Como lector o espectador que vive, por ejemplo, en Oriente Medio, puede tener decenas de canales y plataformas de las que obtiene las noticias de última hora y los desarrollos militares. Conoce por su nombre a los analistas políticos, sigue los reportajes de los corresponsales desde las líneas de fuego y se mantiene al tanto de las novedades de las guerras minuto a minuto.
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Sabe dónde han caído los misiles, qué objetivos se ha anunciado que han sido alcanzados y qué dice cada parte sobre sus ganancias y las pérdidas de su adversario. Y aun así, puede encontrarse incapaz de responder a una pregunta sencilla: ¿qué está pasando realmente?
¿Radica entonces el problema en la falta de información, o en su abundancia y sus contradicciones? ¿Y cómo puede el lector saber qué ha ocurrido de verdad, en medio de comunicados militares que se desmienten unos a otros, análisis divergentes y noticias que se suceden antes de que se haya comprobado la veracidad de las anteriores?
Durante la guerra de los doce días entre Israel e Irán en junio de 2025, el presidente estadounidense, Donald Trump, anunció que se había destruido el programa nuclear iraní, mientras que una evaluación inicial de los servicios de inteligencia de EE.UU. apuntaba a que los bombardeos quizá solo lo habían retrasado unos meses. Por su parte, el Organismo Internacional de Energía Atómica habló de daños importantes, sin aclarar el destino del programa.
La misma falta de claridad se repitió en torno al estado de salud de Mojtaba Jameneí, líder supremo iraní, tras la muerte de su padre, el ayatolá Alí Jameneí, en los ataques estadounidenses e israelíes contra Irán del pasado 28 de febrero.
En abril, el diario británico 'The Times' publicó información según la cual se encontraba inconsciente y en estado grave, mientras que un responsable del Ministerio de Sanidad iraní aseguró en mayo que sus heridas habían sido leves.
Su ausencia de la escena pública alimentó aún más las especulaciones, sobre todo con la circulación de vídeos en los que se afirmaba que aparecía participando en el funeral de su padre, hasta que empezaron a difundirse datos que ponían en duda que esas imágenes fueran realmente suyas.
Tampoco el panorama ha sido más nítido en el expediente de los corredores marítimos. En el estrecho de Ormuz, Teherán anunció que imponía su control y vinculó su reapertura a condiciones políticas y de seguridad, mientras Washington trataba de garantizar el paso de los buques y subrayaba que su enemigo histórico no domina este corredor vital. Entre afirmaciones y desmentidos, la continuidad de los ataques contra petroleros y las informaciones contradictorias sobre ellos han hecho difícil determinar cuál es hoy la situación de la navegación en el estrecho de Ormuz y en manos de quién está.
En Bab el-Mandeb, los combates en Yemen han añadido aún más confusión. En septiembre, algunos reportes hablaban de que los hutíes se habían hecho con el control de la ciudad de Al-Mukha, de posiciones costeras y de islas cercanas al estrecho, antes de que las fuerzas gubernamentales yemeníes anunciaran, a principios de octubre, que recuperaban zonas estratégicas en sus alrededores.
Sin embargo, el movimiento Ansar Allah, respaldado por Irán, negó haber perdido sus posiciones, y no fue posible verificar de forma independiente los avances anunciados. El 9 de octubre volvieron a aparecer informaciones sobre el avance de las fuerzas progubernamentales hacia la isla de Mion y posiciones con vista al estrecho.
Así, las noticias se fueron acumulando ante el lector, pero la imagen seguía incompleta.Cada relato añadía nuevos detalles, sin responder necesariamente a la pregunta clave: ¿qué ocurrió realmente y qué sigue siendo solo una afirmación?
Seguir cada vez más noticias no tiene por qué traducirse en una comprensión más clara de los acontecimientos, sobre todo cuando la información llega a un ritmo que supera la capacidad del público para asimilarla.
Esta situación se conoce como "sobrecarga informativa" (information overload) y se produce cuando la cantidad de datos supera lo que una persona puede absorber y analizar.
En una conversación con 'Euronews', el doctor Ali Maki, consultor en propaganda, comunicación estratégica y gestión de la reputación, explica que las guerras crean por naturaleza un entorno de duda e incertidumbre, debido a la disparidad, la multiplicidad y las contradicciones de la información, lo que aumenta la tensión y abre el campo a la desinformación.
El impacto de este flujo contradictorio puede extenderse a la capacidad del público para procesar y entender las noticias. Un estudio publicado en 2020, con una muestra de 627 personas en Seúl, mostró que la sobrecarga informativa durante la pandemia de COVID-19 se asoció a una menor profundización en las noticias y a una mayor dependencia de atajos mentales para evaluarlas. Otro estudio, de 2022, con 493 participantes, llegó a conclusiones similares sobre el efecto de la abundancia de mensajes sanitarios en la disposición a procesar la información en profundidad.
Aunque ambos trabajos se centraban en una crisis sanitaria, sus resultados apuntan a lo que puede ocurrir durante las guerras, cuando la abundancia de noticias se convierte en una carga mental que dificulta distinguir entre los distintos relatos.
Pero incluso cuando la información precisa está disponible, eso no significa necesariamente que el público vaya a obtener una imagen clara, porque la forma de presentar los hechos puede influir tanto como los propios hechos.
Medios distintos pueden ofrecer versiones divergentes de un mismo acontecimiento, no necesariamente difundiendo datos falsos, sino enfocando determinados aspectos de los hechos y dejando fuera otros detalles imprescindibles para comprender la escena completa.
En el estrecho de Bab el-Mandeb, por ejemplo, algunos medios pueden destacar el anuncio de las fuerzas gubernamentales yemeníes de que han recuperado posiciones estratégicas, mientras que otros se centran en que los hutíes siguen teniendo capacidad para amenazar la navegación.
Entre ambos relatos puede pasar desapercibido para el lector que controlar la franja costera no implica necesariamente asegurar el paso marítimo, del mismo modo que atacar buques no demuestra por sí solo un dominio total del estrecho.
Este enfoque se conoce en los estudios de comunicación como "encuadre informativo" (framing): el medio no altera necesariamente los hechos, pero sí elige el ángulo desde el que el público mira el acontecimiento, qué coloca en primer plano y qué deja fuera de la imagen.
En este contexto, la periodista y profesora universitaria, la doctora Rana Alaeddine, señala que el sesgo en la cobertura informativa no se limita a difundir datos erróneos o inexactos, sino que puede manifestarse en las decisiones que toma el propio periodista al preparar la pieza.
Desde la elección de las fuentes y el enfoque, hasta los titulares, las fotografías y el orden de las noticias, el periodista decide qué ve el público y qué permanece oculto. La información publicada puede ser correcta, pero la omisión de otros hechos puede dar lugar a una imagen incompleta o inclinada del acontecimiento.
La doctora Alaeddine subraya que la dependencia reiterada de fuentes oficiales, sin escuchar voces independientes ni testimonios sobre el terreno, puede ocultar dimensiones esenciales de la realidad.
Según la académica, estas decisiones se relacionan con la teoría del "establecimiento de la agenda" (agenda-setting), que explica cómo influyen los medios en las cuestiones a las que el público presta atención, junto con el encuadre informativo, que influye en la forma de interpretar esas cuestiones.
La doctora Rana Alaeddine insiste en que la profesionalidad periodística no se limita a transmitir datos correctos y atribuirlos a sus fuentes, sino que exige también revisar qué decide la cobertura destacar u omitir y cómo incide eso en la imagen que se forma el público.
Por otra parte, esta selectividad puede convertirse en una herramienta propagandística deliberada. El doctor Ali Maki explica que influir en el público no requiere necesariamente difundir informaciones falsas, sino que puede lograrse también resaltando determinados hechos y silenciando otros.
Una parte puede concentrarse en las pérdidas humanas para suscitar empatía, otra en la magnitud de la destrucción para mostrar la fuerza de sus ataques o el daño infligido al enemigo, y una tercera en las negociaciones diplomáticas.
El efecto del encuadre mediático no se limita a la comprensión de los hechos, sino que puede influir en la empatía del público hacia las partes en conflicto y en su evaluación de sus actos.
En un estudio publicado en 2026 en la revista Research & Politics, los investigadores Colby Hanson y Angelina Konitskaya realizaron dos experimentos con 1.200 adultos estadounidenses para averiguar cómo influye la forma de presentar los conflictos armados en las actitudes del público.
Los investigadores presentaron a los participantes descripciones de conflictos hipotéticos, modificando el enfoque con el que se exponían los acontecimientos sin alterar los hechos. Los resultados mostraron diferencias significativas en la empatía de los participantes hacia las partes en conflicto y en su evaluación de la legitimidad de sus actos, que en algunas comparaciones alcanzaron decenas de puntos porcentuales.
En la cobertura periodística, este efecto puede apreciarse desde la elección del titular. No es lo mismo anunciar que una fuerza militar ha recuperado posiciones cerca de Bab el-Mandeb que afirmar que ya controla el propio estrecho. En el segundo caso, el titular puede sugerir algo que va más allá de la información disponible.
La diferencia de enfoques se aprecia al comparar la cobertura de la cadena 'CNN' y del diario israelí 'Jerusalem Post' del primer mensaje atribuido al líder supremo iraní, Mojtaba Jameneí, tras asumir el cargo el pasado marzo.
La cadena 'CNN' optó por el titular: "La primera carta atribuida al líder supremo iraní deja una pregunta importante sin respuesta", mientras que el diario 'Jerusalem Post' tituló así su cobertura: "Errores en la primera carta de Mojtaba Jameneí dictada por la Guardia Revolucionaria suscitan dudas sobre su estado".
Aunque ambos medios abordaban el mismo mensaje, el ángulo fue distinto. 'CNN' se centró en las preguntas que la carta dejaba sin respuesta, mientras que 'Jerusalem Post' destacó los errores que, según afirmó, contenía y los vinculó al papel que se atribuía a la Guardia Revolucionaria en su elaboración, y a las dudas que eso podría suscitar sobre el estado de salud de Jameneí.
La comparación muestra cómo la elección del titular puede dirigir la atención del lector hacia aspectos distintos del mismo hecho y pone de relieve la importancia de diferenciar entre los datos comprobados y las inferencias o aseveraciones que aportan las fuentes.
Pero los medios no son los únicos que determinan cómo entendemos las noticias; nuestras convicciones previas también influyen en lo que elegimos seguir y en cómo lo interpretamos.
En un estudio publicado en 2020 en la revista Mass Communication and Society, con 858 participantes en Estados Unidos y el Reino Unido, los investigadores concluyeron que el "sesgo de confirmación" (confirmation bias), es decir, la tendencia a elegir noticias que coinciden con las posturas previas, fue uno de los factores más influyentes en la selección de contenidos.
El efecto de las convicciones no se limita a la elección de las noticias, sino que alcanza también a la percepción de su neutralidad, en lo que se conoce como "efecto de los medios hostiles" (hostile media effect): personas con posiciones enfrentadas pueden llegar a ver la misma cobertura como sesgada en contra de la parte a la que apoyan.
En un estudio publicado en 2022 en la revista PLOS ONE, con 985 participantes, los investigadores hallaron que los individuos eran más propensos a percibir sesgo en los artículos que contradecían sus orientaciones políticas.
Y si las convicciones del público influyen en cómo se interpretan las noticias, las partes enfrentadas pueden tratar a su vez de moldear esa interpretación mediante los relatos que difunden sobre el desarrollo de la guerra.
Las versiones contradictorias no surgen solo en las redacciones, sino que pueden partir de las propias declaraciones y comunicados de los bandos en conflicto. Cada parte puede anunciar bajas en el bando contrario o avances sobre el terreno difíciles de verificar de inmediato, antes de que esas afirmaciones se difundan a través de los medios y las plataformas digitales.
Sin embargo, es importante distinguir entre la discrepancia que se debe a la dificultad de acceder a la información en un contexto de guerra y la difusión deliberada de relatos incompatibles para lograr objetivos propagandísticos.
Ali Maki explica que la propaganda tradicional busca convencer al público de una versión concreta, pero que la multiplicación de fuentes de información en la era digital ha hecho mucho más difícil controlar el flujo informativo.
En este contexto, se refiere a lo que denomina una "estrategia de ruido informativo", a la que puede recurrir una parte cuando es incapaz de imponer su relato y opta en su lugar por socavar la confianza en las narrativas rivales.
Según el doctor Maki, esta estrategia puede tener éxito a la hora de sembrar duda e incertidumbre, incluso si el público no llega a aceptar el relato que promueve ese mismo actor.
Añade que la inteligencia artificial ha añadido una nueva dimensión a la propaganda en las guerras contemporáneas, al hacer posible la producción de imágenes y vídeos de gran realismo que resulta difícil distinguir del material original.
A su juicio, el peligro no reside solo en la difusión de contenidos falsos, sino también en el efecto que tienen sobre la confianza del público en los materiales auténticos. A medida que aumenta la capacidad de generar imágenes y vídeos sintéticos, se hace más fácil poner en duda documentos reales y acusarlos de manipulación, incluso cuando recogen hechos que han ocurrido.
El académico Ali Maki considera que para responder hay que distinguir entre persuasión e influencia: la primera implica cambiar lo que una persona cree o considera cierto, mientras que la segunda abarca también su comportamiento, sus actitudes o su nivel de confianza en las instituciones.
En su explicación, el éxito de la propaganda no se mide solo por la capacidad de una parte para lograr que el público adopte su relato y lo defienda, sino también por los cambios que provocan los mensajes difundidos en la conducta de las personas.
Puede que un individuo no se convenza de ninguna de las versiones enfrentadas, pero llegue a un punto de agotamiento y escepticismo.
Maki describe una de las posibles consecuencias de esta situación como "dejar de seguir las noticias", cuando la persona pierde la confianza en su capacidad para distinguir entre relatos rivales y opta por dejar de seguirlos en lugar de abrazar uno de ellos.
La evaluación de este impacto se extiende más allá de la propia guerra, mediante el seguimiento de los cambios en las posturas y el comportamiento del público y en su grado de satisfacción con el desempeño de los actores implicados, en lugar de limitarse a preguntarle si ha creído o no una versión concreta.
En definitiva, la abundancia de información no garantiza que la imagen sea nítida. Entre noticias que se suceden sin pausa y relatos que se contradicen, el lector puede encontrarse con más detalles, pero con menos capacidad para determinar qué ha ocurrido de verdad.
Si el desacuerdo persiste, el resultado puede ir más allá de la dificultad para entender una guerra y traducirse en una pérdida de confianza en la información misma, hasta el punto de dejar de seguir la actualidad.
Y la desinformación no siempre necesita convencer a la gente de una versión falsa; a veces basta con sembrar dudas sobre todas las versiones para que desaparezca la verdad y, con ella, la confianza.