Reflexiones sedinianas - La Tercera

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Jaime MañalichPor Jaime Mañalich28 JULIO 2026

Hay un momento en que una persona deja de pertenecerse; cuando cruza —por ambición, por accidente, empujada por una causa que no eligió— el umbral que separa la vida privada de la pública. Y lo que encuentra es una transformación de lo que significa ser uno mismo.

En privado, se permite la contradicción. Cambiar de opinión sin rendir examen, dudar en voz alta, ser distinto los lunes que los sábado. La intimidad tolera la inconsistencia porque nadie lleva registro. En público, en cambio, todo queda archivado. La coherencia deja de ser una virtud opcional y se convierte en una exigencia física: hay que ser reconocible, sostenible en el tiempo, legible para quienes no tienen ni contexto ni paciencia para matizar. Hannah Arendt lo dijo: en el espacio público uno no simplemente es, sino que se muestra. Y mostrarse obliga a elegir, a componer, a dejar cosas afuera. Incluso a una decisión entre modelos de ética, como sostenía Max Weber, de responsabilidad o de convicción.

De ahí nace la primera vicisitud del tránsito: el extrañamiento. Quien entra en la vida pública tarde o temprano se topa con una versión de sí mismo —construida y narrada por otros, resumida en un titular o en un clip— que no coincide con lo que sabe de sí. Esa distancia puede vivirse como una oportunidad de conocerse desde un ángulo nuevo. Pero rara vez se vive sin dolor.

La segunda vicisitud es la pérdida del propio relato. En privado, cada uno narra su historia con cierta autoridad; puede explicar por qué hizo lo que hizo. En público, otros deciden qué parte se vuelve noticia y cuál queda en la sombra. Es aprender que el propio nombre, en la esfera pública, pertenece solo en parte a quien lo lleva.

Esta máscara pública no es hipocresía; es un oficio que se aprende. El problema es qué hacer cuando esa adecuación deja de ser posible sin traicionarse. Ahí el tránsito se vuelve tragedia.

Entre el ingenuo que cree que basta con ser “auténtico” para sobrevivir en público —y que termina expulsado por no aprender el idioma del nuevo espacio— y el cínico que abandona por completo al yo privado y convierte cada gesto en cálculo, existe una tercera posibilidad: aprender las convenciones de lo público sin olvidar para qué sirven.

El tránsito no solo desgasta: también revela. Nadie sabe del todo de qué está hecho hasta que lo exponen. La presión, el escrutinio, la exigencia de sostenerse bajo la mirada ajena sacan a la luz fortalezas y fragilidades que se mantenían dormidas. Quien vuelve a la vida privada después de haber transitado la pública no es la misma persona que salió. Sabe algo sobre el poder, sobre los otros y sobre sí misma que solo se aprende cruzando esa frontera.

Ese conocimiento tiene un precio que no se negocia de antemano. El tránsito se hace sin mapa. Y si existe alguna preparación posible para atravesarlo sin perderse, es haber pensado qué es exactamente lo que uno no está dispuesto a entregar cuando llegue el momento de cruzar.

Por Jaime Mañalich, exministro, Clapes UC

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