7 de octubre, 2026 - 06h30
Una Europa con guerras cercanas, desconfiando de los extranjeros, polarizada. Mirando hacia atrás para reencontrarse y asegurar el porvenir.
Una Francia laica, fuertemente secularizada, atravesada por debates y heridas muy reales, con miles de rostros de todas las razas caminando por sus bulevares.
Un papa que camina solo por una alfombra roja interminable. Nadie a su alrededor: ni obispos, ni guardaespaldas, ni autoridades. Avanza con su caminar bamboleante, ojos mansos, bondadosos e inquisidores, una sonrisa sin cálculos. No acentúa las distancias. Las achica y las recorre. No se protege, se expone, confía. Estrecha la mano del presidente que lo espera. La imagen me conmovió.
No recuerdo qué dijo en los encuentros y, la verdad, no era ese mi primer interés. Porque sus palabras estaban también en sus gestos: una humildad simple, no rebuscada. Casi campechana. Auténtica. Sin saber que era humilde, simplemente verdadera.
Y después vinieron otras escenas. Su conmoción hasta las lágrimas, la multitud que grita su nombre, los niños que se acercan.
¿Por qué cientos de miles de personas lo esperaron durante horas para verlo pasar apenas unos segundos? ¿Qué buscaban? Esa pregunta me habita.
Quizás no buscaban doctrina, ni respuestas, ni religión en el sentido convencional. Tal vez buscaban comprobar que aún existe una manera de ejercer autoridad sin aplastar, de ser importante sin parecerlo ni imponerlo, de ocupar el centro sin adueñarse de él.
¿Qué hambre profunda tenían quienes esperaban a alguien que parecía decir, sin palabras, que todavía podemos mirarnos sin miedo?
Su presencia mostraba otra forma de poder: respeto al interlocutor, coherencia entre lo que debía hacer y lo que él era. Transmitía vida sin necesidad de demasiadas explicaciones. Antes de hablar de paz, parecía llevarla en el cuerpo.
Estamos acostumbrados a pensar que, cuando la realidad es dura y devastadora, hay que denunciar, advertir, sacudir. Todo eso hace falta. Pero puede llegar un momento en que una sociedad saturada de miedo, violencia, escándalo y confrontación necesite también otra cosa, sin que eso signifique evadirse.
Necesita recordar que vivir sigue valiendo la pena. Y eso es distinto del optimismo. La serenidad no niega el caos. La paz no desconoce la violencia ni la injusticia. Las mira de frente, pero no se rinde ante ellas. No permite que nos lleven a su terreno y nos hagan actuar como ellas, hablar como ellas, insultar y denigrar como ellas, amenazar como ellas, destruir como ellas.
Tal vez esas multitudes esperando durante horas expresaban hambre de bondad visible. De ver a alguien poderoso que no necesita demostrar poder. De una mirada que no amenaza, pero no renuncia a la firmeza.
Y miles de personas reconocieron allí algo que necesitaban. Un respiro en el camino, no para detenerse ni olvidar lo que ocurre, sino para retomar la ruta. Menos solos.
Más cercanos en la diversidad. Más humanos. Quizás también un poco más capaces de creer que todavía podemos vivir de otra manera. (O)