
Hace unos días, mientras recorría algunas comunidades de Sacapulas, Quiché, algo me llamó la atención. En territorios donde persisten condiciones de pobreza, cada vez es más frecuente encontrar viviendas de block y casas de dos niveles que contrastan con caminos de difícil acceso, servicios básicos limitados y carencias cotidianas.
La imagen plantea una pregunta: ¿estamos frente a poblaciones que están dejando atrás la pobreza o estamos viendo una transformación en la forma en que la pobreza se manifiesta?
Las remesas ofrecen una posible explicación. En 2025, Guatemala recibió US$25 mil 530 millones, un aumento de 18.7% respecto de 2024. El Banco de Guatemala señaló que este comportamiento estuvo respaldado, entre otros factores, por el envío de ahorros “por motivo de precaución”, asociado al endurecimiento de la política migratoria en Estados Unidos.
Este dato resulta relevante porque la incertidumbre migratoria podría estar modificando el comportamiento económico incluso antes de que aumenten las deportaciones. Ante una mayor percepción de riesgo, muchas personas migrantes deciden enviar sus ahorros, comprar un terreno, terminar una construcción o invertir en una vivienda. Esto no significa que cada nueva construcción sea consecuencia del reciente incremento de las remesas, pero sí muestra cómo la incertidumbre puede acelerar decisiones de ahorro e inversión.
Para numerosos hogares, las remesas constituyen una base de protección económica. Permiten cubrir alimentación, salud, educación y vivienda. La OIM ha documentado que contribuyen a satisfacer necesidades esenciales, desde alimentos y vivienda hasta educación y atención de salud.
Sin embargo, aquí aparece una contradicción que no deberíamos ignorar. Mientras Guatemala recibió más de US$25 mil millones en remesas en 2025, la Encovi 2023 estimó que el 56% de la población vivía en pobreza. La Endesa 2025 reportó que el 42% de los niños menores de cinco años padecía desnutrición crónica; en Quiché, la cifra alcanzó el 56%.
Los datos me dicen que mejorar recursos o activos no necesariamente elimina otras privaciones. Una familia puede vivir en una casa formal y enfrentar inseguridad alimentaria; tener una vivienda de varios niveles y no contar con agua segura. Una de las claves es que la infraestructura privada puede mejorar más rápido que el bienestar colectivo.
Durante la visita surgió otra inquietud que vale la pena investigar. Algunas viviendas pueden haber sido construidas por personas que continúan viviendo en el extranjero. Sus familiares las habitan o cuidan, pero ese activo no permite concluir que quienes viven allí sean sus propietarios, dispongan de mayores ingresos o hayan superado otras privaciones.
El riesgo es que la pobreza se vuelva menos visible. Durante décadas la hemos asociado con viviendas precarias y escasez de activos. La mejora del activo es importante, pero pueden resultar insuficientes para comprender territorios marcados por la migración y las remesas.
Podemos estar frente a una nueva apariencia de la pobreza: comunidades donde mejora la infraestructura privada mientras persiste la pobreza multidimensional. Si observamos únicamente la calidad de una vivienda, podemos subestimar la vulnerabilidad de quienes viven dentro de ella.
Las remesas están transformando algunos paisajes de Guatemala. Esa contribución al bienestar es evidente, pero también nos obliga a mirar la pobreza con mayor profundidad. Quizá el desafío sea aprender a reconocerla incluso cuando ya no luce como esperábamos.