Podría haber usado el nombre de Michael Landon como un atajo. Pero Jennifer Landon tenía otros planes para su carrera y para su vida. Después de más de 20 años en la industria, la hija de una de las leyendas más queridas de Hollywood logró conquistar a los fanáticos de Yellowstone y alcanzar la fama masiva con Teeter, la peona texana de voz áspera y carácter indomable. Después llegó el momento de Grey’s Anatomy, la exitosa serie hospitalaria que ya es un clásico de la televisión, y un poco antes Brothers, la comedia negra protagonizada por Josh Brolin, Brendan Fraser y Peter Dinklage. Incluso hoy en día, muchos no la relacionan con la estrella de La familia Ingalls. Ella, por su parte, prefiere, cuando no trabaja, moverse muy lejos de los reflectores.
Jennifer nació el 29 de agosto de 1983 en Malibú, fruto del matrimonio entre Michael Landon y Cindy Clerico, una maquilladora que fue parte del staff de La familia Ingalls durante los últimos años de la serie. Fue la menor del clan Landon, una familia numerosa compuesta por el famoso patriarca, su mujer, dos exesposas y nueve hijos. Cuando se sumó a la familia, Michael Landon ya había marcado a generaciones enteras con Bonanza, La familia Ingalls y Camino al cielo.
Mientras Michael Landon era una de las caras más populares de la televisión, Jennifer pasó sus primeros años de vida entre estudios de grabación y sets de filmación. Incluso, aunque todavía era muy pequeña para pensar en su futuro, vivió su primera experiencia frente a cámara de la mano de su papá. Tenía cinco años, una melena dorada y una sonrisa que le ocupaba toda la cara cuando le dieron un pequeño papel en un capítulo de Camino al cielo. “Tengo muy buena memoria. Creo que estaba muy nerviosa porque estoy casi segura de que tenía diarrea y de que llegué tarde al set”, contó entre risas en una entrevista que le concedió a la revista Smashing Interviews. “Había otros chicos y para ellos actuar era su trabajo. Yo no era una actriz infantil”, explicó.
Con el paso de los años, la actriz encontró una forma muy simple de explicar aquel debut y de quitarle el peso al privilegio que tuvo por llevar el apellido Landon. “Mi papá quería poner a su hija en un capítulo y podía hacerlo. Siempre digo que si tu padre tiene una fiambrería lo más probable es que tu primer trabajo sea allí. Pero la dimensión cambia cuando hay mucha gente que también quiere ese trabajo”. La actriz siempre habló con naturalidad de su legado y su lugar de privilegio, aunque con la construcción de su carrera dejó en claro que si bien su apellido le abrió una primera puerta, siempre sostuvo que no era suficiente para mantenerse en pie.
Dos años después de su primera aparición en la pantalla, la vida de Jennifer cambió para siempre: el 1° de julio de 1991 Michael Landon murió como consecuencia de un cáncer de páncreas. Tenía 54 años y su partida temprana provocó una profunda conmoción en la industria del entretenimiento y entre los millones de espectadores que habían crecido con su imagen todas las semanas en televisión. Jennifer tenía apenas siete años.
“Era increíblemente divertido y muy gracioso. Era todo lo que uno había oído. Le tenía mucho respeto. Nunca tenía que enfadarse porque era imposible hacerlo enojar, lo cual era genial”, dijo sobre su padre. Entre todos los recuerdos que conserva, Landon compartió uno que resume mejor que cualquiera el humor y el amor con el que crio a sus hijos y que sucedió durante un viaje de esquí del que también participó una amiga de Jennifer.
“Papá nos despertó y dijo: “¡Vamos! ¡Vámonos!”. Nos puso el equipo de esquí, bajamos, abrió la puerta del patio y la nieve me llegaba hasta la cintura. Con tres o cuatro años, no sabía qué tan alta era, pero salí y toda la nieve fresca era rosa... completamente rosa. Había tomado polvo de frutilla Nestlé Quik, que era mi comida favorita en el mundo y que mi madre me prohibía, y había cubierto todo el patio con eso. Nos llevó a las dos afuera, con la nieve rosa hasta la cintura, con cucharas, y nos la comimos. Ese fue uno de los momentos más especiales de mi vida. Fue mágico”, recordó. “Si alguien hiciera algo así por mí ahora, pensaría: ‘Esa persona realmente me quiere’. No creo que nadie haya hecho jamás algo que requiriera semejante esfuerzo”, sumó.
Cuando Landon murió, a Jennifer le tomó mucho tiempo darse cuenta de lo famoso que era. “No tenía ni idea. De alguna manera, hay algo misterioso en esa persona. Sé que todos los padres son misteriosos para sus hijos, pero siento que las personas que están en el ojo público tienen esa cualidad esquiva”, analizó. Y si bien admitió que casi nunca mira televisión, hay una excepción: si alguna vez encuentra un episodio de La familia Ingalls, se queda frente a la pantalla por varios minutos. “Me hace sentir muy bien. Si perdés a un padre que no es una figura pública, quizás te quedan fotos o videos caseros. Yo puedo sentirme cerca de él igual que cualquier persona que lo admiró: simplemente encendiendo la televisión”.
Sin embargo, la actriz admitió que crecer con un padre convertido casi en un mito también tuvo sus contradicciones. “A veces, mientras crecía, quería escuchar algo malo sobre él. Yo también tengo mis defectos y mis rarezas, y muchas veces siento el peso de la genética. Sé que era una gran persona, pero también quería saber cómo era en sus aspectos menos perfectos. Creo que eso les pasa a muchos hijos que perdieron a sus padres”, concluyó.
“Mi verdadero comienzo fue cuando estaba en la Universidad de Nueva York. Un viejo amigo trabajaba en Lionsgate; me presentó a un representante y empecé a trabajar enseguida. Tuve mucha suerte”, confió Landon en 2017.
Mucho antes de eso, descubrió que quería seguir los pasos de su papá gracias a dos recuerdos muy nítidos de su infancia. El primero ocurrió durante el cumpleaños de una amiga, donde todos los chicos podían elegir un personaje de La Sirenita. Mientras las demás niñas peleaban por el papel de Ariel, ella optó por Úrsula, la villana. “No quería saber nada con Ariel. Me parecía el personaje más aburrido de todos. Recuerdo que la gente se reía de verdad. Sentí que algo se encendía”, recordó.
El segundo episodio fue incluso anterior. Tenía cuatro o cinco años cuando participó de una función de ballet. Desde el escenario vio que el público parecía distraído y tomó una decisión inesperada: aflojó deliberadamente el nudo de su pollera para que comenzara a caerse durante la presentación. “Sabía perfectamente cómo solucionar el problema y seguir bailando, pero no lo hice. Exageré toda la situación y la gente se moría de risa. Ahí pensé: ‘Me encanta entretener a la gente’”.
Con esa certeza, Landon comenzó, de a poco, un recorrido que estuvo lejos de los grandes golpes de efecto. Su primer gran reconocimiento llegó gracias a As the World Turns, la histórica telenovela de CBS. Allí interpretó a Gwen Norbeck Munson, un personaje que le valió tres premios Emmy Diurnos consecutivos como mejor actriz joven en una serie dramática, una distinción que muy pocos intérpretes consiguieron. Después llegaron participaciones en producciones como The Young and the Restless, Dr. House, Banshee, Chicago Med, Animal Kingdom, Days of Our Lives y FBI: Most Wanted, lo que la consolidó como una cara reconocible dentro de la pantalla chica.
En 2020 apareció la oportunidad que terminaría por cambiar su relación con el público. El director de casting John Papsidera la convocó para una audición para Yellowstone, el exitoso drama creado por Taylor Sheridan. “Dos de los trabajos más importantes que conseguí llegaron gracias a él. Fui a una audición, hice la prueba y listo. O conseguís el papel o no. Es muy distinto de esos procesos interminables con ocho castings”, contó a Decider.
Para la prueba recibió apenas dos páginas del guion y una breve descripción del personaje. Lo que más le llamó la atención fue que todos los diálogos de Teeter estaban escritos fonéticamente para reflejar su particular forma de hablar. “Mi preparación cambia con cada personaje, pero para esa audición pasé dos horas mirando fotos de vaqueras y mujeres que trabajaban en ranchos hasta sentir que encontraba algo en mi cuerpo”, explicó.
Pero aún había un problema: Teeter, su personaje, debía montar a caballo con absoluta naturalidad, y Jennifer no se subía a uno desde que tenía siete años. Motivada por el deseo de quedarse con el papel, decidió correr el riesgo: cuando le preguntaron si sabía montar, respondió que sí. “Supongo que esa mentira funcionó y después tuvimos que resolver el problema”, reconoció entre risas durante una entrevista con CBS Sunday Morning.
El aprendizaje fue intenso, pero dio resultado. Su interpretación de la vaquera de pelo rosa, leal y trabajadora se convirtió en uno de los personajes favoritos de los seguidores de la serie. “Yellowstone es increíble. Soy una actriz que trabaja duro. Cada proyecto es un trabajo por el que luchás. Después de tanto esfuerzo, conseguir algo así y trabajar con Taylor Sheridan y con actores de este nivel era una decisión obvia”, señaló. “No sé si volveré a audicionar para un personaje tan genial como ese en toda mi vida. Y, sinceramente, no me importa”, se sinceró de inmediato.
Después de cinco temporadas en el lejano oeste, a Landon le llegó el momento de despedirse del universo Dutton. Poco después se incorporó a Grey’s Anatomy, otra de las ficciones más populares de la televisión estadounidense. “Llego un poco tarde, pero espero que hayan disfrutado conociendo a la doctora Toni Wright tanto como yo disfruté interpretándola. Aprender sobre medicina de médicos y enfermeras reales fue genial”, escribió en sus redes sociales después de su debut en Grey’s Anatomy.
Un poco antes, Landon fue parte del elenco de Brothers (2024), una comedia negra protagonizada por Josh Brolin, Brendan Fraser y Peter Dinklage.
Fuera de los sets, Landon mantiene un perfil bajo. Nunca hizo de su vida sentimental un tema público y prefiere mantener sus relaciones lejos de los medios. En cambio, disfruta hablar de las cosas más simples: se define como una caminante compulsiva y sus perros son sus grandes compañeros en el día a día. “Puedo caminar kilómetros y kilómetros”, aseguró y contó que no ve demasiada televisión porque se pasa el día limpiando lo que ensucian sus “perros babosos”.
Su gran fantasía, incluso, no tiene nada que ver con Hollywood: le gustaría ganar el dinero suficiente como para abrir un restaurante que apenas cubra los gastos. La idea es que funcione como un club gastronómico donde, junto con un amigo de Alabama, pueda sentarse a conversar con personas interesantes. “Las entrevistamos durante quince minutos. Si después queremos seguir hablando con ellas, pasan a formar parte del club”, explicó entre risas.
La idea nació de una sensación muy personal sobre Los Ángeles. “Tiene lugares hermosos y comida excelente, pero también está llena de gente horrible. Yo solo quiero crear un lugar con buena comida y gente que me guste, dejando afuera a los snobs. No los soporto”, explicó.