
Los centros de datos comienzan a resolver su logística de otra manera. Nuevas plataformas flotantes, impulsadas por la energía de las olas, evitan la obra civil, la conexión a la red eléctrica y buena parte del transporte que exige una instalación tradicional en tierra.
El crecimiento del cómputo para inteligencia artificial choca con límites conocidos en tierra firme, como la saturación de redes eléctricas, la escasez de agua para enfriamiento y las demoras en permisos, lo que empuja a la industria a diseñar esquemas logísticos alternativos.
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Bajo este esquema, la logística se traslada del terreno a la ruta marítima. En vez de negociar terrenos, tender líneas de media tensión y esperar permisos de obra, todo el proceso se reduce a un ensamblaje en planta y un traslado por remolque hacia aguas internacionales.
El proceso arranca en plantas costeras, donde se ensamblan estructuras de acero laminado igual que en la construcción naval. Terminado el montaje, cada unidad se remolca hasta aguas profundas, un traslado que reemplaza la logística de sitio propia de un data center convencional.
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Antes de este esquema, varios prototipos fueron probados en el mar desde 2021 para validar la generación eléctrica y la navegación autónoma. El plan contempla un despliegue piloto en el Pacífico Norte y una estandarización de la fabricación en serie de cara a 2027.
Una reciente ronda de inversión de 140 millones de dólares, según trascendió, se destinará en buena parte a levantar una planta de ensamblaje adicional cerca de la costa del Pacífico, un paso clave para escalar la producción en serie y sostener el ritmo de despliegue previsto.
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El esquema también simplifica el traslado de los equipos electrónicos. Al integrarse en la planta de ensamblaje, servidores y componentes evitan tramos de transporte terrestre, trámites aduaneros y controles adicionales que sí enfrenta el hardware destinado a un centro de datos en tierra.
Estas plataformas generan su propia electricidad de forma continua a partir del oleaje, sin depender del abastecimiento de combustible para generadores de respaldo ni de una conexión a la red eléctrica terrestre, dos eslabones habituales en la cadena logística de un centro de datos.
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El agua de mar también cumple la función de refrigerante natural, lo que elimina la necesidad de transportar o gestionar agua dulce en un entorno donde ese insumo suele ser escaso y costoso de abastecer para instalaciones terrestres equivalentes.
El tramo de conectividad cambia la lógica habitual. En lugar de tender y mantener un cable submarino para exportar electricidad, como ocurre con los parques eólicos marinos, cada plataforma procesa la información a bordo y envía únicamente los resultados por satélite de órbita baja.
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Ese diseño evita una de las etapas más costosas de la infraestructura offshore, el despliegue y mantenimiento de cableado submarino a largas distancias. En Asia avanza un camino distinto, con módulos sumergidos junto a parques eólicos marinos que sí dependen del cable hacia la costa.
Ambos modelos exploran rutas distintas para el mismo cuello de botella. Uno resuelve la logística eléctrica dentro del propio mar y transmite solo datos, mientras que el otro conecta la instalación submarina a tierra mediante cable, sin resignar la refrigeración oceánica.
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El mantenimiento en alta mar plantea su propio desafío logístico, con la corrosión y la incrustación de organismos marinos como principales amenazas para las estructuras, lo que exige protocolos de intervención remota todavía en desarrollo para este tipo de flotas.
De escalar el despliegue de fábricas y flotas previsto para los próximos años, el sector sumará una cadena de abastecimiento que ya no depende del territorio ni de sus permisos, sino de rutas marítimas, plantas de ensamblaje costeras y enlaces satelitales hacia tierra firme.
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