Decir que te gusta viajar ya no significa prácticamente nada. Es casi una obligación social, igual que presumir de la falta de tiempo o salir de la zona de confort. Basta echar un vistazo a cualquier aplicación de citas o a los perfiles de las redes sociales para comprobarlo. Entre una foto escalando, otra en un velero y un atardecer con unos reflejos dignos de un holocausto nuclear, hoy lo raro, y lo interesante, sería que alguien afirmara que no le gusta viajar.
Y eso que no hay otra actividad que en los últimos años se haya complicado tanto. Retrasos, colas, precios que cambian tres veces al día, reservas obligatorias para entrar en monumentos, playas, restaurantes o incluso senderos de montaña, un clima enloquecido, guerras y ventanillas de aviones que explotan. Hoy todos somos turistas pero decimos odiar a los turistas, igual que todos odiamos el algoritmo pero vivimos esclavos de sus sugerencias. De la humanidad no se pretende coherencia, o no existirían los gimnasios.
Pero hoy ya no basta con viajar. Hay que contabilizarlo y luego demostrarlo. Contar cuántos países llevamos tachados, compartir cada escapada, ir coloreando el mapa del mundo hasta convertirlo en una especie de currículum público. Tanto que, para algunos, eso se ha vuelto una misión. Son personas que han decidido convertir el viaje en una competición, cuyo objetivo final es visitar los 193 Estados reconocidos por Naciones Unidas.
Se trata de una pequeña tribu global que se cruza en Vanuatu, vuelve a coincidir en una remota región de Siria, intercambia consejos sobre cómo entrar en Corea del Norte o conseguir un visado para Turkmenistán y, cada cierto tiempo, se reúne para comparar pasaportes. La mayoría son profesionales con ingresos altos, trabajos flexibles o expertos en exprimir los programas de fidelización de las tarjetas de crédito.

Se organizan alrededor de plataformas como Most Traveled People o NomadMania, donde hay que subir fotografías con metadatos, sellos oficiales, billetes de transporte y cualquier otra prueba que permita validar la conquista de un nuevo país. Hace apenas unas semanas, 103 personas capaces de acreditar que habían completado la lista se reunieron cerca de Lisboa, ostentando el título de Grand Masters de los viajes. El estadounidense Charles Veley creó Most Traveled People en 2005 y hoy la plataforma divide el mundo en unas 1.500 regiones, porque haber pisado Moscú no puede equivaler a haber visitado Rusia. Y así el juego puede seguir más allá de las 193 banderas.
También proliferan otras formas competitivas de viajar como el tripmaxxing, una disciplina que trata las vacaciones como una hoja de Excel y considera un fracaso volver a casa con una tarde libre en la agenda, o los extreme day trips, viajes relámpago para desayunar en un país, comer en otro y dormir de vuelta en casa. Para algunos, viajar significa superar niveles, según el esquema típico de los videojuegos: objetivos, logros y porcentajes completados.
Esa lógica entre gamificación y cuantificación va más allá del ámbito viajero y lo que no puede medirse casi no existe o no interesa. Cuando en los noventa Nick Hornby construía novelas a partir de sus listas nos parecía un recurso brillante. Después llegaron BuzzFeed y su manía de ordenar el mundo en diez, veinte o cincuenta puntos, la cuenta de los libros en Goodreads, de las películas en Letterboxd, de los kilómetros en Strava, de las canciones en Spotify Wrapped. Al individuo digital ya no le basta con hacer listas. Necesita convertirlas en coleccionables. Y si antes se coleccionaban objetos, ahora lo mismo se hace con experiencias e incluso países.
Así, mientras estas plataformas para viajeros competitivos consideran que salir del aeropuerto, cruzar una frontera por carretera estando despiertos es suficiente para incluir un país a la colección, la pregunta es: ¿cuándo puede decirse que uno ha visitado un país? A mi abuela no le gustaba viajar, pertenecía a una generación que podía permitirse admitirlo, y solía decir que para saber que en el polo Norte hace frío no hace falta ir hasta allí.

Tampoco es eso, pero si viajar fuera solo pisar suelo ajeno por un instante, comprobar datos o confirmar los prejuicios con los que uno salió de casa, volver de Venecia diciendo que está llena de turistas o que es incómoda para arrastrar una maleta equivaldría a conocer Venecia.
Por supuesto, también quedan viajeros que conocen la diferencia entre viajar y conocer. La periodista y escritora de viajes Elena Ortega, en librerías con Ruta 61. Un viaje por la América que inspira, está a punto de alcanzar los cien países visitados. Lleva la cuenta, sí, y reconoce incluso que mantiene una pequeña competición con un amigo; no tiene ningún interés en fingir que el número le resulta indiferente. “He viajado a un total de 99 países. Llevo la cuenta por curiosidad, pero como una especie de currículum vivencial, no como una meta.”
Tampoco siente ninguna necesidad de completar los 193 países. “No sé si algún día lo haré porque hay destinos que no me llaman la atención. A veces me apetece conocer lugares nuevos; otras, simplemente quiero regresar a los que ya conozco. Volver también permite descubrir cómo han cambiado esos lugares y cómo ha cambiado uno mismo.”
Mucho antes de que la gente empezara a acumular banderitas en las biografías digitales ya había quien obligaba a los amigos a soportar una velada de diapositivas al volver de las vacaciones. Ortega coincide en que las redes han acelerado la “necesidad de demostrar que has visitado esos sitios”, pero ve consecuencias peores: “Hoy hay turistas que llegan a un lugar con la lista de fotos que quieren replicar porque las han visto en redes y se permiten comportamientos irrespetuosos que hace unos años habrían parecido impensables”, explica.
Si para muchos viajar se ha convertido en una búsqueda de recompensa y reconocimiento, el reto de los 193 países es solo la versión más extrema de una lógica cuantitativa muy extendida y poco interesada a la calidad. Aun así, asegura Ortega, las mismas redes que han contribuido a crear ese ejército de quiero y no puedo o de puedo pero no valoro, también “han servido para descubrir pequeños negocios familiares, despertar la curiosidad por otros países y animar a muchas personas a viajar a lugares menos turísticos, donde uno acaba desprendiéndose de muchos prejuicios.” Es decir, volver diferente, que sería el objetivo principal del viaje. La pregunta que hoy habría que hacerse es: ¿viajaríamos igual si supiéramos que nunca podremos contárselo a nadie?