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Siempre he pensado que una de las bendiciones de mi oficio de publicista es la oportunidad de saltar de un mundo a otro en horas. Trabajo por la mañana para un banco, por la tarde aprendo lo que puedo sobre bebidas fermentadas sin alcohol, y al día siguiente me familiarizo con el mercado de la energía.
Por eso me sorprende la insistencia de los medios, y de buena parte de la intelectualidad, en denostar y advertir contra la superficialidad del mundo digital en sus múltiples variantes. Hemos decidido que la profundidad es una virtud moral, mientras que la superficie se ha convertido en un insulto.

Yo identifico el conocimiento superficial que permite mi oficio con la posibilidad de una mirada amplia que ayuda a conectar conceptos alejados entre sí, que es a lo que me dedico. Y con la curiosidad, que es lo que me mueve.
Y lo agradezco porque nuestro sistema tiende a convertirnos en especialistas inevitablemente: habitantes de una pequeña profundidad. No hay alternativa a la especialización en un mundo en el que el conocimiento desborda cualquier mirada general. A esa fragmentación del saber le debemos nuestro extraordinario progreso.
Pero lo que nos rodea es complejo, paradójico, caótico, y es un privilegio contar con una ventana al mundo en su ilimitada grandeza. La información inabarcable y aleatoria del scroll reproduce de algún modo el infinito que nos rodea y que internet ha transparentado. La profundidad facilita, simplifica, hace posible el avance, pero nos hurta, como a niños pequeños, la auténtica dimensión excesiva e inmanejable de la realidad –es pertinente recordar a Javier Gomá cuando nos advierte que la democracia liberal nos trata como adultos, y los regímenes totalitarios, como menores de edad–.
Todos solemos tener unos pocos intereses, y unas pocas habilidades o pasiones, y conscientemente o no profundizamos en ellas. Cuando estás concentrado (profundizando) tener esa ventana a lo de fuera te lleva a encontrar conexiones con lo que estás buscando. Como cuando tu mujer está embarazada y el mundo se llena de mujeres embarazadas, casi todo lo que descubres suele tener alguna relación con lo que persigues. Profundidad y superficialidad se retroalimentan.
Lo que la era digital nos permite es la coexistencia de ambas miradas, de ambas formas de conocimiento. Es un nuevo espacio mental.
No todo lo nuevo es leve, y lo clásico hondo. La radio como la entendemos desde hace décadas sería la versión epidérmica del podcast que nos ha traído la nueva era. El libro, epítome de la cultura de la profundidad, siempre ha sido minoritario. La digitalización de los canales ha permitido nuevos formatos, como la newsletter o el documental de 15 minutos, herederos benéficos de ese mundo fragmentado que no nos tortura con libros de 200 páginas o películas de dos horas, algo que Borges hubiera aplaudido. Lo superficial es a veces breve. O sea, mejor.
Le debo a Carlos Pérez, querido y talentosísimo colega argentino, el descubrimiento de la visión de Alessandro Baricco sobre el tema. Me interesa su intuición acerca de esa nueva era superficial como una búsqueda deliberada, un deseo colectivo de menos jerarquía, menos intermediarios, más velocidad, más accesibilidad, menos solemnidad, más juego: “La idea de profundidad era una categoría ligada a la civilización romántica... Nosotros somos la civilización que ha interrumpido el culto de la profundidad”.
Hace un tiempo descubrí la maravillosa historia del Building 20, construido para albergar el Radiation Laboratory del MIT durante la Segunda Guerra Mundial. Un edificio provisional que siguió abierto hasta 1998, albergando a grupos e investigadores que no encontraban lugar en otros edificios: lingüistas junto a ingenieros electrónicos, físicos junto a psicólogos, estudiantes junto a profesores, en una acumulación casi accidental. De esa promiscuidad surgió un volumen desproporcionado de innovación. Lo que me lleva a la conocida reivindicación de Jorge Wagensberg de los bares de las universidades, donde se encuentran las personas que no tenían previsto encontrarse. O a la definitiva frase de Paul Valéry: “Lo más profundo es la piel”.