
Había cárceles de las que escapar era difícil. Y después estaba Maze. El complejo penitenciario instalado en las afueras de Lisburn, a unos 14 kilómetros al suroeste de Belfast, en Irlanda del Norte, diseñado para que nadie pudiera salir de allí sin autorización. Muros de hormigón, alambrados, puertas de acero, controles electrónicos y torres de vigilancia componían una fortaleza que las autoridades británicas consideraban prácticamente inexpugnable.
Pero aquella tarde del domingo 25 de septiembre de 1983, algo salió mal. A las 14.45 horas, dentro de uno de los ocho módulos del complejo, varios presos republicanos sacaron armas que habían logrado introducir clandestinamente. En pocos minutos redujeron a los funcionarios, tomaron el control del pabellón y comenzaron a ejecutar un plan que había sido preparado durante meses. La siguiente etapa parecía imposible: sacar de allí a 38 hombres. Y para conseguirlo utilizarían un vehículo que entraba y salía de Maze prácticamente todos los días: un sencillo camión de comida.
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Lo que siguió fue una de las fugas carcelarias más espectaculares de la historia, y al mismo tiempo, uno de los episodios más violentos de los llamados Troubles, el conflicto que durante décadas enfrentó en Irlanda del Norte a republicanos y unionistas, con el Estado británico en el centro de la disputa. Cuando terminó, un funcionario penitenciario había muerto, varios resultaron heridos y 38 presos del IRA (Ejército Republicano Irlandés) lograron abandonar sus celdas. Diecinueve serían capturados en los días siguientes. Los demás empezarían una vida clandestina.
Para entender por qué Maze tenía una importancia que excedía largamente la de cualquier otra prisión hay que mirar el escenario en el que funcionaba. Irlanda del Norte llevaba años sumergida en un conflicto político y armado. De un lado estaban quienes defendían la permanencia de la región dentro del Reino Unido, principalmente unionistas y lealistas protestantes. Del otro, los republicanos irlandeses que buscaban terminar con el vínculo británico y avanzar hacia una Irlanda unificada.
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En ese contexto, el IRA desarrolló una campaña armada contra las fuerzas británicas y objetivos vinculados con el gobierno. Los presos republicanos enviados a Maze no se consideraban delincuentes comunes. Para ese movimiento eran combatientes capturados por el enemigo. Para el gobierno, personas condenadas por delitos vinculados con el terrorismo y la violencia política.

La propia prisión estaba organizada de acuerdo con esa lógica. Los pabellones H alojaban a los presos paramilitares y estaban separados según las distintas organizaciones. El H-Block 7, escenario de la fuga, correspondía a los republicanos.
Maze, también conocida como Long Kesh, se había transformado además en uno de los lugares más conflictivos después de las huelgas de hambre de 1981, cuando diez presos republicanos murieron intentando obtener reconocimiento político para su condición.
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Uno de ellos había sido Bobby Sands, miembro del IRA y parlamentario británico. Su muerte convirtió la prisión en un símbolo internacional de la confrontación entre el republicanismo y el gobierno de Margaret Thatcher. Dos años después, otro episodio volvería a colocarla en el centro de la escena. Esta vez no sería una huelga de hambre, sino una fuga.
Los presos no improvisaron. Durante meses estudiaron el funcionamiento cotidiano del pabellón, los movimientos de los guardias y las rutinas de seguridad. Algunos internos trabajaban como ordenanzas y tenían mayores posibilidades de desplazarse dentro del bloque.
Entre quienes participaron en la organización estuvieron Brendan “Bik” McFarlane, Bobby Storey y Gerry Kelly, nombres que años después tendrían también un papel clave dentro del republicanismo. El punto fundamental era conseguir armas. La cárcel estaba concebida para impedir precisamente eso. Sin embargo, varias pistolas fueron introducidas clandestinamente en el H-Block 7. Las fuentes históricas coinciden en que se trató de seis armas de fuego, además de cuchillos y otras improvisadas. La investigación posterior intentaría determinar cómo habían logrado entrar.
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El plan tenía otra característica: debía ejecutarse un domingo. Era el día con menos personal y una jornada en la que determinadas rutinas de la prisión podían ser aprovechadas. El objetivo inicial no era salir corriendo de Maze. Primero había que conquistarla desde adentro.

Pasadas las 14.30 horas, el movimiento comenzó. Los presos que tenían armas tomaron posiciones y redujeron a los funcionarios. Algunos guardias fueron obligados a entregar sus uniformes y otros quedaron como rehenes. La primera gran ventaja para los fugitivos fue conseguir el control del sector donde se encontraba el sistema de seguridad del pabellón. Si sonaba la alarma, todo terminaba.
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Por eso había que impedir que los guardias pudieran comunicarse con el exterior. Uno de los funcionarios fue golpeado y otro recibió un disparo en la cabeza, aunque sobrevivió. Durante el enfrentamiento también hubo ataques con armas blancas. En aproximadamente veinte minutos, los presos convirtieron el H-Block 7 en un territorio bajo su control. Lo extraordinario era que el resto de la prisión todavía no sabía exactamente qué estaba sucediendo.
La operación había conseguido algo fundamental: tiempo. El siguiente paso dependía de una rutina aparentemente insignificante. Un camión de reparto de alimentos llegaba periódicamente al bloque y los detenidos conocían el recorrido. También sabían que atravesaba controles sin ser sometido a una inspección tan rigurosa como la que habría recibido un vehículo sospechoso.
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Cuando el camión llegó, alrededor de una hora después de la toma del pabellón, el plan entró en su segunda fase. El conductor fue reducido a punta de pistola y los presos tomaron el vehículo. Entonces ocurrió algo que, visto desde afuera, parecía absurdo: comenzó a desplazarse hacia la salida principal de una de las cárceles más vigiladas de Europa con decenas de fugitivos escondidos en su interior.
Los internos incluso utilizaron uniformes penitenciarios para dificultar que los guardias pudieran distinguirlos. El vehículo atravesó controles, pasó por dos puertas vigiladas y nadie consiguió detenerlo. En total, 38 presos formaban parte de la fuga. La prisión estaba siendo burlada desde adentro.
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El problema apareció cuando llegaron al sector de salida. La puerta principal no era algo simple que pudiera abrirse desde el camión. Significaba el último obstáculo. Los presos bajaron del vehículo y se produjo un enfrentamiento con los funcionarios penitenciarios. Allí la fuga dejó de parecer una operación silenciosa y se convirtió en un tiroteo. Uno de los guardias recibió un disparo en una pierna. Otros fueron golpeados y apuñalados.
En medio del caos, el funcionario James Ferris fue atacado con un arma blanca. Poco después sufrió un colapso y murió de un ataque cardíaco. El gobierno británico confirmó posteriormente su fallecimiento y expresó las condolencias a su familia.
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Los fugitivos consiguieron abrir la puerta, pero todavía no habían cumplido el objetivo. Porque afuera los esperaba otro problema: el ejército británico. Desde una torre de vigilancia, un soldado observaba la escena sin poder distinguir con claridad quiénes eran presos y quiénes funcionarios. Algunos fugitivos llevaban uniformes de guardias; algunos funcionarios vestían ropa de civil. La confusión fue total.
El soldado abrió fuego cuando vio que uno de los convictos disparaba contra un guardia. Uno de los presos fue herido, otros lograron atravesar el perímetro. Y entonces ocurrió algo que durante años alimentaría la leyenda de Maze: la cárcel considerada inexpugnable había quedado atrás.
No todos llegaron a superar el perímetro. La cifra que suele repetirse es la de 38 fugitivos, porque ese era el grupo que inició la operación. Sin embargo, la investigación oficial determinó que 35 consiguieron salir. La diferencia importa porque varios fueron capturados prácticamente en el mismo lugar. Otros, en cambio, comenzaron a correr por los campos cercanos.
Para las fuerzas de seguridad empezaba otra operación: la persecución. La policía del Royal Ulster Constabulary –agencia de policía del Reino Unido- y el ejército británico activaron controles alrededor de Maze y en las rutas de toda la región. También se estableció contacto con las autoridades de la República de Irlanda para intentar impedir que cruzaran la frontera.
Durante las primeras horas, helicópteros sobrevolaron la zona, se instalaron retenes, se revisaron vehículos y se registraron caminos rurales y viviendas. Pero los fugitivos habían ganado una ventaja fundamental: la sorpresa. Algunos consiguieron vehículos y otros se escondieron. Varios buscaron llegar hasta la frontera.
La fuga ya no era solamente un problema carcelario, sino una emergencia de seguridad para toda Irlanda del Norte. La reacción fue rápida. Diez fugitivos fueron detenidos y devueltos a Maze. En los días siguientes, otros nueve también terminaron capturados. Así, 19 de los 38 estaban nuevamente detrás de las rejas. Pero los otros seguían libres.
El gobierno británico puso en marcha una de las mayores operaciones de búsqueda vistas hasta entonces en Irlanda del Norte. El episodio provocó además una enorme crisis política. Las preguntas eran varias: ¿Cómo introdujeron armas en una cárcel de máxima seguridad, lograron controlar un pabellón completo, y de qué manera un camión de alimentos pudo atravesar distintos controles sin ser revisado?
El gobierno ordenó una investigación. Sir James Hennessy, inspector jefe de prisiones, fue encargado de revisar las medidas de seguridad. Su informe posterior señaló numerosas deficiencias, entre ellas fallas en los procedimientos de registro, problemas en la supervisión de las visitas, debilidades de los servicios de inteligencia y la capacidad de introducir armas sin ser detectadas.
El golpe político fue enorme. El secretario de Estado para Irlanda del Norte, James Prior, quedó bajo presión y tuvo que responder a quienes reclamaban su renuncia. Él mismo declaró que no aceptaría asumir responsabilidades políticas si la investigación no demostraba negligencia ministerial. La fuga había conseguido algo que las armas no podían garantizar por sí solas: había dejado al gobierno británico expuesto.
Una fuga con consecuencias por años
Para los republicanos, el episodio se transformó en un triunfo propagandístico. Y para las autoridades británicas fue una humillación de enorme magnitud. La fuga de Maze pasó a ser considerada la mayor evasión carcelaria de la historia británica en tiempos de paz y una de las más grandes de Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Pero para los propios fugitivos la historia estaba lejos de terminar. Algunos fueron capturados meses o años después.
Gerry Kelly y Brendan McFarlane, dos de los protagonistas, consiguieron llegar a Europa continental utilizando documentación falsa, pero los detuvieron en Ámsterdam. McFarlane sería extraditado y regresaría a Maze. Kelly también acabaría siendo encarcelado nuevamente. Otros nunca volvieron a la prisión. Algunos fueron asesinados durante los años siguientes en operaciones relacionadas con el conflicto, y el resto terminó viviendo clandestinamente en diferentes países.
La persecución se prolongó mucho más allá de aquella tarde de septiembre. Incluso décadas después, la fuga seguía teniendo consecuencias judiciales y políticas. Maze permaneció funcionando. El conflicto de Irlanda del Norte continuó. Y los nombres de quienes escaparon aquel domingo siguieron reapareciendo en la historia política del republicanismo irlandés.