Ciudad abierta
Cuesta ver una 'jugada maestra' en una operación que arroja un foco enorme sobre uno de los grandes fracasos del presidente

Pedro Sánchez, este lunes, durante su comparecencia desde La Moncloa.
Actualizado Lunes, 5 octubre 2026 - 12:08
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Si Sánchez convoca elecciones ahora es que las perspectivas que manejaba eran verdaderamente terroríficas. Ningún líder que tuviera un camino verosímil para mantenerse en el poder habría elegido ir a unas generales con las encuestas que se han conocido este lunes. Esas que ya empezaban a recoger el posible efecto Maricarmen y, pese a ello, mostraban que el bloque de derechas obtenía más del 50% del voto.
Por contraste, los sondeos siguen mostrando que ni con el apoyo de todos los nacionalistas e izquierdistas tendría Sánchez posibilidades de revalidar el Gobierno. Incluso si el PSOE no se desploma, sí lo hace la izquierda populista: en buena medida, porque el presidente ha fagocitado su discurso y sus ideas para contrarrestar la fuga de votantes moderados. Y ese populismo puede crear episodios de gran dramatismo y estridencia, como hemos comprobado en los últimos días. Pero la realidad sigue siendo que el Ejecutivo perdió hace tiempo a la mayoría social, desgastado por múltiples frentes: la corrupción, las cesiones a los socios, los cambios culturales, la incapacidad de resolver problemas como el de la vivienda o las infraestructuras, la creciente impopularidad de su política migratoria y el puro agotamiento de sus recursos habituales.
Ante este panorama, Sánchez ha elegido repetir el guion de 2023: recuperar la iniciativa, pillar a la oposición a contrapié, movilizar a los suyos y confiar en la enésima refundación de la extrema izquierda -primero, de Podemos a Sumar; ahora, de Sumar a Frente Amplio-. Si entonces lo fio todo al miedo que podían provocar los pactos entre PP y Vox, ahora intenta aprovechar el descontento por la crisis de la vivienda, redirigiéndolo contra la oposición. Pero la jugada de 2023 ya surgió de unas expectativas verdaderamente malas; y no eran ni la mitad de negativas que las de ahora. Baste recordar que, en aquel momento, Ábalos sólo era un ex ministro cuyo cese nunca había sido explicado del todo.
Además, la propuesta de Sánchez en 2023 era mucho más sencilla que la que plantea ahora. El presidente podía exagerar los efectos que tendría un Gobierno de las derechas, pero estaba claro que, si uno estaba preocupado por aquello, la solución era votar a Sánchez. Ahora se nos pretende convencer de que, si uno está preocupado por la vivienda, la solución también es votarle a él. Pero todo el mundo sabe que el presidente lleva ocho años gobernando, y durante ese tiempo la crisis de la vivienda solo ha empeorado. Cuesta ver una jugada maestra en una operación que arroja un foco enorme sobre uno de los grandes fracasos del presidente. Es más: se pretende que las elecciones giren sobre una crisis que Sánchez ya se ha probado incapaz de resolver. De nuevo, uno debe de ver muy mal el futuro si cree que esto supone una oportunidad.
Sin embargo, nada de lo señalado ahorra trabajo a la oposición. La campaña será dura, y de una saturación demagógica difícilmente soportable. Pero, sobre todo, el descontento social no es una construcción artificiosa de Moncloa. Y Sánchez no será creíble como solución a los problemas de los españoles, pero Feijóo aún debe convencer a los votantes de que él sí lo es.