“Mi sustento siempre ha sido EL UNIVERSO”: canillitas recuerdan sus logros y vivencias

calendar_today 16.09.2026 - person  - timer ~5 Minutos

EL UNIVERSO ha sido el sustento de Humberto Totoy desde su niñez. Su padre empezó como canillita y él, a partir de los 15, lo acompañaba en sus recorridos. A las 04:00 salían desde su casa, en el Guasmo, para retirar unos 200 periódicos en la agencia de este Diario en el sur de Guayaquil.

Ya con los ejemplares empezaban a caminar las calles del sur. Él se quedaba en su colegio, mientras su progenitor avanzaba hacia las Acacias, donde voceaba “EL UNIVERSO, EL UNIVERSO” desde una esquina en la que ubicaba los diarios sobre una mesa de madera.

Años después, tras casarse con América Pacalla, la pareja se independizó con su exhibidor en Samanes 2. Allí lleva más de 40 años, cuando recién —asegura— se estaba poblando esta zona del norte de la ciudad. “Se vendía mucho, hasta 600 (ejemplares de) EL UNIVERSO un domingo”, recuerda este guayaquileño de 62 años.

Humberto es uno de los 2.000 canillitas que comercializan EL UNIVERSO a nivel nacional. Con su trabajo, afirma, logró construir su casa en la cooperativa Unión de Bananeros, en el sector de Guasmo sur, en 1998: “De la cobachita pasé a mi casita de una planta”. Pero su mayor satisfacción ha sido brindar los estudios a sus dos hijos, de 24 y 20 años.

Ambos estudian Ingeniería Civil en la Espol. “Están entrando en el tercer año, sexto semestre. Los seguiré apoyando hasta cuando uno pueda, ya de ahí les toca forjar su camino, lo que Dios diga”, expresa, mientras su esposa vende los últimos tres ejemplares que le quedan en el estante, donde también oferta el Super (producto de EL UNIVERSO), otros dos periódicos y boletos de lotería.

En otro punto del norte, en Sauces 6, Gloria Iza vende EL UNIVERSO desde hace 29 años. A los 22 llegó de Riobamba con su esposo para ubicar su primer exhibidor, pero seis meses después se quedó al frente del negocio al quedarse viuda con un hijo de 2 años y una hija en el vientre.

“Seguí vendiendo, me dediqué a mis hijos y a trabajar”, relata nostálgica al recordar que sus pequeños crecieron allí y la acompañaron en sus jornadas, que en esa época empezaban a las 04:45. Luego de retirar los ejemplares en la agencia de la Alborada, empezaba su recorrido a pie por casi todas las etapas de Sauces, Alborada y Samanes.

Pasado el mediodía, retiraba a sus hijos de la escuela y del colegio para llevarlos a su puesto fijo, donde sus pequeños realizaban las tareas escolares en la vereda. Leer los editoriales de EL UNIVERSO y recortar palabras eran parte —recuerda— de los deberes que le asignaban y que ella supervisaba sin descuidar sus ventas.

De sus clientes de aquella época ya quedan pocos, lamenta esta mujer, quien reconoce que su “sustento siempre ha sido EL UNIVERSO”. “Gracias a este trabajo levanté mi casa de pilar en pilar, de pared en pared”, agrega, en el sector de la Prosperina, y también educó a sus dos vástagos.

La mayor se graduó de ingeniera en Sistemas en la Universidad de Guayaquil y laboraba en una cadena de supermercados hasta hace un mes, cuando un accidente de tránsito le arrebató la vida.

Gloria no sabe realmente lo que sucedió. Los testigos le contaron que un vehículo presuntamente la habría atropellado, relata sollozando esta mujer, quien cuenta con el apoyo de su hijo mayor, de 32 años. Él siguió una carrera técnica y, aunque la abandonó para dedicarse a trabajar y aportar en casa, asegura que le va bien en una compañía alimentaria.

“Hace estudios de mercado para ver qué productos se están vendiendo y cuáles no”, cuenta esta mujer, de 51 años. Bajo su carpa de diario Qué, un impreso del grupo EL UNIVERSO, espera seguir siendo una canillita hasta que las fuerzas la acompañen.

“Sí se ganaba bien, nos alcanzaba para todo”

Luz Pacalla llegó desde Riobamba a Guayaquil a los 19 años y durante cerca de cuatro décadas hizo de la venta de periódicos el trabajo con el que formó a su familia. Junto con su esposo, Rafael Guamán, empezaba a las 04:00 y recorría Mapasingue este. Cuando el diario circulaba con láminas, llegó a vender 525.

“Eso sí era venta como pan caliente”, recuerda. Aquellos ingresos sirvieron para mantener a sus cuatro hijos y construir una casa. “Sí se ganaba bien; gracias a Dios, nos alcanzaba para todo, porque vendía, trabajaba duro”, cuenta.

Uno de sus hijos se convirtió en ingeniero en Sistemas y otro está próximo a graduarse de Economía. “He podido educar. Mi hijo consiguió su casita también. Gracias a Dios, en tiempo de EL UNIVERSO se hizo”, relata al repasar lo que dejó el oficio en su familia.

A sus 60 años, Pacalla dejó hace poco los extensos recorridos que durante décadas cumplió incluso bajo la lluvia, cuando llevaba a sus hijos pequeños cargados en la espalda y algunas clientas la ayudaban a cuidarlos.

Ahora trabaja en un negocio de jugos, tostadas, batidos y café, aunque conserva una parte de su antigua rutina. “Ese aroma del periódico, uno no quiere separarse”, dice. Todavía entrega dos ejemplares a clientes adultos mayores que la acompañan desde hace años y continúan pidiéndoselos. “De eso hemos aprendido a trabajar, hemos aprendido a vivir”, finaliza.

“Repartía alrededor de 500 periódicos diarios”

Daniel Bajaña conoció las calles de Urdenor, Guayacanes, Alborada y Samanes desde el asiento de una bicicleta y con ejemplares de EL UNIVERSO que debía dejar casa por casa.

Mucho antes de hacerse conocido por su bolón ‘cabeza de niño’ en Urdenor 2, trabajó cerca de siete años como canillita. “Repartía alrededor de 500 periódicos diarios; yo iba casa por casa llevándole el periódico en mi bicicleta”, cuenta.

En los buses la venta era distinta, porque cada canillita debía anunciar el periódico antes que sus compañeros. Al recordar cómo lo hacía, vuelve por unos segundos a aquella época y levanta la voz:

“¡EL UNIVERSO, EL UNIVERSO! Era así porque, si no, otro canillita te quitaba la venta”, recuerda. Años después, dejó los periódicos y continuó trabajando por cuenta propia hasta dedicarse a la venta de bolones. Hoy atiende su negocio en una esquina de Urdenor 2, uno de los sectores que antes recorría en bicicleta repartiendo ejemplares. (I)