28 de agosto 2026, 08:57hs

Los chatbots son capaces de reproducir señales que nuestro cerebro interpreta fácilmente como sociales. Foto: imagen ilustrativa generada con ChhatGPT y Matt Johnson en X.
Mucho antes de que existieran los chatbots, la televisión ya había descubierto algo particular sobre la naturaleza humana. En la década de 1950, el ingeniero de sonido Charley Douglass desarrolló una máquina capaz de insertar risas pregrabadas en los programas para que quienes miraban desde sus casas sintieran que estaban acompañados por un público.
La famosa pista de risas funcionaba porque reproducía una señal social. Aunque una persona estuviera completamente sola frente al televisor, escuchar a otros reír podía aumentar las probabilidades de que hiciera lo mismo.
Para el escritor Matt Johnson, aquella vieja tecnología ofrece una metáfora útil para pensar el fenómeno actual de la inteligencia artificial. Los chatbots son infinitamente más sofisticados, pero también son capaces de reproducir señales que nuestro cerebro interpreta fácilmente como sociales.
Responden utilizando la primera persona, preguntan cómo pueden ayudar, emplean un lenguaje cálido y pueden recordar determinados datos o preferencias. Algunas interfaces incluso utilizan voces humanas y pequeños retrasos que hacen que la interacción se parezca todavía más a un diálogo cotidiano.

Al hablar con un chatbot, la experiencia está diseñada para responder a las necesidades del usuario. (Foto: Adobe Stock)
El problema, sostiene Johnson, aparece cuando esa semejanza empieza a borrar una diferencia fundamental. Una conversación humana involucra a dos personas que poseen necesidades, opiniones, experiencias y objetivos propios. Ninguna controla completamente la respuesta de la otra.
Con una IA, en cambio, la experiencia está diseñada para responder a las necesidades del usuario. Puede cuestionarlo o contradecirlo en determinadas situaciones, pero no tiene una vida propia que pueda ser modificada emocionalmente por esa interacción.
La especialista en tecnología Nathalie Nahai advierte que incluso comprender racionalmente cómo funcionan estos sistemas no nos vuelve inmunes a la sensación de cercanía. Nuestro cerebro está preparado para detectar personalidad e intención incluso ante señales mínimas, por lo que una simulación suficientemente convincente puede activar respuestas sociales auténticas.
Uno de los puntos centrales de Johnson es que conversar con otras personas resulta valioso precisamente porque a veces es incómodo.
Los demás no están diseñados a nuestra medida. Pueden tardar en contestar, interpretar algo de otra manera, tener opiniones que nos irritan o introducir perspectivas que nunca habríamos buscado por nuestra cuenta. Esa fricción puede parecer poco eficiente, pero también puede ser una fuente de crecimiento.
Los psicólogos Arthur y Elaine Aron han estudiado durante décadas la denominada teoría de la autoexpansión, según la cual las relaciones cercanas pueden ampliar la manera en que una persona entiende el mundo al ponerla en contacto con intereses, experiencias y perspectivas ajenas.

La advertencia apunta a no confundir una herramienta capaz de simular una interacción social con una relación recíproca. (Foto: Creada con ChatGPT)
Una relación, además, funciona en las dos direcciones. No solamente recibimos algo del otro, también podemos modificar su vida. Una palabra puede alegrarle el día, una conversación puede cambiar una decisión y una conducta puede fortalecer o romper un vínculo.
Ahí aparece otra diferencia importante. El psicólogo organizacional Adam Grant señala que una necesidad humana profunda consiste en sentir que uno importa para los demás. Una IA puede ofrecer información, atención o respuestas aparentemente comprensivas, pero no necesita nuestro cuidado ni puede beneficiarse personalmente de nuestra presencia.
Las conversaciones humanas también contienen riesgo. Uno puede decir algo inoportuno, quedar expuesto, ser rechazado o descubrir que la otra persona piensa de una manera completamente diferente. Para Johnson, esa vulnerabilidad es parte de aquello que vuelve significativa a la conexión.
Esto no significa que los chatbots sean inútiles ni que haya que evitar cualquier interacción con ellos. Pueden resultar herramientas extraordinarias para buscar ideas, organizar información, aprender, escribir o resolver problemas.
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La advertencia apunta a no confundir una herramienta capaz de simular una interacción social con una relación recíproca.
Johnson sostiene que esa distinción será cada vez más difícil porque los sistemas probablemente tengan voces más naturales, respuestas más personalizadas y comportamientos todavía más convincentes.
Por eso considera importante preservar incluso las palabras que utilizamos. Llamar automáticamente “compañero” a un sistema puede llevarnos a olvidar que el compañerismo implica dos personas capaces de necesitarse, influirse y transformarse mutuamente.