La tarde que Leo Messi convirtió Oviedo en Buenos Aires: “En las vacaciones, jugamos un partido familiar. No tengo el deber de ganar, pero también quiero ganar”

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Actualizado Jueves, 22 octubre 2026 - 18:54

En Asturias, según el padrón del Principado, hay empadronados unos 800 ciudadanos argentinos. Y, sin embargo, las inmediaciones del Palacio de Deportes de Oviedo este jueves se acercaban más a una de las arterias que conducen al Monumental de Buenos Aires que a la tradicional barriada que rodea el espacio ovetense. Como un escenario que se hubiera colocado en la ciudad que no es. La camiseta albiceleste parecía impuesta por ley en una masa de miles de personas, el acento porteño se escuchaba por cada esquina y un nombre aparecía estampado en la espalda de cada uno de los presentes sin importar su edad: Leo Messi.

El astro argentino es el ganador de este año del Premio Princesa de Asturias de los Deportes, como primero lo fue de ocho balones de Oro, cuatro Champions League y una decena de ligas españolas con el Barcelona y un Mundial con Argentina. Y Oviedo estaba dispuesto a recibirlo a la altura del mito futbolístico que es. "Es Dios", era la frase que más se repetía en la boca de todos los que le esperaban y en las pancartas que aguardaban a una firma del futbolista de Rosario. Nahuel, nacido en Buenos Aires y ahora residente en Bilbao, que ha recorrido con su padre Guzmán la cornisa cantábrica para ver a su ídolo, lo explica así con sus nueve años: "Si me firma la camiseta [de Argentina, claro], será el mejor día de mi vida".

La escena podría repetirse con otros nombres, con otros niños y con idénticos resultados. "Papá, yo nunca pensé que íbamos a ver a Messi", le decía Aitana, con camiseta blaugrana del Barcelona, a su padre. Jorge, agarrado a una camiseta de Rosario Central y con el chándal del Club Covadonga, aseguraba convencido que él tendría una carrera similar a la de Messi: "Yo también voy a ganar una Champions y a jugar en la selección". Faltaban 30 minutos para que llegara el futbolista a las inmediaciones del Palacio de los Deportes y ya se escuchaba algún cántico de "Dale, Leo" encabezado por los mayores y respaldado por los más pequeños. En el interior del recinto, unas 6.000 personas esperaban la entrada de Leo Messi, mientras La Morocha atronaba por los altavoces.

Cuando el argentino tomó asiento en el sillón blanco que la Fundación Princesa de Asturias le había preparado en el escenario un estruendo recorrió el lugar. Distintos gritos, desde cada una de las gradas, se mezclaban hasta hacerse ininteligibles. Solo se llegó a escuchar con nitidez la voz de una chica con marcado acento argentino: "Leo, lo mejor de mi vida sos vos". Y Messi sonreía antes de recibir a varios grupos de alumnos de colegios e institutos asturianos que le iban a dar algunas pistas del decálogo de normas que se habían preparado para su llegada: el Reglamento del 10. Desde prohibido salir al campo sin que te apetezca a mantener el respeto por los compañeros, los rivales y los árbitros.

Cada vez que Messi respondía, pese a la terrible acústica del Palacio de los Deportes, a alguna de las preguntas que había preparado Chisco García, presentador del evento, un murmullo se extendía por el recinto. "Lo importante es disfrutar por encima de cualquier cosa. El fútbol es un deporte hermoso que hay que jugar para disfrutarlo. Sea cual sea el resultado, hay que entender que es un juego para pasar el rato. El fútbol une y puede acercanos mucho a las personas y a conocernos mejor a nosotros", afirmó el astro argentino.

Messi repasó, de forma muy breve, sus primeros años en el vestuario del Barcelona, acompañado de Ronaldinho, Eto'o, Puyol o Xavi; el impacto que las críticas habían tenido en él y su familia; lo difícil que es ganar y también perder en el fútbol -con referencia a la última final del Mundial que ganó España a Argentina-, y, sobre todo, cómo hasta en las pachangas familiares él sale a ganar. "Yo siempre disfruté de jugar al fútbol, desde que tenía dos o tres años, la pelota era mi pasión. Dentro de una cancha siempre quieres ganar, pero no dejo de disfrutarlo porque es lo que me gustó siempre [...] Cuando juego sin pensar en el objetivo de ganar, es cuando lo hago con mi hijo. Todos los días estoy con el nene y con la pelota. Cuando llegan las vacaciones de diciembre, jugamos un partido familiar entre nosotros. No tengo el deber de ganar, pero ahí también quiero ganar", aseguró el argentino.

Por el escenario del Palacio de los Deportes, para acompañar al argentino, estuvieron dos futbolistas que se enfrentaron a él en Primera División. Santi Cazorla, canterano del Oviedo, que lo hizo con la camiseta del Villarreal y Nacho Cases, de la cantera del Sporting de Gijón, que lo hizo con la propia camiseta rojiblanca. "Siempre me he fijado en el Barcelona, mucha gente me decía por la calle que a ver si descansaba Leo cuando jugábamos contra él. Yo quería que jugara Leo. No le he sufrido mucho, le he disfrutado siempre porque a mí me gusta el fútbol", detalló Cazorla. "Yo no era el mejor de mi generación, trabajé mucho y me sacrifiqué mucho. Cuando llegó la oportunidad, yo estaba preparado. Hasta que no se agoten las posibilidades de algo hay que intentarlo todo. El premio gordo para mí fue encontrarme con Leo aquel 12 de febrero de 2011 con la camiseta del equipo de mi vida y hacerlo ante el mejor jugador de la historia", agregó Cases.

En un lugar lleno de padres e hijos, con idéntica emoción en muchos casos, Messi quiso dejar también un mensaje para los progenitores: "Hay muchos chicos a los que los padres les exigen mucho y tienen una presión enorme. No se dan cuenta de que están haciendo mal a sus propios hijos pidiéndoles más. Uno tiene que disfrutar con lo que hace". Y, entonces, un incómodo murmullo recorrió el Palacio de los Deportes cuando el argentino hizo alusión al último Mundial en el que cayó con su selección ante España. "Me tocó jugar competiciones importantes, sin ir más lejos, el último Mundial que lo perdimos ante España. Llegar a una final no es fácil, ya me pasó en 2014, pero ahora sé disfrutar de los procesos. Las finales solo las gana uno y yo disfruto de lo que habíamos hecho". Tímidos aplausos.

Messi saludaba a cada uno de los niños que le gritaba desde el improvisado patio de butacas, miraba con desconcierto a las gradas -en las que se encontraba su mujer Antonella- ante cada grito que se dirigía a él y acabó participando en un rondo con dos niños que llevaban las camisetas de los dos grandes clubes asturianos.

Cuando se fue, la euforia aún seguía ahí. Y los argentinos también.