Para algunos países musulmanes, el boicot a Israel debe incluir también a los niños deportistas. Y eso se refleja mucho en el ajedrez, donde abundan los talentos precoces. En el Mundial que se disputa en Roquetas de Mar (Almería), desde sub-7 a sub-17, los sirios, libaneses y argelinos deben perder por incomparecencia si les toca enfrentarse a un israelí. Pero no todos obedecen. Y también se dan hermosas historias de juego limpio, sobre todo en sub-7.
El sirio Talab Rami, nacido en 2013, está entre los 35 mejores del mundo de su edad, no muy lejos de los diez primeros sub-13. Pero tuvo problemas para viajar y llegó tarde a Roquetas, perdiendo por incomparecencia las dos primeras rondas. Sin embargo, ganó las cinco siguientes (se juega a once rondas), a pesar de que la Federación Siria de Ajedrez hizo cuanto pudo para que no se presentase ante el israelí Michael Dorfman, en la 5ª.
La principal acción desde Beirut fue una petición escrita al árbitro principal en Roquetas, el griego Panagiotis Nikolópoulos, de gran prestigio y experiencia. Panagiotis se mostró tajante: “Les dije que no puedo impedir a nadie que juegue si quiere jugar”. El griego reconoce que, hasta 2018, la Federación Internacional (FIDE) practicaba una política subterránea y gris en este tipo de situaciones: “Aunque no había nada escrito, los árbitros intentaban evitar los emparejamientos -tanto en niños como adultos- de israelíes con rivales de países que se negaban a jugar contra ellos”. Pero eso cambió radicalmente a finales de 2018 con la elección como presidente del ruso Arkady Dvorkóvich: “Desde entonces, la directriz que recibimos es la de rechazar cualquier presión por razones políticas y no eludir ni cambiar emparejamiento alguno”.
De modo que Rami jugó, y ganó. Después logró tres victorias seguidas más -seis en total- hasta que perdió este lunes con el impresionante kazajo Danis Kuandikuly (8,5 puntos de 9 posibles). Tras felicitar a su rival y comentar con él los momentos críticos de la partida, explicó a EL PAÍS que llegó tarde a Roquetas porque no logró el visado hasta el día de la primera jornada.
No eludió las preguntas sobre su partida con el israelí: “Ese día me desperté tarde, justo para llegar a la partida, y no sabía que la Federación Siria no quería que jugase”. ¿Y habría jugado de haberlo sabido? Tras algunas dudas, respondió: “En un torneo normal, no. Aunque vivo en el Reino Unido, no en Siria, y no quiero saber nada de cuestiones políticas, creo que esos dos argumentos pesan menos que una orden de la federación. Ahora bien, esto es un Mundial, donde yo me juego mucho. Quizá tampoco hubiera jugado, pero habría sido una decisión muy difícil”.

De los otros dos países, Líbano y Argelia, que se niegan a jugar con Israel -Egipto y, desde hace unos años, Emiratos Árabes Unidos, entre otros, no vetan a los israelíes-, el delegado libanés, Mohammad Al-Habbash, accedió a hablar con este periódico tras recalcar que es un “asunto muy desagradable”. Su jugador Majd Kaafarani, de sub-11, presentó un certificado médico para justificar su incomparecencia ante un adversario israelí en la 7ª ronda. El médico oficial del torneo, Everardo Ricardo, explica: “Firmé el certificado porque si me dicen que el niño ha estado vomitando durante la noche, yo no puedo demostrar que eso sea incierto”.
El delegado Al-Habbash lo argumentó: “Nuestros niños tienen familiares o conocidos que han muerto por ataques de Israel. Cuando les toca enfrentarse a un israelí suelen pasar una mala noche”. ¿El niño hubiera jugado esa partida si no le dan el certificado médico? “La Federación Libanesa no tiene una norma que obligue a perder por incomparecencia ante los israelíes. Pero el Gobierno libanés, sí”. Y no quiso añadir nada más.
En estos Mundiales de niños o adolescentes se observa mucha más tensión entre padres y entrenadores que entre los propios jugadores. Hasta el punto de que algunos participantes que se ven en una posición perdedora alargan la partida innecesariamente, en lugar de rendirse cuando la situación ya es desesperada, para que sus allegados no consideren que ha perdido demasiado rápido. Por fortuna para los árbitros, todos los demás adultos (salvo los periodistas acreditados) deben abandonar las salas de juego a los pocos minutos del inicio de cada ronda.
La más estimulante, y menos tensa, de esas salas es la que ocupan los sub-7 que no están en los primeros puestos de la clasificación. Uno entra en ella y se siente en un mundo maravilloso, donde ocurren hechos muy improbables en cualquier competición deportiva. En la 3ª ronda, el escocés Alexander Porta paró el reloj y llamó a la árbitro-jefe de esa sala, Asun Martínez, porque su rival, el lituano Mangirdas Savickas, estaba llorando ante la proximidad de una derrota muy previsible. La partida se reanudó al cabo de un rato, el báltico perdió y volvió a ser un mar de lágrimas. El vencedor se acercó para intentar consolarlo, y se le oyó decir: “Se te pasará pronto. Si quieres, te digo el consejo que me suele dar mi madre para que la tristeza me dure menos”.
El participante más joven de los 715 de 81 países tiene cinco años. Es el israelí Idan Wexler. El domingo por la tarde le tocó enfrentarse con el libanés Tim Adam Khalife, quien también presentó un certificado médico para no comparecer. La madre de Idan asegura, e incluso lamenta un poco, que su hijo no sea más competitivo: “A mi marido y a mí nos gustaría que las derrotas le importaran un poco más. Pero él ni se inmuta cuando pierde. Se pone a ver fútbol, como si nada. Es un gran fan de Messi”.