
“Yo sólo quiero decir que estoy navegando con el rock y regresaré como en el Día de la Independencia con Jesús, el 6 de junio, al igual que en la película, con grandes naves nodrizas y todo. Regresaré”, fueron las últimas palabras de Aileen Wuornos antes de recibir la inyección letal en la Prisión Estatal de Florida la mañana del 9 de octubre de 2002. La noche anterior había rechazado la tradicional oferta de una comida especial para su última cena como condenada a muerte y se había conformado con una taza del aguachento café negro de los guardiacárceles.
Hacía meses que “La Mujer Araña” pedía que la ejecutaran de una vez por todas. “Maté a esos hombres, les robé tan fría como el hielo. Y también lo haría de nuevo. No hay ninguna oportunidad en mantenerme viva o algo así, porque mataría de nuevo. Tengo odio arrastrándose por mi organismo… Estoy tan harta de escuchar esa cosa de ‘está loca’. He sido evaluada tantas veces. Soy competente, cuerda, y estoy tratando de decir la verdad. Soy alguien que odia en serio la vida humana y mataría de nuevo…”, decía la carta que presentó ante la Corte Suprema de Justicia de Florida a fines de 2001. Después de eso, el gobernador de Florida, Jed Bush, se interesó por esa mujer que pedía a gritos que la mataran y ordenó que se le hicieran pericias psicológicas para descartar que estuviera “loca”. La encontraron penalmente responsable.
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Para entonces llevaba casi una década en el pabellón de la muerte, condenada seis veces a ser ejecutada con la inyección letal por el asesinato de otros tantos hombres. Quería terminar de una vez con su vida y no era solo porque no toleraba vivir entre rejas: estaba cansada de una existencia marcada por el abandono de sus padres, los abusos sexuales de su abuelo –a quién en la infancia creyó su padre-, la pulsión irresistible de matar a los hombres que la requerían como prostituta y la traición de su pareja, una mujer por la que se sintió amada y terminó entregándola a la policía. La atormentaba también una imagen recurrente que confesó a uno de los tres psiquiatras que la entrevistaron: todos los hombres que había matado tenían la cara de su abuelo abusador, eso era lo que la hacía apretar el gatillo. Y los asesinaba con saña, siempre con el mismo sistema: se les ofrecía sexualmente, subía a sus autos, los mataba a tiros – no uno sino varios -, les robaba todo lo que llevaban encima y tiraba sus cuerpos cerca de la ruta.
Cuando mataba vestía siempre de negro, por eso la habían bautizado como “la mujer araña”. “Es la primera depredadora femenina. Otras mujeres han matado a sus hijos, han matado a familiares o personas que conocen, pero ella es la primera que en realidad era una depredadora que cazaba a víctimas inocentes y les quitaba la vida”, la definió durante el juicio el sargento Bob Kelley, del Departamento del Sheriff del Condado de Volusia, uno de los detectives que investigó sus crímenes.
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Aileen Wuornos nació el 29 de febrero de 1956 en Rochester, Michigan, y era la segunda hija de Diane Wuornos Melini y Leo Arthur Pittman. Llevaba el apellido de sus abuelos maternos porque la habían adoptado junto con su hermano mayor, Keith, cuando tenía cuatro años. Nunca conoció a su padre porque cuando nació, Dianne ya se había divorciado de él. Pittman la golpeaba y entraba y salía de la cárcel, siempre por acusaciones de abusos de menores. Muchos años después, cuando ella misma estaba en la cárcel, “la mujer araña” se enteraría de que se había suicidado en 1969, ahorcándose en la celda de una prisión de Kansas donde cumplía una condena.
Su madre decidió iniciar una nueva vida lejos y sin hijos. En 1960 se los dejó a sus padres, Lauri y Britta Wournos, dos inmigrantes finlandeses que los adoptaron legalmente y les dieron su apellido. Para los chicos fue cambiar un infierno por otro. La abuela Britta se pasaba el día borracha y los golpeaba por cualquier motivo, a veces con un cinturón, otras con un palo de escoba. El abuelo Lauri le pegaba nada más que a Keith; en cambio, a Aileen prefería llevársela a la cama –o a cualquier rincón de la casa– para abusar sexualmente de ella. Quedó embarazada a los 15 años. Tuvo a su hijo en una maternidad de Detroit el 23 de marzo de 1971 y lo dio en adopción. No volvió a la casa de sus abuelos, prefirió vivir en un auto abandonado en el bosque. Cuando la encontraron, la internaron en una casa para madres solteras y, como era menor, quedó bajo custodia del Estado, que la obligó a asistir a la escuela.
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Liberada de la tutela estatal en 1974, cuando alcanzó la mayoría de edad, emprendió una existencia de vagabunda. Viajaba a dedo, dormía donde podía y conseguía dinero prostituyéndose en la calle. No se presentaba como Aileen sino con el alias de Sandra Kretsch. Con ese nombre fue detenida por primera vez en mayo de 1974, en Jefferson, Colorado, por conducir alcoholizada, desorden público y disparar al aire desde el vehículo en movimiento con una pistola calibre 22. La liberaron bajo fianza y cuando comenzó el juicio no se presentó. Desapareció sin dejar rastros.
Se escondió en Michigan, donde siguió con la misma existencia casi errante hasta que fue detenida el 13 de julio de 1976 por arrojarle una bola de billar –y acertar en la cabeza– al mozo de un bar. La policía comprobó que tenía algunas órdenes de detención pendientes por manejar borracha y la multó con 105 dólares. Los pagó un mes después cuando le cayeron diez mil dólares del cielo. Su hermano Keith, a quien no veía, había muerto de cáncer de esófago y ella era la beneficiaria del seguro de vida.
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Con ese dinero viajó a Florida, donde alquiló un departamento y llevó la vida que el dinero fresco le permitía. Se vestía bien y frecuentaba buenos restaurantes. Así conoció a su único marido. Lewis Fell tenía 76 años, era presidente del Club Náutico de Florida, vivía en una casa enorme y era dueño de un yate. Aileen tenía 20 y no le habló en absoluto de su pasado. Tampoco a Felt parecía importarle: le propuso casarse a los dos meses de conocerse.
La ceremonia fue todo un acontecimiento, cubierto incluso por los periodistas de sociales de todos los diarios de la ciudad. El problema era que Aileen se aburría con Fell y no toleraba sus reuniones sociales ni los días en el Club Náutico. No llevaba tres meses de casada y ya dejaba solo a Fell para frecuentar los bares de la ciudad y divertirse a su manera. Y las maneras de Aileen no eran las mejores, al poco tiempo la detuvieron por agresión cuando estaba borracha en un boliche de mala muerte. Fell pagó la fianza esa misma noche y la llevó a la casa, donde Aileen se derrumbó en la cama.
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A la mañana siguiente, el hombre intentó reprocharle el hecho, pero no alcanzó a decir mucho. Su joven esposa empuñó una caña de pescar que estaba en el living y lo golpeó como su abuela hacía con ella: con saña y por todo el cuerpo. No habían pasado seis meses de la boda cuando Lewis Fell pidió la anulación del matrimonio y logró una orden de restricción contra Aileen, que no podía acercarse a menos de trescientos metros de la casa. El hombre le tenía terror.
Nuevamente sola, Aileen volvió a las andadas cuando el dinero del seguro de vida del hermano Keith se agotó, y eso fue rápido. Los siguientes diez años entró y salió de la cárcel por toda clase de delitos: robo de automóviles, desorden público, conducir en estado de ebriedad, robo a mano armada, resistencia a la autoridad, atentado contra la propiedad privada –la emprendió a balazos contra el auto de un hombre con el que había discutido– y tenencia ilegal de armas.
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Corría 1986 cuando conoció a Tyria Moore, una mujer de 28 años, en un bar gay de Daytona Beach. Dos días después se fueron a vivir juntas, Tyria dejó su trabajo de empleada de limpieza en un hotel y aceptó que Aileen la mantuviera con el dinero que obtenía ejerciendo la prostitución.
Años después Aileen contaría que “fue un flechazo”. La relación iba bien e incluso Tyria acompañaba a Aileen cuando circulaba por la calle o iba a los bares para conseguir clientes. En julio de 1987 las detuvieron por golpear a un hombre con una botella de cerveza durante una discusión, pero la cosa no pasó a mayores. Aileen presentó en la comisaría una licencia de conducir falsa a nombre de Susan Blahovec y con eso consiguió que no le encontraran antecedentes criminales, Tyria nunca había tenido problemas con la ley, de modo que las liberaron sin mayores trámites.
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Llevaban tres años de romance cuando el 30 de noviembre de 1989 Richard Mallory se cruzó en el camino de Aileen, quiso violarla y ella lo mató de tres disparos, no solo para defenderse sino para descargar todo el rencor que acumulaba contra su abuelo abusador. Menos de un año después acumulaba siete muertes. El 1° de junio de 1990 mató a David Spears, de 43 años; el 6 de junio a Charles Carskaddon, de 40; el 4 de julio a Peter Siems, de 65; el 4 de agosto a Troy Burress, de 50; el 12 de septiembre a Dick Humphreys, de 56; y el 19 de noviembre a Walter Jeno “Gino” Antonio, de 62.
La policía de Florida no tenía pistas para encontrar a la asesina en serie a la que solo se conocía como “la araña negra” o “la asesina de la carretera”, pero la noche del 19 de noviembre Aileen cometió el error de no deshacerse rápido del auto de su última víctima. Por el contrario, invitó a Tyria a dar un paseo que tuvo mal final: se estrellaron contra un poste. Las dos mujeres bajaron del vehículo –Aileen con una herida sangrante en la cabeza-, rechazaron la ayuda de los transeúntes y se escaparon a pie.
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Los testigos describieron a la policía a la mujer vestida totalmente de negro y se difundió un retrato robot por televisión. Para entonces ya había aparecido el cadáver de Antonio. No quedaron dudas: la mujer de negro era “la mujer araña”. También describieron a Tyria Moore. Se sintieron acorraladas.

Las dos mujeres se separaron esa misma noche con la intención de despistar a la policía. Moore se escapó a Pensilvania y se refugió en la casa de su hermana. Se comunicaba con Aileen por teléfono, no sabía dónde estaba. La policía localizó a Tyria, la detuvo y le hizo una propuesta que no pudo rechazar: le daría inmunidad si ayudaba a detener a Ayleen y declaraba en su contra en el juicio. En la siguiente llamada telefónica, Moore le propuso un encuentro a Aileen y cuando acudió a la cita, la policía estaba esperando. “La mujer araña” no se resistió.
Unos días después, los investigadores permitieron que las dos mujeres se reunieran. Aileen le reprochó con dureza a Tyria que la hubiese entregado, pero también le dijo que no había dejado de quererla. Y tomó una decisión: “Hacé lo que tengas que hacer, si vas a declarar en mi contra, hacelo. No voy a dejar que vayas a la cárcel. Si para eso tengo que confesar, confesaré”, le dijo. El 16 de enero de 1991, Aileen Wuornos hizo una confesión completa y desligó a Tyria de los asesinatos.
En el juicio declaró que su primer crimen había sido en defensa propia porque Mallory intentó violarla. “Fui violada, fui torturada. Tenían el volante, tenían la imagen del volante con los arañazos, estaba roto. Esa es la prueba de que yo estaba atada al volante. No puedo creer que esto haya sucedido”, testificó.

La condenaron a muerte por seis de los crímenes. No fue juzgada por el asesinato de Peter Siems porque si bien había aparecido su auto con restos de sangre, nunca se encontró el cadáver. Aileen Wuornos pidió que la condena se ejecutara lo antes posible. No quería seguir viviendo. “Quiero estar con dios”, dijo. En una entrevista con Nick Broomfield, en la que insistió con que la mataran pronto, el periodista le preguntó:
-¿Con Mallory fue en defensa propia?
-Sí, y así fueron algunos de los otros, pero no puedo decir nada a nadie porque quiero la pena de muerte – contestó.
Después del juicio, “La mujer araña” recibió golpes que le dolieron mucho más que las condenas. Tyria Moore, además de declarar en su contra ante el jurado, vendió los derechos de su historia con Ayleen para que se publicara un libro. También cobró miles de dólares a cambio de entrevistas exclusivas. Arlene Pralle, una mujer que la visitaba casi diariamente para brindarle consuelo, le consiguió varias entrevistas con diferentes medios para apoyar su campaña por la ejecución. Aileen se enteró de que cobraba 10.000 dólares por concertar los encuentros en la prisión.
Pasó más de diez años en el corredor de la muerte de la Prisión Estatal de Florida antes de lograr su deseo de morir la noche del 9 de octubre de 2002. Para entonces, Hollywood ya había llevado su historia al cine en Monster, una película de ficción estrenada en 1992 con Charlize Theron en el papel protagónico y Cristina Ricci como Tyria Moore. Ese mismo año se filmó también el documental The Selling of a Serial Killer, dirigido por el cineasta británicos Nick Broomfield, que por estos días se puede ver en Netflix.