
Hay sueños que no se construyen de un día para el otro, sino que se tejen hilo a hilo, con la paciencia de quien sabe que lo que está gestando vale la espera. Ese fue el camino de Trinidad Grehan Podestá, una actriz que convirtió la ficción en su propio lenguaje para contar quién es. Con tan solo 23 años, estrenó este jueves Cada Dos, una comedia romántica escrita junto a Joaquín Mazzoleni, dirigida por el experimentado Pico Giménez Zapiola, y bajo la producción de Carla Calabrese, en el Teatro Maipo. Y en medio de este gran éxito, la artista abrió su corazón en exclusiva con Teleshow.
Hay un escenario que, sin que ella lo supiera, la esperaba desde hacía años: el mismo que la había dejado sin palabras la primera vez que entró como espectadora, maravillada por una historia que la atravesó para siempre. Aquella emoción, guardada como una semilla, germinó con el tiempo hasta convertirse en el lugar exacto donde hoy decide contar su propia historia. Entre la adrenalina de los ensayos, la certeza de haber encontrado en el teatro un refugio para transitar el dolor y la alegría desbordante de ver un sueño hecho realidad, Trinidad recorre hoy el camino que la llevó de aquellas tres líneas tímidas en un escenario escolar hasta protagonizar, con su propia pluma, el debut más importante de su carrera.
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Cada Dos es una comedia romántica generacional sobre el amor, el crecimiento y la amistad, que invita a un viaje nostálgico y divertido a través del tiempo. Oli y Mati se conocen a los 13 años y, con el correr de los años, construyen un vínculo atravesado por el humor, la ternura y la crudeza de crecer juntos, mientras descubren si esa amistad puede convertirse en una historia de amor. Con una mirada generacional capaz de conmover tanto a jóvenes como a adultos, la obra se erige como un homenaje sentido y divertido a las comedias románticas que marcaron a distintas generaciones, y también como la prueba de que los sueños sostenidos con disciplina y amor genuino siempre, tarde o temprano, encuentran las luces de un escenario.

—¿Cuál es el primer recuerdo que tenés vinculado a este mundo?
—El primer recuerdo que tengo es de cuando tenía 12 o 13 años, en un taller de teatro del colegio que terminaba con el montaje de una obra a fin de año. Recuerdo exactamente el momento de subirme al escenario, con el papel más chico de todos, porque era mi primer año haciendo teatro. Pero recuerdo esa sensación de sentir una felicidad y una paz enormes, como si algo en mí perteneciera a ese lugar, y lo disfruté muchísimo. Cuando me bajé, pensé: “Quiero hacer esto por el resto de mi vida”. Me fascinó la adrenalina de subirme, de estar ahí, el presente que implica estar en un escenario. Ahí, arriba de ese escenario, con esas tres líneas, me enamoré completamente del teatro.
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—¿Siempre tuviste una vena artística, o ese fue el momento preciso en el que todo cambió?
—Siempre fui un poco artista. Jugaba con algunos juguetes, con muñecas, armaba historias, inventaba cuentos. Le inventaba historias a mi hermano, porque tengo cuatro y, con el que me sigue en edad, dormíamos juntos de chicos y yo le contaba historias para que se durmiera. Siempre hubo algo de la imaginación y del juego en mí, y de chica me decían todo el tiempo: “Tenés que hacer teatro, sos muy cararrota, tenés que hacer teatro”. Hasta que finalmente lo hice y me enamoré.
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—¿Hay alguien más en tu familia que haya transitado un camino artístico similar?
—Fui la primera. Mi hermano más grande escribe, le gusta la escritura, es licenciado en Letras, profesor de Lenguas y tiene poemarios publicados. Pero con el teatro, no: en eso soy la primera.
—¿Cómo recibió tu familia la decisión de estudiar actuación como carrera profesional y dedicarte a esto de por vida?
—Creo que gran parte de animarme a tomar esa decisión fue gracias al apoyo incondicional de mi madre. Mi forma de ser, mi personalidad, mi manera de disfrutar la vida, todo se lo debo a ella. La amo y la admiro profundamente, es una de las personas más importantes de mi vida.
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Mi mamá es docente y catequista, se dedica a enseñar el amor de Dios, y siempre fue muy fiel a lo que quería hacer. Cuando ella tomó esa decisión, en su familia la miraron con dudas, le preguntaban por qué no elegía algo que le rindiera más económicamente, pero fue muy decidida a hacer lo que amaba. Siempre me inculcó: “Trini, hacé lo que amás, porque así te va a ir bien, de otra manera no vas a ser feliz”. Y siempre me apoyó. Cuando le dije que quería ser actriz, me respondió: “Yo te apoyo, hacé lo que tengas que hacer”. Eso fue muy importante para mí. De hecho, todas mis amigas estudian carreras más tradicionales, vinculadas con lo que hoy está más instalado: pasantías, empresas, el mundo corporativo. Lo admiro y lo respeto, pero sé que no pertenezco a ese mundo. Sé que pertenezco al teatro.


—¿Hubo alguna obra o algún musical que haya sido especialmente significativo durante tu formación como actriz?
—Sí, varias, pero en relación a lo que estoy viviendo ahora particularmente, me marcó mucho ir a ver el musical Come From Away. En ese momento no sabía de qué trataba, y tampoco conocía el Teatro Maipo. Apenas entré, fue amor a primera vista con el lugar: me enamoré por completo. Después la historia me atravesó mucho, más allá de que me gustaron los actores, la dinámica y la composición del musical en sí. Me atravesó porque trata sobre las Torres Gemelas, y mi tío, Pedro Grehan, falleció ese día. Yo no lo conocí ni viví ese momento, porque nací después, pero sí viví algo de ese dolor a través de mi padre, que era su hermano. Me impactó muchísimo, fue una experiencia muy especial.
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—¿Sentís que esa experiencia, sumada a tu historia personal, terminó impactando en cómo te desenvolvés en tu carrera o en cómo actuás arriba del escenario?
—Puede ser. El teatro no es que me haya salvado la vida, porque sería decir demasiado, pero sí fue muy importante en cada momento difícil que atravesé. Fue mi refugio, mi lugar de descarga. Veo al teatro como una forma de transmutar la emoción: todo lo que uno siente, poder expresarlo y, de alguna manera, sanarlo. En esa obra experimenté un poco esa transmutación, cómo una historia puede atravesarte y, si no sanarte del todo, al menos hacerte bien al alma.
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Mi padre falleció un día después de que yo cumpliera 14 años. En ese momento se me dio vuelta el mundo en todos los sentidos, porque éramos muy unidos y era un padre muy presente. Con tanto dolor, que ni siquiera lograba entender del todo, mi forma de sostenerme fue actuar, hacer teatro, componer canciones, jugar al fútbol, pero sobre todo actuar. Sirvió de catarsis y sostén. En el teatro encuentro paz. Para mí hay algo fundamental para disfrutar la vida y ser feliz, que tiene que ver con esa paz interior, con estar tranquila con quien una es. Y el lugar donde más encuentro esa paz conmigo misma, ese presente absoluto, es en el escenario, actuando.
—Respecto a la obra que acabás de estrenar. ¿Cómo llegó esa propuesta, y qué sentiste al enterarte de que ibas a estar en el Teatro Maipo?
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—Para mí fue una locura, y sigue siéndolo. Yo sabía quién era Carla Calabrese, aunque no la conocía personalmente. En una de las últimas funciones de nuestro work in progress, en San Isidro, vino Carla, porque conoce a Pico, nuestro profesor, y él la había invitado. Yo me había olvidado de que iba a estar presente, estaba concentrada en otra cosa. Cuando terminó la función, se acercó gente a felicitarme, entre ellas Carla, pero no sabía quién era: pensé que podía ser una tía de Joaco o una amiga de mi mamá. Me felicitó con mucho cariño y yo apenas le dije “gracias, gracias” y seguí con lo mío. Enseguida se acercó mi mamá, que también había estado en la función, y me preguntó: “¿Vos sabés quién era esa?”. Le dije que no, y me contestó: “Carla Calabrese, la de la obra que viste en el Maipo”. Ahí no lo podía creer: la había saludado sin saber quién era, sin poder agradecerle por la obra que tanto me había marcado.


—¿Y qué pasó?
—Me quedó esa espina. A los días, Pico nos llamó a Joaco y a mí y nos dijo: “Chicos, a Carla le gustó mucho la obra, quiere que la hagamos en el Maipo”. No lo podía asimilar. Es una obra que escribimos nosotros, y ella podría haber dicho simplemente “qué linda obra, la hago con otros actores”, pero confió también en nosotros para llevarla a su teatro. Es una dimensión muy fuerte, todavía no termino de caer del todo. A cada persona que se lo cuento, lo conoce. Es un teatro que está en la mente de todos los que viven en el país.
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Cuando me enamoré del teatro, esa vez que fui a ver Come From Away, imaginé en algún momento actuar ahí. Pensé: “¿Te imaginás que en algún momento, estudiando actuación, termine actuando en el Maipo?”. Que ahora se esté dando, además con una obra que escribimos nosotros, es el sueño perfecto. Y que sea de la mano de Carla, que fue quien más me impactó cuando vi su obra, lo hace todavía más especial.
—¿En qué consistió el proceso de escritura junto a Joaquín previo a llevarla al escenario?
—Nosotros nos hicimos amigos estudiando en la UNA (Universidad Nacional de las Artes), en el primer año de la carrera. Teníamos mucha química actuando juntos, nos sentíamos muy cómodos trabajando en pareja. Habíamos visto algunas obras en formato de dúo y nos planteamos: “¿Y si hacemos un dúo nosotros?”. Pico, nuestro profesor de teatro, siempre nos había inculcado esa idea. Cuando le dije que quería estudiar actuación, me dijo: “Trini, vos siempre tenés que ser autogestiva, hacer tus propios proyectos, no depender de un casting o de que alguien te llame, porque la vida de la actriz es difícil si estás todo el tiempo dependiendo de otro. Tenés que generar tus propias cosas”.


Se lo propusimos a Pico, él aceptó, y estuvimos un año entero escribiendo la obra. Planteó una idea inicial sobre dos amigos que hacen un trato, y a partir de ahí empezamos a investigar a los personajes. Improvisamos una escena de ellos siendo más chicos, de cómo se conocieron; esa escena funcionó, y a partir de ahí empezamos a contar la historia del vínculo entre ambos cada dos años, por eso la obra se llama así. Fue un proceso de improvisaciones, ideas, grabar lo que improvisábamos, desgrabar y reescribir, durante todo un año, hasta terminar de armarla.
—¿Cómo te sentíste en la primera función esta misma noche en el Maipo?
—No podía más de los nervios. Al mismo tiempo, estoy muy contenta y tranquila, porque salió todo bien después de tanto esfuerzo y de todo lo que venimos trabajando.
—¿Qué tiene el teatro, para vos, que quizás otros formatos no logran igualar?
—Sinceramente, para mí es como un ritual mágico, en el sentido de que, durante una hora o una hora y media, lo que dure la obra, las personas que están viendo y los actores comparten un pacto de ficción que no implica nada más que estar ahí, presentes, en ese momento. El teatro es muy lindo e irremplazable: no hay tecnología de por medio, no hay inteligencia artificial que lo pueda sustituir, no hay nada que se le asemeje. Existe hace miles de años y creo que va a seguir existiendo miles de años más. Es hermoso sentarte un rato, desconectarte del mundo y dejarte entretener por una persona que te está brindando su actuación, interpretando algún tipo de ficción.


—¿Qué te gustaría que se lleve el público después de ver esta obra?
—Más que nada, quiero entretener a las personas, que se rían y se enternezcan con esta historia. Para mí es una historia de amor clásica, que da ternura y hace reír. Espero que la gente venga, se distraiga un rato, se ría, crea en el amor y se enternezca con estos personajes tan particulares y, sobre todo, la pase bien.
—Si pudieras darle un consejo a alguien que está transitando esta misma vocación, ¿qué le dirías para que siga sus sueños?
—Creo que el consejo que me dio Pico sobre la autogestión: nunca dejar de moverse. Si nosotros no lo hubiéramos hecho, nada de esto habría pasado. Hay que confiar en esa sinergia del movimiento, en que hacer lleva a más hacer, y que eso provoca que las cosas, de a poco, se vayan dando. Y, sobre todo, nunca dejar de formarse. Eso para mí también es fundamental. Cuando termine la carrera voy a seguir formándome, porque una nunca termina de ser su mejor versión arriba del escenario.