Palacio real, cárcel para ricos y pobres e incluso sede para acuñar moneda. La Torre de Londres es uno de los monumentos más antiguos que conserva la ciudad. Un milenio y varias guerras después, se ha convertido en una de las atracciones más visitadas de la capital británica, gracias a la rica historia y las anécdotas que guardan sus muros.
Guillermo el Conquistador se convirtió en el primer rey normando tras derrotar en la batalla de Hastings al rey Harold (anglosajón) y fue coronado monarca en Westminster en 1066. Pronto mandó construir torres, fortalezas y otros elementos de arquitectura militar para evitar rebeliones, como la suya. La más reconocida es la Torre de Londres, con la Torre Blanca en su interior.

La fortaleza, construida de piedra, tardó veinte años en levantarse. Los materiales llegaron de Normandía y la mano de obra era local. El recinto sería, además de la función defensiva, para exhibir el poder real. No se había visto nada nunca igual en Inglaterra y la torre debía dominar la vista de la ciudad, pero también la mente de los habitantes de un pueblo que había sido derrotado.
Durante 500 años, la Torre de Londres sirvió como palacio real y en ella se desarrollaron múltiples funciones reales. Se le dotó de espacios para trabajar, hacer negocios, dormir, orar y entretenerse. En la Edad Media, se cree que trabajaban cientos de personas en el complejo para asistir las necesidades de la familia real y para ayudar en el gobierno de la Corona.

Por ejemplo, se calcula que había docenas de mensajeros para hacer llegar las órdenes a todos los dominios. También abundaban los escribanos, imprescindibles para que la maquinaria real funcionase a pleno rendimiento.
Pronto comenzó una ampliación, de la mano de Enrique III y su hijo, Eduardo I (su primera esposa fue Leonor de Castilla), que invirtieron un dineral para levantar estancias lujosas para la época con vistas al Támesis. Ambos reinados se prolongaron entre 1216 y 1307, siglo durante el que se construyó un segundo anillo defensivo (a modo de dos circunferencias concéntricas) y se amplió el foso para expandir la fortaleza.
El recinto tiene forma de pentágono irregular con unas cinco hectáreas de superficie. El muro exterior suma seis torres y dos bastiones y quien quisiera acceder al corazón tenia que superar una barrera con trece torres.
Esta función defensiva sirvió para proteger las posesiones de los monarcas y de ahí que hoy se exhiban algunas de las joyas de la Corona inglesa. De hecho, allí están protegidas desde la década de 1660. Entre los artículos más preciados, figuran los objetos sagrados que se usan durante las ceremonias de coronación. La más importante es la corona de san Eduardo, de 1661 -para la coronación de Carlos II-, con 2,23 kilos de oro y piedras semipreciosas. Se usa de forma exclusiva durante las coronaciones; la última, en mayo de 2023, de Carlos III.

A la pregunta de si los objetos, dado su valor económico e histórico incalculables, son verdaderos o una réplica, la respuesta es siempre la misma: "Sí". La mayoría de las joyas son posteriores a 1660, ya que muchas habían sido fundidas durante el gobierno de Cromwell tras la ejecución de Carlos I, en 1649.
Casi toda la vida oficial giraba en torno a la Torre de Londres. Allí, en la Torre de la Moneda, se acuñó dinero durante 500 años. Pueden imaginarse los efectos para la salud, la vista y la integridad física de los empleados de una tarea muy ruidosa y peligrosa por el uso de químicos y herramientas, hasta que se mecanizó en 1600.

La actividad se trasladó en 1810 a un edificio exterior cercano donde hoy China pretende construir una megaembajada (el pasado viernes se tumbo el último recurso de los opositores), polémica por sus dimensiones y porque es vista como un eventual nido de espionaje en Europa Occidental. Y otra curiosidad: en 1699 se puso al frente de la institución (Master of the Mint), por su capacidad de encontrar falsificaciones, a un tal Isaac Newton.
La fortaleza fue también la mayor cárcel de Inglaterra en su momento, aunque no se diseñó para ello: duques franceses y reyes escoceses, príncipes y princesas jóvenes, arzobispos, conspiradores, políticos y lores pasaron tiempos más o menos prolongados privados de su libertad. Y si a unos se les permitía ir de caza o de compras, a otros se dispensaba un trato inhumano.
Una de las historias más llamativas tiene que ver con la joven princesa Isabel, hija de Ana Bolena y Enrique VIII, quien forzó el germen de la Iglesia Anglicana para poder casarse tras divorciarse. María I, su hermanastra, ordenó privarle de libertad al pensar que conspiraba contra ella. Disfrutó de las comodidades que otros presos no tenían y fue liberada, tras dos meses reclusa, en el aniversario de la ejecución de Ana Bolena, también en el mismo recinto. En enero de 1559 volvía a cruzar las murallas para preparar su coronación como Isabel I.

La Torre de Londres fue usada durante 800 años como cárcel y fue escenario de ejecuciones; la última, en 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, de un espía nazi. Durante siglos, la comunicación más sencilla en Londres la proporcionaba la navegación en el Támesis y muchos condenados llegaban río abajo desde Westminster hasta la Torre para cumplir la pena, y entraban a ella por una puerta con el explícito nombre de los Traidores.
Además de visitar las joyas, los turistas acuden hoy a la Ceremonia de las Llaves en la que abre y se cierra la Torre de Londres. Son los yeomen warders, ataviados con uniforme rojo para ocasiones especiales. Originalmente formaban la guardia personal del monarca en los viajes. Enrique VIII ordenó que algunos debían estar permanentemente en el recinto. Se ganaron el nombre de beefeaters cuando Enrique VII les permitió comer tanta ternera como quisieran de su misma mesa.

Las torres guardan sus propias historias y curiosidades. La de Wakefield albergó las joyas de la Corona hasta 1968, pero también fue escenario del asesinato de Enrique VI (el último rey de la casa de Lancaster) mientras rezaba. Otra tiene un nombre que es una declaración de intenciones: de la Sangre. En ella, Ricardo III encarceló a dos niños de 10 y 12 años, hijos de Eduardo IV. Los huesos aparecieron 200 años después y técnicas recientes concluyeron que se trataba de dos jóvenes de 10 y 12 años.
Y la última va sobre los cuervos: "El reino y la Torre de Londres caerán si los seis cuervos residentes dejan la fortaleza", explica la leyenda del siglo XVII sobre ellos. Harris, Jubilee, Poppy, Edgar, Georgie, Chaos, Henry y Poe -son ochos, para evitar sustos innecesarios- garantizan larga vida a la Corona inglesa.