Las restricciones sociales seguían presentes en muchos banquetes antiguos, pese a su posterior reputación de libertinaje. Aquellas normas condicionaban unas fiestas que podían prolongarse durante horas entre abundantes comidas, vino y encuentros sexuales. La imagen de celebraciones dominadas por orgías y borracheras tiene fundamento en determinados episodios, aunque también existían reuniones mucho más ordenadas.
La posición social de los asistentes influía en su comportamiento y en las actividades permitidas. El desenfreno formaba parte de algunas celebraciones, pero podía provocar escándalos incluso entre sociedades acostumbradas al consumo de alcohol.
La fama de aquellas fiestas procede principalmente de episodios extraordinarios, mientras que las celebraciones habituales dejaron menos testimonios escritos. The Collector explica que los banquetes antiguos cumplían funciones sociales y políticas, con reglas que condicionaban la conducta de sus participantes.
La embriaguez y las prácticas sexuales podían aparecer en determinadas reuniones, pero su aceptación dependía de las circunstancias. En muchas ocasiones, los anfitriones buscaban reforzar sus relaciones y exhibir su posición social, por lo que una celebración descontrolada podía perjudicar precisamente el prestigio que pretendían demostrar.
La imagen cinematográfica de los banquetes romanos también ha difundido costumbres que apenas guardan relación con la realidad histórica. Películas como Calígula, estrenada en 1979, popularizaron celebraciones caracterizadas por el exceso sexual.
Otro error muy extendido presenta los vomitorios como habitaciones donde los comensales vaciaban el estómago para continuar comiendo. En realidad, eran accesos y salidas de recintos públicos como el Coliseo. Los relatos escandalosos de autores como Tácito, Suetonio y Tito Livio contribuyeron igualmente a perpetuar esa reputación.
Las celebraciones religiosas de Egipto podían conceder a la embriaguez un significado ceremonial relacionado con la diosa Hathor. Durante el festival Tekh se consumían bebidas alcohólicas y se organizaban danzas acompañadas de música. La tradición religiosa vinculaba aquella celebración con el episodio mitológico en el que Hathor era apaciguada mediante cerveza teñida de rojo.
En Mesopotamia, el Akitu babilónico incluía procesiones y banquetes destinados a renovar simbólicamente el orden político y religioso. Estas prácticas convivían con restricciones sociales, especialmente severas ante determinadas conductas sexuales.
Los aristócratas griegos celebraban reuniones conocidas como simposios, donde el consumo de vino comenzaba habitualmente después de cenar. Según Grunge, los invitados se reclinaban sobre lechos mientras conversaban, escuchaban música y participaban en juegos. El simposiarca regulaba la bebida, que normalmente se diluía con agua.
Uno de los entretenimientos era el kottabos, consistente en lanzar restos de vino hacia un objetivo. Las mujeres ciudadanas solían quedar excluidas, aunque podían participar cortesanas y músicas. El consumo excesivo también provocaba peleas y comportamientos censurados por pensadores como Platón y Jenofonte.
Las bacanales romanas adquirieron una reputación especialmente escandalosa por las acusaciones de embriaguez, encuentros sexuales y actividades clandestinas. El historiador Tito Livio describió ceremonias nocturnas que supuestamente incluían delitos graves, aunque su postura hostil hacia aquel culto condicionaba el relato.
En 186 a. C., el Senado intervino para restringir la organización de las reuniones dedicadas a Baco, controlar sus participantes y castigar determinadas infracciones. La intervención respondía también al temor político que despertaban aquellas asociaciones religiosas.
Los banquetes imperiales proporcionaron algunos de los episodios más extravagantes atribuidos a las élites romanas durante la Antigüedad. Suetonio describió un comedor giratorio en la residencia de Nerón, mientras que Tácito relató una celebración organizada sobre una balsa en el estanque de Agripa.
Ambos autores mantuvieron posiciones hostiles hacia el emperador: “Nerón mismo, corrompido por todos los deseos naturales y antinaturales, no había dejado ninguna abominación pendiente con la que coronar su existencia viciosa”. El alcance exacto de aquellos excesos resulta difícil de comprobar. También resulta discutible la historia de Heliogábalo y los invitados supuestamente sepultados bajo pétalos de flores, transmitida por la poco fiable Historia Augusta.
Más allá de estos relatos sobre los emperadores, los banquetes romanos tenían funciones sociales bien definidas. La organización del convivium respondía a relaciones de prestigio, hospitalidad y alianzas entre personas de distinta posición social. Los anfitriones ofrecían alimentos, vino y entretenimiento para demostrar su riqueza.
También existían celebraciones colectivas, como las Saturnales, durante las cuales se relajaban temporalmente determinadas jerarquías mediante comidas y regalos. Frente a los escándalos imperiales, estos banquetes seguían normas de comportamiento establecidas, con participantes sujetos a convenciones sociales incluso durante las largas horas de celebración.