Actualizado Domingo, 12 julio 2026 - 12:39
San Blas es uno de los barrios más ricos de la capital en cuanto a historia clandestina y macarrismo se refiere. Construido por el régimen franquista desde finales de los años 50 hasta los años 70, en los 80 acabó por convertirse en una verdadera jungla de asfalto donde la droga, los toxicómanos y la violencia estaban a la orden del día.
Cuando la Obra Sindical del Hogar planificó el barrio, este fue bautizado como San Blas a modo de homenaje encubierto o como juego de palabras para halagar a Blas Pérez González, importante Ministro de la Gobernación entre 1942 y 1957. Este acababa de abandonar el cargo en 1957, el mismo año del Plan de Urgencia Social que proyectó la construcción del barrio. Para evitar dar el nombre de un político vivo a un importante sector de la ciudad, administrativamente se recurrió al antiguo topónimo religioso de los terrenos (la vieja ermita y los mapas del siglo XIX).
De hecho, el nombre de "San Blas" ya se utilizaba oficialmente en los mapas eclesiásticos, catastrales y agrícolas de la zona mucho antes de que naciera el ministro franquista. De esta forma, el régimen aprobaba un nombre con una doble lectura: sonaba formalmente cristiano pero a la vez funcionaba como un guiño de reconocimiento a la figura de Blas Pérez González.

Vecinos de San Blas protestan ante un coche de Policía durante una manifestación reclamando más seguridad.Matías Costa
En el seno de este fascinante microcosmos, la F fue, tradicionalmente, una de las zonas más complicadas del lugar. Franco construyó el referido barrio por parcelas, a cada una de las cuales correspondía una letra. Entre otras cosas, la F era una zona intermedia entre el metro de San Blas y el poblado de Los Focos, en la Avenida de Guadalajara, donde se despachaban ingentes cantidades de droga. Digamos que formaba parte de un recorrido o itinerario complicado. Como cuenta un entrevistado del barrio: "Veías a gente pasar: gente decrépita, menos decrépita".
Según comenta, una de las Grecas vivía en San Blas, cerca de la iglesia de San Joaquín. Se dice que Las Grecas provenían de la U.V.A de Canillejas, al igual que algún mítico personaje callejero como el Kung Fu. "Yo tengo una anécdota personal con él, de cuando estaba yo haciendo la catequesis", me comenta uno de ellos.

Bloques de San Blas, en sus orígenes en los años 50.EM
"Sería 1977. Al Kung Fu lo llamaban así porque iba descalzo, como el protagonista de la serie de David Carradine. De hecho, el padre Aquilino, un cura del barrio, llegó a ofrecerle calzado, pero él pasaba. Vivía detrás de la calle Agenta, en unos bloques que ahora mismo están arreglando. Su nombre real era Pedro y tenía muchos hermanos: unos mellizos, estaba el Paquito, tenía alguna hermana, etc. Recuerdo que hubo un incendio en su casa y los bomberos, en un momento dado, empezaron a recular porque era demasiado peligroso. Él sabía que dos hermanos estaban dentro. Entonces, se metió con dos cojones dentro del fuego para sacarlos. La gente habló mucho de eso. Desde entonces, su leyenda fue creciendo. Al principio, el Kung Fu era un roba-bicis".
Otro de los presentes interviene: "Yo soy de 1967 y él era algo más mayor. Era un fanático de la conducción y de la mecánica. Se hizo famoso tras robar un camión lleno de muebles al lado del centro cultural Antonio Machado, muy cerca de los Focos. Como no llegaba a los pedales, utilizó unos ladrillos. Luego, condujo cuesta abajo, hasta que volcó en la rotonda de abajo. Cuando andábamos jugando al fútbol la gente decía: '¡Que viene el Kung Fu!'. Robaba a la gente con unos cuantos secuaces, aunque eran unos niños".
Sigue: "El Kung Fu era rubio, delgado, agraciado, era un tío con personalidad. Nosotros estábamos un paso por debajo porque cuando había que hacer algún atrevimiento, ese tipo de gente tiraba pa'lante. El resto no. De algún modo, eran líderes. Había un grupo de gente que marcaba la diferencia y el resto íbamos un poco a rebufo de ellos. Esa gente, además, era un poco inconsciente".

Estación de Metro de San Blas, el día de su inauguración en 1974.EM
"Recuerdo que, un día, cuando estaba haciendo la catequesis estaba esperando a entrar en la iglesia de la Virgen del mar y escucho: '¡El Kung Fu, el Kung Fu!'. Y sale toda la peña corriendo, pero yo me quedé atrás. Hacía mucho frío y recuerdo que mis padres me habían regalado unos guantes por Reyes. A nosotros que éramos de un barrio obrero nos regalaban cosas útiles: guantes, cuadernos... ¡No un scalextric!. En un momento dado me vi rodeado por él y dos o tres secuaces. Él me dijo: '¿Sabes quién soy?'. 'Sí, el Kung Fu', respondí. 'Y, ¿por qué no has salido corriendo?'. 'Porque no me ha dado tiempo', añadí. '¿Me dejas probarme los guantes?', preguntó. Se los probó y preguntó a sus amigos si le quedaban bien. pero, cuando iban a marcharse, me preguntó: '¿Tienes otros?' Cuando contesté que no, acabó por devolvérmelos".
Continúa con su relato: "Años después, recibió una ráfaga de la policía al atracar una gasolinera. Tras esos disparos, se le deformó la cara. Apenas podía hablar. Años después, recuerdo que en Informe semanal salía el penal de Ocaña y varias escenas en las que se entrevistaba a los presos. En una de esas aparecía el Kung Fu fregando en segundo plano. Lo último que supimos antes de eso fue que metió 60 puñaladas a una vieja de Canillejas. Se supone que se coló a robar en una casa y mató a la dueña de la misma. Se comió ese marrón y me parece extrañísimo, porque no era ese tipo de persona. Aunque también el caballo podría estar afectándole a la cabeza, ya que por entonces era adicto", remata. Otras fuentes aseguran que murió en la cárcel del Puerto de Santa María, versiones que acrecientan su leyenda.
Es autor de Macarras interseculares, editado por Melusina, [puedes comprar el libro aquí], Macarrismo, editado por Akal, [puedes comprar el libro aquí] y Macarras ibéricos, editado por Akal, [puedes comprar el libro aquí]. Macarras ibéricos, editado por Akal, Macarras interseculares (cómic) [puedes comprar el libro aquí]