Ser parte de esa historia

calendar_today 13.09.2026 - person  - timer ~19 Minutos

Hace muchos años que, en cada aniversario de la Noche de los Lápices, releo mis propias palabras, ideas y consignas de años anteriores. Reviso textos que me devuelven imágenes de encuentros, plazas repletas de jóvenes, banderas, abrazos, emociones, cantos, lágrimas, tristezas, voces entrecortadas de emoción, risas y esperanzas compartidas.

Y ante distintos micrófonos, cuento mi historia: En la madrugada del 17 de septiembre de 1976, hombres armados y encapuchados que se identificaron como del Ejército Argentino me secuestraron de la casa de mis padres; fue la llamada “Noche de los Lápices”. Yo tenía diecisiete años, era estudiante de quinto año del Bachillerato de Bellas Artes de la ciudad de La Plata y militante de la Unión de Estudiantes Secundario (UES).

Esa noche y otras más de ese mes, diez estudiantes de colegios secundarios fuimos arrancados de nuestros hogares por las Fuerzas Armadas. Seis de ellos continúan desaparecidos: Claudia Falcone, María Clara Ciocchini, Claudio de Acha, Francisco López Muntaner, Daniel Racero y Horacio Ungaro.

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Otros fuimos liberados luego de años de detención en centros clandestinos y cárceles: Gustavo Calotti, Pablo Díaz, Patricia Miranda y yo, Emilce Moler.

Casi todos teníamos militancia política, la mayoría en la UES, y un año antes, en la primavera de 1975, habíamos participado en una marcha para pedir por el Boleto Estudiantil Secundario, entre muchísimas otras actividades políticas. Más tarde, en 1976, ya bajo la dictadura, seguimos militando y organizamos algunos actos de oposición.

Estuve detenida-desaparecida en tres centros clandestinos de detención: el Pozo de Arana, el Pozo de Quilmes y la Comisaría de Valentín Alsina, en Lanús, en los que sufrí distintos vejámenes; hasta que en enero de 1977 entré como presa legal a la cárcel de Villa Devoto, de la que salí a los diecinueve años con régimen de libertad vigilada. No me dejaron volver a mi ciudad natal porque me consideraban demasiado peligrosa e irrecuperable para la sociedad, así que quedé bajo el cuidado de mis padres en Mar del Plata, adonde ellos se habían trasladado para empezar una nueva vida.

Rendí libre quinto año del secundario y me recibí en diciembre de 1978, pero no tenía permitido ir a la universidad. Por suerte, pude convencer a mi custodia de que me dejaran estudiar, y en febrero de 1979 di el examen de ingreso a la carrera de Matemática en la Universidad Nacional de Mar del Plata: entré con la mejor nota. Poco después, el 25 de mayo de 1979, recobré mi libertad plena. Tenía veinte años. A partir del desastre de la guerra de Malvinas, cuando la dictadura empezó a resquebrajarse y se abrió una posibilidad impensada de reconstrucción de la democracia, comencé a participar de peñas y reuniones en vistas a rearmar los centros de estudiantes. A pesar de que era muy peligroso también me veía con Fernando, mi novio de siempre: a él le habían asesinado a su hermano y su situación era muy complicada. Nos casamos en febrero de 1982.

En febrero de 1983 me recibí de profesora universitaria de Matemática, y en septiembre de ese año nació nuestra primera hija, Mariana, en 1986 llegó Pilar y cuatro años más tarde, en 1990, Joaquín.

Me dediqué a enseñar matemática y computación en distintos niveles. En forma paralela ayudé a crear el centro de graduados de Ciencias Exactas y el gremio docente universitario. También participé desde Mar del Plata en la conformación de distintos organismos de derechos humanos. Atenta a la evolución de la democracia, les contaba sólo a los más allegados que yo había sido una desaparecida y presa más de la dictadura. Cuando llegaron los juicios a los militares, conforme todo el país se iba enterando de los crímenes aberrantes cometidos durante la dictadura, también empezó a ganar notoriedad el secuestro de adolescentes en la ciudad de La Plata.

La primera vez que se escuchó hablar de mi secuestro y el de mis compañeros fue en 1985 durante el Juicio a las Juntas Militares, en el que fueron condenados a prisión perpetua Jorge Rafael Videla y Emilio Massera, mientras que otros acusados recibieron penas menores e incluso la absolución. Mi padre y yo testimoniamos un año más tarde, en 1986, cuando la Cámara Federal condenó a los principales genocidas de la Policía Bonaerense, como el general Ramón Camps –quizás el máximo responsable de la Noche de los Lápices–, el comisario Miguel Etchecolatz y el médico policial Jorge Bergés, entre otros. Fueron unas pocas preguntas y respuestas, pero contundentes.

Desavenencias y desencuentros con los autores del libro que consolidó e hizo conocida la historia de la “Noche de los Lápices” hicieron que mi nombre no fuera mencionado en la película basada en el mismo. Si bien la versión del libro y la película no me representaba enteramente, sobre todo por la descripción que se hace de nosotros, la memoria de mis compañeros desaparecidos y la necesidad de que la sociedad conociera lo que había pasado pudieron más; así que poco a poco me fui apropiando de esa historia, que también es la mía, y encontré mis propias formas de narrarla.

Como escribió la historiadora Sandra Raggio:

“La Noche de los Lápices no fue algo que sucedió, sino una trama narrativa conformada por una serie de episodios seleccionados y enlazados entre sí para construir una interpretación sobre el pasado del que se pretendía dar cuenta (una serie de secuestros en un lapso preciso, un grupo de víctimas con características comunes –edad, situación educativa, lugar de residencia, historia previa– y un mismo móvil represivo). Es decir, un modo de narrar determinados hechos, reunidos bajo un nombre que los singulariza en acontecimiento. Ya en el nombre está inscripta la trama. “La noche”, además de ser una metáfora muy usada para hablar del período de la dictadura, refiere a una en particular: la del 16 de septiembre.

Los “lápices”aluden a los protagonistas, las víctimas: todos ellos, estudiantes secundarios”.

Lamentablemente, las leyes de Punto Final, en 1986, y de Obediencia Debida, en 1987, permitieron que varios de los represores condenados salieran en libertad, y en 1990 fueron indultados los principales responsables, que aún permanecían en prisión; Camps entre ellos. Fue un período devastador.

Convencida de que nada bueno se podía construir en nuestro país en base a la impunidad, siempre seguí de cerca los avances y retrocesos en los procesos legales a los responsables del terrorismo de Estado.

Sin embargo, gracias al tesón de los organismos de Derecho Humanos en bregar por memoria, verdad y justicia, se conformaron los Juicios por la Verdad.

No iban a tener consecuencias penales pero iban a permitir que se conociera lo ocurrido, algo que en esos años no era nada menor. En febrero de 1999, en la ciudad de La Plata y en pleno duelo por el fallecimiento de mi padre, brindé mi testimonio. Fue la primera vez que describí con todos los detalles los momentos más oscuros de esa parte de mi vida. Un testimonio no es lo mismo que una entrevista periodística: había que decir todo y así lo hice. Lloré y me abracé con los familiares, esperanzados de que en esos juicios pudieran aparecer algunas piezas más de los rompecabezas que aún intentan armar.

Recién en 2003 las leyes de impunidad fueron derogadas y en 2005 la Justicia las declaró inconstitucionales, lo cual habilitó a poder juzgar nuevamente a los genocidas. Así fue como en 2006 pude declarar en el emblemático juicio contra Etchecolatz. Y en septiembre de ese año, cuando una sentencia ejemplar estaba a punto de condenarlo a cadena perpetua, una nueva herida se abrió: desapareció Julio López, uno de los querellantes de la causa. A partir de ese momento comenzaron a llegarme amenazas a través de cartas intimidantes; así que me pusieron custodios y luego control telefónico y botón de pánico, que aún mantengo.

En el 2013 volví a dar mi testimonio en el proceso correspondiente al “Circuito Camps”, que terminó con la condena a veintitrés genocidas, mientras que otros no llegaron a ir a la cárcel porque fallecieron antes de conocerse las sentencias. Había pasado demasiado tiempo para todos; incluso para los asesinos, que en su mayoría hoy pueden gozar de la prisión domiciliaria a causa de su edad avanzada y sus problemas de salud.

Sin embargo, cada nieto recuperado es el más claro ejemplo de que este pasado no quedó atrás.

Los juicios que se han desarrollado, y por cuya continuidad aún bregamos, son el hoy. Los cuerpos ausentes de los chicos de la Noche de los Lápices, el silencio cómplice de los genocidas y evitar sus prisiones domiciliarias, es el ahora. Porque el pasado no vive en fechas estancas que nos trae el calendario, sino que vuelve todos los días cuando tomamos decisiones, elegimos, legislamos.

Hoy, mientras espero el momento de tener en mis manos este libro, todavía siguen en pie las causas penales por los centros clandestinos “Pozo de Banfield”, adonde llevaron a los chicos de la Noche de los Lápices que continúan desaparecidos, y “Pozo de Quilmes”, donde yo estuve. Fueron unificadas para volver a juzgar a sus responsables, muchos de los cuales ya fueron condenados en 2013. Pero otra vez el tiempo nos juega en contra. El juicio ya estaba a punto de empezar en el Tribunal Oral Federal N° 2 de San Martín, subrogante en esta causa. Otra vez estaba lista para ir a dar mi testimonio, pero todo quedó suspendido por la pandemia del Covid-19 y la cuarentena, así que otra vez a esperar...

Soy parte de esas memorias, de esos silencios, de esos olvidos, de esas presencias y voces que permiten reconstruir año a año ese pasado en los distintos presentes. Muchas veces relaté minuciosamente los hechos vividos en distintos juicios ante abogados, fiscales o jueces. Muchas otras veces lo narré en entrevistas, charlas, presentaciones; en escuelas, radios, encuentros… Tengo la sensación de que hablé mucho a lo largo de mi vida. Contesté preguntas absurdas, banales, inquisidoras, dolorosas, y también algunas tan profundas que me llevaron a lugares que no hubiera querido transitar. A veces me escucho a mí misma en declaraciones de distintas épocas y siento que ya se sabe demasiado sobre esa historia y que, por lo tanto, no es necesario que se hable más.

Cada año, en cada conmemoración de la Noche de los Lápices, sigo tomando conciencia de todo lo que todavía falta contar, que también es demasiado.

Entre estos demasiados sentí la necesidad de dejar en palabras escritas cosas que nunca había podido decir: esas que quizás no sirven para una entrevista breve ni para 140 o 280 caracteres; esas que tenía guardadas y que fueron mi andamiaje, mi sostén, mis sombras, mis grises, mis miedos y mis pequeños actos heroicos.

Reflexiones profundas, viscerales, que no siempre se pueden decir de un tirón ante un micrófono o ante un auditorio y que permiten entender quién soy.

Así surgió este libro. Seguro que no voy a llegar a decirlo todo, pero ya es algo. (…)

Para Horacio, de Melody

Estaban siempre juntos: bailaban, leían, patinaban tomados de la mano. Con sus doce años Melody y Daniel estaban profundamente enamorados. La oposición de sus padres los impulsó a escapar. Sonaba la mítica canción To Love Somebody, de Bee Gees, mientras se los veía huyendo por las vías del tren en una zorra; ellos reían, eran trasgresores y felices de su amor. No me importaba que se me hubieran terminado los Sugus confitados; seguí leyendo hasta el último nombre en la pantalla hasta que se encendieron todas las luces. Soñaba con parecerme a Melody, protagonista de la primera película de amor de adolescentes que había visto.

Nunca pensé que mis habilidades de tejedora me iban a ayudar a lograr ese objetivo. Ese verano aprendí a tejer unos bolsos al crochet con pelotitas de madera pintadas. Hice varios de distintos hilados y colores, y una boutique de una galería platense los tomó en consignación. Al poco tiempo los había vendido todos y con esa plata me compré los patines añorados. Patinaba en el patio de mi casa, a los golpes, luchando con las cintas gross de color naranja que se me desataban; mis rodillas se llenaban de raspones, mis codos de moretones, pero valía la pena: cuando podía deslizarme unos metros… era Melody. Solo me faltaba quien me tomara de la mano.

Los veraneos en Mar del Plata me daban la posibilidad de alquilar patines por hora en el Piso de Deportes; algo que en La Plata no existía, y me parecía maravilloso. A una de las canchas de básquet la usaban como pista de patinaje los días de lluvia.

Me ponía pequeñas metas cuando iba a practicar: dar dos vueltas sin agarrarme de la baranda, frenar de golpe con un solo patín, hacer una vuelta de cuclillas; no dudaba en agarrarme del primero que pasaba con tal de cumplir mi objetivo. Pero la mala acústica del lugar, pelotas rebotando por todos lados y chicos que gritaban los goles de las canchas de al lado no me permitían concentrarme en mis piruetas.

En una prueba perdí el equilibrio y la caída era inminente; moví los brazos como molinos de viento, pero fue inútil. Sentí una mano que apretó la mía, me aferré fuerte y de un tirón me levantó. Recuperé el equilibrio y sin decir nada, seguimos avanzando por la pista dando varias vueltas tomados de la mano: era Horacio, con sus pecas y nariz grande. ¿Yo? Melody.

Supe su nombre cuando, apoyados en la baranda y a los gritos, comenzamos a hablar. Nos sorprendió que los dos fuéramos de La Plata y fue inevitable empezar a tantear los gustos: los dos socios del Club Universitario, no nos gustaba ir a bailar a confiterías, ni las coreografías de programas como Música en Libertad o Alta Tensión: todo un reconocimiento de afinidad en esa época. En el fútbol no nos poníamos de acuerdo: yo de Gimnasia, él de Estudiantes. Nos despedíamos con un: “Si venís otra vez nos vemos”.

Y así ocurría. Lo veía de lejos y le pasaba cerca; al rato estábamos tomados de la mano patinando.

Nada más.

Nos volvimos a ver después de un año en La Plata, en las fiestas de carnaval del Club Universitario.

Horacio era tímido y reservado, pero me gustaba que no dijera pavadas. Casi sin hablar, bailamos lentos y coreamos entusiasmados al dúo Bárbara y Dick que actuaba en vivo esa noche, con su mítica canción El funeral del labrador.

En el 75, ya absorbida por la militancia, dejé atrás el club y los bailes. En un encuentro de la UES lo vi a Horacio y no tuvimos que decir nada; nos miramos, sonreímos y entendimos que habíamos elegido el mismo camino. Me dio mucha alegría. Los encuentros se hicieron más frecuentes. Él estaba mucho menos tímido: había leído mucho de política y eso le daba más soltura para hablar. Parecía más grande, seguro más soltura para hablar. Parecía más grande, seguro de sus actividades, muy comprometido.

Ya durante la dictadura, en agosto del 76, debido a los cambios en la organización de la UES, Horacio se había convertido en mi responsable, y lo fue por unos meses. Un día teníamos asignada la tarea de hacer una volanteada en la puerta de la escuela de 1 y 38.

—Tomá, guardalos—me dijo mientras me entregaba los volantes envueltos en papel de diario.

—¿No nos expone mucho hacer esto?— pregunté, convencida de que no estaban dadas las condiciones de seguridad para hacerlo.

—No te preocupes, todo va a salir bien.

—Ok. Nos vemos mañana— le di un beso y me fui escondiendo el paquete en una bolsa de hacer los mandados, debajo de un atado de acelga y unas lechugas. Me fui a coser un bolsillo, disimulado en una campera, para llevar los volantes y que no me vieran con ningún paquete sospechoso; en esos días todo era sospechoso, había que extremar los cuidados.

Al otro día repasé mil veces mentalmente las citas y los horarios establecidos. Me puse ropa cómoda, nada de plataformas por si había que correr. La campera quedó bien, no se notaba el bulto de los volantes. Fui caminando; eran muchas cuadras, pero me permitía regular la hora y no depender de los micros. Iba mirando si había alguna pinza policial; tenía que esquivarlas. No me podían agarrar con esos papeles porque me jugaba la vida. Cada movimiento raro en la calle me intranquilizaba, trataba de calmarme; miraba el reloj a cada minuto, regulaba el paso. Estaba cerca y era un poco temprano. Di unas vueltas, vi a otros compañeros en las calles trasversales haciendo tiempo para la cita. Estaba Horacio: no llevaba la campera verde oliva; por seguridad se recomendaba que no se usaran más. Tenía un pulóver escote en V y una chomba, estaba muy prolijo. Me tranquilizó verlo.

A la hora prevista nos acercamos a la entrada de la escuela. Yo ya había sacado los volantes de la campera y me los había colocado en el pecho.

—¡Ahora!— gritó Horacio.

Algunos alumnos agarraban los papeles que les volaban por la cabeza, firmados por UES-Montoneros, pero a la mayoría no les interesaba; ni siquiera llegaban a leer las consignas.

—¡Váyanse, voy a llamar a la policía!” gritó un preceptor mientras bajaba a toda velocidad por las escaleras. Lo miré a Horacio desesperada y me hizo una seña con la cabeza para que me fuera; después dio la orden a todos de desmovilizar.

A la media hora fui a la cita de control. Yo estaba furiosa. Todavía me duraban las palpitaciones y me temblaban las piernas, casi me agarraba ese preceptor facho.

—Esto fue una locura, Horacio. No tiene sentido que nos regalemos así. ¿Quién leyó los volantes?

¿Valió la pena?

—Sí, es cierto, estábamos muy expuestos. Pero siempre vale la pena, con que uno lo haya leído, valió la pena.

—¿Un volante por uno de nosotros? Me parece muy desigual. Qué sé yo… me parece que tenemos que hacer cosas, pero menos visibles…

–Puede ser. Pero hay que seguir.

No hubo otra cita; nos reencontramos en el Pozo de Arana. Fue devastador escuchar su voz, yo no sabía que a él también lo habían secuestrado. Estaba desnudo, casi no hablaba, solo gritaba cuando no le tapaban la boca. Un grito desgarrador. En la sala de tortura nos hicieron hablar, una especie de careo. Con voces temblorosas intercambiamos algunas palabras, suficiente para darnos aliento y fuerza.

A los seis días de estar ahí, donde no comimos absolutamente nada, nos hicieron subir a varios compañeros a un camión. Casi nadie hablaba, estábamos en muy malas condiciones. Yo no sabía quién viajaba, salvo las chicas que estaban conmigo en la celda. Frenamos en el camino. Un guardia leyó una lista para que se bajaran.

—Horacio Ungaro— se escuchó.

Sentí unos pasos, mezclados con los de otros que iban llamando: Claudia Falcone, María Clara Ciocchini, Daniel Racero, Claudio de Acha, Francisco López Muntaner: otros nombres que trataba de recordar.

No pudimos despedirnos.

De todas las imágenes que compartí, elijo siempre recordar a ese muchacho pecoso, de nariz grande, chaqueta verde oliva, parco y comprometido, que me tendió la mano para que no me cayera cuando patinaba y logró hacerme sentir Melody.

Polenta con remolacha

Nada — le respondí al juez Reboredo.

—Le reitero: ¿En una semana que estuvo en el centro clandestino denominado Arana no le suministraron ninguna comida?

—Exacto. Me daban agua, pero mis compañeras de celda, Hilda y Ana, me previnieron que no tomara líquido después de la tortura porque me iba a hacer muy mal, por la electricidad. Después de varios días intentaron darme algo sólido. Fue el 21 de septiembre, nos sacaron a una especie de patio a varios de los presos que estábamos allí. Querían que “festejáramos” el día de la primavera. Nos hicieron sentar en el piso y nos pedían que cantáramos. Yo apenas podía sostenerme. Un guardia me trajo un té y un pedazo de manzana, pero no llegué a probarlos porque me desmayé, y cuando me desperté ya estaba en mi celda—dije en mi declaración.

—¿Y cuándo volvió a comer? — continuó el juez, a cargo del Juicio por la Verdad, en la ciudad de La Plata.

—Después de más de diez días.

—Comé algo piba, si seguís así vas a pasar entre las rejas—me dijo el guardia que estaba de turno en el Pozo de Quilmes. El “Gordo”, como le decíamos, era uno de los guardias más humanitarios, junto con otros dos, Raúl y Beto, a quienes ser amables con nosotras les costó su cargo. Me traía Pancután para curarme las quemaduras de los brazos que me habían hecho con cigarrillos en Arana. En cambio, “el Viejo” se ensañaba con nosotras.

— Caminá, bicho — me gritaba mientras me llevaba por el pasillo hasta el baño.

Había una letrina maloliente y una pileta de lavar honda, con agua fría. Muchas veces me aguantaba de ir con tal de no llamar al “Viejo”.

Mientras caminaba me iba pegando con el manojo de llaves en todo el camino. Y cuando me devolvía para la celda me tiraba en la cabeza un chorro de un líquido frío, de olor fuerte, penetrante, que quemaba los ojos. Así conocí la acaroína.

De a poco empecé a comer lo que me servían.

Nunca entendí por qué mezclaban polenta con remolacha. La traían en un bol de plástico redondo. A veces teníamos que esperar a que el guarda se fuera para comer, porque nos teníamos que sacar la venda y las tiras de las manos. Así que se enfriaba bastante, la grasa se solidificaba y se pegaba por los costados. Y si tenía la venda puesta, la podía sentir en mi paladar.

Pero lo más sorprendente fue que me encantaba. A veces traían fideos, pero yo esperaba que me tocase polenta con remolacha: muy salada, con algunos pedacitos de carne con grasa. Me la comía toda, no dejaba nada en el plato. Yo que siempre había comido sin aceites, ni grasas, ni frituras, no podía creer que me gustara eso. Era un deleite.

A los pocos días de estar en Quilmes, a la madrugada, abrieron la celda. Preguntaron por mí. Me puse el gamulán que usaba de colchón, me calcé los zapatos sin cordones y, temblando, comencé a caminar.

Conocía esa ceremonia: traslado, tortura, muerte. A los pocos metros un policía me sacó la venda y me desató las manos. Me dieron un espejo y un peine.

—Arreglate un poco, vas a tener visitas –me dijo el policía.

Temblaba de miedo, no sé si por lo que me podía pasar o por el rostro que acababa de ver. No me reconocí. No había peine que alcanzara. Caminamos unos pasos, me dejaron en una oficina, yo temblaba. Se abrió la puerta y apareció mi papá. Nos abrazamos. La cara de mi viejo se iba trasformando mientras me miraba.

—¿Qué te hicieron estos hijos de puta?— alcanzó a decir con voz entrecortada, mientras observaba mi cuerpo y los ojos se le llenaban de lágrimas.

–Ya estoy bien. Quedate tranquilo.

–Un subalterno me llamó y me dijo: Moler, su hija está en la Brigada de Quilmes. Si va a la madrugada, lo dejan entrar. Y nos vinimos. Mami está abajo, no la dejaron pasar.

—¿Cómo está Fernando?

—Bien, lo vemos con muchas medidas de seguridad.

☛ Título

La larga noche de los lápices

☛ Autora

Emilce Moler

☛ Editorial

Marea

☛ Edición

2026

☛ Páginas

240

Datos de la autora

Emilce Moler nació en 1959, en La Plata, provincia de Buenos Aires. A los diecisiete años fue detenida-desaparecida, víctima y sobreviviente de lo que se conoció como la Noche de los Lápices.

Después de recuperar su libertad se radicó en la ciudad de Mar del Plata. Desde los inicios de la democracia realizó actividades políticas, gremiales y participó en distintos organismos de derechos humanos. En forma paralela forjó una destacada carrera profesional y académica como docente e investigadora.

Es doctora en Bioingeniería por la Universidad Nacional de Tucumán, magíster en Epistemología y profesora en Matemática por la Universidad Nacional de Mar del Plata.