Ganar sin convencer, oponerse sin proponer - La Tercera

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Tatiana KlimaPor Tatiana Klima17 JULIO 2026

KARIN POZO
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A las 2:40 de la madrugada del jueves, el Senado despachó la megarreforma. Su corazón tributario —la rebaja del impuesto corporativo, la reintegración, la invariabilidad— se aprobó votación tras votación con los votos que el gobierno tenía el día que el proyecto entró al Congreso, hace tres meses, sin sumar uno solo de la oposición. Digamos las cosas como son: esta reforma se iba a aprobar siempre. Quedó aprobada en las últimas elecciones, que resolvieron la aritmética parlamentaria. Lo que estuvo en juego estos tres meses nunca fue el resultado. Fue la forma. Y en la forma perdieron todos.

El gobierno, primero. Planteó su proyecto el primer día y de ahí solo se movió en los parámetros —los plazos de la invariabilidad, décimas de tasa—, nunca en el modelo. Y su única negociación real la dinamitó por conducción: un acuerdo caído entre acusaciones de que Hacienda no puso todas las cartas sobre la mesa, con un ministro cuya defensa más generosa vino de sus adversarios: no fue mala fe, fue impericia. El gobierno se propuso una fecha de término para esta discusión y la cumplió: era esta semana. Pero quien tiene los votos asegurados tiene el lujo más escaso de la política: tiempo para convencer. Este gobierno prefirió cumplir el calendario.

La oposición, después. Frente a una derrota anunciada tenía una sola tarea: articularse como conglomerado y decidir en bloque si negociaba para moderar o se oponía para diferenciarse. No hizo ninguna de las dos y tampoco puso una alternativa sobre la mesa. Cada partido negoció por su cuenta lo que pudo —unos la gradualidad de la invariabilidad, otros salvar el Sence— mientras se acusaban entre ellos por negociar. Anunciaron el recurso constitucional antes de acordarlo, se desautorizaron y llegaron a la votación final unidos solo en el rechazo. Perder era inevitable; perder desordenados y sin propuesta fue una elección.

Por eso la madrugada no cierra nada. El proyecto vuelve a la Cámara en tercer trámite, donde debiera ratificarse, y terminará donde la oposición ya avisó: en el Tribunal Constitucional. Y seguirá en la calle, en los directorios y en la próxima elección, porque el gobierno apostó todo su relato a una sola promesa: que esta ley reactiva la economía. Pongámosle calendario a esa promesa: ninguna rebaja de impuestos crea empleo al mes siguiente de publicarse en el Diario Oficial; la inversión demora, y las expectativas no. Llevamos cuatro meses de un gobierno hablando de una sola ley, con encuestas que no lo acompañan. ¿Qué pasa cuando la gente advierta que la ley ya está y su vida sigue igual?

No habrá pausa para averiguarlo: ya asoman la reforma de mercado de capitales y la laboral, con las cuarenta horas al centro, que volverán a alinear taxativamente a gobierno y oposición. Se aprobó la reforma, pero lo que se juega ahora son las expectativas de las personas. Y esas no se ganan a las 2:40 de la madrugada. Los votos ya estaban. Lo que había que ganar era otra cosa, y sigue vacante.

Por Tatiana Klima, socia directora Criteria Comunicaciones.

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