La imborrable huella de Roma en España 2.000 años después: “No se puede explicar la nación española sin ella”

calendar_today 09.10.2026 - person  - timer ~9 Minutos

Estamos acostumbrados a pensar de forma casi automática en el teatro de Mérida o en el acueducto de Segovia, o en el Derecho, o en la propia raíz latina de la lengua española, cada vez que se invoca el nombre de Roma asociado a lo que ahora conocemos como España. Pero la huella del extinto imperio en tierras hispánicas excede a la espectacular monumentalidad del patrimonio para penetrar en la identidad que aún hoy moldea nuestro acervo cultural. Ésta es una de las principales tesis que el historiador Rubén Montoya defiende en Hispania. Una historia de Roma en Iberia (Ed. Crítica), un compendio de erudición y síntesis en el que repasa los siete siglos de presencia romana en la Península Ibérica.

Este libro aporta una visión general, actualizada y unitaria en la que la Historia y la Arqueología aparecen entreveradas para ofrecer un marco general. «He intentado recurrir a un hallazgo material, a un bronce, a un yacimiento, incluso a noticias recientes de publicaciones de compañeros para intentar tender puentes entre ambas disciplinas», explica Montoya. Además de doctor en Arqueología Romana, formado entre España, Reino Unido e Italia, el autor es profesor asociado de la School of Arts and Humanities de IE University y en 2024 ya sobresalió como especialista en Roma tras la publicación de Pompeya. Una ciudad romana en 100 objetos, publicado también en Crítica.

Ahora vuelve a las librerías con una investigación cincelada a base de un intenso trabajo de campo -impresiona la retahíla de yacimientos, ciudades, villas y demás monumentos que se nota que ha rastreado personalmente- y moldeada a partir de su labor docente.

Escrito con un afán narrativo y creativo, Montoya aborda con una rigurosa exigencia historiográfica todos los vectores que llevaron a Hispania a convertirse en una de las provincias «más influyentes» en las dinámicas imperiales. Cada uno de los 15 capítulos del libro va precedido de una narración inventada, un alarde literario con el que el autor busca atrapar al lector y conducirlo a la explicación exacta y detallada de aquellos factores que encumbraron a Hispania. Su libro no es un abigarrado manual de Historia ni tampoco una tesis doctoral destinada sólo para especialistas en la materia. Es un trabajo para el gran público y, sobre todo, para que los jóvenes comprendan la sombra alargada de nuestra herencia romana. «Se trata de abrir las puertas de la Historia a través de la imaginación», explica.

Su investigación abarca desde que las naves romanas arribaron a las costas de Iberia en el verano del 218 a.C. hasta el derrumbe político de Roma, cuando en el 476 d.C. el general bárbaro Odoacro depuso a Rómulo Augústulo, el último emperador de Occidente. Los romanos no se encontraron en Hispania con una tierra virgen. «Se topan con una situación muy diversa de distintos pueblos que tenían un sustrato común. Podemos ver diferencias, desde la fachada atlántica y el norte a todo lo que son los mediterráneos. Los fenicios ya habían llegado y habían traído el cultivo de la vid. Había habido fundaciones de factoría y centros griegos en contacto con estas poblaciones locales que son un sinfín, incluida la fuerza púnica. He intentado agruparlas y simplificarlas».

Para saber más

Montoya huye de la palabra conquista, pero lo cierto es que la llegada de los romanos marca el inicio de una etapa que se traduce en la progresiva transformación en una unidad política cuya herencia ha trascendido a los siglos de tal forma que, cuando cae el imperio, pervive «una Hispania que había dejado de ser romana sin dejar de serlo del todo, porque Roma no había muerto de golpe, sino que se había ido disolviendo en todo aquello que la había sobrevivido: sus leyes, su lengua, sus caminos, sus acueductos, su fe». Esto quiere decir que la idea de Hispania había calado tan hondo que sobrevivió a la propia Roma. No fue sólo una etiqueta administrativa, sino un elemento que contribuyó a forjar una identidad propia. Y la asimilación de esta identidad fue tan profunda que atravesó el colapso del mundo antiguo.

Marcos, uno de sus alumnos, pregunta: «Pero, entonces, cuando cae el imperio... ¿qué pasa con todo eso? ¿Se olvida?».

Tras negar con la cabeza, el profesor Montoya responde: «Ésa es la cuestión. Las ideas no caen con los imperios que las inventan. A veces los sobreviven siglos. Y a veces sirven a quien menos esperarías».

Con la llegada de la Edad Media, esa identidad geográfica y sentimental comenzó a politizarse. Ese ideal unitario empezó a germinar con san Isidoro de Sevilla en el siglo VII, a través de su célebre Laus Hispaniae, después los árabes rebautizaron el territorio como al-Andalus y, posteriormente, a medida que los reinos cristianos avanzaban hacia el sur y se dividían entre sí, «la idea de Hispania se convirtió en un trofeo por el que competir». Los reyes de León y Castilla recurrieron al concepto de imperio para justificar su hegemonía sobre el resto de monarcas peninsulares. Durante los siglos XVI y XVII, bajo el dominio de los Austrias, «la Antigüedad siguió utilizándose para definir el carácter esencial del pueblo español, lo que algunos intelectuales llamaron la hispanitas». Con los Reyes Católicos, el paradigma cambia por completo. «Necesitaban una genealogía milenaria para justificar la primacía y la expansión que ejercen», apunta el investigador.

Y así llegamos hasta la época contemporánea, donde el pasado romano se mezcla con los conceptos de nación, patria y pueblo. El régimen franquista llevó a su máxima expresión el uso de esta vinculación con un pasado romano. «Durante décadas, el término Hispania fue muchas veces sustituido por España, y la palabra hispanos por españoles. Proyectaron así la imagen de una nación unida, católica e inmutable desde la Prehistoria», ensalzando Sagunto y Numancia como mitos fundacionales del «heroísmo nacional».

Montoya separa la apropiación de Roma por parte de los totalitarismos del siglo XX y de los extremos de todo signo de lo que constituye una realidad incuestionable: la onda expansiva de la extraordinaria huella legada por los romanos. «Nos queda el derecho, las costumbres de nuestro día a día, la lengua; hemos heredado una serie de elementos que nos configuran tal y como somos ahora. No somos romanos, somos el fruto de la herencia histórica que hemos tenido. Somos igual de romanos que árabes o de cada cultura que ha pasado por la Península Ibérica».

A juicio del autor, «no se puede explicar la nación española sin Roma porque es uno de nuestros sustratos culturales». Pero puntualiza que «la nación española actual no proviene de Roma. Los romanos nunca se denominaron o autodenominaron nación. Era un término que tenían para los otros pueblos dentro de este dominio que habían logrado en el Mediterráneo. Tenemos algunos elementos epigráficos en los que vemos cómo los habitantes de las tres provincias hispanas [Bética, Lusitania y Citerior Tarraconense] se denominan o intentan hacer referencia a que provienen de Hispania».

Natio existía en latín y los hispanos la usaron para identificarse. Pero la natio romana no es la nación que tenemos hoy en mente. No implicaba soberanía ni Estado ni proyecto político. En todo caso, la presencia de Roma en la Península Ibérica sí consiguió unificar a pueblos diversos bajo una misma realidad. De ahí el bautismo de Hispania y su articulación primero en dos provincias, después en tres y, a partir de Diocleciano, su aumento. Incluso parte del norte de África pasó a depender de lo que sería la diócesis de las Españas.

«Los propios Reyes Católicos acuñan una moneda con el acueducto de Segovia. Es cierto que se restaura porque lo piden los habitantes de esta ciudad, pero el hecho de que ya se esté recurriendo a un pasado romano en una moneda es trascendente», subraya Montoya. Ese pasado tiene su anclaje en el extraordinario peso que Hispania ejerció durante el Imperio Romano. «Fue un laboratorio, escenario de guerras, mestizajes y profundas transformaciones sociales, económicas y culturales», subraya el autor. Un grupo de hispanos accedió al poder en el Senado de Roma, del que luego salió Trajano, el primer emperador hispano. Las ciudades de Hispania crecieron y de sus tierras brotaron emperadores, intelectuales y obispos que moldearon el destino de Roma. «No significa que Hispania conquistase Roma, significa que el propio carácter de Roma hizo que llegara a las provincias. El propio sistema fue cambiando hasta el punto de que hubo hispanos que terminaron incorporándose no sólo al poder, sino a la cultura de Roma», especifica.

El espejo de la Hispania romana es tal que resulta indisociable del imaginario colectivo en España. 2.000 años después, seguimos caminando sobre las calzadas, los foros y los mosaicos de quienes nos precedieron en esta tierra. Mérida, Segovia, Sagunto, Cartagena, Itálica (Sevilla), Segóbriga (Cuenca), Tarragona, Numancia (Garray, Soria), Lugo... «Las ciudades eran articuladoras del territorio, pero había campamentos, villas y distintos tipos de asentamientos jerarquizados que nos permiten ver que, al final, Roma comienza a estructurar el territorio. Muchos asentamientos al principio son simplemente guarniciones militares que luego se convierten en ciudades. Después de las guerras cántabras crearon Mérida», evoca. Tiberio continuó la política de municipalización de Augusto, lo que se observa en la promoción de ciudades como Clunia (Peñalba de Castro, Burgos), Termes (Montejo de Tiermes, Soria) y Uxama Argaela (El Burgo de Osma, Soria). O, en el caso del campo, al florecimiento de suntuosas villas como las de La Olmeda (Pedrosa de la Vega, Palencia), El Ruedo (Almedinilla, Córdoba) y Noheda (Villar de Domingo García, Cuenca).

El impulso urbanizador obedecía no sólo a una ordenación territorial, sino que estaba vinculado a los medios de producción. Eso explica el levantamiento de grandes acueductos, teatros o anfiteatros. «Hubo una fiebre de construcción por dotar a cada ciudad de elementos que perpetuaban la propia idea de Roma y de cómo ser romano», contextualiza. Un ejemplo paradigmático es el de la ciudad de Segóbriga que, junto a las de Ercávica y Valeria, está soldada a las explotaciones de las minas romanas de Lapis Specularis [yeso cristalizado que se usó en la fabricación de ventanas ]. O, en el caso de la Bética, a la comercialización de productos como el vino o el aceite de oliva. «Mientras Pompeya me enseñó a mirar el pasado, Hispania me ha mostrado que podemos mirarnos en él», concluye Montoya.

Hispania. Una historia de Roma en Iberia

Rubén Montoya

Editorial Crítica. 440 páginas. 24,60 euros. Puede comprarlo aquí