Estamos en el mes de octubre, mes durante el cual destacamos la importancia sobre la prevención y el diagnóstico temprano del cáncer de mama.
Para hacer prevención primaria, es decir, evitar que la enfermedad aparezca, aún no disponemos de vacunas, pero sí podemos eliminar factores de riesgo, incorporando hábitos saludables como disminuir la ingesta de grasas, alcohol y tabaco, aumentar el consumo de frutas y verduras e incorporar ejercicio físico periódico, por ejemplo, caminatas.
También, podemos identificar personas y/o familias de alto riesgo de contraer la enfermedad, al detectar alteraciones genéticas en ellos. Para estos grupos determinados se pueden implementar conductas de reducción de riesgo quirúrgicas (cirugías de reducción de riesgo) o farmacológicas, o protocolos de vigilancia por imágenes estricta si no se optase por ninguna de las dos conductas antes mencionadas.
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Por otra parte, está la “prevención secundaria”, que consiste en el diagnóstico temprano de la enfermedad, cuando esta no pudo ser evitada y podemos arribar a ello mediante la consulta anual al médico mastólogo y con la realización de la mamografía (radiografía de las mamas), de forma anual a partir de los 40 años. Esto, el diagnóstico precoz, es la mejor arma de que disponemos para llegar a su curación.
Tiempo atrás, se trataba al cáncer de mama como enfermedad, pero, desde hace algunos años, el objetivo cambió y hoy se trata a una determinada mujer con determinado cáncer de mama. La ciencia avanzó y aquel objetivo fue superado. El tratamiento de cada paciente comenzó a ser personalizado ya que no todas las pacientes son iguales, así como no todos los cánceres son iguales.
La cirugía del cáncer de mama fue evolucionando y transformándose cada vez más conservadoramente y así también los tratamientos adyuvantes (complementarios a la cirugía) fueron individualizándose para cada tumor.
Desde hace mucho tiempo identificamos aquellos tumores que son respondedores a los tratamientos hormonales o endocrinos. Esa identificación y esos tratamientos mejoraron el pronóstico de la enfermedad.
Después fueron reconocidos los oncogenes, para los cuales luego se diseñaron anticuerpos monoclonales que son dirigidos como “terapia blanco” para esos determinados tumores; que eran más agresivos por expresar el gen, pero que vieron mejorado su pronóstico al recibir y responder satisfactoriamente a estas terapias.
Más recientemente, para cierto tipo de tumores, no para todos, se logró la identificación de genes que pueden calcular el riesgo de recaída de la enfermedad, como así también predecir si ese determinado tumor se beneficiará o no con un eventual tratamiento quimioterápico, y entonces, poder indicarle la quimioterapia a aquellas pacientes que la necesiten y poder evitársela a quienes no les brinde beneficio.
Asimismo, en los últimos años se ven significativos resultados en la evolución de tratamientos con inmunoterapia, con la adición de nuevas drogas que contribuyen a mejorar los resultados en ciertos tumores de mal pronóstico cuando no reciben estos tratamientos.
La radioterapia, también está en el camino de reducir la intensidad de los esquemas que se aplicaban antes.
En definitiva, es cierto que el rumbo de la medicina en cáncer de mama apunta a personalizar el tratamiento. Personalizar en cuanto al individuo, pero también y especialmente en cuanto a cada tumor; para así, poder aplicarle el mejor tratamiento que necesite; no sumarle un tratamiento innecesario y, como resultado, mejorar, no sólo el pronóstico de la enfermedad, sino también, la calidad de vida de las pacientes.
*Especialista en Mastología, jefe de Servicio de Mastología del Hospital Británico de Buenos Aires.