé a vos.
TB: Me acuerdo perfecto, fue divino… ¡Y para vos más!
FM: Sí, porque acá viene una historia que es de los dos, aunque es más mía que tuya. Vos me dijiste: “Dentro de todas las que voy seleccionando, tengo una semifrancesa, vive en las afueras de Mónaco, es divina pero no se va a quedar; seguro alguna de las etapas la gana”. Y apareció una mujer rubia, espléndida, de un metro ochenta y dos, divina. Le pregunté cómo se llamaba y me dijo “Karina”. Hizo la primera serie, indudablemente la ganó y eso me dio el pie para invitarla a almorzar. Entonces, gracias a vos, querida Tini, no solo me enamoré de esta mujer, sino que Karina es la madre de dos hijos míos maravillosos: Nicolás, que es psicólogo, y Toto Ignacio, que es un excelente músico. Yo soy padre de esos dos hijos porque vos fuiste verdaderamente la mujer que la introdujo en mi vida.
TB: ¡Qué alegría me da! O sea que, de alguna manera, soy parte de la familia.
FM: Sos de la familia. Gracias, querida Tini.
TB: Gracias a vos, Fernando.