Bajo una luna de sangre. Murieron la misma noche. Solo que con un año de diferencia. Federico García Lorca era fusilado el 18 de agosto de 1936. Su amado, Rafael Rodríguez Rapún, moría justo un año después, como consecuencia de las heridas sufridas en una guerra que quebró a la sociedad española y convirtió a los hermanos en enemigos.
“Hay testimonios que dicen que Rapún no huyó de las bombas. En el contexto histórico que vivía, en plena guerra y en las trincheras, tengo la sensación de que ese día se acordó mucho de Lorca. Tuvo una especie de breakdown. Ya no podía más. Dejó de correr. Fue especialmente duro interpretar a un personaje que está en ese punto”, explica Miguel Bernardeau (Querer), uno de los protagonistas de La bola negra, de Javier Calvo y Javier Ambrossi (La Mesías), ganadora ex aequo del premio a la mejor dirección en el pasado Festival de Cannes, compartido con Paweł Pawlikowski por Fatherland.
A través de las historias entrelazadas de tres hombres en tres épocas distintas –Carlos (Milo Quifes), Sebastián (Álvaro Lafuente, más conocido como Guitarricadelafuente) y Alberto (Carlos González)–, la película homenajea la obra inacabada del poeta y dramaturgo granadino que da título al filme y adapta, en uno de sus segmentos, la obra teatral La piedra oscura, de Alberto Conejero, que aborda la Guerra Civil y distintos episodios de la historia de España.
“El primer día de rodaje, estaba en el camión rodeado de muertos y vi que el despliegue de medios era enorme. Había unos cien figurantes. Al ver el plano, todos quedaban fuera de foco y mi cara en primer término. Ahí me di cuenta del tipo de película que era. No había ese ego de director, sino una conexión con la escena que querían contar. Los Javis decían: ‘Queremos estar todo el rato con los personajes y que te atraviesen’. Eso es muy bonito”, añade Bernardeau.
El segmento basado en el texto de Conejero reimagina el que podría haber sido el destino de Rapún, secretario del grupo de teatro La Barraca y jugador de fútbol del Atlético de Madrid. Para prepararse, el actor contó con tres días de entrenamiento con militares, quienes le ayudaron con el manejo de las armas, además de realizar ejercicios actorales para construir la química entre Sebastián, del bando nacional, y Rapún, del bando republicano, cuyo acercamiento enciende chispas.
“Me he dado cuenta de que la historia que tenía en mi mente sobre la Guerra Civil es muy diferente a la que he ido investigando. Mi abuela, que falleció hace años, la vivió muy de cerca. Este proyecto me conecta directamente con el recuerdo de cómo quedó impregnada en mí, a nivel sensorial, la historia de su pueblo, Vianos (Albacete), y de la guerra. Me conecta con esas conversaciones con ella”, señala.
Por su parte, Milo Quifes, el más joven del reparto, se adentra en aquel relato que completa la obra inacabada del poeta, a través de la simbología lorquiana, la homofobia de los años 30 y el significado de las bolas negras, utilizadas en algunas asociaciones para aceptar o rechazar a sus miembros.
“Yo no sabía mucho de Lorca: sería feo decir que sí por haber leído unos cuantos poemas en Instagram. Cuando me enteré de que me habían cogido para la película, fui directamente a una librería, por respeto, y me compré las recopilaciones de sus obras, las biografías de Ian Gibson y A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales. En el colegio te enseñan muy poco sobre quién es Lorca. Nos enseñan su nombre y los títulos de sus obras, pero no sobre el poder de la poesía y el misterio que hay detrás de sus escritos”, afirma Quifes.
“Qué somos nosotros como sociedad si no tenemos memoria histórica. Qué nos espera. Creo que es una película muy importante para entender de dónde venimos. Aunque estamos muy adelantados como sociedad, ahora mismo compartimos los mismos sentimientos de miedo, pena y angustia que hace 100 años por querer ser una persona y acabar siendo otra”, defiende el actor andaluz. Quifes revela que los Javis supieron tocar la tecla exacta para crear a Carlos, hijo de una familia adinerada interpretada por los actores Antonio de la Torre, María Morales y Natalia de Molina, y su conflicto por la orientación sexual del hijo.
“A los Javis les interesa saber quién eres realmente. Cuando encuentran a una persona que comparte las mismas vivencias que su personaje, utilizan esos sentimientos. Mi personaje sufre la misma exclusión que yo viví y la incomunicación que tenía con mis padres o que sentía en el colegio por mi sexualidad”, añade.
Es por ello que, entre bailes en los que se “dejó poseer por la película”, recuerda especialmente una secuencia en la nieve en la que llevaba un pinganillo y escuchó de improviso la voz de su madre. “Me puse a llorar y a llorar. Fue un truquillo precioso para evocar sentimientos, para experimentar esa catarsis. La escena la rodamos en Sierra Nevada, en el mismo lugar que La sociedad de la nieve, y nos pilló una tormenta que no se había dado con tanta intensidad desde hacía 15 años. Tuvimos que irnos y volver otro día. Fue un escena dura. Yo iba con traje y estaba congelado, pero disfruto muchísimo de experiencias tan fuertes como esa. No sentía ni las manos”, confiesa, entre risas, el actor.
Para La bola negra, el cantante y actor debutante Guitarricadelafuente, tuvo que aprender a tocar la trompeta. El artista firma algunos de los títulos musicales más aclamados junto al compositor de cabecera de los Javis, Raül Refree, responsable también de los momentos musicales más aplaudidos de Penélope Cruz en esta película. Por su parte, Milo tuvo que hacer lo propio con el piano.
El caso más complejo fue el de Carlos González (Veneno), quien recibió lecciones de griego para interpretar a Alberto, un historiador contemporáneo que se encuentra en plena crisis con su novio y con su madre, interpretada por Lola Dueñas. Una historia en la que el pasado y la obra inacabada de Lorca, así como su vínculo con Rapún, se entremezclan.
“Ha sido un regalo trabajar con una actriz que admiro desde pequeño. Me acuerdo de que Lola Dueñas me dijo: ‘Vente a mi casa aquí en Madrid, te hago unos huevos y nos vamos a poner a pasar el texto’. Yo me decía: ‘Carlos, pero qué suerte”, explica el actor, cuya historia se conecta también con otra de las apariciones estelares del filme, la de la ocho veces nominada al Oscar Glenn Close, en el papel de una estudiosa estadounidense de la obra de Lorca.
“Llegué con muy buen nivel de inglés. Estaba muy tranquilo. Pensé que una persona que lleva tantos años en esta industria, haciendo los personajes que hace y trabajando tanto, tenía que ser encantadora. Y efectivamente, es muy abrazable y generosa. Estudió un montón, porque no hablaba nada de español. Me parece muy admirable que alguien con su renombre, de repente, diga: ‘Me voy a España a hacer un personaje de dos días de rodaje, porque tengo un amor profundo por Lorca’. Ahí vimos que Lorca no solo se queda en España, sino que viaja fuera. Recuerdo que en Cannes mucha gente de otras nacionalidades conectó con la película. Hay una frase que dice el personaje de Alana Portero que me gusta mucho: ‘Nuestros mayores hispanistas son de fuera de España”, declara González.
“La bola negra es una revisión de nuestro pasado y de lo que traemos con nosotros para poder cuidar mejor el presente de manera colectiva. Las costumbres y la historia están muriendo en las nuevas generaciones y eso nos genera ansiedad. Lorca aún tiene esa capacidad de atraer nuestra atención, y no solo por ser Lorca, sino porque funciona como un misterio que conecta con el deseo, la identidad y la memoria en España y con aquello que durante décadas no pudo decirse abiertamente”, concluye González sobre una película que aspira a convertirse en una de las grandes revelaciones de la temporada y trae a nuestros días aquello que Lorca nunca pudo decir en vida.