Ni previa ni precisa: una mentira con las patas muy cortas

calendar_today 29.08.2026 - person  - timer ~4 Minutos

Todas las mentiras tienen las patas cortas, pero unas más que otras. El ministro Bolaños declaró el jueves en el Congreso —y cito textualmente— que “el Gobierno no tenía información previa ni precisa de la magnitud de la entrada en Ceuta”. La pregunta surge inmediatamente: si no tenía información previa, ¿cómo podría haber sido precisa?

A mí, las palabras del ministro me suenan a ese “yo no fui… y además fue sin querer” que delata a los culpables más ingenuos. La misma impresión me da el abogado defensor que pide para su cliente la libre absolución o, “subsidiariamente”, cinco años de cárcel por un asesinato con atenuantes. Entiendo las razones de los abogados pero, a decir verdad, uno espera que un inocente se defienda de los cargos injustos con mayor vehemencia.

Para cualquiera que piense sobre el asunto con un poco de serenidad, resulta bastante evidente que sí hubo información previa… pero que el Gobierno, empeñado en una misión imposible —exculparse y, a la vez, exculpar a Marruecos de lo ocurrido— se defiende de la acusación de inacción agarrándose a que no ha sido suficientemente precisa.

Tratemos de reconstruir la situación en Ceuta un par de días antes del asalto a partir de lo que conocemos o creemos conocer. El CNI, que mantiene una importante presencia en la ciudad autónoma, no podía ignorar que había muchas decenas de miles de marroquíes coordinándose para entrar en Ceuta simultáneamente, animados por los bulos que se publicaban en las redes sociales. Por las vías habituales —es un servicio de inteligencia, no una oficina de correos— parece seguro que informó al ministerio del Interior y a la delegación del Gobierno de lo que estaba ocurriendo en nuestras fronteras. ¿Por qué, entonces, no se tomó ninguna medida preventiva? Solo podemos especular sobre esta cuestión, pero es probable que en algún despacho oficial se diera por supuesto que Marruecos se encargaría de resolver la crisis antes de que la marea humana llegara a la ciudad autónoma.

¿Cómo podría estar seguro el CNI de que Rabat miraría para otro lado con el descaro que lo hizo?

¿Cómo de precisa era la información proporcionada por el CNI? Tanto como las evidencias que entonces se tenían. Si quiere encontrar excusas, el Gobierno seguramente puede alegar que la cifra de 80.000 personas no figura con exactitud en esos informes. A mí me parece, sin embargo, una disculpa muy pobre. El CNI trabaja para identificar riesgos, pero no puede ver el futuro. La gran incógnita de esta crisis —y la mejor prueba la tuvimos el 15 de agosto— era la actitud de Marruecos, un amigo leal para nuestro Gobierno y un vecino difícil para todos los demás. ¿Cómo podría estar seguro el CNI de que Rabat miraría para otro lado con el descaro que lo hizo?

Lo peor de este espectáculo es que, además de torpe, es innecesario. En Ceuta entraron 80.000 magrebíes como Pedro por su casa —no vea el lector en esta frase hecha una alusión a ninguna persona concreta— y, además de gestionar con celeridad la situación legal y humanitaria de los que han decidido quedarse y atender a los vecinos de la ciudad, alguien debería asumir alguna responsabilidad. No vale echar la culpa a los inmigrantes o a las mafias, como no vale echar la culpa de la corrupción a los corruptos, de la inseguridad ciudadana a los delincuentes o del maltrato de género a los maltratadores.

Alguien debería asumir alguna responsabilidad. No vale echar la culpa a los inmigrantes o a las mafias

Las fronteras son responsabilidad del Gobierno y, para que todo haya salido tan mal, alguien tiene que haber cometido algún error. Si no es el ministro Marlaska, que no hizo nada por evitarlo, tendrá que ser Robles —la única que ha pedido disculpas, algo que merece respeto— por no dar “información previa ni precisa de la magnitud de la entrada en Ceuta”, o Albares por un hecho que, olvidándonos de las intenciones de Rabat —y eso es ya hacerle un favor a nuestro Gobierno, que se ha quedado solo en su defensa— no tiene nada de especulativo: la incomparecencia de nuestro “amigo leal” en nuestras fronteras en el momento de más apuro.