“Es un buen momento para ir aclarando ciertas cosas”, dijo, la mañana del martes 18 de agosto, el presidente José Antonio Kast.
“Mucho se ha dicho, mucho se ha escrito, mucho se ha comentado, sobre todo en diversas columnas, que yo podría ser el representante de un gobierno iliberal”, dijo el presidente. “¿Alguien podría decir que hemos abusado de alguna facultad para socavar el régimen democrático?”
“No”, se respondió inmediatamente a sí mismo.
Apenas unas horas antes, la noche del lunes 17, el gobierno había publicado un proyecto de reforma constitucional que socava el régimen democrático.
El martes, Kast dijo que “ahí estará establecido en qué casos algún derecho, pasando por el Senado, por el Parlamento, o por los tribunales, pueda ser afectado momentáneamente”.
Pero, el lunes, había firmado un proyecto que le entregaría poderes omnímodos para, por sí y ante sí (sin “pasar por el Senado, el Parlamento o los tribunales”), conculcar las libertades públicas e instaurar lo que uno de los intelectuales más respetados de la derecha liberal, Arturo Fontaine, califica como una “dictadura constitucional”.
Durante toda su carrera política, desde su aparición en la Franja del Sí en 1988, Kast ha tenido una relación estrecha con regímenes autoritarios. Fue oposición a todos los presidentes democráticos de Chile, Piñera incluido.
Solo con Pinochet Kast fue oficialista; sigue defendiendo esa dictadura hasta hoy, a la vez que celebra como referentes a autócratas como Orban, Bukele y Bolsonaro.
Pero hasta ese lunes, era posible sostener que ese autoritarismo no había definido el ejercicio de la presidencia.
Eso se rompe cuando el presidente pide para sí mismo facultades que le permitirían arrestar, exiliar o espiar a voluntad, no a sospechosos de un crimen, sino a los 20 millones de chilenos.
Las semanas siguientes han abundado en frases desprovistas de cualquier contenido inteligible. Por ejemplo, el presidente asegura que “no quiere pasar a llevar algún derecho fundamental de las personas”.
Que es, literalmente, lo que dice el proyecto: este suspende o restringe derechos fundamentales de las personas, partiendo por su libertad personal. Dice que no quiere hacer exactamente lo que está haciendo.
La historia nos da lecciones valiosas para estos momentos críticos. El manual para erosionar la democracia usa calco: identifica una amenaza existencial, atiza el miedo ante esa amenaza, y convence a la población de que la única solución es entregar poderes extraordinarios a un líder para combatirla.
El libreto para descalificar a los críticos también es de manual.
Dividir al país en buenos y malos, catalogar a quienes defienden la democracia liberal como cómplices o funcionales al enemigo, e impedir cualquier discusión racional por la vía de descalificar a expertos e intelectuales críticos como una élite desconectada y opuesta al pueblo.
Y de nuevo, estos días han aclarado ciertas cosas.
Enfrentado a las generalizadas críticas de parlamentarios, alcaldes, expertos e intelectuales de la derecha democrática, el ministro de Seguridad los descalificó como “opinólogos”.
Y el presidente del Partido Republicano copió el manual al pie de la letra. Sobre el debate: “El dilema es binario”, y “presentar dudas sobre la agenda de seguridad es no entender hasta dónde puede llegar el crimen organizado”. Sobre los expertos: “la desconexión no tiene límites”; “ninguno de los expertos sentirá balazos hoy en la noche afuera de su casa”.
Sobre los argumentos de fondo: ninguna respuesta racional.
Exigencia de poder absoluto, ataque a los derechos individuales, maniqueísmo, antiintelectualismo. La cartilla del bingo autoritario se llena día a día con más casillas marcadas.
Y aquí no se trata de “moderar” la reforma. Es una trampa. Los ataques contra la democracia no se “moderan”. Se rechazan de plano.
Y justo ahora… el Foro de Madrid.
El gobierno confirmó que tanto el presidente Kast como el ministro Arrau serán oradores en la cumbre de la derecha radical en Santiago. Son viejos compañeros de ruta. Kast es uno de los fundadores del Foro, una versión en español de la Political Network for Values, el órgano fundado por el autócrata húngaro Viktor Orban (quien se describe orgullosamente como “iliberal”) y que el propio Kast presidió.
Kast ya grabó, desde La Moneda, un video en apoyo a la reelección de Orban, una intervención impropia de un Jefe de Estado en la política interna de otro país. Y ahora también pondrá su rol de activista internacional por encima del de Jefe de Estado.
La derecha democrática chilena, que ha despertado de su letargo en este agosto, parece pispar al fin que si ellos no están invitados a la comida, es porque son el menú. UDI, RN y Evópoli no participarán. Sí lo harán, era que no, republicanos y libertarios.
Es, basta ver sus expositores y principios, la cumbre del Vox español, de los orbanistas húngaros, de los fanáticos de Milei y de Bolsonaro; en suma, de quienes están empeñados en destruir, aquí y allá, y con notable éxito, a la derecha democrática.
El aterrizaje del Foro en Santiago, entonces, también permite “ir aclarando ciertas cosas”.
Al mismo tiempo, el arresto de Fernando Cerimedo, el “rey de los trolls”, acusado de femicidio frustrado en Bolivia, aclara aun más. Cerimedo trabajó en Chile para la Casa del Rechazo, junto a actuales funcionarios de La Moneda.
Para ellos inventó falsas encuestas para intoxicar a la opinión pública, las que fueron publicadas, con sello de seriedad, en El Mercurio.
Es el modus operandi de los partidos del Foro de Madrid, que incluye las campañas de fake news operadas desde la Casa Rosada en Argentina, y la incitación de un golpe tras difundir un supuesto fraude electoral en Brasil, tras las cuales está la mano de Cerimedo.
Así pasamos agosto. Con un proyecto que arriesga una “dictadura constitucional”, la aplicación del manual autoritario, la descalificación a la derecha democrática, el antiintelectualismo, la bienvenida de La Moneda a la internacional iliberal, y el desenmascaramiento de los operadores de la intoxicación de debate.
Es, cada vez más completa, la cartilla del bingo autoritario.
Vaya que este agosto sí ha sido, como anticipaba el presidente, un buen momento para ir aclarando ciertas cosas.