Jesús Muros: «Después de una noche muy dura, siempre llega la Aurora» | Ideal

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Álvaro de la Torre Araus

03/09/2026

Actualizado a las 14:11h.

Jesús Muros tomó la palabra anoche en Santa María de la Aurora y San Miguel al término de la primera jornada del triduo que la hermandad celebra en honor de su titular, unos cultos que este año llegan después de unas semanas especialmente intensas por los terremotos de agosto y el cierre preventivo del templo. La eucaristía estuvo presidida por el consiliario, David Salcedo, también hermano de la corporación, y contó con el acompañamiento al órgano de Elías Santiago, ante una iglesia llena y con una presencia especialmente numerosa de jóvenes. Salcedo permaneció después junto a la hermandad para escuchar la exaltación, en la que Muros estuvo arropado por su mujer, su hija Alicia y sus nietos, además del hermano mayor, José Ortega; la junta de gobierno; los antiguos hermanos mayores Juan Calvo y Víctor Alarcón; y el hermano mayor del Vía Crucis, Vicente Gomáriz.

No necesitó recurrir a un repaso histórico para hablar de la Virgen. Eligió su propia vida. Los años en San Miguel Bajo, el Jueves Santo, la familia, las preocupaciones cotidianas y también las noches de hospital fueron dando forma a una intervención que se alejó por momentos de cualquier discurso convencional. Desde el principio quiso hacerlo sin imposturas. «En el fondo soy más Perdón que Aurora», reconoció al explicar que, cuando reza, pide o da gracias, muchas veces se dirige antes al Cristo. Una confesión que le sirvió precisamente para explicar la relación que mantiene con los dos titulares y con una casa que forma parte de prácticamente toda su trayectoria cofrade.

No necesitó recurrir a un repaso histórico para hablar de la Virgen. Eligió su propia vida. Los años en San Miguel Bajo, el Jueves Santo, la familia, las preocupaciones cotidianas y también las noches de hospital fueron dando forma a una intervención que se alejó por momentos de cualquier discurso convencional. Desde el principio quiso hacerlo sin imposturas. «En el fondo soy más Perdón que Aurora», reconoció al explicar que, cuando reza, pide o da gracias, muchas veces se dirige antes al Cristo. Una confesión que le sirvió precisamente para explicar la relación que mantiene con los dos titulares y con una casa que forma parte de prácticamente toda su trayectoria cofrade.

Una forma muy personal de oración

«Cada vez que la miro es una mirada nueva», aseguró. Muros conoce además esa cercanía de una manera muy particular. Durante años ejerció como vestidor de la Virgen, una responsabilidad que le permitió permanecer junto a la imagen en momentos alejados de la multitud y convertir aquella proximidad en una forma muy personal de oración. Habló de confiarle las preocupaciones por sus hijos, las cuestiones más cotidianas y también aquello que cuesta explicar a los demás. «Ella lo escucha todo», resumió. En ese recorrido aparecieron lágrimas de dolor, impotencia y agradecimiento, pero fue al recordar determinadas horas vividas en una habitación de hospital cuando la exaltación encontró uno de sus pasajes más personales: «Después de una noche muy dura, muy triste, muy penosa, siempre llega la Aurora».

No hablaba únicamente del amanecer. Muros se refería a aquello que permite volver a empezar cuando aparecen la incertidumbre, el abatimiento o el miedo. A esa «Aurora divina» capaz, según expresó, de transformar la tristeza y la desesperanza y devolver sentido a un nuevo día. «Gracias por dar consuelo ante la desesperanza», proclamó durante una sucesión de agradecimientos en la que también habló de la Virgen como mediadora de sus peticiones y de un amor «sin medida» hacia quienes se acercan a ella. La idea terminó condensada en otra frase especialmente personal: «Cuando camino, sufro o me alegro, sigue conmigo».

Del primero al último

Buena parte de lo contado nació también de lo que ha observado durante años en San Miguel Bajo. Personas que atraviesan la puerta de la iglesia, se sitúan delante de la imagen y cambian el gesto. «Se les humedecen los ojos y las lágrimas corren por sus mejillas», relató. Admitió no encontrar una explicación racional para aquello, pero sí haber comprobado cómo muchos llegan buscando consuelo, agradecimiento o simplemente un lugar donde detenerse durante unos minutos. Y quiso abrir esa experiencia mucho más allá de quienes pertenecen a la hermandad. Defendió una mirada en la que no caben diferencias de sexo, color, raza o creencias y recordó que la Virgen «no se olvida de ninguno. Desde el más pequeño al más grande. Del primero al último». Fue uno de los mensajes más universales de una noche en la que la fe apareció también como una forma de acogida y acompañamiento.

El Albaicín y el Jueves Santo terminaron entrando inevitablemente en el relato. El niño que comienza a vestir el hábito, el nazareno que suma décadas junto a la cofradía, los costaleros, las familias y quienes esperan durante horas en las calles fueron apareciendo en una escena que Muros conoce desde dentro. Después llevó la mirada hasta la puerta de San Miguel Bajo: los aplausos, la música, los vivas, la voz del capataz intentando hacerse escuchar y ese instante en el que el paso comienza a bajar la rampa camino de Granada. «Su sola presencia transforma todo el ambiente», aseguró, antes de referirse a quienes regresan a casa después de verla pasar con la sensación de que durante unos minutos «algo ha cambiado».

La recta final volvió a lo aprendido en casa, a las oraciones escuchadas desde niño y a la transmisión de una devoción entre padres, abuelos, hijos y nietos. Pero Muros evitó quedarse únicamente en la memoria y llevó sus palabras hacia algo mucho más cotidiano: acompañar, tender la mano y estar cerca de quien lo necesita. «Enséñanos a amar, a creer y a servir», pidió antes de cerrar mirando precisamente a aquello que esa noche tenía más cerca: «Cuida de nuestra familia, bendice nuestra casa».

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