Solo salieron un par de meses, pero fueron LA pareja del momento: dos divos pop adolescentes en la cumbre de sus poderes, con las tapas de las revistas teen peleándose por ellos. El problema no fue el romance sino el final, calificado por muchos como una de las rupturas más crueles de la historia moderna del espectáculo: Joe la dejó por teléfono, en una llamada que —según la propia Taylor, que lo contó en el programa de Ellen DeGeneres con lágrimas de cocodrilo perfectamente calibradas— duró exactamente 25 segundos. Veinticinco segundos. Menos de lo que tarda en cargar un video de YouTube en 2008. “Cuando encuentre a la persona adecuada para mí, será maravilloso, y cuando mire a esa persona, ni siquiera podré recordar al chico que rompió conmigo por teléfono en 25 segundos cuando tenía 18 años”, disparó entonces la cantante, inaugurando su marca registrada: la venganza con copyright. Se presume que “Last Kiss” y “Forever and Always” salieron de esa herida. Joe debe mirar hoy la boda del Madison Square Garden pensando que esos 25 segundos fueron los más caros de su vida.
Acá la cosa se pone turbia. Mayer tenía 32 años; Taylor, 19. El guitarrista con fama de rompecorazones seriales (Jennifer Aniston y Katy Perry figuran en su prontuario) sedujo a la joven estrella country y la relación duró apenas un par de meses. Pero el verdadero escándalo llegó después, cuando Taylor publicó “Dear John”, una demolición de siete minutos donde le reprocha, sin anestesia, haber salido con una chica de 19. Mayer, lejos de hacer autocrítica, se hizo la víctima: “Nunca recibí un correo electrónico. Nunca recibí una llamada telefónica. Realmente me tomaron con la guardia baja, y me humilló. ¿Cómo te sentirías si, en lo más bajo que hayas estado, alguien te pateara aún más bajo?”, lloriqueó ante Rolling Stone. La respuesta del público fue unánime: nadie le creyó. Cada vez que Taylor canta “Dear John” en vivo, el estadio entero abuchea al aire, como si Mayer estuviera ahí. El karma, con reverb.
Taylor y Taylor: la pareja que parecía diseñada por un departamento de marketing. Ella era todavía una adolescente en plena explosión country-pop; él, el hombre lobo de “Crepúsculo”, el abdominal más famoso del cine juvenil. Se conocieron en el set de “Día de San Valentín” y el romance duró lo que dura un otoño boreal: unas semanas de citas, paparazzis y sonrisas ensayadas. Lo curioso es que acá la historia se invierte: fue ella la que perdió el interés, y él quedó como el corazón roto. Tan roto que Taylor —siempre autobiográfica, siempre facturando— le habría dedicado “Back to December”, una de las pocas canciones de su catálogo donde pide perdón en lugar de repartir esquirlas. Lautner se lo tomó con deportividad: años después hasta apareció en el video de “I Can See You”. Un caballero, el lobo.
Relación de altísimo perfil entre la diva pop y uno de los actores más cotizados del momento. Duró tres meses, pero generó el material más valioso de toda la carrera de Taylor: “All Too Well”, la balada de la bufanda. Porque sí, todo el planeta swiftie sabe que Taylor dejó una bufanda en la casa de la hermana de Jake, y que esa bufanda se convirtió en el símbolo de un romance con diferencia de edad —él tenía 29, ella 20— y un cumpleaños de 21 al que él, dicen, nunca llegó. Cuando en 2021 Taylor relanzó la canción en versión de diez minutos, Gyllenhaal tuvo que cerrar los comentarios de su Instagram: una generación entera fue a escracharlo una década después de los hechos. “We Are Never Ever Getting Back Together” también sería suya. Jake, que no tiene la mejor de las famas —dicen que es bastante complicado—, aprendió la lección más cara del showbusiness: nunca le rompas el corazón a una compositora con memoria fotográfica.
El romance “Haylor”: la princesa del pop y el príncipe de One Direction, perseguidos por paparazzis en cada esquina de Nueva York, con paseo en Central Park incluido que dio la vuelta al mundo. Duró apenas tres meses y terminó, según la leyenda, con una pelea durante unas vacaciones en el Caribe: ella se volvió sola en un bote, cabizbaja, y la foto de esa retirada es patrimonio de la cultura gossip. Fue, según contó después la propia Taylor, una relación agotadora: demasiada prensa, demasiado todo. Pero qué rédito artístico: “Style” (guiño, guiño), “Out of the Woods” y buena parte del disco “1989” destilan a Harry por los cuatro costados. Él respondió con elegancia británica desde One Direction y su carrera solista, y jamás dijo una palabra de más. Dato de color: Harry fue invitado al casamiento con Kelce, pero no pudo ir porque tocaba en Wembley. La vida, a veces, escribe mejores guiones que Hollywood.
El DJ escocés fue, durante 15 meses, el novio formal: la primera relación adulta, pública y estable de Taylor. Se conocieron en los Elle Style Awards en febrero de 2015 y a las pocas semanas ya aparecían a los besos in fraganti. Fueron la pareja mejor paga del mundo del espectáculo según Forbes, y todo parecía encaminado. Hasta que explotó: la ruptura fue en mayo de 2016 y a las dos semanas Taylor ya estaba fotografiada con Tom Hiddleston, lo que desató la furia twittera de Harris. El escándalo escaló cuando se supo que Taylor había coescrito bajo seudónimo el hit “This Is What You Came For”, que Harris grabó con Rihanna, y el DJ estalló con un hilo memorable acusándola de querer hacerlo quedar mal. Se presume que “I Did Something Bad” y “Getaway Car” tratan sobre él. Spoiler: nadie sale bien parado de un Getaway Car.
El romance más extraño y teatral del lote. Con Loki todo fue vértigo: fotos besándose en las rocas de Rhode Island a los quince días de la ruptura con Harris, viajes relámpago a Roma, Inglaterra y Australia, y la imagen que quedará para siempre en los libros de historia del papelón: Hiddleston en una fiesta del 4 de julio con una musculosa que decía “I ♥ T.S.”. Todo parecía tan armado, tan coreografiado, que medio mundo sospechó de una operación de prensa. Duró tres meses: se dice que él quería más exposición pública de la que ella —quemada por el circo mediático— estaba dispuesta a dar. Ironía pura. “Getaway Car” también le tiraría esquirlas: esa canción sobre huir de una relación usando otra como vehículo de escape es, básicamente, el acta de defunción del Hiddleswift.
Su relación más larga y significativa hasta Kelce, y la más silenciosa: seis años de romance blindado, sin alfombras rojas compartidas ni fotos posadas. El actor británico fue el gran refugio de Taylor en su era más introspectiva: juntos coescribieron canciones bajo seudónimo en “Folklore” y “Evermore”, los discos más celebrados por la crítica. Todo el mundo esperaba casamiento; llegó, en cambio, la ruptura en abril de 2023, amistosa y sin escándalo según los voceros, aunque “The Tortured Poets Department” después contaría otra cosa. Tras la separación, Taylor tuvo un affaire fugaz y polémico con Matty Healy, el cantante de The 1975, que duró unas semanas. Y entonces, sí: apareció Kelce.
Hay que decirlo sin vueltas: Taylor Swift jamás salió con un tipo común. Nunca un ferretero, nunca un contador. Su historial amoroso es un desfile de estrellas pop, galanes de Hollywood, DJs millonarios y, para el gran final, un campeón del Super Bowl. Y cada ruptura terminó convertida en canción: Taylor no llora sobre la almohada, llora sobre un contrato discográfico, fue la primera que se dio cuenta que las mujeres facturan.
Pero tuvo muchas lágrimas para facturar, ciertamente. Finalmente, sin embargo, encontró el final feliz para su cuento de hadas en Travis Kelce, con castillo incluido: algo de paz y amor para un corazón cansado tras una saga de noviazgos malos (aunque rentables) que repasamos a continuación.
El final de cuento que nadie vio venir: la mujer más famosa del planeta enamorada de un jugador de fútbol americano que la fue a buscar con una pulserita de la amistad a un show del Eras Tour. Travis Kelce, estrella de los Kansas City Chiefs y tres veces campeón del Super Bowl, lo intentó, falló, lo contó en su podcast, y Taylor —halagada por el gesto— le dio una oportunidad. Lo que siguió fue el noviazgo más televisado de la historia: ella alentando desde los palcos de la NFL y una industria entera del chisme facturando en dólares. En agosto de 2025 llegó el compromiso, con un post conjunto que rompió récords en Instagram. Y el viernes pasado, el 3 de julio, el final de película: se casaron en el Madison Square Garden de Nueva York, ante unas mil personas, en una boda envuelta en un secreto de estado, con acuerdos de confidencialidad y seguridad nivel aeropuerto. Ofició la ceremonia nada menos que Adam Sandler, amigo de la pareja; el hermano de ella, Austin, fue su “hombre de honor” y Jason Kelce, el padrino. Ella lució un vestido de alta costura de Dior diseñado por Jonathan Anderson, con zapatos Louboutin hechos a medida. Entre los invitados: Beyoncé y Jay-Z, Paul McCartney —que cantó en la fiesta—, Steven Spielberg, Selena Gomez, Bradley Cooper, Tom Hanks y siguen las firmas. Afuera, una multitud de swifties cantaba en la calle mientras el Empire State se iluminaba de azul y los carteles de Midtown anunciaban “JUST&T MARRIED”. Después de Jonas, Lautner, Mayer, Gyllenhaal, Styles, Harris, Hiddleston y Alwyn, Taylor encontró marido. Y no: tampoco esta vez fue un ferretero.
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