Hugo Conde Carretero
02/08/2026 a las 00:07h.
Ahora me encuentro frente al edificio levantado sobre el solar donde estuvo la casa de mi infancia. Una densa niebla me envuelve sin razón aparente. La tarde declina; el cielo del invierno, antes intensamente azul, se vuelve oscuro y triste. Se encienden las primeras farolas y, tras los cristales, comienzan a aparecer luces cálidas y sombras fugaces.
Entonces, un anciano se acerca al portal, abre la puerta y desaparece en el interior. Su figura me estremece porque despierta un recuerdo que vuelve a mí una y otra vez, como un sueño del que nunca consigo despertar.
Viví mis primeros cinco años en la tercera planta de un viejo caserón del Portón de Tejeiro. En invierno el frío se colaba por todas partes. Aún recuerdo la humedad de las sábanas y la luz ocre de la bombilla que colgaba del alto techo del dormitorio. Mamá no apagaba la luz hasta asegurarse de que dormía. Cuando las pesadillas me despertaban, acudía enseguida, me abrazaba y conseguía que venciera el miedo.
Con nosotros vivían mi padre, mi abuela Nieves y mi tía Rita.
La abuela Nieves era diminuta, alegre e ingeniosa. Había quedado viuda poco antes y todavía vestía de luto. Me sentaba sobre su regazo para contarme historias antiguas y cuentos maravillosos. Algunos domingos preparaba unas rosquillas cuyo aroma llenaba toda la casa.
Mi tía Rita trabajaba como taquillera en un cine y regresaba muy tarde. Me quería como al hijo que nunca tuvo. Besaba mis mejillas con tanta fuerza que las dejaba marcadas por el carmín de sus labios. Era divertida, imaginativa y capaz de llenar la casa de risas. Años después la vida la hizo muy desdichada.
Mi padre era un hombre trabajador, serio y poco dado a las muestras de afecto. Apenas hablaba y delegaba mis cuidados en los demás.
Yo los quería a todos, pero el centro de mi universo era mi madre. Ella era mi refugio. Sin embargo, casi todas las noches soñaba que se alejaba por el largo pasillo de la casa hasta perderse entre las sombras, dejándome solo. Aquella pesadilla regresaba una y otra vez.
La casa era vieja, pero hermosa. Detrás tenía una estrecha galería repleta de geranios que cuidaba la abuela Nieves. En primavera el aire se llenaba de perfume. Mi tía tocaba el piano y todas las mañanas sonaban discos de música clásica en el tocadiscos; por las tardes escuchábamos seriales en una antigua radio. Aquel mundo era pequeño, pero para mí contenía todo cuanto existía.
Un día mi madre viajó a Madrid. Pasaron varios días sin verla y el miedo volvió a apoderarse de mí. Llegué a creer que mi pesadilla se había hecho realidad y que nunca regresaría.
Pero una madrugada mi padre me despertó con urgencia. Teníamos que salir hacia Madrid. Mi abuelo Mariano había muerto.
Viajamos durante toda la noche en el Seiscientos que acababa de comprar. Recuerdo el silencio de mi padre, las interminables curvas de la carretera, el paso por Despeñaperros y la inmensa llanura manchega iluminándose con las primeras luces del alba.
Mi abuelo había muerto con apenas sesenta años, en su humilde casa de Peña Grande, donde vivía con la abuela Bruna después de una vida marcada por la guerra, las persecuciones y muchas penalidades.
Regresamos a Granada con ella. Nadie hablaba durante el viaje. Todos llevábamos el dolor en el rostro.
La abuela Bruna se instaló con nosotros en la casa del Portón de Tejeiro. Sin embargo, apenas dos años después tuvimos que abandonarla. El edificio había sido declarado en ruinas y el Ayuntamiento ordenó su demolición.
Hoy, de aquella casa apenas quedan unas fotografías en blanco y negro y recuerdos cada vez más difusos. Poco a poco fueron muriendo todos los que la habían llenado de vida.
La abuela Bruna fue la primera. Después se marchó la abuela Nieves, casi centenaria. Aún recuerdo las lágrimas de mi padre durante su entierro, las únicas que le vi derramar en toda su vida.
La tía Rita terminó sus días sola, en una residencia. Yo iba a visitarla de vez en cuando, aunque nunca supe si todavía me reconocía.
El golpe más duro llegó con la muerte de mi madre. Falleció en el mismo hospital donde yo había nacido, cogida de mi mano. Nunca he conocido un dolor semejante. Durante mucho tiempo fui incapaz de perdonar al mundo que me la arrebatara tan pronto.
Dos años más tarde murió también mi padre y, con su muerte, la casa quedó definitivamente vacía.
Sin embargo, nunca desapareció del todo. A veces sueño que vuelvo a recorrer sus habitaciones frías, iluminadas apenas por los primeros rayos del amanecer. Oigo las voces de quienes la habitaron, siento el calor de sus abrazos y me pregunto si una parte de mí quedó para siempre entre aquellas paredes.
Unos días después regresé al lugar donde había estado nuestra casa. Ya había anochecido. El bloque de viviendas permanecía en silencio bajo una espesa niebla. Aproveché que el portal estaba abierto y subí lentamente hasta la tercera planta. Durante unos instantes dudé antes de llamar.
La puerta se abrió. Era mi abuela Nieves, que me abrazó llorando, como si hubiera estado esperándome durante muchos años. Entré y todo estaba allí, como si no hubiese pasado el tiempo. La abuela Bruna terminaba de poner la mesa. La tía Rita reía mientras contaba una de sus historias. Mi padre leía el periódico en su sillón, ajeno a todo. Desde la cocina apareció mi madre. Al levantar la vista y encontrarse con mis ojos, sonrió feliz. Corrí hacia ella y me abracé a sus faldas como cuando era niño.
Entonces recordé el miedo que tantas noches me había despertado y comprendí que seguía siendo el mismo niño que buscaba refugio en sus brazos. Con un hilo de voz le dije: «Mamá, tengo miedo. Por favor, duerme hoy conmigo».