“Nadie sabe cuánta agua guardan las montañas del Himalaya”: la advertencia de un científico tras la tragedia en Nepal que causó más de 1.300 muertes

calendar_today 14.09.2026 - person  - timer ~7 Minutos

Las inundaciones de agosto de 2026 en la frontera entre Nepal y el Tíbet dejaron más de 1.300 muertos y expusieron la falta de datos sobre el agua almacenada en el Himalaya. (REUTERS/Stringer)

Las inundaciones de agosto de 2026 en la frontera entre Nepal y el Tíbet dejaron más de 1.300 muertos y expusieron la falta de datos sobre el agua almacenada en el Himalaya. (REUTERS/Stringer)

Las inundaciones que en agosto de 2026 arrasaron pueblos, puentes y carreteras en la frontera entre Nepal y el Tíbet dejaron más de 1.300 muertos y expusieron una falla que se arrastra desde hace décadas: nadie sabe con exactitud cuánta agua guardan realmente las montañas del Himalaya ni cómo cambiará esa reserva en los próximos años.

Así lo alertó un artículo en The Conversation firmado por Siddharth Gumber, investigador postdoctoral (PDRA) del St Edmund’s College de la Universidad de Cambridge y científico especializado en clima de montaña en el British Antarctic Survey (BAS).

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La tragedia, provocada tras el derrumbe de un glaciar, volvió a poner sobre la mesa una inquietud urgente: ¿medir mejor la nieve invernal podría haber salvado vidas?

Justamente ahí radica la posible clave para evitar futuras catástrofes similares. Investigadores que estudian el comportamiento del Himalaya sostienen que perfeccionar la medición de las nevadas invernales, el principal reservorio de agua dulce de la región, permitiría anticipar con mayor precisión tanto la disponibilidad futura de agua como los riesgos geológicos que se derivan de un deshielo demasiado rápido.

Esa información, sumada a sistemas de alerta temprana bien diseñados, es la que podría haber marcado la diferencia entre una evacuación a tiempo y la tragedia que se vivió en agosto.

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Investigadores sostienen que medir mejor las nevadas invernales permitiría anticipar la disponibilidad de agua y los riesgos geológicos del deshielo. (REUTERS/Athit Perawongmetha)
Investigadores sostienen que medir mejor las nevadas invernales permitiría anticipar la disponibilidad de agua y los riesgos geológicos del deshielo. (REUTERS/Athit Perawongmetha)

La cordillera alberga cerca de 90.000 glaciares, que alimentan diez de los sistemas fluviales más importantes del planeta. De ese caudal dependen, en mayor o menor medida, países como India, Pakistán, China, Afganistán, Nepal y Bután, todos ellos con economías fuertemente dependientes de la energía hidroeléctrica.

La agricultura, la seguridad energética y buena parte de la estabilidad económica regional están atadas a la disponibilidad y la regularidad de esos ríos, según el artículo en The Conversation. Cuando el deshielo se altera o los glaciares retroceden más rápido de lo previsto, las consecuencias pueden ser tanto una escasez prolongada como, en el otro extremo, un desastre repentino como el vivido en agosto.

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Los primeros indicios apuntan a que el desastre de Nepal pudo estar vinculado a un período de temperaturas inusualmente altas, que habría fragilizado la capa de nieve y acelerado su derretimiento.

Un equipo de glaciólogos del British Antarctic Survey, con sensores instalados a solo 10 kilómetros del sitio del derrumbe, encontró que el aumento del deshielo pudo haber filtrado agua hacia las grietas del glaciar, lo que debilitó la unión entre el hielo y la roca sobre la que se asentaba.

Los primeros indicios vinculan el desastre de Nepal con temperaturas inusualmente altas que debilitaron la capa de nieve y aceleraron el derretimiento del glaciar.
Los primeros indicios vinculan el desastre de Nepal con temperaturas inusualmente altas que debilitaron la capa de nieve y aceleraron el derretimiento del glaciar.

Ese mecanismo, sumado a la falta de datos precisos sobre nevadas y volumen de hielo en un terreno tan accidentado, complica cualquier intento de anticipar este tipo de eventos. Las proyecciones científicas actuales calculan que cerca de la mitad del hielo glaciar del Himalaya, el equivalente a unos 2.000 millones de piscinas olímpicas, podría derretirse antes de que termine el siglo. Esa cantidad de agua bastaría para elevar el nivel del mar en más de un centímetro. Aun así, los propios investigadores admiten que existe todavía una incertidumbre considerable en esas estimaciones, precisamente porque las observaciones disponibles cubren solo una fracción mínima del territorio.

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Frente a esa escasez, los científicos recurren a herramientas informáticas, conocidas como modelos, que combinan las observaciones existentes con información sobre el terreno y la atmósfera para completar los vacíos. El problema es que la calidad de esos modelos depende, en última instancia, de qué tan precisas sean las observaciones que se usan para validarlos. Y ahí es donde el Himalaya sigue en desventaja frente a otras regiones montañosas del mundo mejor monitoreadas.

Algunos avances recientes empiezan a achicar esa brecha. Un estudio reciente, en el que participó el propio autor junto a un grupo de colegas, halló una nueva forma de medir con precisión las nevadas en zonas montañosas, lo que redujo de manera drástica los márgenes de error. La medición de la nieve, explican los investigadores, ha sido un problema persistente que llevó durante años a subestimar enormemente los recursos hídricos reales que aportan estas montañas.

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Los investigadores plantean que la prevención en el Himalaya requiere cooperación entre países, monitoreo coordinado y un rol central de las comunidades locales en la gestión del riesgo. (REUTERS/Tyrone Siu)
Los investigadores plantean que la prevención en el Himalaya requiere cooperación entre países, monitoreo coordinado y un rol central de las comunidades locales en la gestión del riesgo. (REUTERS/Tyrone Siu)

Otro trabajo regional, mediante un reconocimiento aéreo con instrumentos instalados en un helicóptero, logró estimar la cantidad de agua almacenada en algunos de los glaciares más importantes de Nepal. En paralelo, un grupo de científicos utiliza una técnica llamada interferometría de radar, que combina ondas de radio para detectar laderas montañosas que se mueven a gran velocidad y que, por lo tanto, corren riesgo de derrumbarse. Combinadas, estas herramientas podrían predecir dónde se concentra la nieve, cuánta agua es probable que aporte a la región y qué zonas están en mayor peligro, información que serviría de base para sistemas de alerta temprana y evacuaciones oportunas.

La innovación científica, sin embargo, no alcanza por sí sola. Adaptar estas ideas ya probadas y llevarlas a la práctica en zonas críticas se volvió, según los propios investigadores, una urgencia que ya no puede quedar confinada a artículos académicos o conferencias especializadas. Los datos y los riesgos inminentes necesitan hacerse públicos con la celeridad que la situación exige.

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Un ejemplo de que este enfoque puede salvar vidas ocurrió en 2025 en el pueblo suizo de Blatten, cuando cientos de personas fueron evacuadas antes de que se desprendiera una gran sección del glaciar que amenazaba la localidad. Las autoridades ya habían identificado con anticipación las zonas de riesgo y habían difundido públicamente mapas de peligro. Un monitoreo continuo del paisaje, las precipitaciones y los movimientos del terreno alimentó el sistema de alerta que permitió actuar a tiempo.

Las proyecciones científicas estiman que cerca de la mitad del hielo glaciar del Himalaya podría derretirse antes de fin de siglo, aunque persiste una gran incertidumbre por la falta de observaciones. (REUTERS/Monika Deupala/File Photo)
Las proyecciones científicas estiman que cerca de la mitad del hielo glaciar del Himalaya podría derretirse antes de fin de siglo, aunque persiste una gran incertidumbre por la falta de observaciones. (REUTERS/Monika Deupala/File Photo)

Trasladar ese modelo al Himalaya no es tan simple. La altitud inhóspita de la región, su clima extremo y la infraestructura limitada impiden copiar sin más los casos de éxito occidentales. Cualquier plan o política que se diseñe, remarcan los investigadores, tiene que incorporar el conocimiento indígena y tradicional de las comunidades que habitan esas montañas desde hace generaciones.

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La región necesita, además, una red de monitoreo mucho más coordinada, que reúna a organizaciones estatales y no estatales, investigadores, autoridades locales y a las propias comunidades de montaña que dependen del agua que baja de los glaciares. Estas últimas, según los especialistas, deben ocupar un lugar central en ese esfuerzo, porque los habitantes locales pueden ayudar a instalar y mantener los equipos de monitoreo, recolectar observaciones cotidianas y aportar un conocimiento de su propio entorno que ningún sensor puede reemplazar.

Ya existen antecedentes de que ese trabajo conjunto rinde frutos. En la región se han implementado embalses gestionados por la comunidad para almacenar de forma artificial el agua de deshielo, se construyeron estupas de hielo, es decir, glaciares artificiales, y se desarrollaron técnicas de injerto de glaciares para generar nuevas masas de hielo capaces de liberar agua de manera gradual durante la temporada de cultivo.

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Los modelos informáticos sobre nieve y glaciares en el Himalaya dependen de datos escasos, pero nuevas mediciones de nevadas y relevamientos aéreos empezaron a reducir los márgenes de error. (REUTERS/Tyrone Siu)
Los modelos informáticos sobre nieve y glaciares en el Himalaya dependen de datos escasos, pero nuevas mediciones de nevadas y relevamientos aéreos empezaron a reducir los márgenes de error. (REUTERS/Tyrone Siu)

El sistema comunitario de alerta de inundaciones que funciona en algunas zonas de la cuenca del río Koshi, en Nepal, es otro de esos casos de éxito citados. Su límite, no obstante, quedó expuesto en agosto pasado, cuando su capacidad de anticipar un desastre en cadena como el ocurrido resultó insuficiente.

Estos antecedentes, según plantean los investigadores, deberían ayudar tanto a los responsables políticos como a la comunidad científica a entender de qué manera están respondiendo al cambio las poblaciones que dependen de los ecosistemas de montaña, y qué tipo de apoyo necesitan para adaptarse y reducir su exposición a futuros episodios extremos, como sequías e inundaciones.

Más allá de cómo evolucionen las nevadas del Himalaya y el retroceso de sus glaciares en los próximos años, la población local deberá tener un rol central en la medición de estos fenómenos, algo que, combinado con una mayor cooperación entre países, resulta indispensable para planificar lo que viene.