La presidenta ocupa dinero

calendar_today 28.08.2026 - person  - timer ~3 Minutos

López Obrador tuvo un plan pérfido. Amarraría de manos a quien le sucediera. No tanto con su “liderazgo moral”, ni con el revocatorio, tampoco premiando a los perdedores en la carrera presidencial. Esas limitantes no son menores, pero no eran cruciales.

Andrés Manuel dejó un gobierno sediento de dinero. Se chupó casi todo fideicomiso. Y eliminó o constriñó instituciones y organismos autónomos para quitarse frenos y, al mismo tiempo, succionar sus recursos.

Una gestión de mirada pedestre en términos de ingresos y egresos fue la de AMLO. Revisaba diario cuánto entraba, mas no se preocupaba de crear condiciones que garantizaran que los sectores productivos prosperaran a fin de seguir contribuyendo.

Fue un hacendado sin conciencia del entorno más allá de las piedras de su rancho. Vendía vacas y daba por sentados a quienes se las compraban. El mundo y sus cambios tecnológicos y socioeconómicos le tenían sin cuidado.

Esa solvente hacienda no la forjó con su esfuerzo. Tras ganar la elección presidencial tuvo acceso a recursos que durante décadas se acumularon, mediante, entre otras cosas, grises administraciones que habían aprendido lecciones de duras quiebras.

Tal país recibió AMLO. Vio la caja y decidió tres cosas. Ampliar programas asistenciales, megaobras sin planificación –y menos retorno medianamente garantizado–y, nada menor, que la dispersión del dinero público tenía que coincidir con objetivos electorales.

Cuidó que las calificadoras no le reprobaran ruidosamente. Quiso mas no pudo sacar dinero del Banxico. Propuso que valoráramos el “bienestar” antes que fijarnos en el PIB. Y promovió el discurso de que había dinero porque él no era corrupto.

Había dinero porque había dinero: porque NAFTA había sustituido al arranque de su mandato al TLC y la economía dijo OK, porque llevaba décadas en un paradigma con un acuerdo social predecible, que incluía algunos contrapesos, una visión de país y algunos límites.

En revancha porque no le permitieron tripular la Suprema Corte, pidió cargarse el Poder Judicial, que encima tenía suculentos fideicomisos. Lo hizo a sabiendas de que si algo salía mal, cualquier cosa, él no pagaría la cuenta, sino su sucesora.

Echar la culpa a que todo cambió en enero de 2025 cuando Trump regresó a la Casa Blanca es autoengañarse. Si durante seis años despilfarras creyendo que la vaca seguirá dando leche a pesar de que en Pemex, por ejemplo, no corregiste nada e incluso dejaste de pagar miles de millones de dólares a quienes te ayudaban a que medio produjera, es cínica irresponsabilidad.

En eso llegó la abuela a Washington y dijo adiós al mundo de libre comercio edificado a trompicones desde los 80. Nos agarraron con la tarjeta al límite y pagando el mínimo. Por si fuera poco, Claudia Sheinbaum no quiso creer que tumbar el PJ operaría en su contra.

No se trata de discutir si estamos de acuerdo en que la presidenta cuida bien el dinero, lo cual es discutible al ver que tolera despilfarros de Morena; tampoco es tema si su reforma administrativa mejorará las cosas, ni si su cabeza fría ayuda en la negociación del T-MEC.

Lo real es que con una mano su gobierno siembra desconfianza (como al atacar diario la libertad de expresión), mientras con la otra busca dinero en el cajón en el que ya no hay. Y sin esos fondos, no será una presidenta fuerte. AMLO la entrampó y ella no se liberó hasta ahora.

Si algo debe decir en su segundo informe es que creará condiciones para que haya dinero. Si no convence al respecto, restarán cuatro años de decaimiento social y político gracias a AMLO… y a ella.