Se calcula que un 13% de la población tiene lo que se conoce como inteligencia límite, es decir, que tienen un CI (cociente intelectual) ligeramente inferior a la media, concretamente entre el 70 y 85. Sin embargo, como explica Magdalena Moriche, madre y creadora de la fundación que lleva su nombre, solo el 1% de la población está diagnosticada.
Entonces, ¿dónde está el otro 12%? Como asegura Magdalena Moriche, sin identificar, “son invisibles, están en tierra de nadie”, con todo lo que implica, pues, si bien es cierto que una persona con inteligencia límite necesita menos apoyos que una persona con una discapacidad intelectual más grave, no contar con esos apoyos puede cambiar, para mal, el rumbo de su vida.
A menudo, las personas con inteligencia límite pasan desapercibidos para el sistema, lo que les convierte, a su juicio, “en las personas con discapacidad más desfavorecidas. Aún es muy desconocida y pasan tan desapercibidos que nos llegan chicos de 30 años a los que acababan de diagnosticar”, asegura.
Su hijo fue diagnosticado a los 10 años, tras ponerle varias etiquetas erróneas. Fue poco después, hace ahora 34 años, cuando decidió crear una asociación. “Me puse a buscar bibliografía, recursos… y vi que no había espacios en los que ayudaran a estas personas, no había centros que trataran de manera específica la inteligencia límite. En ese momento decidimos mi marido y yo crear un centro precisamente para atender a estas personas con inteligencia límite o discapacidad intelectual ligera”.
Primero crearon AEXPAINBA (Asociación Extremeña de Padres para la Integración, el Bienestar y la Autonomía ), y luego la convirtieron en fundación. “El nombre lo pusieron el resto de los padres porque a mí me da vergüenza”, asegura humilde, “llevamos muchos años trabajando, y al inicio de la fundación, pusimos los 30.000 euros que exige la ley entre todos los padres. Todo el patrimonio que tenemos, que incluye un centro propio, lo hemos pasado a la fundación y tenemos el protectorado de la Junta de Extremadura”, dice orgullosa.
En la actualidad, la fundación Magdalena Moriche es el ‘refugio’ de más de 200 personas y dispone de muchos servicios -tanto concertados como privados- para cubrir las necesidades que van surgiendo en las distintas etapas de su vida.
Como no tienen un rasgo característico, la inteligencia límite pasa desapercibida entre otras más graves, y se queda sin recursos
En estos años, Magdalena se ha convertido en toda una especialista en inteligencia límite y conoce de primera mano las necesidades, limitaciones y capacidades que tienen estas personas. Aunque de lo que primero se dio cuenta fue de lo abandonada que está esta discapacidad dentro del sistema. “Es la gran desconocida. La discapacidad intelectual es un cajón desastre, porque dentro de ella están la límite, la ligera, la moderada, la grave y la profunda. En función de la gravedad, así hay que poner los apoyos, pero la realidad es que los recursos no llegan a la inteligencia límite. Como no tienen un rasgo característico, pasa desapercibida entre otras más graves, y se queda sin recursos. Y es una pena, porque yo siempre digo que las personas con inteligencia límite son personas con bastantes capacidades pero con pocas oportunidades de demostrarlo”.
El sistema a menudo no los ve, pero muchas veces, tampoco lo hacen ni ellos mismos ni sus familias. Como explica Magdalena, “por un lado, como ellos son conscientes de que son diferentes, intentan disimular por vergüenza, para que no des cuenta de que tienen limitaciones… pero eso es muy malo, sobre todo en la adolescencia, porque físicamente crecen igual que los demás, pero cognitivamente su desarrollo es más lento. Eso les hace, además, ser más vulnerables al bullying. Por otro, los padres no quieren verlo, porque asimilar que tienes un hijo con discapacidad intelectual es duro, todavía hay prejuicios, miedo a determinadas etiquetas… pero los prejuicios sociales no pueden estar por encima del bienestar de nuestros hijos”.
Toda esta invisibilidad -y el estar en tierra de nadie- provoca, por ejemplo, que ni siquiera se les reconozca el 33% de discapacidad. En muchas ocasiones se quedan por debajo, lo que les impide acceder a los mismos derechos que el resto de personas con discapacidad.
Lo primero que necesita una persona con inteligencia límite es un diagnóstico más temprano. Ahora mismo, como explica Magdalena, suele llegar demasiado tarde. “Primero te dicen que no sigue el ritmo de la clase, luego que tiene retraso madurativo… y hasta que llega el diagnóstico, si es que llega en la etapa escolar, es muy tarde. Para acelerar el diagnóstico, necesitamos que la sociedad esté más concienciada y que en un colegio, en cuanto les llegue un niño con este diagnóstico, les pongan los recursos y los manden a los centros especializados, como el nuestro”.
Y es que, sin diagnóstico, no hay recursos, y los recursos son necesarios para empezar, cuanto antes, a trabajar con ellos y que puedan desarrollar habilidades que les permitan ser lo más autónomos posible. “Lo que queremos es que se invierta en ellos, porque cuanto más se invierta en ellos desde el principio, más autónomos serán y menos necesitarán el sistema. Si les das oportunidades puede demostrar sus capacidades”, insiste.
Precisamente eso es lo que intentan hacer cada día en la Fundación Magdalena Moriche, donde ayudan y acompañan a más de 200 personas y a sus familias, en todas las etapas de la vida y en todas las facetas de la vida. “Tenemos servicios públicos, como un centro ocupacional y un centro de FP, y privados. Todos ellos los hemos ido desarrollando a lo largo de los años en función de las necesidades que nuestros hijos han ido presentando. Ahora cuando viene un chico le hacemos un itinerario, tanto laboral como personal”, explica.
Poniendo siempre a las personas en el centro, su objetivo es darles las herramientas que necesitan en cada etapa de la vida. “Las primeras necesidades se suelen presentar a nivel educativo, pero después surgen otras necesidades: a nivel social, laboral…”, asegura. Por ejemplo, tienen un servicio para buscarles formación y asegurarse de que les hacen las adaptaciones, un servicio de empleo con apoyo intermitente, una academia de oposiciones, formación en habilidades sociolaborales, les buscan trabajo, prácticas laborales, pisos tutelados... y también actividades más lúdicas y sociales, como deporte, ocio, un club de lectura fácil.
Las personas con inteligencia límite son personas con bastantes capacidades pero con pocas oportunidades de demostrarlo
También disponen de servicios de apoyo psicológico, algo que consideran primordial, pues como lamenta Magdalena, “en ellos muchas veces hay que trabajar más la parte emocional que la cognitiva porque traen una mochila llena de fracasos, de baja autoestima, de discriminación, de soledad… Todo eso los hace muy vulnerables, por eso primero hay que quitarles esa mochila”.
Una mochila que no pesaría tanto si el sistema los tuviera en cuenta, si los viera. “En el sistema, la inteligencia limite está muy en pañales”, lamenta, “y ellos se merecen una vida justa y segura. En nuestra entidad ponemos todos los medios posibles para que así sea, porque aun habiendo leyes, se vulneran sus derechos”.
Lo más urgente para ella es que al menos se les reconozca el 33% de discapacidad para que puedan acceder a los mismos recursos que el resto de personas con discapacidad, para que tengan una mínima cobertura social. “Ahora lo están rebajando, y eso los hace aún más vulnerables. Nosotros no queremos que tengan pensión, queremos hacerlos productivos, darles los recursos que necesitan para que sean los más autónomos y lo más felices posible. Pero tampoco queremos que estén desatendidos por el sistema porque eso les deja en tierra de nadie. No entran ni en el mundo de la ‘normalidad’ ni el de la discapacidad, por eso pedimos que las leyes se adapten más a las personas con inteligencia límite”.