La ciencia confirma que las personas que guardan objetos “por si acaso” no lo hacen por el aprecio al recuerdo, sino para evitar el dolor de su pérdida

calendar_today 06.09.2026 - person  - timer ~3 Minutos

Caja de madera con fotografías, cartas escritas a mano, llaves, un reloj de bolsillo, una navaja y un rollo de cordel.

Una caja de madera abierta guarda objetos personales, como fotografías antiguas, cartas, llaves y un reloj de bolsillo. (Imagen Ilustrativa Infobae)

¿Quién no tiene en su casa un cajón repleto de cables viejos, calcetines desparejados o ropa pasada de moda que no se pone hace años? Cuando nos preguntamos por qué los conservamos, solemos justificarnos diciendo que les tenemos cariño o que los necesitaremos “por si acaso”. Sin embargo, la ciencia del comportamiento tiene una revelación incómoda: el miedo al dolor que nos produce deshacernos de ellas.

Este intrigante fenómeno fue estudiado por Daniel Kahneman, Jack L. Knetsch y Richard H. Thaler en 1991 y publicado en un artículo de la Journal of Economic Perspectives. Desde entonces, la imagen y comprensión de cómo valoramos lo que poseemos cambió drásticamente.

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Para demostrar que este apego no nace de que veamos las cosas más hermosas tras adquirirlas, los investigadores realizaron un ingenioso experimento. Dividieron a un grupo de estudiantes en dos: a la mitad se les regaló un bolígrafo y a la otra una ficha canjeable por un regalo sorpresa.

Todos valoraron el atractivo y utilidad de varios artículos, incluyendo el bolígrafo. Y es que, si poseer algo aumentara nuestro gusto, los estudiantes con bolígrafo lo habrían calificado mejor. Pero no fue así: ambos grupos valoraron el bolígrafo igual. Tener el objeto físicamente en sus manos no incrementó de ninguna manera su valor percibido real.

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Caja de cartón abierta con una navaja multiusos, tiritas, esparadrapo, imperdibles, un encendedor, botones e hilo sobre una mesa de madera.
Una caja de cartón abierta reúne artículos de primeros auxilios y costura para situaciones imprevistas sobre una superficie de madera. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La sorpresa llegó cuando se les ofreció una elección final: quedarse con el bolígrafo o cambiarlo por dos chocolatinas. En un mercado racional, las preferencias habrían sido similares en ambos grupos. Pero el 56% de quienes ya tenían el bolígrafo prefirieron conservarlo, mientras que solo el 24% del otro grupo lo eligió sobre el chocolate.

¿Por qué se negaban a soltarlo si les parecía igual de atractivo que a los demás? La conclusión de los investigadores es contundente: “El efecto principal de la dotación no es mejorar el atractivo del bien que uno posee, sino únicamente evitar el dolor de desprenderse de él”.

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Este comportamiento se explica mediante la “aversión a la pérdida”. Formulada por Daniel Kahneman y Amos Tversky, describe una asimetría psicológica elemental: el malestar que sentimos al perder algo es el doble de intenso que el placer de ganar exactamente lo mismo.

Mueble de madera con cuatro cajones y dos puertas, sobre él un tocadiscos, altavoces, discos de vinilo, vela, taza, planta, fotos y cuadros.
Una ilustración acuarelada muestra un tocadiscos, altavoces, discos de vinilo y objetos decorativos sobre un mueble de madera, creando un ambiente musical en una sala de estar. (Imagen Ilustrativa Infobae)

Thaler acuñó el término “efecto dotación” para esta anomalía: poseer un objeto eleva de inmediato el valor que le asignamos, no por amor a él, sino porque perderlo se procesa en nuestro cerebro como una amenaza dolorosa. Exigimos mucho más para vender lo que es nuestro de lo que pagaríamos por comprarlo de nuevas.

Esta resistencia psicológica a desprenderse de objetos fue explicada por el juez de la Corte Suprema estadounidense Oliver Wendell Holmes en 1897: “Está en la naturaleza de la mente humana. Una cosa de la que has disfrutado y usado como propia durante mucho tiempo […] echa raíces en tu ser y no puede ser arrancada sin que te sientas resentido por el acto e intentes defenderte”.

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Esta resistencia al cambio explica por qué acumulamos objetos inútiles y da origen al “sesgo del statu quo”: una preferencia desmedida por mantener las cosas como están porque las desventajas de cambiarlas nos parecen mayores que las ventajas. El cerebro prefiere quedarse quieto en su zona de confort antes que arriesgarse a una pérdida potencial.