
La deformación craneal fósil de Homo erectus y Homo floresiensis sugiere que sus bebés probablemente eran tan indefensos como los recién nacidos actuales, según la Universidad de Tokio. El hallazgo apunta a cuidados intensivos y a posibles formas de apoyo social en humanos arcaicos desde hace más de un millón de años.
La deformación de ciertos cráneos fósiles indica que esos individuos habrían atravesado una etapa neonatal con cuello débil, huesos craneales blandos y poca capacidad para mover la cabeza, según la investigación publicada en Proceedings of the Royal Society B: Biological Sciences.
El estudio lo dirigió Yousuke Kaifu, del Museo Universitario de la Universidad de Tokio, junto con un equipo de Japón e Indonesia. Según la University of Tokyo, los investigadores interpretan que esas deformaciones en la parte superior del cráneo conservan huellas de cambios ocurridos en torno al nacimiento o poco después.
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Kaifu explicó el método así: “Nuestro método busca cambios en la forma del cráneo, es decir, la parte superior del hueso, que ocurrieron alrededor del nacimiento o poco después y permanecieron en alguna medida hasta la adultez”. La investigación parte de una pregunta difícil de responder con el registro fósil habitual. Los restos de ancestros humanos arcaicos suelen aparecer fragmentados y rara vez pertenecen a bebés.

La señal central del estudio es la plagiocefalia deformativa y Kaifu lo describió así, según la University of Tokyo: “Hoy en día, esta es una condición común, llamada plagiocefalia deformativa. La forma de la cabeza se ve afectada porque el bebé permanece con frecuencia en la misma posición, según cómo lo sostienen o lo acuestan, y porque los músculos del cuello todavía son demasiado débiles para controlar la posición de la cabeza”.
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Ese cuadro resulta común en bebés humanos porque nacen menos desarrollados que otros grandes simios. Tienen músculos del cuello débiles, huesos craneales blandos y cerebros que siguen creciendo con rapidez después del nacimiento.
La hipótesis del equipo sostiene que, si una deformación de este tipo puede identificarse en un fósil y se descarta que provenga de una enfermedad o de procesos posteriores al enterramiento, entonces puede funcionar como un indicador de indefensión en la infancia. En ese razonamiento, la forma del cráneo conserva una pista sobre la vulnerabilidad física del recién nacido.

La idea tomó fuerza cuando Kaifu visitó en Indonesia, en 2007, el esqueleto de Homo floresiensis, una especie que vivió hace más de 50.000 años. Le llamó la atención la deformación del cráneo, que por la estructura de los huesos parecía haberse originado después del nacimiento.
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Para aclarar esa observación, consultó a un clínico de hospital, que identificó la causa y a partir de ahí reunió a un equipo de Japón e Indonesia para poner a prueba la hipótesis con comparaciones amplias.
El trabajo examinó tomografías computarizadas de 123 bebés actuales sanos de entre un día y 17 meses. También incluyó mediciones de cráneos humanos históricos de Japón, fechados entre unos 200 y 1.000 años atrás, con 385 individuos en total.
La comparación se amplió con cráneos de grandes simios, 996 ejemplares, y con fósiles humanos de Homo erectus y Homo floresiensis. En el primer caso se analizaron 5 fósiles y en el segundo, 1.
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Los resultados mostraron que los grandes simios, entre ellos chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes, quedan agrupados en un rango más estrecho de deformación craneal. Las muestras humanas, incluidos los fósiles, presentan una variación mucho más amplia en la forma de la cabeza.
Para el equipo, esa diferencia refuerza la idea de que los humanos arcaicos daban a luz a bebés menos desarrollados al nacer y más dependientes de la precaución de un adulto. La inferencia no describe de forma directa una conducta observada, pero sí abre una vía para reconstruir exigencias de crianza a partir del cráneo.
Kaifu subrayó el valor del hallazgo para Homo erectus: “Esto fue emocionante porque no sabemos mucho sobre el comportamiento de Homo erectus. Vivieron entre hace más de un millón de años y hace 110.000 años, y solo tenemos un registro arqueológico muy pequeño a partir de sus herramientas de piedra. Sin embargo, si daban a luz a bebés físicamente indefensos, entonces esto nos dice algo sobre su comportamiento, ya que habrían tenido que cuidar al bebé con la misma dedicación que nosotros”.
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El investigador añadió una posible consecuencia social de esa dependencia temprana: “Esto probablemente habría hecho necesarias algunas interacciones sociales, ya que habría sido difícil para la madre cuidar y proteger sola al recién nacido en ese entorno, donde también habría habido otros grandes depredadores”.
Otro resultado que sorprendió al equipo apareció en Homo floresiensis. Aunque su cerebro era mucho más pequeño y comparable en tamaño al de un chimpancé, su patrón no se acercó al de los otros grandes simios.
Según la Universidad de Tokio, el estudio sitúa la protección de los recién nacidos como una parte antigua de la historia humana. Esa carga de crianza pudo formar parte de la vida de nuestros antecesores al menos desde el ancestro común de Homo erectus y Homo floresiensis, hace más de 1 millón de años.
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