Hay una frase que puede parecer razonable en una relación de pareja, pero que, llevada al extremo, puede terminar agravando los problemas: “Es tu inseguridad, es tu problema”. Cuando uno de los miembros de la pareja siente celos, miedo al abandono o inseguridad ante determinadas situaciones, es cierto que existe una responsabilidad individual a la hora de reconocer y trabajar esas emociones. Sin embargo, reducir la situación a una cuestión exclusivamente personal puede dejar fuera una parte esencial de cualquier relación: el acompañamiento.
La clave, por tanto, parece estar en encontrar un equilibrio. Ni la persona que siente inseguridad debería trasladar a su pareja la obligación de evitar cualquier situación que pueda activar sus miedos, ni la otra persona debería desentenderse por completo del sufrimiento que está experimentando. El reto consiste en acompañar sin alimentar la inseguridad y en establecer límites sin convertirlos en una forma de abandono emocional.
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Es precisamente sobre ese punto intermedio sobre el que reflexiona el psicólogo Fran Sánchez (conocido en redes como @minddtalk) en una de sus publicaciones. “Cuando una persona tiene una inseguridad evidente, es su responsabilidad trabajarla”, explica, pero introduce un matiz que considera fundamental: “No podemos olvidar que una pareja también es un equipo”.
Desde su perspectiva, que la responsabilidad de solucionar una inseguridad corresponda a quien la experimenta no significa que la otra persona deba permanecer al margen. “Acompañar durante el proceso sí debería formar parte de una relación sana, no abandonar al otro con su sufrimiento”, sostiene. Además, insiste en que “esta postura, que aparece mucho en las parejas, es una forma muy poco sana de entender y gestionar una relación”.
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Ahora bien, acompañar no equivale a modificar toda la relación para evitar que aparezca el malestar. Sánchez pone como ejemplo el caso de una persona que se siente insegura cuando su pareja habla con alguien por quien podría sentir atracción. En ese escenario, ayudar no significa “dejar de relacionarse con esas personas”, “sobreexplicar cada cosa que hace” o “renunciar a partes normales de la propia vida” para impedir que la inseguridad vuelva a aparecer.
El motivo es que determinadas conductas pueden proporcionar alivio inmediato sin resolver el problema de fondo. Según explica el psicólogo, cuando una inseguridad se rodea constantemente de conductas de seguridad y comprobación, la ansiedad puede disminuir momentáneamente y generar calma. Sin embargo, “a largo plazo se mantiene y puede volverse cada vez más fuerte”. De esta manera, aquello que inicialmente parece una solución puede terminar reforzando el propio miedo.
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La alternativa tampoco pasa por ignorar las emociones de la pareja. “Ayudar y acompañar puede significar sentarse a escuchar y a mostrar empatía, aunque no comprendas del todo la inseguridad del otro”, afirma Sánchez. También menciona la posibilidad de “dar tranquilidad en determinados momentos clave” o “facilitar pasos mientras la otra persona trabaja en ello”, además de alcanzar determinados puntos medios y acuerdos.
El límite, en definitiva, estaría entre acompañar y someterse. “Hay una diferencia enorme entre ayudar a alguien a superar un miedo y construir toda una relación alrededor de ese miedo, sometiéndose a él”, señala. Para que ese equilibrio funcione, además, debe existir un compromiso por parte de quien experimenta la inseguridad: “Tiene que reconocerla como propia y estar dispuesto a trabajar en ella”.
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La idea final que plantea Sánchez resume ese punto medio: una persona no debería verse obligada a renunciar a aspectos normales y razonables de su vida para evitar que su pareja sienta inseguridad, pero tampoco debería darle la espalda mientras aprende a gestionarla. “La inseguridad puede pertenecer a uno y la responsabilidad de trabajarla también, pero acompañarse durante ese proceso forma parte de ser pareja”.