La gran ‘favela’ española con 1.800 menores migrantes en el Tarajal: “Hay niños de siete años que no saben dónde están sus padres”

calendar_today 04.08.2026 - person  - timer ~7 Minutos

Los niños se apilan unos sobre otros en las aceras de las calles del deslucido y abandonado polígono industrial del Tarajal. Están descalzos, sucios y con las rodillas magulladas. Muchos permanecen semidesnudos. Otros todavía llevan puesto el traje de neopreno con el que cruzaron a España hace más de cuatro días. La temperatura supera los 35 grados y el sol quema sobre las antiguas naves, mientras los menores se cubren con mantas para evitar una insolación.

No han ido demasiado lejos. El campamento improvisado se encuentra a apenas 10 minutos a pie del punto de la frontera por el que entraron en Ceuta. Allí, en torno a una vieja zona industrial que alberga un centro de menores, viven «cerca de 1.800 niños», según Mustafa Abdelkader, responsable de la ONG Media Luna Blanca.

A las 17.15, los responsables de la organización irrumpen en esta favela española acompañados por varios agentes de la Policía Nacional. Es la hora de la única comida del día. El reparto provoca carreras, gritos y empujones. Los policías obligan a los muchachos a formar una cola para evitar una avalancha mientras los voluntarios distribuyen la comida.

«Hay unas 1.800 personas viviendo aquí, alrededor de las antiguas naves, porque dentro no están viviendo», explica Abdelkader. «Nosotros nos encargamos de llevarles una comida al día». Media Luna Blanca, añade, trata de atenderlos «dentro de sus posibilidades», porque las instituciones «no están preparadas» y «no hay recursos suficientes».

Las autoridades de Ceuta calculan que tendrán que atender a más de un millar de menores migrantes y preparan dos grandes instalaciones para alojarlos. En estos momentos se hacen cargo de 862 chicos, cuatro veces más que hace apenas dos semanas. Pero esa respuesta todavía no alcanza el polígono del Tarajal, convertido en el lugar donde el Estado no llega y donde cientos de menores sobreviven sin atención suficiente ni servicios básicos. Están, literalmente, tirados sobre la acera.

Las naves están viejas, oxidadas y deslucidas. Todo lo que utilizan los menores parece haber salido de la basura. Se sientan sobre palés, cartones, muebles abandonados, restos de obra y cascotes. El suelo está cubierto de polvo, residuos y detritos. Durante horas, los jóvenes permanecen tirados bajo cualquier sombra, esperando que vuelva el agua o que alguien les explique qué va a ocurrir con ellos.

Menores acogidos en el polígono de El Tarajal, en Ceuta.

Menores acogidos en el polígono de El Tarajal, en Ceuta.

Una de las instalaciones alberga, según la ONG, duchas, puntos de agua potable y unos inodoros portátiles que emanan un insoportable olor a orín al que sus jóvenes vecinos parecen haberse acostumbrado. Sin embargo, la puerta de la nave con agua y duchas permanece cerrada durante toda la visita de este periódico. Abdelkader asegura que las instituciones han habilitado algunos servicios portátiles y lugares donde llenar botellas, aunque reconoce que el acceso es intermitente. «Es inhumano dejarlos sin comer o sin agua», afirma. «Pero la realidad es que la llegada ha sido tan masiva que no hay capacidad para atenderlos».

Fadua nació en Ceuta, lleva 16 años viviendo en Málaga y había regresado a la ciudad para pasar sus vacaciones. Debía haberse marchado hace días, pero decidió quedarse junto a su hermana y su madre para repartir agua, leche y galletas. «Todo el dinero de mis vacaciones me lo he dejado en agua», asegura.

«Yo no he visto una cosa así en mi vida», repite, mientras contempla a los menores recostados frente a las naves. Fadua es musulmana, nieta de un militar español y pertenece a una familia ceutí asentada en la ciudad desde hace cuatro generaciones. También ella utiliza la palabra «invasión» para describir la magnitud de la llegada, aunque insiste en separar esa definición de lo que tiene delante. «A mí no me importa la parte política. Me importa la parte humana y esto es inhumano».

Algunas niñas conservan las pestañas postizas y el maquillaje con el que llegaron. Otras se depilan entre la suciedad, sentadas delante del resto del campamento. También hay menores con los brazos escayolados, cicatrices de cortes profundos y las piernas cubiertas de heridas.

Entre el grupo aparece un niño de 12 años, muy bajo y extremadamente delgado. Solo lleva un bañador. Un adolescente ceutí de 14 años ejerce de traductor. El pequeño cuenta que procede de Castillejos, la localidad marroquí situada al otro lado de la frontera, y que decidió cruzar porque vio hacerlo a sus amigos. Ha conseguido hablar con su familia. Sus padres saben que se encuentra en el Tarajal. Él sonríe y asegura que está contento. Quiere quedarse en España.

"Gracias España, gracias"

«Gracias España, gracias España», repiten muchos de los menores cuando ven acercarse a los periodistas. Después, piden que les hagan fotografías. Algunos también fabulan o reinventan su propia historia creyendo que un pasado triste contribuirá a mejorar su situación. Una de ellas cuenta en un primer momento que escapó porque su familia «quería casarla con un saudí». Luego, ante las preguntas de algunos adultos en árabe, niega haberlo dicho. A su lado, chicas de la misma edad y aspecto cansado reconocen que han escapado «de la mala relación con sus padres en Marruecos». En este caso, los adultos sí las creen. Sin embargo, todos anhelan ahora lo mismo: una plaza en un centro de menores.

En este contexto, las cámaras de los periodistas también sirven para otra cosa. Decenas de chicos les piden que les hagan una fotografía y la envíen por WhatsApp a sus familias. Durante la visita se mandan más de una veintena de mensajes a números de Marruecos y Argelia. Muchos quedan sin respuesta. En otros teléfonos contestan padres que no sabían dónde estaban sus hijos y preguntan cómo pueden localizarlos.

La madre de Soufian responde desesperada. Dice que no sabe nada del niño, pregunta «en qué lugar se encuentra» y ruega que, si los periodistas vuelven a verlo, la llamen. Otros familiares reaccionan de forma parecida. Al menos, esos mensajes sirven para comunicar que, tras días de silencio y con una travesía a sus espaldas que dejó 72 de muertos, según las cifras oficiales, siguen vivos.

No todos han podido telefonear a casa. Abdelkader asegura que la ONG ha localizado a «niños de siete, ocho y nueve años que, en teoría, trataron de cruzar acompañados por sus padres». Sin embargo, «ahora viven solos entre las naves y no saben dónde están sus padres». Algunos lloran. Otros preguntan si sus padres lograron entrar en Ceuta, si continúan en Marruecos o si están perdidos en alguna otra parte de la ciudad. Nadie tiene respuesta.

Fadua recuerda el caso de tres menores de ocho, 11 y 13 años que llegaron a su barrio el primer día de la avalancha. Habían visto a sus amigos meterse en el agua y decidieron seguirlos. «Pensaban que los iban a meter en un centro de menores, pero se vieron en la calle, con ataques de ansiedad y llorando como niños pequeños», explica. «Como lo que son».

Fadua y su familia los acogieron, los ducharon, les prepararon un lugar para dormir y, al día siguiente, les dieron dinero y los acompañaron hasta la frontera. Más tarde, recibieron fotografías que confirmaban que habían vuelto con sus padres. «Hay madres y padres rotos que no saben si sus hijos están vivos o muertos», señala. «Muchísimos han venido sin permiso de sus familias y les están diciendo que vuelvan».

Cuando termina el reparto, Media Luna Blanca recoge el material. Los agentes también abandonan la zona. Tras ellos queda una especie de sociedad infantil levantada entre chatarra, ruinas y basura, sin presencia visible del Estado ni servicios básicos. Los menores vuelven a repartirse las sombras, los cartones y los palés. Algunos discuten y riñen hasta por una botella de agua. Otros se tumban sobre el suelo abrasado y esperan.

A la salida del polígono, una mujer acompañada por un niño se acerca a los periodistas y pregunta en francés si pueden quedarse a dormir allí. Los periodistas le describen el calor, la suciedad, las heridas, la falta de agua y las aceras abarrotadas. La madre escucha, coge al pequeño de la mano y decide entrar para comprobarlo por sí misma.