ONU: las escaleras eléctricas deben funcionar

calendar_today 22.09.2026 - person  - timer ~4 Minutos

En septiembre de 2025, la escalera eléctrica de la sede de Naciones Unidas se detuvo en el momento exacto en que Donald Trump subía a pronunciar su discurso ante la Asamblea General. Minutos después falló el teleprompter.

Trump convirtió el percance en alegato: de la ONU solo había recibido una escalera descompuesta y un aparato mudo. La humorada era un diagnóstico involuntario. Un año después, la ONU decide quién tendrá la tarea de volver a poner en marcha la maquinaria.

La sucesión de António Guterres entró en su fase decisiva. El Artículo 97 de la Carta establece que la Asamblea General nombra a la persona titular de la Secretaría General por recomendación del Consejo de Seguridad, donde reside el poder real: se requieren nueve votos afirmativos y ningún veto de los cinco miembros permanentes —Estados Unidos, Rusia, China, Reino Unido y Francia—.

Los sondeos informales o straw polls miden el terreno con votos que alientan o desalientan candidaturas; en la fase final, las papeletas de las potencias con veto se distinguen por su color. Ahora se aproxima ese instante en el que el veto abandona el anonimato.

El tercer sondeo, celebrado el 18 de septiembre, dejó a Rebeca Grynspan al frente con nueve alientos, el umbral exacto de la recomendación, aunque con cinco desalientos que nadie puede leer como detalle menor. La guyanesa Carolyn Rodrigues-Birkett la sigue de cerca con buena imagen, sin experiencia ejecutiva. Su fortaleza es ser inocua.

El caso a favor de Grynspan no descansa en los argumentos más repetidos, aunque sean legítimos. Que el turno corresponde a América Latina y el Caribe tras un asiático y un europeo, y que nueve hombres consecutivos en ocho décadas constituyen una anomalía que el 61 por ciento de la ciudadanía mundial quiere corregir (United Nations Foundation, 2026), son verdades sin fuerza normativa. La Carta no impone cuotas y el veto prima sobre la costumbre.

El argumento que deben sopesar quienes marcan desalientos es otro: Grynspan es la opción de mejor valor estratégico para cada una de las cinco potencias. Negoció con Moscú, en plena guerra, las salvaguardas de exportación de alimentos y fertilizantes del mar Negro, y el Kremlin reconoció ese pragmatismo.

Los informes de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) sobre la devastación en Gaza le ganaron credibilidad ante el G77 y el Grupo Africano sin convertirla en figura de confrontación. Beijing, que exige compromiso con el desarrollo sin condicionalidad política, encuentra en ella a una interlocutora que habla ese lenguaje —y en Costa Rica, al primer país centroamericano que estableció relaciones diplomáticas con la República Popular China—.

Su agenda de alivio de deuda y reforma de los bancos multilaterales habla el idioma del Sur Global sin activar las alarmas de Washington. A diferencia de Rafael Grossi, cuya gestión al frente del organismo nuclear detonó tensiones con miembros permanentes, la costarricense no carga hipotecas geopolíticas.

Su propuesta tampoco es continuidad ni ruptura. Frente a la diplomacia de denuncia moral que caracterizó a Guterres ante un Consejo paralizado, Grynspan ofrece mediación preventiva y una reforma orientada al terreno antes que a los organigramas de las sedes. Es exactamente el reequilibrio que un sistema en crisis de liquidez, con la Agenda 2030 estancada y sin gobernanza para la inteligencia artificial, puede permitirse sin traumas.

Conviene decirlo sin rubor: nada garantiza el desenlace; puede haber caballo negro o posponerse la decisión sin relevo. La historia enseña que los vetos cruzados producen candidaturas de compromiso —Pérez de Cuéllar en 1981, Ban Ki-moon en 2006—, y ese proceso de descarte podría llevarse por delante el turno regional y la primera mujer al mismo tiempo.

Quienes hoy desalientan deberían calcular el riesgo: bloquear a Grynspan no consigue un candidato mejor, sino una ruleta en el peor momento del multilateralismo desde la Guerra Fría, justo en el octogésimo aniversario del organismo. Para América Latina, zona de paz consagrada desde Tlatelolco, la lección de la fragmentación que hundió a Bachelet es clara: la región solo pesa cuando converge.

Grynspan lo formula con precisión: todo mediador sabe que diez ideas pueden fracasar antes de que la undécima funcione, y el mayor riesgo hoy para la ONU es el de no intentarlo. Trump encontró una escalera detenida y la usó para el sarcasmo.

La disyuntiva del Consejo de Seguridad es elegir a alguien que se dedique a lamentar la avería o a quien ha demostrado, en el mar Negro y en los pasillos del sistema, que sabe hacer funcionar las escaleras.

Lectura sugerida: “Gobernar el mundo. Historia de una idea desde 1815” de Mark Mazower (Barlin).

Gracias, LGCH.