A comienzos de 2001, Mariano Peluffo viajó a Mar del Plata para encarar un proyecto televisivo de verano que terminó siendo un rotundo fracaso: el programa duró apenas tres días al aire. Sin embargo, ese golpe fue el guiño del destino que necesitó para estar desempleado y en Buenos Aires cuando Telefe buscaba a alguien para abrir la puerta de la casa de Gran Hermano. Lo que siguió fue una carrera meteórica que lo ubicó al frente de muchos de los formatos de entretenimiento más exitosos de la televisión argentina y lo convirtió en un rostro inconfundible para millones de argentinos.
Detrás del conductor que parecía estar en todos lados había un pibe de Floresta que se había animado a romper el mandato de ser contador público para zambullirse de cabeza en la producción audiovisual. En esta entrega de La vida después, Mariano reconstruye el vértigo de los 30 puntos de rating, el costo de haber protegido la intimidad de su familia a rajatabla y la tranquilidad con la que hoy observa la renovación generacional en la tele y el streaming, mientras emprende el desarrollo de proyectos inmobiliarios. Una lección sobre el valor del “capital simbólico” y la sabiduría de no forzar los regresos.
Luis Novaresio: ¿Quién es Mariano Enrique Peluffo?
Mariano Peluffo: Es un muchacho de Floresta, hijo de un contador público y de una licenciada en servicio social, que iba a ser contador público.

LN: ¿Contador público?
MP: Sí, hasta tercer año incluido. Padre contador, abuelo contador... era como el destino, ¿viste? Es muy difícil que a los 18 años un chico sepa qué quiere realmente de su vida, entonces mi viejo me depositó en la puerta de la facultad y me dijo: “Acá me recibí yo, acá te vas a recibir vos”... Y en un momento de replanteos dije: “¿Yo por qué estoy acá? Si toda mi familia fuera de odontólogos, yo tendría que estar metiéndole la mano en la boca a alguien”. No había una vinculación, no me gustaba, era una inercia. En paralelo, yo estudiaba en la UADE —una de las primeras camadas de esa sede en la calle Lima— y al mediodía me iba hasta Canal 13, donde se hacía El agujerito sin fin, el programa de Julián Weich. Tenía unos amigos que producían eso y me encantaba. Me metí en ese mundo a mirar, como quien se para al lado de una cámara. Cuando se terminó ese programa, arrancaba Cablín como una señal novedosa... Bueno, ya existía, pero había una renovación. Un amigo mío, Riky Cavanna, me dice: “¿Che, no querés venir? Empezás como productor y te vas metiendo”. Me encantó y me zambullí de cabeza. En mi casa fue un escándalo silencioso, pero escándalo al fin.
LN: Contador y asistente social, tus padres...
MP: Mi papá, sobre todo: “¿Y qué vas a hacer? ¿No tenés un título?”. Le tomó un par de años amigarse con la idea: después venía a verme al canal, recortaba todas las notas que me hacían... La verdad es que terminó cambiando. Volviendo a tu pregunta, soy alguien que se animó a romper ese mandato. De mucho más grande tomé conciencia de que lo que había hecho era romper un mandato. Antes no se hablaba de romper mandatos con el nivel de conciencia que hoy le hablo a mis hijas, o con el que podemos hablar ahora de los mandatos familiares; no se discutía. Mucho tiempo después lo vi en terapia y mi psicóloga me dijo: “Vos a los 20 años te animaste a romper un mandato gigante”. Ahí me agarró un poquito de vértigo. En retrospectiva dije: “Bueno, con el resultado puesto, tan mal no salió”. Hago lo que me gusta y tenemos el privilegio de ser ese grupo chico de personas que pueden decir “vivo de lo que me gusta”. Hay gente que vive de lo que puede y lo que le gusta lo hace, si tiene suerte, una vez por semana. Nosotros tenemos responsabilidad en lo que hacemos, pero nos gusta. Y cuando te gusta lo que hacés, es más fácil hacerlo sin medida, agarrar laburos y no parar... A veces tenés que aprender a pisar el freno, pero me encanta.
LN: El agujerito sin fin, Cablín... De a poco empezaste a hacer un poco más, un poco más... Hasta que un día estuviste delante de cámara.
MP: Con mucho vértigo también. Un poco por casualidad, porque yo era productor y se estaba armando un programa para una señal de deportes. Era la época del cable de los noventa, que le contaba a mis hijas que se asemeja un poco a lo que hoy es el streaming: ponías una cámara, prendías y veías quién se conectaba. Se armó un magazine deportivo diario con Ariel Rodríguez —periodista deportivo que también estuvo en La Peña de Morfi y en TyC Sports— y Mariel Di Lenarda, periodista de Radio Mitre. Éramos nosotros tres al aire y yo era el que tenía que zapatear, porque no era ni el periodista ni la locutora. Esas fueron mis primeras armas. Después vino otro programa infantil en Canal 13, La Hora Warner, en el ’98. A partir de ahí, un pie en cada vereda: la del productor y la del conductor. A veces conduciendo y a veces produciendo, lo cual creo que es una ventaja. Es como manejar un auto de Fórmula 1 habiendo sido mecánico de boxes.

LN: Sabés de qué se trata.
MP: Sabés de qué se trata y tenés esa pequeña ventaja de anticipación.
LN: Es muy cierto lo que decís. Se nota en los conductores que antes produjeron, porque no piden nada que sepan que no se puede hacer.
MP: Sabés que hay alguien corriendo, que se clavó la máquina, que un micrófono no anda... Y a veces no es culpa tuya ni del microfonista. Putear no soluciona nada, agrava todo. Me parece que esa es una pequeña ventaja con la que corremos quienes tuvimos la suerte de producir. A mí me encanta producir, me gusta mucho. Producir es hacer que las cosas pasen, de la mejor manera posible, ya sea una película o una obra de teatro.
LN: “Producir es hacer que algo pase”. Te lo voy a afanar, prometo que te cito (risas). Pero, ¿produjiste pasar a ser una megaestrella de la tele en el 2000 cuando llegás a Gran Hermano, o la vida te llevó?
MP: No, ahí me llevó la vida. Fue una casualidad absoluta. Yo me había ido a América a hacer un programa desde Mar del Plata que duró tres días y lo levantaron: empezó un lunes y terminó el miércoles. Muy cortita la experiencia, no había llegado ni a firmar contrato. De hecho, mandé un mail al Guinness porque pensé que por ahí era el programa más corto de la historia y tenía un récord, pero me contestaron muy amables, en inglés, que no: el programa más corto lo habían levantado en el primer corte comercial. Dije: “Bueno, tan mal no estoy si duramos tres días”. Yo era amigo de Marcos Gorban, un gran productor y amigo, que estaba empezando a armar Gran Hermano. Yo no lo sabía porque era top secret. Jugábamos al tenis una o dos veces por semana y a él le sonaba mucho el teléfono —esos primeros celulares gigantes—. En un momento me dice: “Mirá, estoy armando Gran Hermano, esto es top secret”. Era el primer reality en vivo que se iba a hacer, porque hasta ahí nuestra tele había tenido Expedición Robinson y otros formatos que se grababan enteros y se traía el material. Este era el primero con cámaras con transmisión 24 horas. Me dice: “Estrenamos en dos meses, así que vamos a jugar menos al tenis”. Cortamos un poco la frecuencia con la que nos veíamos y un día me llama y me dice: “Escuchame, ¿tenés un tape con material tuyo? Necesito material tuyo, mándamelo ya en una moto”. Yo estaba sin laburo. Me imaginé cualquier cosa y le dije: “Mirá que yo no entro en Gran Hermano”.
LN: “No me voy a encerrar” (risas).
MP: Me dijo: “No seas… mándamelo”. Se lo mandé y me citó a una reunión al día siguiente en Telefe. Cuando llego, me sienta con Claudio Villarruel, Bernarda Llorente y Marisa Badía, que en ese momento eran el tridente que manejaba el canal. “Te contamos el programa: esto arranca en 15 días”, me dijeron. Yo no entendía qué pasaba… Era para abrir la puerta de la casa, porque Solita Silveyra estaba al frente de las galas y terminaba siendo la cara de Gran Hermano. Propusieron un par de caras de Telefe, muy “pum para arriba”, pero los holandeses que supervisaban el primer formato que se hacía en Latinoamérica querían otro perfil. Y ahí entré yo, que nunca había hecho nada tan rimbombante. A los 15 días estaba abriendo la puerta de la casa. Fue como subirme a un avión sónico.

LN: Si me preguntás a mí, obviamente Solita y Jorge Rial eran los conductores, pero para mí Gran Hermano era Peluffo.
MP: Es que en las primeras ediciones las galas las hacía Solita, pero los debates los hacía Juan Alberto Badía.
LN: Tenés razón.
MP: Claro, yo solo era el que abría la puerta y conducía las galas de nominación de la tarde. En los debates de Badía se analizaba el fenómeno social: estaban sentados Eliseo Verón y Luis Quevedo hablando de Gran Hermano. Esas tres primeras ediciones pasaron y, cuando vuelve en el 2007, Telefe decide hacerlo de nuevo. Ya no lo hacía Solita, lo hacía Jorge Rial y arrancó con todo: era mucho más show. Se iba dejando de lado el fenómeno social para transformarse en una especie de circo romano. Yo veía que iban a arrancar los debates y me preguntaba quién los iba a hacer. Ahí me dijeron: “Te vas a hacer cargo vos”. Arranqué con los debates y empezaron a funcionar: iban a la mañana, a la tarde, a la noche, el sábado, el domingo... Yo vivía prácticamente ahí adentro.
LN: ¿Cuántas horas por día?
MP: Llegaba a la mañana y me iba a la noche. En un momento no sumás horas, es un continuo. Era una locura hermosa. Como a uno le gusta lo que hace y tiene el privilegio de vivir de esto, entrabas de día, salías de noche y te parecía que el tiempo no había pasado, no era tedioso.
LN: Bancame la expresión “fama”. En ese momento te transformaste en un tipo híper famoso.
MP: Me di cuenta que me pasó muy rápido. Yo empecé Gran Hermano siendo el pibe que había hecho algunas cosas en Canal 13. A la sexta o séptima semana de programa, que aflojó un poquito la rutina, se me ocurre hacer una salida familiar un domingo al Puerto de Frutos en Tigre a comprar unos muebles... Me tuve que ir entre un mar de gente. Mi vieja quedó por allá lejos... Tuve que subir al auto e irme.
LN: ¿No te lo imaginaste nunca?
MP: No. Ahí entendí lo que era Telefe y lo que era Gran Hermano. Los 30 puntos de rating realmente están en la calle. Salís a la calle y te habla todo el mundo.
LN: ¿Qué te dio y qué te sacó eso?
MP: Me dio muchísimo más de lo que me sacó. Me dio la posibilidad de hacer una carrera muy fuerte en poco tiempo; a otros colegas les toma muchos más años instalarse. Me sacó tiempo en casa. En el medio iba teniendo hijas, me iba mudando... Pero nunca lo viví como “esto me sacó tiempo”.

LN: ¿No te atropelló las relaciones o los vínculos?
MP: No, la verdad que no.
LN: ¿Y tu cabeza?
MP: Siempre tratando de que no se bandee. Infranqueable la puerta de mi casa: nunca hice notas adentro de mi casa, podés encontrar muy poquito de mis hijas. Y pagué los costos que hubo que pagar. Por ejemplo, venía la tapa de los Personajes del Año de la revista Gente y del jurado de Talento Argentino fueron Catherine Fulop, Maximiliano Guerra y Kike Teruel, y yo no fui. “No, no estoy invitado”, decía. Desde el canal preguntaban por qué no me invitaban y la revista decía: “Le quisimos hacer notas mil veces en la casa y no quiere”. De prensa del canal me decían: “Pero si no hacés la nota, no estás en la tapa”. “No tengo problema”, respondía yo. “Lo que no quiero es mostrar mi casa ni a mi familia”. Ese límite siempre traté de que fuera infranqueable, y lo logré.
LN: Venías en la ola de la tele, todo el mundo quería estar en tu lugar y, de golpe, te bajás de esa ola. ¿Por qué?
MP: Necesariamente te bajás. Nadie vive arriba de la ola todo el tiempo. Yo uso otro ejemplo: para mí los proyectos de tele son como un subte; tenés que tener claro cuándo te subís y dónde te bajás. Nadie vive arriba del subte haciendo ida y vuelta todo el tiempo, ni nadie está en la estación todo el tiempo. En algún momento te subís y te bajás en otro lado, y es mejor elegir dónde bajarse antes de que te bajen y te digan “acá fue”. Empecé a sentir que era momento de desacelerar. Las nuevas generaciones de conductores empezaban a ganar terreno: Nico Occhiato empezó a conducir La Voz... A Nico lo vimos crecer, yo estaba al aire cuando él era participante de Combate y de repente hoy conduce un formato. Si fuera una línea de producción, suben los nuevos y de la otra punta no se baja nadie: de Mirtha Legrand para abajo estamos todos. Sigue Marcelo Tinelli, sigue Beto Casella, sigue Jorge Rial... Nos vamos juntando todos en el mismo colectivo y en un momento alguien se tiene que bajar, porque la tele es finita y los proyectos son finitos. No hay realities ni formatos para todos. Hoy considero que la tele va por otro lado, y está bien que así sea; entendí que no va por mi lado y no me genera ningún problema.
Tuve el honor de hacer tres de los grandes formatos mundiales: Gran Hermano, Got Talent (Talento Argentino) y MasterChef. Hoy Gran Hermano lo hace Santi del Moro, con un estilo absolutamente diferente. Si nos ponés al lado, nada que ver: a Santi lo ves conduciendo, el tipo se viste para el show, lo transformó en Los Juegos del Hambre. Lo hablo a veces con él cuando nos cruzamos en la radio: hoy es “veamos quién tira por la ventana a quién”, y el tipo te lo vende genial. En nuestra época eso no se nos hubiera ocurrido, pero funciona. MasterChef lo hace Wanda Nara, Got Talent lo hizo Lizy Tagliani... Ya no buscan un “nueve de área”, están buscando otro tipo de conductor y de perfil.

LN: ¿Duele eso?
MP: Cero, te juro que cero. Si nos paramos en el ’80, tenemos la misma distancia hacia atrás que hacia hoy. ¡Pasaron 45 años! Tengo un poco de vértigo. Pasó mucho tiempo y está bien que las cosas cambien. Muy pocos programas resisten al mismo conductor, son trajes a medida: Bendita está hecho a la medida de Beto Casella; VideoMatch a la de Marcelo Tinelli; Intrusos durante años a la de Jorge Rial; la mesa de Mirtha a la de Mirtha Legrand... Después creo que mandan más los formatos que los conductores.
LN: Me quedo pensando en esto: si este domingo vas al Puerto de Frutos, te van a saludar, pero vas a poder ir con tu familia.
MP: Me siento a comer en cualquier lado. Me piden capaz una foto, un saludo, pero desde otro lugar.
LN: ¿Y no extrañás?
MP: No, porque siempre me propuse tratar de tener la vida más normal posible teniendo un trabajo especial. Sigo viviendo en mi barrio de toda la vida, voy a las reuniones de padres, voy al cine del shopping Devoto los miércoles con mis hijas, me siento a comer en el patio de comidas... Pasa alguien, me pide una foto o dice: “Che, mirá qué parecido al de la tele”. Mis hijas lo viven con naturalidad, crecieron así. Lo de Gran Hermano estaba fuera de medida, pero la espuma bajó y está bien que baje, porque nadie se puede mantener en la cresta de la ola todo el tiempo. Tampoco sería sano.
LN: Y ahora construís casas.
MP: Esa es otra locura que me agarró de grande. Volviendo al Mariano al que el papá le dijo “tenés que ser contador”: cuando mi viejo me preguntó qué iba a estudiar, yo tenía guardado en algún pliegue de la memoria que dibujaba planos y me guardaba los suplementos de arquitectura del diario. Le dije “Arquitectura” y mi papá me respondió: “No, arquitectura no. No tenés a nadie vinculado. Tenés los libros para contador, el estudio de tu tío y mis clientes”. Con su lógica de contador me convenció. Cuando en terapia empecé a ir bien al fondo del aljibe, me encontré con aquel Mariano y dije: “Ahora sí lo voy a hacer”. Además, entrás en una etapa de la vida donde sos más consciente de la finitud. Decís: “¿Hasta cuándo voy a vivir? ¿Hasta los 80, hasta los 85?”. Lo que hago en la tele o en la radio no es algo trasladable: si mañana no estoy, mis hijas no se pueden sentar en mi silla a decir “hola, qué tal”. Empecé a sentir la necesidad de armar algo que quede, que me trascienda y que no dependa de mí. Si a alguna le gustan los ladrillos, bien; y si dicen “papá era un loco que nos dejó cuatro departamentos y un baldío”, verán qué hacen. Me agarró por ese lado, dándole rienda suelta a esa pasión que en el secundario no logró crecer. Me voy divirtiendo con eso, sin hacer locuras, porque como buen ariano acelero enseguida.

LN: Vos proyectaste algo clave: todos los televidentes queríamos ser amigos tuyos. ¿No te dio miedo alejarte de esos “amigos”?
MP: Una vez tuve una charla recontra interesante con Diego Guebel, uno de los tipos más inteligentes con los que me tocó hablar. Cuatro Cabezas quería hacer un programa periodístico en Telefe; Claudio Villarruel lo quería comprar pero pidió que no fuera tan cool, que tuviera “barrio”, y propuso que lo condujera yo. En una reunión larga, Guebel me dijo: “Estuve preguntando bastante de vos. ¿Sabés qué tenés? Un gran capital simbólico: la gente te cuida. Cuando hacés un programa y no funciona, la gente dice: ‘Pobre flaco, mirá el muerto que le tiraron, bastante la remó’. La gente te separa de la colisión. Ese es el capital que tenés que cuidar”. Es un capital simbólico y es el que trato de cuidar siempre.
LN: ¿El Mariano de hoy le dice algo al que estaba en el mejor vagón del subte?
MP: Tuve una charla en una terapia donde dije que todo lo que uno no resuelva se lo pasa a los hijos. A nosotros nos tocó barajar los traumas de nuestros viejos y abuelos, y yo quiero alivianarle la carga a las tres que vienen atrás. Cuando cumplí 54 años hice la cuenta: la mitad es 27. Empecé a trabajar en la tele a los 27 y los segundos 27 fueron todos de tele. De tres tercios ya me comí dos, me queda el último. ¿Qué quiero hacer en el último tercio? Aquel Mariano me dijo: “¿Te acordás de que hacíamos planitos de casas?”. Y arranqué con eso. En este último tercio me quiero dar esos gustos, porque los gustos de la tele ya me los di todos.
LN: Si te llama Telefe ahora y te dice: “Te quiero para el próximo Gran Hermano”...
MP: De verdad te digo que no va a ocurrir, pero si ocurriera... soy un convencido de que uno no tiene que volver a los lugares donde ya fue feliz, donde fue todo lo feliz que podía ser. Vos no te irías de viaje de egresados de nuevo con tus 30 compañeros a Bariloche: uno se descadera, al otro lo perdés en un barranco, el otro lleva una valija de medicación... Hay un tiempo y un lugar para cada cosa. A los 22 años me tomaba el colectivo y no sé qué hubiera pasado si tenía el auto que quería: por ahí terminaba enroscado en un semáforo y hoy no estaba acá. Mi momento para Gran Hermano fue el que tenía que ser: empecé abriendo la puerta y terminé conduciendo las galas y los debates. ¿Volvería? No, la verdad que no. Tenés más chances de defraudar que de empatar aquello.
LN: Estás sabio, Peluffo.
MP: Estoy muy analizado (risas).
LN: Tenía una gran expectativa por escucharte y me voy más que satisfecho. No solo escuché al amigo de la tele que todos queríamos tener, sino a un amigo sabio al que el paso del tiempo no le fue en vano. Gracias por venir.
MP: Gracias a vos, un placer.